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La Coctelera

DOCUMENTOS DEL PASKIN

El Paskin, un diario delirante y de mala leche

26 Enero 2008

EL MONO


Stephen King

Uno de los hitos para los aficionados al terror durante los años sesenta fue una serie de revistas editadas con ostentoso vulgaridad y seleccionadas por Robert A. W. Lowndes para algo llamado Health Knowledge, Inc. Los títulos que tuvieron una vida más prolongada de sus varias series fueron Magazine of Horror y Startling Mystery Stories; en su mayor parte reeditaban historias de otro modo inaccesibles de fuentes tales como las míticas Weird Tales y Strange Tales, con alguna ocasional historia original, normalmente ilegible, firmada por alguien de quien nadie nunca había oído hablar. Ramsey Campbell, que por aquel entonces tenía ya un libro en su haber, era uno de tales oscuros escritores, y otro era Stephen King, que vendió a esas revistas sus primeras dos historias (por un precio conjunto de sesenta y cinco dólares).

Nacido el 21 de septiembre de 1946 en Portland, Maine, King empezó a escribir a la edad de doce años. El éxito no fue instantáneo. Tras graduarse en la universidad, trabajó en una lavandería por sesenta dólares a la semana antes de encontrar un trabajo docente en una escuela superior por seis mil cuatrocientos dólares al año. Sus primeras novelas consiguieron tan sólo cartas de rechazo, pero en las revistas para hombres, particularmente Cavalier, King encontró un mercado dispuesto a recibir los relatos cortos de horror, y decidió probar fortuna con la novela de horror popular. Allí King tuvo algo más de suerte: su primera novela. Carrie, fue publicada en 1974, seguida por Salem's Lot (La hora del vampiro), The Shining (El resplandor), la colección de relatos Night Shift (En el umbral de la noche), The Stand (La danza de la muerte), The Dead Zone (La zona muerta), y Firestarter (Ojos de fuego). Su éxito fue tal que es muy poco probable que King tenga que volver alguna vez a su trabajo en la lavandería. El mono se publicó como una separata inserta en el número de Gallery de noviembre de 1980... uno de los lugares más inusuales para que puedan perseguirlo los coleccionistas de primeras ediciones. Mientras lo leía, he intentado recordar qué le ocurrió al monito de cuerda que yo tenía cuando era un chiquillo. He intentado recordarlo intensamente...

Cuando Hal Shelbum lo vio, cuando su hijo Dennis lo sacó de una deteriorada caja de Ralston-Purina que había sido arrinconada bajo un montón de trastos en una buhardilla, brotó en él una sensación tan grande de horror y desánimo que por un momento creyó que iba a lanzar un grito. Apretó un puño contra su boca, como para empujarlo de vuelta y tragárselo... y entonces se limitó a toser tras su puño. Ni Terry ni Dennis se dieron cuenta de aquello, pero Petey miró a su alrededor, momentáneamente curioso.

—¡Eh, qué bonito! —dijo Dennis con deferencia. Era un tono que Hal raramente obtenía ya de su hijo. Dennis tenía doce años.

—¿Qué es? —preguntó Petey, y miró de nuevo a su padre antes de que sus ojos fueran atraídos otra vez hacia aquello que su hermano mayor había encontrado—. ¿De qué se trata, papá?

—Es un mono, chico listo —dijo Dennis—. ¿Nunca habías visto un mono antes?

—No llames a tu hermano chico listo —dijo Terry automáticamente, y se puso a examinar una caja llena de cortinas. Las cortinas estaban apolilladas, y las dejó rápidamente—. Uf.

—¿Puedo quedármelo, papá? —preguntó Petey. Tenía nueve años.

—¿Qué quieres decir? —exclamó Dennis—. ¡Lo encontré yo!

—Chicos, por favor —dijo Terry—. Me estáis dando dolor de cabeza.

Hal apenas les oyó... a ninguno de ellos. El mono resplandecía imprecisamente entre las manos de su hijo mayor, sonriendo con su vieja sonrisa familiar. La misma sonrisa que había atormentado sus pesadillas cuando era niño, atormentado hasta que él...

Afuera sopló una repentina ráfaga de viento, y por un momento unos labios sin carne hicieron sonar una larga nota a través del viejo y oxidado canalón. Petey se acercó a su padre, los ojos fijos de modo intranquilo en las vigas de madera del techo de la buhardilla, llenas de clavos.

—¿Qué ha sido eso, papá? —preguntó cuando el silbido murió en un zumbido gutural.

—Sólo el viento —dijo Hal, sin dejar de mirar al mono.

Sus platillos, más bien medias lunas de latón que círculos completos, estaban inmóviles a la débil luz de una bombilla desnuda, quizás a treinta centímetros de distancia el uno del otro. Añadió automáticamente:

—El viento puede silbar, pero no puede entonar una canción.

Entonces se dio cuenta de que ésta era una de las frases de su tío Will, y un escalofrío recorrió su espina dorsal.

