JUAN CARLOS MORAGA

“Los intelectuales han descubierto, después de las recientes luchas (mayo del 68), que las masas no los necesitan para saber; ellas saben perfectamente, claramente, mucho mejor que ellos; y además lo dicen muy bien” Michel Foucault

1. Los amigos de lo ajeno (paréntesis de una historia de los intelectuales)

“Quizás la historia no sea mas que la variación sobre algunas metáforas” J. L. Borges

“Me dices que yo soy como África, peor que África,como el peor país de África.”

Pablo Paredes

Intelectuales, criaturas singulares, temidos, necesarios, odiados, amados, masivos o secretos, seres que han acompañado la historia de la política, en silenciosos actos de rebeldía (por ejemplo el sutil echo de que “La Divina Comedia” de Dante es escrita en toscano, el “Leviathan” de Hobbes es escrito en ingles, El “Discurso del Método” de Descartes en francés…), o en serviles gestos pararon el poder, Bakunin decía que los intelectuales eran unos buscadores insaciables de poder; Camus que son animales peligrosos que traicionan con facilidad y Feyerabend que los científicos son sirvientes del Estado[i]

Fue Antonio Gramsci quien mediante la lectura de Marx, Lennin y Lukacs se acerco a una de las conclusiones mas lucidas sobre los intelectuales: En la medida en que cada uno utiliza en un grado más o menos elevado su inteligencia, todos los hombres pueden ser considerados como intelectuales, “no hay actividad humana de la cual se pueda excluir de toda intervención intelectual, no se puede separar al homo faber del homo sapiens”[ii]. Pero no todos ejercen, según Gramsci, la función de intelectual: una función especifica ya que toda clase social necesita su Inteligentzia para forjar su ideología, “todo grupo social que surge sobre la base original de una función esencial en el mundo de la producción económica, establece junto a él, orgánicamente, una o mas capas intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de su propia función, no sólo en el campo económico, sino también en el social y en el político..."[iii]. con esto Gramsci le otorga a la actividad intelectual una posición estructural independiente en el conjunto de las relaciones sociales. Su función será la de formular los intereses e ideologías de las clases.

Los intelectuales son así portadores de una clara función hegemónica que ejerce la clase dominante en la sociedad, orientando a los miembros de la clase a la que está vinculado orgánicamente a una toma de conciencia de su comunidad de intereses, produciendo, consensuado y, posteriormente, imponiendo, una concepción del mundo homogénea y autónoma. Encargados principalmente de la administración y reproducción de los Aparatos Ideológicos del Estado (AIE: sistema escolar, aparato burocrático, massmedia…) cuadros del aparato administrativo, político, judicial y militar; pero también las empresas, intentando penetrar mediante su influencia con su ideología de mercado en todo el tejido de la sociedad, naturalizándolo, y en los partidos de la clase dominante, orientadas a conseguir el “consenso social” de su proyecto en las clases dominadas.

Ahora bien, Kautsky y Lennin[iv] señalaban que, por un lado, el intelectual se asemeja al proletario por razón de su posición social, puesto que vive de vender su trabajo (viven principalmente de, por, y para las ideas, sean éstas presentadas de una forma verbal o escrita), y así es victima de la explotación del poder del capital, si bien difiere por su función y lugar y poder en la producción.

Desde los intelectuales chinos (investigados por Max Weber) o el José del antiguo testamento (con su capacidad de interpretar sueños del faraón sobre vacas gordas y flacas, una versión antigua sobre los ciclos económicos) a lo largo y ancho de la historia, muchos intelectuales han sido hombres de estado, funcionarios como grupos o estratos útiles por sus habilidades para las necesidades y funciones que todo gobierno debe llenar, como ideólogos o iconos de un proyecto político, el mismísimo Durkheim, uno de los padres fundadores de la sociología, capas del suicidio altruista en pos del éxito de la tercera republica francesa (expresado hasta el paroxismo en sus artículos acerca de la guerra con Alemania), y muchas otras amigos de los poderosos.

