Arturo Alejandro Muñoz

LUEGO DE TANTA parafernalia beata respecto de ‘la píldora del día después’, mi tal vez menguada capacidad de análisis me obliga a abrir polémica. Es que el doble estándar ya forma parte vital del escenario político criollo, y con ese prurito se mueve siempre la dirigencia de ambos conglomerados que dirigen el país. Obviamente, nuestra inefable Iglesia Católica no les va en zaga, tanto como lo hacen los principales medios informativos que administran los mandantes de siempre.

Chile es el país que tiene el mayor número y porcentaje de niños nacidos fuera del matrimonio en Latinoamérica. Año tras año se incrementa el porcentaje de jóvenes que optan por la convivencia y rechazan la posibilidad del matrimonio. El número de separaciones y divorcios matrimoniales sube como la espuma. Somos también campeones sin disputa en la cantidad de moteles por habitante en todo el continente americano.

En cada calendario los abortos aumentan entre las mujeres menores de 30 años, lo que nos ubica como punteros sudamericanos en esta delicada materia. Y eso que no me he referido al número de abortos que chilenas jóvenes y adineradas se provocan fuera de nuestras fronteras, particularmente en ciudades como Buenos Aires (Argentina) y Miami (EEUU), de acuerdo a las estadísticas entregadas semestralmente por la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Pese a ello, la Iglesia Católica insiste en su ataque frontal a la educación sexual ‘de verdad’ en liceos y colegios, o a la libre compra (o libre acceso) de la píldora del día después por parte de personas mayores de 14 años de edad. Aducen los sacerdotes (y muchos acólitos laicos que pululan por ahí) que esa pildorita debería ser vendida a las jovencitas sólo con la autorización de los padres.

La pregunta es obvia: ¿algún padre o madre se opondrá a que su hija menor de 18 años, obviamente soltera, trague la píldora si ella confiesa que la noche anterior –en medio del carrete- tuvo sexo ocasional con no sabe quién? ¿Usted impediría que su hija ingiera la píldora, se embarace y finalmente se friegue la vida para siempre teniendo un hijo quizá no deseado? ¿Estaría dispuesto a joderle la vida a su hija, y jodérsela usted también? Estoy seguro que después de los gritos, pataletas, sermones, llantos y amenazas, usted concurriría vertiginosamente a la farmacia más cercana para comprarle a su hija la famosa y tan vilipendiada pildorita.

Definitivamente, sólo la educación sexual, el condón, los anticonceptivos y la píldora del día después pueden detener el crimen que significa el aborto. Aunque con sus estentóreas bravuconadas con que atacan esos contraceptivos, los calzonudos y beatos sólo logran que el número de abortos siga en aumento. ¿Es lo que prefieren?

Escuché a un santo varón de la UDI afirmar cuán necesario era que el establishment nacional lograse convencer a la juventud respecto de mantener la virginidad hasta edad madura. Tarea tan inútil como intentar que en los estadios de fútbol las barras no griten, no canten ni tampoco insulten al árbitro. Como consejo oportuno para aquel santón, me permito recomendarle conversar con profesores de escuelas basicas (urbanas y rurales), con trabajadores sociales y médicos de consultorios comunales, con varios miembros de uno o más concejos municipales, para que ‘le caiga la chaucha’ y se entere, de una buena vez, que la cabrería –con o sin autorización oficial y/o familiar- realiza ejercicios sexuales con la misma facilidad que los hoy abuelos le escribían burdas poesías de amor a la persona adorada en plena juventud.

El conocido caso aquel del “Wena Natty”, protagonizado por una chiquilla de 15 años y un mocoso de la misma edad en una plaza santiaguina a plena luz del día, resultó ser suficiente ejemplo para barruntar que nuestros jóvenes se inician tempranamente en materias del sexo. Y es sólo un botoncito, pues la generalidad señala que cientos (quizá miles) de muchachas y chiquillos, a lo largo del país y del continente y del planeta, en el mismo momento que escribo las presentes líneas, están disfrutando de un coito sin el permiso ni el conocimiento de sus mayores.