La larga nota llegó de nuevo con el viento procedente del Crystal Lake en un largo y zumbante descenso y luego vibró en el canalón. Media docena de pequeñas ráfagas lanzaron el frío aire de octubre contra el rostro de Hal... Dios, aquel lugar era tan parecido al cuarto trastero de la casa en Hartford que parecía como si todos ellos hubieran sido transportados a treinta años atrás en el tiempo.

No debo pensar en eso.

Pero el pensamiento no podía ser rechazado.

En el cuarto trastero donde encontré ese maldito mono en esa misma maldita caja.

Terry se había apartado un poco para examinar una canasta de madera llena con chucherías, y caminaba agachada debido a la fuerte inclinación del techo.

—No me gusta —dijo Petey, y buscó la mano de Hal—. Dennis puede quedárselo si quiere. ¿Nos vamos, papá?

—¿Tienes miedo a los fantasmas, gallina? —inquirió Dennis.

—Dennis, ya basta —dijo Terry ausentemente, mientras cogía una tacita de hojalata con un dibujo chino—. Esto es bonito. Creo que...

Hal vio que Dennis había encontrado la llave de la cuerda en la espalda del mono. El terror aleteó con negras alas en su interior.

—¡No hagas eso!

Sus palabras brotaron más agudas de lo que hubiera deseado, y había arrancado el mono de entre las manos de Dennis antes de darse cuenta de lo que hacía. Dennis miró a su alrededor y luego a él, sorprendido. Terry miró también hacia atrás por encima de su hombro. Y Petey alzó los ojos. Por un momento todos permanecieron en silencio, y el viento silbó de nuevo, muy suavemente esta vez, como una desagradable invitación.

—Quiero decir que lo más probable es que esté roto —dijo Hal.

Solía estar roto... excepto cuando deseaba estar arreglado.

—Bueno, pero no hacía falta que me lo quitaras —dijo Dennis.

—Dennis, cállate.

Dennis parpadeó, y por un momento pareció casi inquieto. Hal no le había hablado de forma tan cortante desde hada mucho tiempo. Desde que había perdido su trabajo en la National Aerodyne en California hacía dos años y se habían mudado a Texas. Dennis decidió no seguir adelante con aquello... por ahora. Se volvió de espaldas a la caja de Ralston-Purina y de nuevo empezó a revolver trastos, pero todo lo que había era pura basura. Juguetes rotos mostrando sus tripas de relleno y muelles.

El viento era más fuerte ahora, ululando en vez de silbar. La buhardilla empezó a crujir suavemente, haciendo un ruido como de pasos.

—Por favor, papá —pidió Petey, apenas lo suficientemente alto como para que su padre le oyera.

—Sí —dijo éste—. Terry, vámonos.

—No he terminado con este...

—He dicho vámonos.

Ahora le tocó a ella mostrarse asombrada.

Habían tomado dos habitaciones contiguas en un motel. Aquella noche a las diez, los chicos estaban durmiendo en su habitación y Terry estaba dormida en la habitación de los adultos. Había tomado dos Valium en el camino de vuelta desde la vieja casa en Casco, para librarse de la migraña. Últimamente tomaba mucho Valium. Había empezado aproximadamente en la época en que la National Aerodyne había despedido a Hal. Durante los últimos dos años él había estado trabajando para la Texas Instruments... Eran cuatro mil dólares menos al año, pero al menos era un trabajo. Él le había dicho a Terry que tenían suerte. Ella había asentido. Había muchos especialistas en software cobrando el desempleo, había dicho él. Ella había asentido. El empleo en Amette era exactamente igual de bueno que el puesto en Fresno, había dicho él. Ella había asentido, pero él tuvo la impresión de que su asentimiento era una mentira.

Y él estaba perdiendo a Dennis. Podía sentir al chico alejándose, alcanzando una prematura velocidad de escape. Adiós, Dennis. Hasta otra, desconocido. Fue bueno compartir este tren contigo. Terry deda que el chico fumaba marihuana. Podía olerlo a veces. «Tienes que hablar con él, Hal.» Y él había asentido, pero hasta ahora no lo había hecho.

Los chicos estaban durmiendo. Terry estaba durmiendo. Hal se metió en el cuarto de baño, cerró la puerta, se sentó en la tapa del inodoro y miró al mono.

Odiaba su aspecto, su blando y lanudo pelaje marrón, pelado en algunos lados. Odiaba su sonrisa... Ese mono sonríe exactamente igual que un negro, había dicho en una ocasión el tío Will, pero no sonreía como un negro, no sonreía como nada humano. Su sonrisa era todo dientes, y si se le daba cuerda, sus labios se movían, sus dientes parecían hacerse más grandes, convertirse en los dientes de un vampiro, los labios se contorsionaban y los platillos sonaban. Estúpido mono, estúpido mono a cuerda, estúpido, estúpido...

Lo dejó caer. Sus manos estaban temblando y lo dejó caer.

