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DOCUMENTOS DEL PASKIN

El Paskin, un diario delirante y de mala leche

12 Julio 2008

MARTA RIVAS GONZÁLEZ, LA DEMOLEDORA DE LO CONVENCIONAL


Rafael Luís Gumucio Rivas

Marta Rivas González es mi madre. Acaba de morir, a las tres de la mañana del 5 de julio de 2008. Siempre he creído que las mujeres son seres superiores, en la escala biológica a los hombres y están más cerca del cielo y de la tierra que nosotros, pitecantropus erectus, que apenas sabemos llorar, aun cuando no salga una sola lágrima, perorar, gritar… y seríamos mas bien una especie de inútiles pavos reales.

Las tres religiones monoteístas siempre han antepuesto los hombres en desmedro de las mujeres, a quienes colocan en roles secundarios. Propondría, sin ningún afán de ofender, que cambiáramos a Alá, Jehová y Dios por las diosas. No pretendo ser original, pues las hubo en Creta e India. Cuando el sacerdote dice, en el responso fúnebre, que los ángeles reciban a la persona fallecida, yo lo cambiaría por las angelitas de ojos azules y de tierna mirada – como mi madre Marta y Beatrice, mi nieta- Tampoco es original la idea de que los apóstoles sean reemplazados por las apóstalas, pues ya lo inventaron los gnósticos. Como no va a ser más agradable que Pedro y Pablo sean sustituidos por Magdalena, María y Marta – las hermanas de Lázaro- y las miles de versiones sobre la Virgen maría – la madre de Jesús- además de la bíblica Ester, Ana -madre de Juan Bautista- y, más contemporáneamente, Santa Teresa de Ávila.

También cambiaría la idea de que Dios espera a sus hijos con una cantidad de habitaciones, algo así como un gran latifundio; quizás sería mejor tener una amplia cama redonda en que todas estuviéramos abrazados por la eternidad.

Sé que no tengo la capacidad de escritor de mi hijo Rafael Gumucio, soy apenas un escribano un tanto indignado y dolido, además, tengo por costumbre zarandear el castellano y usar el lenguaje hablado en forma poco correcta y adornado de garabatos. Es posible que lo que escriba sea un poco incoherente y no me enojo si omiten la lectura de estas líneas que son similares a los subjetivistas de la escuela socrática.

Mi madre adoró, hasta su muerte, a su padre, el gran Manuel Rivas Vicuña. El libre de Francisco Antonio Encina, que he heredado, está plagado de subrayados sobre los nombres de los muchos Vicuña que han pasado por la historia de Chile. Me extrañó que no lo hiciera con don Pedro Félix Vicuña, uno de aquellos personajes más críticos y anticonvencionales de nuestra historia. Mi madre siempre decía que la beata Laurita Vicuña era una acusete, pues echó al agua a su madre, que andaba en amores con un argentino, muy buen mozo.

No conocí personalmente a mi abuelito, Manuel Rivas Vicuña, pero leo mucho su obra y los comentarios sobre él, que hacen historiadores de tal calidad como Alberto Edwards y Mario Góngora; lo llamaban “el portalito” por su parecido con el famoso ministro. Mi abuelo podría haber sido, perfectamente, presidente de la república, pero por ser tan hábil le ganaron los pragmáticos Arturo Alessandri y Juan Luís Sanfuentes y, posteriormente, el “el paco “ Ibáñez; tal vez era demasiado sutil para este país de “huasamacos”.

El verdadero padre de mi abuelo fue don Ramón Barros Luco, aquel presidente que la historia lo tiene como “un mandarín”, lleno de anécdotas, propietario de un sandwiche y de un hospital a donde van a morir los desvalidos. Don Ramón fue el padrino de bautizo de mi madre y, lo mejor, su gobierno fue menos malo que lo que puede venir para el Bicentenario.

Mi madre era la penúltima de siete hijos – dos hombres y cinco mujeres- aún la veo en fotos rellenita y con sus cachirulos al lado de sus hermanos, disfrazados de marineros. El año 27 los Rivas González partieron todos al exilio, en Francia, por orden del Carlos Ibáñez. Mi mamá estudió en un internado de monjas francesas, a quienes siempre odió, no tanto por ellas, sino por el encierro, pues siempre fue una persona libre, que le gustaba volar por nuevos mundos fantásticos. Después anduvo en Italia y Constantinopla. Como cantaba muy desafinado, repetía el Juvenesa, de Mussolini, afortunadamente, después se cambió a Bandera Rosa; finalmente vivió, donde terminó su educación media y siguió destruyendo el bello canto con “seamos libres, seamos”.

