Por Frei Betto
Inteligencia deriva de leer el interior, ser capaz de leer dentro, de captar con precisión lo que hay detrás de las apariencias, de alcanzar la esencia, pues todos sabemos o al menos intuimos que la realidad percibida por nuestros sentidos es apenas la punta del iceberg.
Se da una íntima conexión entre todas las cosas. El primero que lo percibió fue Tales de Mileto, filósofo griego del siglo
Las ideas de Tales de Mileto nos son conocidas gracias a los comentarios de Platón, Aristóteles, Teofrato, Simplicio, Diógenes y Eudemo. Para quien es considerado el primer filósofo, "todas las cosas están llenas de dioses". Hay una sacralizad inherente a todo lo creado. Proposición que, con seguridad, era conocida por el apóstol Pablo, quien la cristianizó al afirmar: "Él no está lejos de cada uno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos, como algunos poetas de ustedes dijeron: ‘Somos de la raza del mismo Dios’" (Hechos de los Apóstoles 17, 27-28).
Tales reconocía en el agua la materia prima de la naturaleza, el sostén de
Encantado con las ideas de Tales, Nietzsche subraya que el agua, como "útero materno de todas las cosas", nos remite al origen del Universo, y la proposición contiene "en germen la idea de que Todo es Uno". En el Génesis el autor bíblico incluyó el agua como elemento primordial, citado ya en el segundo versículo: "Yavé se mecía sobre las aguas".
En el siglo 20 la ciencia comprobó que todo lo que existe preexiste, subsiste y coexiste. Todos los seres de la naturaleza, incluidos el hombre y la mujer, están hechos de los mismos 92 átomos resultantes de la explosión inicial del Universo, el Big Bang, hace unos 14 mil millones de años.
Los átomos y las moléculas de nuestro organismo saben contar la historia de lo que fueron antes, desde que la vida emergió del fondo de los mares y evolucionó a través de los reinos mineral, vegetal y animal. Por eso, vivir es dar un beso en la boca a la naturaleza. Nuestras células se alimentan del gas que ingerimos por la boca y la nariz, el oxígeno, producido por los planctons y por las plantas; al espirar regresamos a los planctons y a las plantas el nutriente que los sustenta, el gas carbónico.
Nuestra vida se mantiene gracias a la capacidad de reciclar la naturaleza en un gesto cotidianamente eucarístico. Los alimentos ingeridos en el almuerzo eran vegetales que estaban vivos y murieron para darnos vida, en forma de ensalada; granos que estaban vivos, el arroz y el frijol, que murieron para darnos vida; animales que estaban vivos -la carne de pescado, cerdo o res- y murieron para darnos vida.
Teilhard de Chardin afirma que todas las cosas son impelidas hacia la completa sinergia, el Punto Omega, que la fe identifica con Cristo Resucitado, en el cual en el futuro todos nosotros seremos unificados, aunque sin perder nuestra individualidad. Misterio que sólo encuentra analogía en la unión de
Si fuéramos capaces de seguir el consejo de Platón y percibir esa unidad entre todos los seres, la cosmofraternura que nos une, la energía vital que hace de la vida ese maravilloso milagro, ciertamente seríamos menos insensibles ante la miserable situación en que sobreviven tantos de nuestros semejantes.
Cuanta necesidad tiene el hombre ( pero no se dá cuenta ), de hacer los que los pueblos originarios, esto es: sentirse parte de la naturaleza y NO por sobre ella, además de mitigar ese ego exacerbado, que lo hace sentirse el centro del mundo, con lo que desdeña al que está a su lado. Y finalmente podemos comprobar, que estos modelos de sociedad y sobre todo los occidentales, van de a poco declinando porque lo que se construye, no respeta a la naturaleza ni al prójimo.