La llave chasqueó contra las baldosas del cuarto de baño cuando golpeó el suelo. El sonido pareció muy fuerte en el silencio y la quietud. Se quedó sonriendo con sus lóbregos ojos ambarinos, ojos de muñeco, llenos con una alegría idiota, sus platillos de latón preparados como para puntuar con sus golpes una marcha interpretada por alguna sombría banda infernal, y en el fondo estampada la frase Made in Hong Kong.

—No puedes estar aquí —susurró—. Te tiré al pozo cuando yo tenía nueve años.

El mono le sonrió desde el suelo.

Hal Shelburn se estremeció.

Afuera, en la noche, un negro soplo de viento sacudió el motel.

Bill, el hermano de Hal, y Collette, la esposa de Bill, se encontraron con ellos en la casa del tío Will y la tía Ida al día siguiente.

—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que una muerte en la familia es una forma realmente asquerosa de renovar las relaciones familiares? —le preguntó Bill con el principio de una sonrisa. Había sido bautizado así en honor al tío Will. Will y Bill, campeones del rodayo, acostumbraba a decir el tío Will, y revolvía el pelo de Bill. Era una de sus frases... como que el viento puede silbar pero no puede entonar una canción. El tío Will había muerto hacía seis años, y la tía Ida había vivido desde entonces allí sola, hasta que la semana anterior un ataque al corazón se la había llevado. Todo muy repentino, había dicho Bill cuando llamó desde larga distancia para darle a Hal la noticia. Como si él pudiera saberlo, como si cualquiera pudiera saberlo. Había muerto sola.

—Sí —dijo Hal—. He pensado en ello.

Miraron juntos el lugar, la vieja casa donde habían terminado de crecer los dos. Su padre, un marino mercante, había desaparecido como si hubiera sido borrado de la faz de la Tierra cuando ellos eran pequeños; Bill decía que lo recordaba vagamente, pero Hal no tenía ni el menor recuerdo de él. Su madre había muerto cuando Bill tenía diez años y Hal ocho. Entonces se trasladaron a casa del tío Will y de la tía Ida desde Hartford, y fueron criados allí, y fueron a la universidad allí. Bill se había quedado y ahora era un rico abogado en Portland.

Hal observó que Petey se estaba alejando hacia las zarzamoras que crecían en el lado oriental de la casa, formando una tupida maraña.

—Apártate de ahí, Petey —dijo.

Petey le devolvió una interrogadora mirada. Hal sintió que su sencillo amor hacia el muchacho le inundaba... y entonces, repentinamente, pensó de nuevo en el mono.

—¿Por qué, papá?

—El viejo pozo está en algún lugar por aquí —dijo Bill—. Pero que me condene si recuerdo exactamente dónde. Tu papá tiene razón, Petey... Esa maraña de zarzamoras es un lugar del que es mejor permanecer alejado. Los pinchos harían un buen trabajo contigo. ¿No es así, Hal?

—Exacto —dijo Hal automáticamente.

Petey se apartó del lugar, sin mirar hacia atrás, y luego bajó por el malecón hacia la pequeña playa de guijarros donde Dennis estaba arrojando piedras al agua. Hal sintió que algo en su pecho se aflojaba un poco.

Bill podía haber olvidado dónde estaba el viejo pozo, pero a última hora de aquella tarde, Hal se dirigió directamente hacia allá, abriéndose camino entre las zarzas que desgarraron su vieja chaqueta de franela y buscaron sus ojos. Llegó junto a él y se detuvo allí, respirando pesadamente, mientras contemplaba las podridas y combadas planchas de madera que cubrían su boca. Tras un momento de vacilación, se arrodilló (sus rodillas crujieron como dos secos disparos de pistola) y apartó a un lado dos de las tablas.

Desde el fondo de aquella húmeda garganta rodeada de piedra, un rostro se le quedó mirando: los ojos muy abiertos, la boca distorsionada en una mueca, y un lamento escapando por ella. No era fuerte, excepto en su corazón. Allí había resonado con intensidad.

Era su propio rostro, reflejado en la oscura agua.

No era el rostro del mono. Por un momento había pensado que era el rostro del mono.

Estaba temblando. Temblando de arriba a abajo.

Lo tiré al pozo. Lo tiré al pozo, por favor, Dios mío, no dejes que me vuelva loco. Lo tiré al pozo.

El pozo se había secado el verano que Johnny McCabe murió, el año después de que Bill y Hal llegaron a la vieja casa para quedarse con el tío Will y la tía Ida. El tío Will había pedido prestado dinero al banco para perforar un pozo artesiano, y las zarzamoras habían crecido alrededor del viejo pozo. El pozo seco.

Excepto que el agua había vuelto. Como el mono.

Esta vez no podía negar el recuerdo. Hal permaneció sentado allí, impotente, dejando que acudiera a él, intentando ir con él, cabalgándolo como alguien que hace surf cabalga la monstruosa ola que puede aplastarlo si cae de su tabla, intentando simplemente seguir su paso de modo que desapareciera de nuevo por el otro lado.