En su época, muy pocas mujeres llegaban a la universidad, pues las convenciones exigían, o el estado del matrimonio o convertirse en monja, o ser enfermera de los ancianos. Mi madre conoció a Rafael Gumucio Vives, uno de los tantos de una familia de huérfanos que la familia Rivas González quiso adoptar. Mi padre era bastante entretenido para mi madre y, engullendo docenas de ostras, se fueron enamorando.

Mi padre fue regidor por Santiago cuando contrajo matrimonio con mi madre. Pertenecía a un grupúsculo, la Falange Nacional; estos iluminados se salvaban siempre por los pactos electorales. Después fue candidato por Renco y le robaron la elección.

Mis dos abuelos; Manuel Rivas Vicuña y Rafael Luís Gumucio Vergara se pusieron de acuerdo para aprobar la Ley de Educación Primaria Obligatoria y Gratuita. El primero quiso ser masón, pero le duró unos días, pues mi abuela lo puso a rezar el rosario y , al final terminó escribiendo “El Cristo del Maestro”; el segundo fue siempre católico y pasó sus últimos años de su vida confesando pecados que no cometía, pero tuvo el mérito de ser libertario, incluso, intercedió para el contacto entre el masón Pedro Aguirre Cerda y el Cardenal José María Caro, con el fin de lograr el apoyo de los católicos en el reconocimiento del triunfo del Frente Popular.

Mi madre no fue nunca fue una señora “comme il faut”: iba sólo a misa en los matrimonios y entierros y decía, a menudo, que “no hay beato bueno”. En las cartuchas reuniones de La Falange se tiraba unos pedos, más sonoros que el cañón de las doce, y tan gasíferos, como los de las barricadas en la Primera Guerra Mundial; el único que no respingaba su ciránica nariz era, según mi madre, Eduardo Frei Montalva, por eso, decía, “es seguro que será presidente”, mucho antes de que Gabriela Mistral diera vueltas en su tumba.

Mi madre no tiene nada de la Marta bíblica: nunca coció ni un huevo, sólo sabía preparar sopa de tortugas de unos enlatados, ante el espanto de las colombianas, hermanas de mi esposa Clarita. Mi viejo era pésimo para los negocios: como buen vasco, creó una empresa inmobiliaria, que fracasó rotundamente, quedando insolvente. Me contaba que se quiso tirar al río, pero no lo hizo por nosotros y por el tesón de mi madre que, sin siquiera manejar la máquina de escribir, comenzó a trabajar en la CAP, como secretaria de Raúl Sáez, y luego del turco Ananías, dueño un taller de tejidos, en Vicuña Mackenna, donde logró la simpatía de todos y no hizo nada muy útil en el campo laboral.

A mi me llamaba el “mayorazgo” y protegió siempre mi inutilidad. Repetí tres veces primero de preparatoria, nunca di un examen y sólo iba a clase los viernes, los demás días recorría Santiago en micro, de las ocho a las cuatro de la tarde. No sé cómo logró mi madre convencer a los sacerdotes de los Sagrados Corazones de que yo no necesitaba colegio y que los exámenes eran una soberana rotería; pero mi madre, que todo lo podía, con un diálogo encantador y libertario, dejaba a estos santos varones obnubilados. Las Licencia Secundaria la obtuve gracias a “una orden de partido” falangista. Entre capeo y capeo había leído obras tan difíciles como “La interpretación de los sueños”, de Freud, y unos escritos de un tal Plauto, así como los escritores rusos, franceses e ingleses: un autodidacta en colegio pagado.

Nuestra infancia estuvo rodeada de “nanas”, unas jóvenes y muy bonitas, que a veces despertaron nuestra sexualidad. Sería genial que la gran Michelle Bachelet terminara su período cambiándole el nombre a la Plaza Baquedano por el monumento a las nanas. Si le quedaba un tiempo de sus actividades literarias, mi madre nos sacaba a pasear, en bicicleta, donde comíamos “luganelas” – actuales hot dog- y tomábamos té en el Gath y Chaves. Todavía gurdo en retina los celestes sillones de la peluquería, a donde concurrían caballeros y damas. Estas escasas horas se convertían en mi parusía de niño.