Un caso paradigmatico se el Horacio shakesperiano : el scholar, estudiante de la universidad de Wittenberg, compañero del príncipe Hamlet cumple no solo la función de representar la razón en un contexto donde la razón entra en crisis, sino la de “ver” para posteriormente narrar (como se lo pide Hamlet antes de morir “Si alguna vez me diste lugar en tu corazón, retarda un poco esa felicidad que apeteces; alarga por algún tiempo la fatigosa vida en este mundo llena de miserias, y divulga por él mi historia”), como único testigo, una “historia oficial” (“contar al mundo, que todavía no sabe, como ocurrieron las cosas”) respecto a lo sucedido a Fortimbras, rey de noruega, que casualmente pasaba por ahí lamentando sus derechos a la corona de Dinamarca (“No puedo mirar sin horror los dones que me ofrece la fortuna; pero tengo derechos muy antiguos a esta corona, y en tal ocasión es justo reclamarlos.”). para Eduardo Rinesi[v] la preocupación de Horacio por narrar lo ocurrido a Fortimbras es el intento de unir la “verdad” al poder , donde se refleja un antecedente del concepto gramsciano de hegemonía, construyendo y difundiendo el discurso de y para el poder (y en e caso concreto del Hamlet para el nuevo poder: “disponed que esos cadáveres se expongan sobre una tumba elevada a la vista pública, y entonces haré saber al mundo que lo ignora el motivo de estas desgracias.”).

Desde Platón que quiso asesorar al tirano Siracusa a redactar una constitución al esclavista Aristóteles, pasando por Onesicrito de Estipalea, creador del mito del Alejandro filosofo y primer etnógrafo militar de la India, a Virgilio se le encomendó la creación de una obra literaria enfatizando el origen troyano de Roma y legitimando su destino imperial: La Eneida.

Bossuet y Hobbes llevaron adelante el proyecto de darle solidez intelectual a la monarquía absoluta, defendiendo uno, con razones histórico-religiosas, el derecho divino de Luis XIV y el otro planteando toda una nueva corriente filosófico-política, el contractualismo. Y muchos fueron los intelectuales que construyen la modernidad capitalista Locke, Descartes, Hume, Adam Smith, Voltaire y los enciclopedistas, Montesquieu, Rousseau, Toqueville…Todos estuvieron contra algo, perseguidos, exiliados, excomulgados, enfrentados a las políticas de estado o al estado de la sociedad.

Después vinieron nombres como Kant, Hegel, Goethe, Marx, Engels (en medio de todos ellos y de los anteriores y de los que vendrán un judío excomulgado fabricante de lentes: Baruj Spinoza)y después nombres como Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo y después nombres como Heidegger, Adorno, Horkheimer, Benjamín, Lukacs, Gramsci, y después nombres como Camus, Sastre, Althusser, Malraux, Foucault, Deleuze, Bourdieu…

Lejos queda la época del mito fundador del “Intelectual Total” que se hizo carne en Sartre capaz de expresarse en todos los ámbitos de “lo intelectual”, imponiendo ante todo un compromiso político. Sartre es el símbolo de una manera de concebir el trabajo intelectual : entre la literatura, la filosofía y ciencias humanas, una ambición de dominar todo el espectro del saber y supeditarlo al proyecto marxista, un “profeta” con la función de revelar y divulgar la verdad. Boschetti sostiene que había una intención profética en el proyecto sartreano, y que “gracias a su notoriedad, todo lo que le concierne confluye en una figura pública que se impone. Sus prácticas se influyen entre sí, son marcadas por la repercusión que despiertan no sólo sus obras, sino también su estilo de vida anticonformista, que se percibe a través del halo escandaloso producido por la audacia de los temas y del lenguaje, por el alboroto admirativo o indignado de los críticos, por las polémicas que despierta. De allí en más, detrás de sus novelas y de sus obras, detrás de sus ensayos filosóficos y críticos, se ve un personaje, corruptor de la juventud o guía moral al que es imposible ignorar”[vi].