Se había deslizado con el mono hasta allí afuera a finales de aquel verano, y las zarzamoras estaban en sazón, con su olor denso y empalagoso. Nadie iba hasta allí a cogerlas, aunque a veces tía Ida se detenía al borde de las zarzas y tomaba un puñado de zarzamoras en su delantal. En el interior del zarzal, las zarzamoras habían madurado en exceso; algunas se estaban pudriendo ya, rezumando un espeso fluido blanco como pus, y los grillos cantaban enloquecedoramente en la alta hierba, bajo sus pies su chirrido interminable: criiiiiiiiii...

Las zarzas se clavaron en él, punteando bolitas de sangre en sus desnudos brazos. No hizo ningún esfuerzo por evitar sus pinchazos. Había estado ciego de terror... Tan ciego que por unos pocos centímetros estuvo a punto de tropezar con las tablas que cubrían el pozo, quizá a unos centímetros de caer diez metros hasta el lodoso fondo del pozo. Había agitado los brazos para mantener el equilibrio, y más espinas habían ensartado sus antebrazos. Era ese recuerdo lo que le había hecho llamar secamente a Petey para que volviera atrás.

Era el día en que Johnny McCabe había muerto;, su mejor amigo... Johnny había estado trepando por los travesaños de madera de la escalera de cuerda que conducía hasta su casa en la copa del árbol, en el patio de atrás. Los dos habían pasado muchas horas ahí arriba aquel verano, jugando a los piratas, viendo imaginarios galeones allá afuera en el lago, disparando sus cañones, preparándose para el abordaje. Johnny había estado trepando a su casa en la copa del árbol como había hecho miles de veces antes, y el travesaño justo debajo de la puerta trampilla en el fondo de la casa en el árbol se había partido bajo sus manos, y Johnny había caído diez metros hasta el suelo y se había roto el cuello, y la culpa era del mono, el mono, el maldito y odioso mono. Cuando sonó el teléfono, cuando tía Ida abrió mucho la boca y luego formó una O de horror, cuando su amiga Milly de más abajo de la calle le dio la noticia, cuando tía Ida dijo «Sal al porche, Hal, tengo que darte una mala noticia...», había pensado con mórbido horror: ¡El mono! ¿Qué ha hecho el mono ahora?

No había habido ningún reflejo de su rostro atrapado en el fondo del pozo aquel día. Únicamente los guijarros cayendo a la oscuridad y el olor del lodo húmedo. Había mirado al mono tirado allá en la resistente hierba que crecía entre las zarzas, sus platillos en suspenso, sus sonrientes y enormes dientes entre sus entreabiertos labios, su pelaje, desgastado aquí y allá hasta formar manchas peladas, sus inmóviles ojos.

—Te odio —le había susurrado.

Rodeó con su mano aquel detestable cuerpo, sintiendo crujir el lanudo pelaje. El mono le sonrió mientras lo mantenía delante de su rostro.

—¡Adelante! —le desafió, echándose a llorar por primera vez aquel día.

Lo sacudió. Los inmóviles platillos se agitaron levemente. Destruía todo lo bueno. Absolutamente todo.

—¡Adelante, hazlos sonar! ¡Hazlos sonar!

El mono simplemente sonreía.

—¡Vamos, hazlos sonar! —Su voz se alzó histéricamente—. ¡Salta, salta y hazlos sonar! ¡Vamos, atrévete! ¡Te desafío a que lo hagas!

Sus ojos amarillo amarronados. Sus enormes y regocijados dientes.

Entonces lo arrojó al pozo, loco de pesar y de terror. Lo vio girar sobre sí mismo una vez mientras caía, un simiesco acróbata haciendo un truco, y el sol se reflejó por última vez en aquellos platillos. Golpeó el fondo con un golpe sordo, y eso debió desencadenar su mecanismo, pues de repente los platillos empezaron a sonar. Su rítmico, deliberado y cantarín sonido ascendió hasta sus oídos, resonando con extraños ecos en la garganta de piedra del pozo muerto: jang-jang-jang-jang...

Hal aplastó sus manos sobre su boca y, por un momento, pudo verle allí abajo, quizá tan sólo con los ojos de la imaginación... Tendido allá en el lodo, los ojos resplandeciendo hacia arriba, mirando al pequeño círculo de su rostro infantil asomado sobre el borde del pozo (como si silueteara su forma para siempre), los labios abriéndose y contrayéndose en torno a aquellos sonrientes dientes, los platillos sonando, el alegre mono de cuerda.

Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto? Jang-jang-jang-jang, ¿es Johnny McCabe, cayendo con los ojos desorbitados, trazando su propia pirueta acrobática mientras cae a través del brillante aire veraniego de vacaciones con el roto peldaño aún sujeto en sus manos para golpear contra el suelo con un único y amargo crujido de algo que se rompe? ¿Es Johnny, Hal? ¿O eres tú?