Manuela, la predilecta de padre, escribió en su Diario, “papá igual santo, mamá igual loca”, de ahí que yo la llamé “Loqui” hasta su muerte. La Manuela es, de lejos, la más inteligente de los tres hermanos , y muy hábil para vivir el día a día, y heredó de mi madre el espíritu incorregible anticonvencional; cada vez que se está convencido de que va a triunfar en las tareas gubernativas sale con una crítica feroz, terriblemente franca y verdadera, dejando paso a otras personas más borregas y manejables. Manuela es una genial directora de televisión, pero como encuentra monstruosa la televisión chilena, siempre termina sin programa o con emisiones tan polémicas como otrora “la manzana de la discordia”, que terminó peleando con el padre Santis, por eso, la Loqui y la Manuela son casi una misma persona. Ahora que ya se ha marchado, es a Manuela quien seguirá ocupando su lugar, pero un poco más recatada estomacalmente.

Mi otro hermano, Juan, es un brillante abogado laboralista y, durante estos últimos años, profesor universitario. Juan, como un santo, me acompañaba en la micro al colegio, cuando, en mi incontinencia, producto de la disciplina férrea de los curas que me impedían ir al baño, en razón de que escuchara la reproducción de la ameba, que, para más remate, era asexuada. Siempre fue mi compañero fiel y cariñoso ante este hermano mayor tan “atípico”.

A mi padre lo llamábamos “Tipi” y a mi madre “Loqui”, las personas más sociables que yo haya conocido. En nuestra casa, de la calle León, pasaban hablando de política el tío Bernardo Leigthon, el tío Jaime Castillo – un metafísico de la mancha en sus pantalones y especialista en “doctores sutiles”- Manuel Carretón y Luisa Merino, uno de los más geniales lectores de la Generación del 98 español, Eduardo Frei Montalva, el tío Nacho Palma, que se reía como una garza, un ingeniero nervioso y creativo, Ricardo Boizar, un periodista de picotazo que llegaba al corazón, y tantos otros, de la hoy moribunda Democracia Cristiana.

Mi madre era demasiado independiente y tenía otros amigos literatos. Por esos tiempos, escribir era una tarea de ociosos, José Donoso se tomaba unos largos tés con mi madre y nosotros, como estúpidos niños, nunca nos dimos cuenta que era un gran escritor, pues podían mucho más los celos por quitarnos el tiempo de jugar con ella. Manuel Rojas era un grandote, que se parecía a Jean Gabin, o a los personajes de Simenón. A veces íbamos a su casa, bastante sencilla en el Quisco , y su esposa, la tía Valérie perdió el tiempo enseñándome lo que nunca aprendí. A José Santos González Vera yo lo encontraba silencioso, con la voz apenas audible. Con el tiempo me di cuenta que era un bellísimo anarquista, autor de “Alhué” y “Las vidas mínimas”.

Mi madre hizo su carrera universitaria en la vida adulta: primero estudió francés, en el Pedagógico de la U. Católica, en la calle Olivares, haciéndome pasar muchas vergüenzas, pues cuando era candidato a la FEUC le decía a todas las niñas que yo quería conquistar “la que no vote pos Rafaelito, no la saludo más”. Me fue bien en las elecciones, pero pésimo en el amor. Posteriormente, estudió Historia en la U. de Chile. Se compró cuanto libro existía en librería y todos los tiene subrayados. El que más recuerdo es el Renacimiento Italiano de Jacob Burckart, aquel historiador amigo de Nietzsche, que sólo hizo dos viajes a desde Basilea: a Italia y a Grecia.

A mi madre le debo haber estudiado historia, pues con mucho sentido práctico pensó que en esa carrera había muchas mujeres, entre ellas algunas monjas, que estarían dispuestas a ayudar con tareas y pruebas a Rafael, que escribía de manera inteligible.

Salvador Allende y la Tencha eran muy amigos de mis padres; él era siempre bromista y sorprendente: entraba por la ventana de la calle León, muchas veces disfrazado, aterrando a sus moradores, pero después con largas conversaciones sobre lo humano y lo divino. Allende simulaba ir a conversar con mi padre en las humildes oficinas del Senado, pero en el fondo le gustaba coquetear con la bella secretaria de mi padre.

