EL ‘SORDO’ MOYA; UNA HISTORIA COMO CUALQUIER OTRA.

Artelex

No es un personaje público. Nunca lo fue. Nació en el pueblo obrero y jamás salió de ese estado de pobreza que caracteriza a los chilenos provincianos paridos bajo un techo de fonolas, criados en torno a un brasero y crecidos en medio de la indeferencia de los poderosos y el olvido de las autoridades, alimentados sólo por el hambre y desconocedores de aquello que los ricos llaman ‘apetito’.

Le conocí en los alrededores del Mercado curicano, cuando la ciudad era un pueblucho de casas bajas, amontonadas, con aspiración a convertirse en algo mejor que un villorrio. Nunca supe cuál era su nombre de pila. Todos le decían ‘Sordo’, porque se negaba a escuchar la verdad y hacía caso omiso de las buenas orientaciones, consciente tal vez –en su fuero interno- de que la vida era, para los pobres como él, una miserable carretera que debía recorrerse a pie desnudo.

Trabajaba en mil oficios. Siempre le vi cargando y descargando bultos en las viejas ‘góndolas’ que se estacionaban en las calles aledañas al Mercado de Curicó, provenientes de hermosos lugares campesinos que engalanaban mi alma infantil con un mundo desconocido y atrayente. Isla Marchant, Rauco, Sagrada Familia, Potrero Grande, Los Niches, Romeral, Los Queñes, Tutuquén…nombres de sitios que permanecen impolutos en mis recuerdos de niñez. De allí venían cada mañana esas ‘góndolas’ cargadas con canastos, ovejas, gallinas, quesos, sacos de porotos, y una multitud de campesinos que se allegaban a la ciudad de las tortas para vender sus productos, ir al hospital, comprar té, café de higo, yerba mate, aceite y harina a granel, cigarrillos y ropa hecha (así se llamaban esas prendas baratas que vendían las tiendas populares, como ‘La Batalla’ y ‘Los dos diablos’).

El Sordo Moya, en esas ocasiones, actuaba como guía turístico, pues indicaba, acompañaba, asesoraba y tramitaba personalmente lo que requerían los campesinos. Recibía algo más que un simple agradecimiento; escasas monedas que iban a descansar en los bolsillos de sus viejos pantalones, aumentando el exiguo dinero que le pagaban los chóferes de las ‘góndolas’ por cargar o descargar maletas, limpiar pasillos, asientos y ventanas.

Pero era hábil, cazurro y vivaracho. Pronto captó que podía negociar –a primera hora cada madrugada- parte de la mercadería que transportaban los viajeros rurales, en especial aquella de dos o cuatro patas, como cabritos, corderos, patos y gallinas. Comenzó comerciando ‘la postura’ de esos bichos en las carnicerías del sector (cuando la ley no era rigurosa exigiendo certificaciones veterinarias), cobrando un pequeño porcentaje a guisa de comisión.

Como no era asiduo al trago ni a los juegos de azar, en poco tiempo logró disponer de un pequeño capital para comprar animales y comercializarlos directamente en los negocios del ramo, donde su nombre y esfuerzo eran conocidos.

Vivió entonces su único momento de esplendor. Cambió de ropa, adquirió un reloj –‘suizo’ auténtico- y comenzó a fumar cigarrillos ‘Liberty’, abandonando los populares puchos ‘La Ideal’, pero siguió viviendo en su humilde rancha instalada a un costado de la vía férrea, en la salida norte de la Estación de Ferrocarriles.

Cada día domingo se le veía en la galería del estadio La Granja alentando al equipo de sus amores: Alianza, los verdinegros del Mataquito, que en ese entonces participaba en el torneo del Ascenso. También era posible observarlo los sábados en la noche asistiendo a las veladas boxeriles, hinchando y gritando por este o aquel peleador.

Bien peinado y con vestimentas limpias, tenía pinta suficiente para dárselas de galán, aprovechando no sólo su soltería sino también el metro setenta y cinco de su porte, así como sus anchos hombros y poderosos brazos. La ‘Candy’ se prendó de él, huyendo del lupanar de calle Camilo Henríquez para ir a vivir con el ‘Sordo’ en la mediagua al costado de la línea. Fue el comienzo del fin. La putita le chupó hasta el último centavo, y cuando no había más limón que exprimir, se las endilgó a Iquique para formar parte del conglomerado de maracas que administraba el negro Prieto –hermano de Joaquín y Antonio- en el puerto nortino.

