MARTA RIVAS GONZÁLEZ, LA DEMOLEDORA DE LO CONVENCIONAL
Marta Rivas González es mi madre. Acaba de morir, a las tres de la mañana del 5 de julio de 2008. Siempre he creído que las mujeres son seres superiores, en la escala biológica a los hombres y están más cerca del cielo y de la tierra que nosotros, pitecantropus erectus, que apenas sabemos llorar, aun cuando no salga una sola lágrima, perorar, gritar… y seríamos mas bien una especie de inútiles pavos reales.
Las tres religiones monoteístas siempre han antepuesto los hombres en desmedro de las mujeres, a quienes colocan en roles secundarios. Propondría, sin ningún afán de ofender, que cambiáramos a Alá, Jehová y Dios por las diosas. No pretendo ser original, pues las hubo en Creta e India. Cuando el sacerdote dice, en el responso fúnebre, que los ángeles reciban a la persona fallecida, yo lo cambiaría por las angelitas de ojos azules y de tierna mirada – como mi madre Marta y Beatrice, mi nieta- Tampoco es original la idea de que los apóstoles sean reemplazados por las apóstalas, pues ya lo inventaron los gnósticos. Como no va a ser más agradable que Pedro y Pablo sean sustituidos por Magdalena, María y Marta – las hermanas de Lázaro- y las miles de versiones sobre
También cambiaría la idea de que Dios espera a sus hijos con una cantidad de habitaciones, algo así como un gran latifundio; quizás sería mejor tener una amplia cama redonda en que todas estuviéramos abrazados por la eternidad.
Sé que no tengo la capacidad de escritor de mi hijo Rafael Gumucio, soy apenas un escribano un tanto indignado y dolido, además, tengo por costumbre zarandear el castellano y usar el lenguaje hablado en forma poco correcta y adornado de garabatos. Es posible que lo que escriba sea un poco incoherente y no me enojo si omiten la lectura de estas líneas que son similares a los subjetivistas de la escuela socrática.
Mi madre adoró, hasta su muerte, a su padre, el gran Manuel Rivas Vicuña. El libre de Francisco Antonio Encina, que he heredado, está plagado de subrayados sobre los nombres de los muchos Vicuña que han pasado por la historia de Chile. Me extrañó que no lo hiciera con don Pedro Félix Vicuña, uno de aquellos personajes más críticos y anticonvencionales de nuestra historia. Mi madre siempre decía que la beata Laurita Vicuña era una acusete, pues echó al agua a su madre, que andaba en amores con un argentino, muy buen mozo.
No conocí personalmente a mi abuelito, Manuel Rivas Vicuña, pero leo mucho su obra y los comentarios sobre él, que hacen historiadores de tal calidad como Alberto Edwards y Mario Góngora; lo llamaban “el portalito” por su parecido con el famoso ministro. Mi abuelo podría haber sido, perfectamente, presidente de la república, pero por ser tan hábil le ganaron los pragmáticos Arturo Alessandri y Juan Luís Sanfuentes y, posteriormente, el “el paco “ Ibáñez; tal vez era demasiado sutil para este país de “huasamacos”.
El verdadero padre de mi abuelo fue don Ramón Barros Luco, aquel presidente que la historia lo tiene como “un mandarín”, lleno de anécdotas, propietario de un sandwiche y de un hospital a donde van a morir los desvalidos. Don Ramón fue el padrino de bautizo de mi madre y, lo mejor, su gobierno fue menos malo que lo que puede venir para el Bicentenario.
Mi madre era la penúltima de siete hijos – dos hombres y cinco mujeres- aún la veo en fotos rellenita y con sus cachirulos al lado de sus hermanos, disfrazados de marineros. El año 27 los Rivas González partieron todos al exilio, en Francia, por orden del Carlos Ibáñez. Mi mamá estudió en un internado de monjas francesas, a quienes siempre odió, no tanto por ellas, sino por el encierro, pues siempre fue una persona libre, que le gustaba volar por nuevos mundos fantásticos. Después anduvo en Italia y Constantinopla. Como cantaba muy desafinado, repetía el Juvenesa, de Mussolini, afortunadamente, después se cambió a Bandera Rosa; finalmente vivió, donde terminó su educación media y siguió destruyendo el bello canto con “seamos libres, seamos”.
En su época, muy pocas mujeres llegaban a la universidad, pues las convenciones exigían, o el estado del matrimonio o convertirse en monja, o ser enfermera de los ancianos. Mi madre conoció a Rafael Gumucio Vives, uno de los tantos de una familia de huérfanos que la familia Rivas González quiso adoptar. Mi padre era bastante entretenido para mi madre y, engullendo docenas de ostras, se fueron enamorando.
Mi padre fue regidor por Santiago cuando contrajo matrimonio con mi madre. Pertenecía a un grupúsculo,
Mis dos abuelos; Manuel Rivas Vicuña y Rafael Luís Gumucio Vergara se pusieron de acuerdo para aprobar
Mi madre no fue nunca fue una señora “comme il faut”: iba sólo a misa en los matrimonios y entierros y decía, a menudo, que “no hay beato bueno”. En las cartuchas reuniones de
Mi madre no tiene nada de
A mi me llamaba el “mayorazgo” y protegió siempre mi inutilidad. Repetí tres veces primero de preparatoria, nunca di un examen y sólo iba a clase los viernes, los demás días recorría Santiago en micro, de las ocho a las cuatro de la tarde. No sé cómo logró mi madre convencer a los sacerdotes de los Sagrados Corazones de que yo no necesitaba colegio y que los exámenes eran una soberana rotería; pero mi madre, que todo lo podía, con un diálogo encantador y libertario, dejaba a estos santos varones obnubilados. Las Licencia Secundaria la obtuve gracias a “una orden de partido” falangista. Entre capeo y capeo había leído obras tan difíciles como “La interpretación de los sueños”, de Freud, y unos escritos de un tal Plauto, así como los escritores rusos, franceses e ingleses: un autodidacta en colegio pagado.