Junto a la autoridad intelectual que poseía Sartre, el tono de los textos, y os actos (venta de periódicos en las calles, participación de las protestas y luchas callejeras, la renuncia al premio Nóbel...) contribuyeron al triunfo de la doctrina del compromiso: “Un sentimiento dramático del peso de la historia y de los acontecimientos caracteriza al existencialismo, a punto tal que desaparece entonces la separación entre cultura y política tan tenazmente protegida por toda la tradición filosófica noble, y la política se hace «pensable», objeto filosófico legítimo. Este sentimiento parece propio de todas las épocas de crisis… el discurso profético sólo es una expresión extrema de esta irrupción de la historicidad. Frente a un presente intolerable e incomprensible surge la reflexión sobre la historia como movimiento hacia el futuro, pensamiento del cambio, relativización de lo existente, que puede hacerse racional en la perspectiva del devenir”.[vii] Caracterizando así las tres principales características de los años sesenta, que fueron cimientos de una revolución intelectual que nos nutre hasta hoy: la rebelión política e ideológica estudiantil; la crítica violenta de las costumbres y las estrategias de liberación política que atravesaron a los países del Tercer Mundo.

Tal era el peso de la inteligentzia de izquierda en este periodo que llegó a un solipsismo peligroso. Considerar solo intelectuales a aquellos que abrazaban un critica incondicional al orden establecido, por ejemplo el físico atómico, que en opinión de Sartre, es un intelectual, y no un técnico calificado al servicio del capitalismo, solo cuando se suma una petición contra las pruebas nucleares, el calificativo de intelectual pasaría a ser entonces una “patente moral de nobleza.”[viii]

En medio de los ochentas, con la consolidación en países como Inglaterra y Chile y con la producción intelectual de la llamada escuela económica de Chicago, el neoliberalismo no solo adquiere un hábeas teórico, sino además ejemplos concretos, una praxis, ante la avanzada de esta nueva política empezamos a encontrar al nuevo intelectual, propio de las miserias de nuestro tiempo, antiguos “intelectuales totales” ahora arrepentidos o renovados, abrazando credos que antes los abrían horrorizado, en el contexto de la cabida de los llamados socialismo reales y las dictaduras en los países periféricos, ciertos intelectuales, sobre todo sociólogos y economistas han exaltado la figura del experto responsable o del tecnócrata gestor contra la imagen hasta entonces dominante del “intelectual total”, critico y comprometido. Antiguos socialistas revolucionarios que mutaron a mandarines del neoliberalismo “trabajando en diseñar estudios para institutos sociológicos que aconsejan mansamente los modelos más blandos y amables del desarrollo de siempre, pero esta vez con apellidos nuevos y sonoros, como sostenible, sustentable, limpio o apropiado; en las oficinas gubernamentales refritando las teorías de Frederick Hayek y Ludwig Von Mises, con la misma pasión con que recitaban ayer a Keynes y antier a Marx, en las introducciones triunfalistas de los informes económicos; en los organismos internacionales rezando para que aprueben el siguiente proyecto que los mantendrá por un par de años más y, en fin, dejándose embriagar por las bondades de un sistema que les dispensa todo lo que ambicionaron calladamente, cuando eran simpatizantes revolucionarios, con sólo halagarlo”.[ix]




[i] Freddy Quezada, “La Miseria de los Intelectuales”

[ii] Antonio Gamsci, “Los Intelectuales y la cultura”

[iii] Antonio Gamsci, “Los Intelectuales y la cultura”

[iv] George Konrad, Ivan Szelenyi, “Los Intelectuales y el Poder”

[v] Eduardo Rinesi, “Política y Tragedia. Hamlet, entre Hobbes y Maquiavelo”

[vi] Anna Boschetti, " Sartre y “Les Temps Modernes”

[vii] Anna Boschetti, " Sartre y “Les Temps Modernes”

[viii] George Konrad, Ivan Szelenyi, “Los Intelectuales y el Poder”

[ix] Freddy Quezada, “La Miseria de los Intelectuales”