¿Todo esto es bueno? No, pues, no lo es. Pero seguirá siendo de esa laya durante muchos años, a menos que por fin nuestros gobiernos y nuestra calzonuda clase política decidan modernizarse y estructurar lo que ya dijimos líneas arriba: educación sexual en escuelas y colegios a partir del tercero o cuarto año básicos y hasta el momento en que los jóvenes terminen su enseñanza media. No hay otro camino más útil ni más productivo que el de la educación sin tapujos.

Aprovechando el vuelito, también habría que educar en estas materias a padres y apoderados, principales ignorantes y compradores de tabúes de nuestra ultra conservadora sociedad chilena, ya que es imposible que esos mismos padres puedan establecer fluida comunicación con sus hijos sobre asuntos sexuales que desconocen completamente.

Junto al conservadurismo nacional se alza sólidamente el doble estándar de las virtudes públicas y los vicios privados. Como es el caso de algunos pastores de la Iglesia Católica que se desgañitan sermoneando contra la píldora, pero acostumbran a practicar la pederastia ‘en el nombre de Dios’ confiados en que la justicia y los políticos siempre les protegerán, tal cual sucedió con el obispo Cox en La Serena y con otro pedófilo con hábitos que actuó libremente en Punta Arenas. ¿Algún lector podría entregar noticias respecto de las vidas que estos santos padrecitos llevan hoy fuera de Chile?

En estos asuntos, nuestro ultramontano país jamás habría efectuado lo que realizó el gobierno norteamericano, que punió con fortísimas multas en dinero (millones de dólares) a la Iglesia Católica de los Estados Unidos por los comprobados actos de pederastia efectuados por algunos obispos y sacerdotes. La justicia del Estado de Oregón (EEUU) amenazó a esa Iglesia con el embargo de todos sus bienes si no procedía a la brevedad a pagar los dineros establecidos por el tribunal. Otro Estado norteamericano fue aún más lejos, ya que insinuó incluso la expulsión definitiva de los sacerdotes católicos si la curia eclesiástica no ponía en inmediata práctica las resoluciones judiciales. Desde El Vaticano, sin chistar, emanó la orden perentoria: ¡¡paguen y no hagan olas!!

Si ello hubiese sucedido en Chile, todavía estaría el ‘curita’ Hasbún parloteando estupideces en el canal Mega, y varios políticos solicitarían silencio legal de la prensa para evitar que los chilenos siguiesen enterándose de las bondades vaticanas en el país. De hecho ya está ocurriendo, pues nuestros ‘hombres públicos’ quieren ser tales solamente en cuanto a sus actividades oficiales, pero si son ‘públicos’ significa que en tanto gocen y disfruten de las dietas, regalías y sabores que otorgan sus cargos a los que llegaron no por capacidad solamente, sino por decisión de la ciudadanía o del ‘público’ para servirlo realmente, es imprescindible entender entonces que no tienen vida privada. Les sucede a los artistas de cine, de la música, de la televisión y del deporte…¿por qué a ellos no?

Por cierto, algún día podrían mencionarse todas y cada una de las situaciones en que algunos de nuestros políticos han cometido deslices sexuales, errores, infidelidades y ‘canitas al aire’, e incorporar en la mención el cómo después esos políticos utilizaron los medios de prensa para lenguajear cuales sepulcros blanqueados contra quienes realizan lo mismo que ellos han hecho en la oscuridad de sus cargos ‘públicos’.

Es una buena y sana idea, aunque bastante improbable de llevar a efecto ya que a nuestros parlamentarios, políticos y autoridades civiles, eclesiásticas y militares, les encanta ejercitar el ‘síndrome del burro fornicador’…vale decir, les gusta penetrar a destajo, pero que no los penetren.