Nuestra infancia estuvo rodeada de “nanas”, unas jóvenes y muy bonitas, que a veces despertaron nuestra sexualidad. Sería genial que la gran Michelle Bachelet terminara su período cambiándole el nombre a
Manuela, la predilecta de padre, escribió en su Diario, “papá igual santo, mamá igual loca”, de ahí que yo la llamé “Loqui” hasta su muerte.
Mi otro hermano, Juan, es un brillante abogado laboralista y, durante estos últimos años, profesor universitario. Juan, como un santo, me acompañaba en la micro al colegio, cuando, en mi incontinencia, producto de la disciplina férrea de los curas que me impedían ir al baño, en razón de que escuchara la reproducción de la ameba, que, para más remate, era asexuada. Siempre fue mi compañero fiel y cariñoso ante este hermano mayor tan “atípico”.
A mi padre lo llamábamos “Tipi” y a mi madre “Loqui”, las personas más sociables que yo haya conocido. En nuestra casa, de la calle León, pasaban hablando de política el tío Bernardo Leigthon, el tío Jaime Castillo – un metafísico de la mancha en sus pantalones y especialista en “doctores sutiles”- Manuel Carretón y Luisa Merino, uno de los más geniales lectores de
Mi madre era demasiado independiente y tenía otros amigos literatos. Por esos tiempos, escribir era una tarea de ociosos, José Donoso se tomaba unos largos tés con mi madre y nosotros, como estúpidos niños, nunca nos dimos cuenta que era un gran escritor, pues podían mucho más los celos por quitarnos el tiempo de jugar con ella. Manuel Rojas era un grandote, que se parecía a Jean Gabin, o a los personajes de Simenón. A veces íbamos a su casa, bastante sencilla en el Quisco , y su esposa, la tía Valérie perdió el tiempo enseñándome lo que nunca aprendí. A José Santos González Vera yo lo encontraba silencioso, con la voz apenas audible. Con el tiempo me di cuenta que era un bellísimo anarquista, autor de “Alhué” y “Las vidas mínimas”.
Mi madre hizo su carrera universitaria en la vida adulta: primero estudió francés, en el Pedagógico de
A mi madre le debo haber estudiado historia, pues con mucho sentido práctico pensó que en esa carrera había muchas mujeres, entre ellas algunas monjas, que estarían dispuestas a ayudar con tareas y pruebas a Rafael, que escribía de manera inteligible.
Salvador Allende y
Los otros amigos eran los famosos Sanhueza: Carlos y Gabriel, dibujantes y caricaturistas del fenecido Topaze; Hernán, un gran médico, que trabajaba prácticamente gratis; era médico de mi madre y, a la vez, nuestro pediatra. Su hijo Pablo, también luego médico de ella, es mi dilecto amigo y hermano de espíritu. Entre -las mujeres destacaba la tía Delfina Guzmán, la tía Olaya Errázuriz – cuyo marido, don Radomiro Tomic, gran patriota de nuestro país, cuya imagen debiera estar en cada tonelada de cobre chileno;
En ese ambiente político cultural crecimos nosotros tres y, por eso siempre amaremos la fenecida república, destruida por la búsqueda incesante del dinero, que todo lo bello lo convierte en excrescencia.
Mi tía Delfina, Tencha y mi madre querían ser actrices, pero a la única que le resultó a la brillante Delfina. Mi madre era pésima actriz, pero afortunadamente Pedro Ortus, director del Teatro Experimental de
Loqui fue sobre todo profesora: se conocía, a perfección, todas las alcobas de las reinas de Francia y tenía tal gracia para narrar historias, que ninguna alumna quería abandonar la clase; según ella, Josefina era una siútica, y así suma y sigue. De la petite histoire se pasaba a la grande.
En
En Francia, mi padre aprendió a cocinar con un recetario chileno y estaba ilusionada que su cassoulet era equivalente a los porotos chilenos. Después aprendió a preparar algunos platos franceses. Su mejores y leales amigos en el exilio fueron Jacques Choncho y Maria Edit y Julio Silva Solar. Mi madre hizo amigos escritores como Gabriel García Márquez y Magerite Yocenar. Cuando Clarita y yo tuvimos que viajar a Mozambique por trabajo, Marco Enríquez, mi sobrino, se puso a llorar como Magdalena, contagiando a mis hijos Rafael e Ignacio. Durante nuestra permanencia en Mozambique, mi madre se transformó en la abuela entretenida, en grado superlativo y dejaron museo por visitar o restaurante histórico en el cual merendar, además de larguísimas discusiones sobre literatura y pintura, que ellos añoraban el momento en que iban a estar juntos; pasaban fácilmente del Procope, del siglo XVIII, a
Mi madre fue una gran libertaria, su primer libro se llamó “El mito proustiano”, una gran pintura de
Quiero soñar que Loqui está en un paraíso donde todos son liberales, sin propiedad y sin dinero, en extremo tolerantes, a lo Voltaire, y en un socialismo romántico, sin coerción y sin Estado, donde igualdad, libertad y fraternidad remplacen sea la suprema trinidad de esta parusía tan buscada por esta mujer rebelde, siempre moderna, amante absoluta de la libertad y enemiga de la tontería.


