El acto irreverente de María Música no fue un acto violento, se lo mire por donde se lo mire. Fue un acto de rebeldía sin consecuencias que en una democracia real sólo hubiera valido un posterior intercambio de opiniones entre los actores o, a lo sumo, una amonestación a una conducta considerada impertinente —según las normas del protocolo de las autoridades— por uno de ellos. Punto.
No tiene sentido exigir que se “expulse” a la joven de su establecimiento. Es un abuso de poder acusarla ante los tribunales de “atentado contra la autoridad”. Si es el caso, es persecución política y violación de derechos.
En otras latitudes las personalidades políticas se exponen al lanzamiento de huevos y a tortas de crema en el rostro. Pero el agua ... un jarro de agua, lanzado espontáneamente en el rostro de la representante del Estado que decide cerrar un debate, sólo hiere el amor propio de la política que con arrogancia ha tenido propósitos hacia los estudiantes que lindan en la provocación.
En la primera Edad Media europea el poder y sus autoridades optaban de motu proprio, una vez al año, por ponerse en escena en las callejuelas y plazas de los pueblos para ser profanados (1). Estaban dispuestos a recibir las pifias, soportar las risas, ser ridiculizados y experimentar el escarnio por parte de sus sujetos. Se les tiraba agua a los que encarnaban el poder y sus símbolos. Era una manera de desacralizar el Poder. Éste aprovechaba la oportunidad para pulsear las reacciones de la gente. Es el origen antropológico de los carnavales (2).
Aún hoy, en ciertas aldeas chinas de religión budista al juez itinerante se le moja a su llegada. Manera jocosa de recordarle con escalofríos que, si bien está investido de la autoridad del poder central, debe hacer prueba en su cargo de humana modestia ante la posibilidad del error que resulte de su limitado juicio.
En las democracias modernas, el político sincero y ducho (el que se somete con gusto a la lluvia de críticas porque tiene claro que es parte del juego democrático entre los gobernantes y los gobernados) o bien lo hubiera tomado (el agua en el rostro) a la broma o meditado en la noche con la almohada preguntándose qué es lo que no anda bien en este país. El buen político hubiera interpretado el gesto de M.M. como un mensaje claro.
Si las autoridades concertacionistas siguen erigiendo un muro de incomprensión ante las demandas democráticas en torno a la educación pública, se seguirá erosionando su ya agrietado prestigio.
Lo dicen a su manera los ciudadanos en las encuestas.
Sólo un gobierno quisquilloso e inseguro reacciona de la manera como lo está haciendo el gobierno de Bachelet. Algo no anda bien. El gesto juvenil fue motivado por una sana reacción frente a la injusticia social. Sentimiento que es compartido por sectores importantes del estudiantado.
Más consecuencias negativas para la democracia representan las palabras de desdén por el debate y la arrogancia con la que los candidatos presidenciales concertacionistas, Lagos e Insulza, se refieren a su participación en primarias. Éstos reaccionan como aristócratas, no como demócratas.
Más ofensivas a la democracia son las reuniones sin cobertura periodística del Ministro de hacienda Andrés Velasco con los poderes patronales. ¿Traman acaso que el costo de la crisis sea asumido por los trabajadores? Más intolerables son las presiones del Banco Central para que se recorten los “gastos” en programas sociales en un período de crisis fabricadas por el neoliberalismo global.
No se trata de una “pobre” mujercita como lo afirmó una autoridad eclesiástica reputada por ser sensible a las demandas populares (Mgr. Goic). La pasión política existe cuando se cree en la verdad. Debería saberlo el Sr. Cura. La estudiante fue clara al expresarla. Su gesto fue un llamado de atención a los responsables del país donde ella y sus compañeros serán ciudadanos. Ellos quieren vivir con derechos que consideran imprescindibles.
El poder ha adoptado la característica de ocultar su responsabilidad y de negarse a enmendar rumbo con artimañas. La peor de ellas es el uso indiscriminado de la violencia. Se militariza la policía cuando la gramática del poder se compone de gases lacrimógenos, agresivos y tóxicos; de caballazos y guanacos lanza aguas a presión que provocan contusiones serias y de ataques a lumazo de carabineros que conllevan un riesgo mortal para quienes los reciben. Así el Estado pierde en legitimidad. Cuando la producción del Orden se hace por medio de la fuerza.
Los líderes concertacionistas no quieren entender que ejercer el poder de manera legítima no implica utilizar el monopolio de la violencia desmedida contra el derecho a manifestar en una democracia. Es el sentimiento expresado por la dirigenta estudiantil.
Y es claro que hay un frágil equilibrio que está siendo roto por el accionar irreflexivo por los responsables de las fuerzas policiales. Situación denunciada cada vez más por organismos internacionales.
Puede que en el fondo haya un gran malentendido. Si lo hubo es el resultado de la imagen comunicacional de un gobierno concertacionista que hizo creer que estaría cercano a la ciudadanía pero que está utilizando cada vez más la violencia represiva. No sólo para reprimir el malestar social, sino que también para gobernar.
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(1) nos atenemos a la etimología del concepto “profanar”. Según el filósofo, lingüista y latinista italiano Giorgio Agamben, profanar es: "restituir al uso común lo que ha sido separado y puesto en la esfera de aquello considerado como sagrado”.
(2) Leer sobre el tema el extraordinario trabajo de antropología y de filosofía política de Georges Balandier, Le pouvoir sur scènes, Paris, Balland Editions, 172 páginas.
Profesor d’Éthique et politique, Collège de Limoilou, Québec, Canadá



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