Gimiendo, Hal había colocado las tablas sobre el agujero, clavándose astillas en las manos, sin importarle, sin darse siquiera cuenta hasta más tarde. Y aún podía oírlo, incluso a través de las tablas, ahora ahogado y, en cierto modo, peor aún: estaba ahí abajo en aquella oscuridad de piedra, golpeando sus platillos y contorsionando su repulsivo cuerpo, y el sonido ascendía como el sonido de un hombre enterrado prematuramente, arañando en busca de una salida.

Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto esta vez?

Tambaleante, se abrió camino a través de las zarzas, de vuelta a casa. Los espinos trazaron nuevos surcos de sangre en su rostro, los lampazos se aferraron a las vueltas de sus téjanos, y en una ocasión cayó cuan largo era, sus oídos tintineando aún, como si el mono le estuviera siguiendo. El tío Will lo encontró más tarde, sentado en un neumático viejo en el garaje y sollozando, y pensó que Hal estaba llorando por su amigo muerto. Así era, pero también lloraba como secuela de su terror.

Había arrojado al mono al fondo del pozo por la tarde, a primera hora. Aquel anochecer, mientras el ocaso se arrastraba a través de un brillante manto de nieblas bajas, un coche avanzando demasiado rápido para la reducida visibilidad había arrollado en la carretera al gato de la isla de Man de tía Ida y luego prosiguió su camino. Hubo intestinos esparcidos por todas partes y Bill vomitó, pero Hal simplemente había vuelto su rostro, su pálido y crispado rostro, mientras oía a tía Ida sollozar (esto, añadido a las noticias de la muerte del chico McCabe, había ocasionado un ataque de llanto casi histérico, y pasaron dos horas antes de que el tío Will consiguiera calmarla por completo) como si estuviera a kilómetros de distancia. En su corazón había una fría y exultante alegría. No había sido su tumo. Había sido el gato de tía Ida, no él, ni su hermano Bill o su tío Will (dos campeones del rodayo). Y ahora el mono ya. No estaba, permanecía en el fondo del pozo, y un zarrapastroso gato de la isla de Man con sus orejas llenas de garrapatas no era un precio demasiado grande a pagar. Si el mono deseaba tocar sus infernales platillos, que lo hiciera. Podía tocarlos y tocarlos para los insectos y los escarabajos, todas las cosas oscuras que tenían su hogar en la garganta de piedra del pozo. Se pudriría allá abajo en la oscuridad, y sus repulsivos engranajes y ruedas y muelles se oxidarían en las tinieblas. Moriría ahí abajo. En el lodo y la oscuridad. Las arañas tejerían su sudario.

Pero... había vuelto.

Lentamente, Hal tapó de nuevo el pozo, como había hecho aquel otro día, y en sus oídos resonó el eco fantasmal de los platillos del mono: Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto, Hal? ¿Es Terry? ¿Dennis? ¿Es Petey, Hal? ¿Es tu favorito, verdad? ¿Es él? Jang-¡ang-jang...

—¡Deja eso!

Petey se echó hacia atrás y soltó el mono, y por un momento de pesadilla Hal pensó que iba a ocurrir, que la sacudida iba a desencadenar la maquinaria y los platillos iban a empezar a sonar y a tintinear.

—Papi, me has asustado.

—Lo siento. Sólo que... no quiero que juegues con eso.

Los demás se habían ido a ver una película, y él había pensado que llegaría de vuelta al motel antes que ellos, pero se había quedado en la vieja casa más tiempo del que había supuesto. Los viejos y odiosos recuerdos parecían moverse en su propia y eterna zona de tiempo...

Terry estaba sentada cerca de Petey, mirando The Beverly Hillbillies. Contemplaba la vieja y granulosa impresión con una concentración fija y absorta que hablaba de una reciente toma de Valium. Dennis estaba leyendo una revista de rock, con el grupo Styx en la portada. Petey había permanecido sentado con las piernas cruzadas en la moqueta, jugueteando con el mono.

—No funciona de ninguna de las maneras —dijo Petey.

Lo cual explica por qué Dennis se lo ha dejado, pensó Hal, y entonces se sintió avergonzado y furioso consigo mismo. Parecía incapaz de controlar la hostilidad que sentía hacia Dennis cada vez más a menudo, pero luego se notaba rebajado y vulgar..., impotente.

—No —dijo—. Es viejo. Voy a tirarlo. Dámelo.

Tendió su mano y Petey, con aspecto afligido, se lo entregó.

—Papi se está volviendo un esquizofrénico asustado —dijo Dennis a su madre.

Hal ya cruzaba la habitación incluso antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, sonriendo como aprobadoramente con el mono en una mano. Sacó a Dennis de su silla tirando de su camisa, y se produjo un sonido susurrante cuando una de las costuras se rasgó en algún lugar. Dennis pareció casi cómicamente impresionado. Su ejemplar de Tiger Beat cayó al suelo.

––¡Eh!