El ‘Sordo’ cayó en profunda depresión y desatendió sus negocios habituales con los viajeros de Los Niches, Potrero Grande y Tutuquén. Como buen macho que era, le resultaba insoportable absorber la traición de la Candy. ¿Con qué moral iba a plantarse frente a los huasos ladinos que llegaban cada madrugada en las góndolas? Creyó que nadie le respetaría nunca más, y se lanzó en piquero dentro de los vahos del tinto, del blanco y del aguardiente que llegaba como contrabando desde Doñihue.

Alertado de estas situaciones, mi padre –que admiraba en el ‘Sordo’ su esfuerzo y libertad de acción- le contrató para una pega específica. Ir a Santiago a comprar mercaderías para el negocio que mi viejo tenía cerca del Mercado.

No sé si ya lo dije, pero Moyita, a veces, las oficiaba de boxeador en el Estadio de Carabineros, en la categoría ‘medio-mediano’, en las noches primaverales, bajo la batuta del recordado campeón nacional ‘´Cloroformo’ Valenzuela. No era mal peleador, demasiado frontal quizá, pues recibía tanto como daba. Nunca lo noquearon, aunque dos veces lo vi saliendo del ring más machucado que membrillo de colegial, con la nariz hecha mierda y los ojos amoratados.

Pegaba fuerte el huevón. Una noche, con violento ‘cross’, sacó del cuadrilátero a un tipo que venía de Santiago precedido de fama por bravo y corajudo. Otra noche, un tipo negro como cueva de oso –era pampino, según dijeron los aficionados- le dio flor de paliza al ‘Sordo’, pero no logró noquearlo, aunque Moyita terminó la pelea afirmado solamente en sus mocos.

En fin, recuerdos solamente. El asunto es que el Sordo fue a Santiago con plata en el bolsillo para comprar mercaderías para mi padre. Parece que en la Estación Central dos malandras lo ‘cacharon’ y decidieron darle un cuartelazo en la esquina de Alameda y Meiggs, a las once de la mañana. Doble error…el Sordo los vapuleó a gusto, quebrándole la nariz a uno de ellos, y al otro lo espantó a punta de patadas. Pero no se trataba de patos malos comunes, eran ‘tiras’ que trabajaban bajo el amparo de los ‘pacos’ que circulaban por el sector. Un equipo de ‘verdes’ cayó encima del Sordo Moya agasajándole con un festín de lumazos. Lo arrastraron a golpes hasta la comisaría más cercana y allí siguieron ‘dándole’ sin pausas.

Tres días después, el Sordo volvió a Curicó…sin mercadería, sin plata y con el cuerpo hecho pebre. Nunca fue llevado por los ‘pacos’ al hospital ni al juzgado. Simplemente lo molieron a palos, y bajo amenazas de pegarle un tiro si se le ocurría regresar a Santiago, lo tiraron como saco de papas arriba del tren una tarde de miércoles para que se fuera ‘a su cagada de pueblo’.

Los curicanos más viejos cuentan que Moyita se refugió durante meses en la casa de su compadre, el ‘Charro’ Zuloaga, en ese entonces zapatero remendón y director técnico de la serie juvenil del club de fútbol ‘América’.

Al finalizar el año 1959, el Sordo desapareció de Curicó. Vendió su rancha, se deshizo de sus escasos enseres y se ‘apercancó’ con una huasita que había enviudado recientemente. Con ella se fue a vivir en la hijuelita que la dama había heredado en Rauco. Dicen, los que saben de esta historia, que el Sordo finalmente se transformó en campesino, que tuvo hijos con la viuda y que fue feliz criando ovejas y plantando frutales.

Hace pocos días me enteré que el Sordo Moya había fallecido algunos años atrás a la edad de ochenta y tres años, rodeado, por fin, de personas cercanas que lo querían y respetaban. Seguramente él nunca supo de mi existencia, pero yo lo recuerdo con la misma claridad que dejó en mi memoria el terremoto de 1960…y este es mi humilde, sobrio y tal vez inútil homenaje a un hombre que era puro pueblo, puro Chile.