POR DR. HANNIBAL LECTER

Como recordarán la semana pasada les relaté las peripecias que me hizo pasar el primate Iván Moreira en mi consulta. Luego de mi secuestro ocurrido en calle O’carrol, perdí la noción del tiempo y el espacio. No supe nunca dónde me condujeron. A las 03:00 de la mañana del día domingo, desperté con un inmenso dolor de cabezas y molesto ruido en mis oídos: era similar a haber bebido ron toda la noche y amanecer con esa conocida mosca que te despierta como si la hubiera enviado una esposa insatisfecha sexualmente y que en venganza por haber llegado tarde, le encomendará molestarte hasta sentir ese vahído vomitivo que produce el alcohol luego de una noche de juergas.

Un murmullo exterior acusado con varios tacos que retumbaban en mi cerebro, escuché que se abría lo que intuí era un calabozo. El portazo que dieron los agentes de Moreira retumbó sordo volviéndome a la conciencia cognitiva.

“¡Levántese Dr. Lecter!, vamos a amordazarlo y si intenta lastimarnos con sus mordiscos, le recuerdo que tenemos suficientes cantidades de dopamina como para adormecer a todos los marxistas-leninistas de este país”. La orden imperativa y el dolor de cabeza doblegaron mis instintos antropófagos.

Conducido y amarrado en el mismo artefacto en que años antes Clarice me hizo entrevistar a una senadora, los agentes de Moreira me llevaron a otro salón que por su aspecto, debió ser usado por agentes de la DINA. En sus paredes había inscripciones alusivas al general Pinochet y había un listado del que supuse sería la lista de torturados en la dictadura. Confundido por el motivo de mi permanencia allí, se me acercó una mesa de madera manchada de sangre (lo que obviamente abrió mi apetito) y una silla. El cuadro se complementaba con la clásica lámpara de 40 watts que alumbraba penosamente el centro del habitáculo.

Pasada media hora en soledad, sentí nuevamente un tráfico exterior y conversaciones no muy claras. Evidentemente, hablaban de mí y decían que tenían todo predispuesto para la entrevista que, en esas condiciones, al parecer debía concertar.

Imaginé que tanta parafernalia no habría sido posible elucubrarla en la mente de Moreira, ya que el plan estaba inteligentemente diseñado y, por razones que todos los lectores deben conocer, tal coeficiente intelectual, no es de la talla del honorable diputado.

Sin embargo, mis dudas a los pocos minutos comenzaron a despejarse cuando al abrirse la estrepitosa puerta ingresó Moreira con otro conocido primate. A esas alturas, mi dolor de cabeza y la dopamina habían abandonado mi organismo y mi mente estaba lista para defenderme y atacar a la sordina de simios.

“Buenas Tardes Dr. Lecter, perdone que lo haya traído en estas condiciones, pero como sabría que al no atender a mi mascota, una entrevista con mi persona sería menos atractiva para Ud.” Irónicamente, contestó el personaje.

“No podría haber esperado nada menos de Ud. Sr. Zaldivar… muy por el contrario, no tenía para que molestarse para concertar esta entrevista bajo estas condiciones.¡Ya decía yo que sus últimas traiciones debelaron solo el momio que nunca murió en Ud.!”

Al oír mis palabras, el Senador Zaldivar me abofeteó el rostro haciéndome escupir mi hálito con un poco de sangre. “Gracias Senador, hoy no he desayunado mis platos favoritos, no obstante, si quiere hablar conmigo, le sugiero que saque al orangután de mi presencia: tiendo a tener cierta rara estima por los bandidos mas no así por su homínido”.

Al castañear de sus dedos, los agentes de matrix sacaron una banana y tal como uno llama a un perrito faldero con un hueso, Moreira salió de la habitación gimiendo por su fruto favorito.

“je, je, je , je… Ja, ja, ja, ja… je, je, je”, sonrío frívolo el ahora más escaso colorín senador.

“¿De que se ríe senador Zaldivar?, no trate de impresionarme con esa risa sobreactuada, pues aunque mi especialidad es la mente de psicópatas, le advierto que soy un admirador del teatro y su performance no alcanza ni para un Altazor”. Zaldivar en ese momento oscureció su mirada y con un guiño me indicó que mirara hacia el exterior de la puerta.

“¿Ve esa sombra que se dibuja en el muro Dr. Lecter? No estoy sólo en esta entrevista. Muy por el contrario, lo que conversaremos será de a tres. Y le advierto que esta no es una entrevista habitual…”

“Insulta mi inteligencia Senador. Eso lo tengo muy claro por las condiciones en las que me mantiene su sentido de humanidad”. Interrumpí muy groseramente.

“No se haga el altanero Dr. Lecter. Le decía que esta no es una entrevista habitual, pues quiero adelantarle que tenemos un trabajo que sólo puede realizar Ud. Mi acompañante que aun no ingresa por razones que él considera ‘ontológicas’ desea proponerle un convenio, pero antes de ello, debemos estar seguros que estará dispuesto a aceptarlo…”

Debo confesar que ese silencio suspensivo, me puso nervioso. ¿Quién puede no aceptar un trato en esas condiciones?. Opté por seguir el curso de los acontecimientos. De un momento a otro, la figura se notaba con más claridad: era muy corpulento, semi calvo, de una nariz que se notaba pronunciada y una enorme masa encefálica. Si mi intuición no me fallaba, mi conciencia cognoscente no podía dar crédito a la información que percibían mis sentidos. No, no podía ser él.

Estuvo a su lado, era miembro del comité central. Uno de sus brazos derechos. No, no puede ser.

Mis percepciones se constatarían a los segundos cuando imponente, ingresa a la habitación quien menos me lo esperaba. No podía creer que el personaje haya caído tan bajo. ¡Conozco volteretas políticas, pero esto es de antología!

“Buenas tardes Dr. Lecter, un placer conocerlo”…

“Lastima que no pueda decir lo mismo… Senador Flores…”

CONTINUARA