—Ven conmigo —dijo Hal severamente, tirando de su hijo hacia la puerta que comunicaba con la otra habitación.

—¡Hal! —casi gritó Terry. Petey sólo abrió mucho los ojos.

Hal sacó a Dennis fuera. Cerró la puerta de un golpe y luego empujó a Dennis contra la puerta. Dennis empezaba a parecer asustado.

—Estás convirtiéndote en un problema —dijo Hal.

—¡Suéltame! Me has roto la camisa, me has...

Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.

—Sí —dijo—. Un auténtico problema de descaro. ¿Te han enseñado eso en la escuela? ¿O allá en el fumadero?

Dennis enrojeció, el rostro momentáneamente crispado por la culpabilidad.

—¡Yo no estaría en esa mierda de escuela si a tí no te hubieran despedido! —estalló.

Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.

—No fui despedido. Eliminaron mi puesto y tú lo sabes. Y no necesito tu mierda de opinión al respecto. ¿Tienes problemas? Bienvenido al mundo, Dennis. Pero no eches tus problemas sobre mí. Comes cada día. Tus posaderas están cubiertas. Después de once años... no necesito... ni una mierda... de tí.

Puntuó cada frase tirando del muchacho hacia delante, hasta que sus narices estuvieron casi tocándose, y luego lo empujó contra la puerta. No lo hacía con la suficiente violencia como para hacerle daño, pero Dennis estaba asustado... Su padre no había alzado la mano sobre él desde que se habían mudado a Texas, y ahora empezó a llorar con los fuertes, roncos y saludables sollozos de un cuerpo joven.

—¡Adelante, pégame! —le gritó a Hal, su rostro crispado y moteado por el flujo de la sangre—. ¡Pégame si quieres! ¡Sé cuánto me odias!

—No te odio. Te quiero mucho. Dennis. Pero soy tu padre y tienes que mostrarme respeto o voy a tener que zurrarte para conseguirlo.

Dennis intentó soltarse, pero Hal tiró del muchacho hacia sí y lo abrazó. Dennis luchó por un momento, y luego apoyó su rostro contra el pecho de Hal y lloró como si estuviera exhausto. Era la especie de llanto que Hal no había oído a ninguno de sus hijos desde hacía años. Cerró los ojos, dándose cuenta de que él también se sentía exhausto.

Terry empezó a golpear al otro lado de la puerta.

—¡Ya basta, Hal! ¡Sea lo que sea lo que le estás haciendo, ya basta!

—No lo estoy matando —dijo Hal—. Tranquilízate, Terry.

—Pero tú...

—Todo va bien, mamá —dijo Dennis, la voz ahogada contra el pecho de Hal.

Pudo sentir su perplejo silencio por un momento, y luego ella se apartó de la puerta. Hal miró de nuevo a su hijo.

—Siento lo que te dije, papá —dijo Dennis, a disgusto.

—Cuando volvamos a casa, la próxima semana, aguardaré dos o tres días y luego voy a registrar todos tus cajones, Dennis. Si hay en ellos algo que no quieras que yo vea, será mejor que te desembaraces de ello.

De nuevo el ramalazo de culpabilidad. Dermis bajó los ojos y se secó los mocos con el dorso de la mano.

—¿Puedo irme ahora? —dijo nuevamente hosco.

—Por supuesto —dijo Hal, y le dejó marchar.

Tenemos que ir de camping en la primavera, solos los dos. Pescar un poco, como el tío Will acostumbraba a hacer con Bill y conmigo. Acercarme un poco a él. Intentarlo.

Se sentó en la cama, en la vacía habitación, y miró al mono. Nunca te acercarás de nuevo a él, Hal, parecía decir su sonrisa. Nunca más. Nunca más.

El simple hecho de mirar al mono le hizo sentirse agotado. Lo dejó a un lado y se puso una mano sobre los ojos.

Aquella noche, en el cuarto de baño, Hal estaba limpiándose los dientes y pensando: Estaba en la misma caja. ¿Cómo podía estar en la misma caja?

El cepillo de dientes se desvió hacia arriba, lastimando sus encías. Dio un respingo.

El tenía cuatro años, y Bill seis, la primera vez que vio el mono. Su desaparecido padre había comprado una casa en Hartford, había terminado de pagarla y era completamente de ellos antes de que muriera o desapareciera o lo que fuese. Su madre trabajaba como secretaria en la Holmes Aircraft, la fábrica de helicópteros en las afueras de Westville, y una serie de muchachas habían pasado por la casa para cuidar a los chicos, excepto que por aquel entonces tan sólo era a Hal a quien tenían que cuidar durante el día... Bill estaba ya en la escuela, en primer grado. Ninguna duraba mucho tiempo. O se quedaban embarazadas y se casaban con sus amigos, o se iban a trabajar a Holmes, o la señora Shelbum descubría que habían dado cuenta de su jerez para cocinar o de la botella de coñac que guardaba en el aparador para las ocasiones especiales. La mayoría eran chicas estúpidas que lo único que parecían desear era comer o dormir. Ninguna deseaba leerle a Hal del modo que lo hada su madre.