Los otros amigos eran los famosos Sanhueza: Carlos y Gabriel, dibujantes y caricaturistas del fenecido Topaze; Hernán, un gran médico, que trabajaba prácticamente gratis; era médico de mi madre y, a la vez, nuestro pediatra. Su hijo Pablo, también luego médico de ella, es mi dilecto amigo y hermano de espíritu. Entre -las mujeres destacaba la tía Delfina Guzmán, la tía Olaya Errázuriz – cuyo marido, don Radomiro Tomic, gran patriota de nuestro país, cuya imagen debiera estar en cada tonelada de cobre chileno; la Ester Edwards, Regina Zegers. Sería injusto no mencionar a ese caballero de la diplomacia, que fue don Ramón Huidobro.

En ese ambiente político cultural crecimos nosotros tres y, por eso siempre amaremos la fenecida república, destruida por la búsqueda incesante del dinero, que todo lo bello lo convierte en excrescencia.

Mi tía Delfina, Tencha y mi madre querían ser actrices, pero a la única que le resultó a la brillante Delfina. Mi madre era pésima actriz, pero afortunadamente Pedro Ortus, director del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, era un comunista disciplinado y obedeció, sin chistar, la orden de Partido, de integrar a Tencha y Marta, en aras de una posible alianza comunista-socialista-demócrata cristiana. Cuenta mi madre que Ortus. En un ensayo, gritaba “saquen el arcón” y un actor que aún continúa haciendo telenovelas, creyó que el director le gritaba, “saquen a Alarcón”. En los ensayos de Fuente Ovejuna, la Loqui fue bajando, cada vez más de papel; lo hacía tan mal que la colocaron de aldeana entre 120 extras, escondida por la cortina. Pero ella amaba el teatro por sobre todas las cosas y era porfiada; a falta de pisar las tablas, nos llevaba con frecuencia a ver las piezas del Teatro Experimental: La visita de la vieja dama, Casa de Muñecas, La Fierecilla Domada, entre otras. Hasta hoy, el teatro nos apasiona a los tres.

Loqui fue sobre todo profesora: se conocía, a perfección, todas las alcobas de las reinas de Francia y tenía tal gracia para narrar historias, que ninguna alumna quería abandonar la clase; según ella, Josefina era una siútica, y así suma y sigue. De la petite histoire se pasaba a la grande.

En la Maisonnette, Mme. Yánez soportaba sus locuras; en las Ursulinas, las monjitas recomendaban a sus alumnas seguir las clases de Marta Rivas y Mónica Echeverría, pero “no hacerle caso”, pues eran muy competentes, pero bastante locas.

En Francia, mi padre aprendió a cocinar con un recetario chileno y estaba ilusionada que su cassoulet era equivalente a los porotos chilenos. Después aprendió a preparar algunos platos franceses. Su mejores y leales amigos en el exilio fueron Jacques Choncho y Maria Edit y Julio Silva Solar. Mi madre hizo amigos escritores como Gabriel García Márquez y Magerite Yocenar. Cuando Clarita y yo tuvimos que viajar a Mozambique por trabajo, Marco Enríquez, mi sobrino, se puso a llorar como Magdalena, contagiando a mis hijos Rafael e Ignacio. Durante nuestra permanencia en Mozambique, mi madre se transformó en la abuela entretenida, en grado superlativo y dejaron museo por visitar o restaurante histórico en el cual merendar, además de larguísimas discusiones sobre literatura y pintura, que ellos añoraban el momento en que iban a estar juntos; pasaban fácilmente del Procope, del siglo XVIII, a la Coupole.

Mi madre fue una gran libertaria, su primer libro se llamó “El mito proustiano”, una gran pintura de la Francia de la época de Deyfus. Mi hijo es un fanático de Proust, yo el muy flojo, sólo recuerdo El asunto de la Madeleine y Los amores con Albertina.

Quiero soñar que Loqui está en un paraíso donde todos son liberales, sin propiedad y sin dinero, en extremo tolerantes, a lo Voltaire, y en un socialismo romántico, sin coerción y sin Estado, donde igualdad, libertad y fraternidad remplacen sea la suprema trinidad de esta parusía tan buscada por esta mujer rebelde, siempre moderna, amante absoluta de la libertad y enemiga de la tontería.

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