Aquel largo verano, la niñera fue una voluminosa y zalamera chica negra llamada Beulah. Adulaba a Hal cuando la madre de Hal estaba por los alrededores, y a veces le pellizcaba cuando su madre no estaba. Sin embargo, Hal sentía un cierto aprecio hacia Beulah, que de vez en cuando le leía algún espeluznante relato de una de sus revistas románticas o de detectives. («La muerte avanzaba solapadamente hacia la voluptuosa pelirroja», entonaba Beulah amenazadoramente en el soñoliento silencio de la sala de estar, y se metía otro cacahuete salado en la boca, mientras Hal estudiaba solemnemente las mal impresas figuras de los dibujos a página entera y bebía su leche.) Y ese aprecio hizo que las cosas fueran peores.

Descubrió el mono en un frío y nuboso día de marzo. Caía una esporádica aguanieve afuera en las ventanas, y Beulah estaba dormida en el sofá, con un ejemplar de My Story abierto boca abajo sobre su admirable seno.

De modo que Hal se dirigió al cuarto trastero para echar una ojeada a las cosas de su padre.

El cuarto trastero era un lugar para guardar cosas que ocupaba toda la longitud del segundo piso por el lado izquierdo, un espacio extra que nunca había sido terminado. Uno entraba en el cuarto trastero utilizando una pequeña puerta —una especie de puertecilla como de conejera— en el lado de Bill de la habitación de los chicos. A ambos les gustaba meterse allí dentro, pese a que hacía frío en invierno y demasiado calor en verano, tanto como para salir con un cubo lleno del sudor brotado de sus poros. Largo y estrecho, y en cierto modo misterioso, el cuarto trastero estaba lleno de fascinantes cosas viejas. No importaba cuántas cosas mirara uno allí dentro, nunca parecía posible mirar todo lo que había. Él y Bill habían pasado varias tardes de sábado enteras allí arriba, apenas hablándose, sacando cosas de cajas, examinándolas, dándoles vueltas y más vueltas hasta que sus manos pudieran absorber cada única realidad, luego devolviéndolas a su sitio. Ahora Hal se preguntaba si él y Bill no habrían estado intentando, de la mejor manera posible, ponerse en contacto con su desvanecido padre.

Había sido marino mercante y el lugar estaba lleno con fajos de mapas, algunos señalados con precisos círculos (y el orificio de la punta del compás en el centro de cada uno de ellos). Había veinte volúmenes de algo llamado Guía para la Navegación Barron. Unos binoculares torcidos que hacían que los ojos ardieran y que falseaban de forma curiosa las cosas si se miraba por ellos demasiado rato. Había recuerdos turísticos de una docena de puertos de escala —muñecas de hula-hula de caucho, un sombrero hongo de cartón negro con una retorcida banda que decía PICA A UNA CHICA Y TE HAGO PICADILLY, una bola de cristal con una pequeña Torre Eiffel dentro—, y había también sobres, con sellos de muchos lugares dispuestos cuidadosamente en su interior, y monedas de otros países; había muestras de roca de la isla hawaiana de Maui, un cristal negro..., pesado y en cierto modo amenazador, y divertidos discos en idiomas extranjeros.

Aquel día, con el aguanieve cayendo hipnóticamente del techo justo encima de sus cabezas, Hal se abrió camino hasta el extremo más alejado del cuarto trastero, apartó a un lado una caja y debajo vio otra caja: una caja de Ralston-Purina. Mirando desde su interior, un par de vidriosos ojos color avellana. Le dieron un sobresalto y por un momento retrocedió, el corazón latiéndole fuertemente, como si hubiera descubierto a un mortífero pigmeo. Luego vio su silencio, la fija mirada de aquellos ojos, y se dio cuenta de que era algún tipo de juguete. Avanzó de nuevo y lo sacó cuidadosamente de la caja.

Le sonrió con su dentona sonrisa sin edad bajo la amarilla luz, sus platillos muy separados.

Encantado, Hal había dado la vuelta al juguete, sintiendo lo encrespado de su lanoso pelaje. Su alegre sonrisa le agradaba. Sin embargo, ¿no había habido algo más allí? ¿Una casi instintiva sensación de disgusto que había aparecido y desaparecido incluso antes de que fuera consciente de ella? Quizá fuera así, pero con un viejo recuerdo como aquél hay que procurar no creer demasiado. Los viejos recuerdos pueden mentir, pero... ¿no había visto la misma expresión en el rostro de Petey, en la buhardilla de la vieja casa?

Había descubierto la llave inserta en la parte baja de su espalda y le dio cuerda. La llave giró casi demasiado fácilmente y la cuerda no dejó oír el sonido del engranaje. Por tanto, estaba rota. Rota, pero el juguete seguía siendo bonito.

Se lo llevó afuera para jugar con él.

—¿Qué es eso que trae, Hal? —preguntó Beulah, despertando de su siesta.

—Nada —dijo Hal—. Lo encontré.

Lo colocó en la estantería de su lado en el dormitorio. Estaba encima de sus cuadernos Lassie para colorear, sonriente, mirando al espacio, los platillos en equilibrio. Estaba roto, pero pese a todo sonreía. Aquella noche, Hal se despertó de algún sueño intranquilo, la vejiga llena, y salió para utilizar el cuarto de baño del vestíbulo. Bill era un montón de sábanas respirando regularmente al otro lado de la habitación.

Hal volvió del cuarto de baño, casi dormido de nuevo... y repentinamente el mono empezó a golpear sus platillos, uno contra el otro, en la oscuridad.

Jang-jang-jang-jang...

Se despertó por completo, como si le hubiesen golpeado en pleno rostro con una toalla fría y mojada. Su corazón dio un brinco de sorpresa, y un agudo chillido, casi de ratón, escapó de su garganta. Miró al mono, los ojos muy abiertos, los labios temblando.

Jang-jang-jang-jang...

Su cuerpo se agitaba y saltaba en el estante, mientras sus labios se abrían y cerraban, se abrían y cerraban, odiosamente alegres, revelando unos dientes enormes y carnívoros.

—Para —susurró Hal.

Su hermano se dio la vuelta en la cama y emitió un único y fuerte ronquido. Todo lo demás permaneció en silencio... excepto el mono. Los platillos resonaban y tintineaban, y seguramente iban a despertar a su hermano, a su madre, a todo el mundo. Iban a despertar incluso a los muertos.

Jang-jang-jang-jang...

Hal avanzó hacia él, dispuesto a pararlo como fuera, quizá poniendo su mano entre los platillos hasta que se acabara la cuerda (pero estaba rota, ¿no?) y se detuviera por sí mismo. Los platillos entrechocaron una última vez —¡jang!— y luego se separaron lentamente hasta su posición original. El latón relucía en las sombras. Los sucios y amarillentos dientes del mono sonreían en su improbable sonrisa.

La casa estaba de nuevo silenciosa. Su madre se dio la vuelta en su cama e hizo eco al ronquido de Bill. Hal volvió a su cama y se tapó con las sábanas, su corazón latiendo aún apresuradamente, y pensó: Mañana lo devolveré al cuarto trastero. No lo quiero.

Pero a la mañana siguiente olvidó por completo devolver el mono a su lugar original, debido a que su madre no fue a trabajar: Beulah había muerto. Su madre no quiso decirles exactamente lo ocurrido.

—Fue un accidente. Sólo un terrible accidente —fue todo cuanto dijo.

Pero aquella tarde Bill compró un periódico, camino de vuelta a casa desde la escuela, y llevó hasta su habitación, escondida bajo su camisa, la página cuatro. (Dos muertos a tiros en un apartamento, decían los titulares.) Leyó vacilantemente el artículo a Hal, siguiéndolo con el dedo, mientras su madre preparaba la cena en la cocina, Beulah McCaffery, de 19 años, y Sally Tremont, de 20, fueron muertas a tiros por el amigo de la señorita McCaffery, Leonard White, de 25 años, a resultas de una discusión sobre quién iba a salir a recoger el encargo que habían hecho de un menú chino. La señorita Tremont murió en el Hartford, donde había sido trasladada urgentemente; Beulah McCaffery murió en el acto.

Era como si Beulah hubiera desaparecido dentro de una de sus propias revistas de detectives, pensó Hal Shelbum, y sintió que un frío estremecimiento recorría su espina dorsal y luego rodeaba su corazón. Entonces se dio cuenta de que los disparos se habían producido aproximadamente al mismo tiempo que el mono...

—¿Hal? —Era la voz de Terry, soñolienta—. ¿Vienes a la cama?

Escupió la pasta dentífrica al lavabo y se enjuagó la boca.

—Sí —dijo.

Antes había puesto el mono en su maleta y la había cerrado con llave. Iban a volar de vuelta a Texas dentro de dos o tres días, pero antes quería librarse definitivamente de aquella maldita cosa. Fuera como fuese.

—Fuiste muy duro con Dennis esta tarde —dijo Terry, en la oscuridad.

—Dennis necesita que alguien empiece a mostrarse un poco duro con él, creo. Está deslizándose. Simplemente, no quiero que empiece a caer.

—Psicológicamente, pegar al chico no es la forma...

—¡Por el amor de Dios, Terry! ¡No le pegué!

—... más productiva de afirmar la autoridad paterna.

—No empieces de nuevo con la mierda esa de las sesiones de grupo —dijo Hal, furioso.

—No comprendo por qué no deseas discutir eso —su voz era fría.

—También le dije que quería ver todas esas drogas fuera de casa.

—¿Has hecho eso? —Ahora sonaba aprensiva—. ¿Cómo se lo tomó? ¿Qué dijo?

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