Juan Pablo Cárdenas

Premio Nacional de Periodismo 2005

En aquel tiempo, tenían complejo de izquierda quienes buscaban subirse al carro de la victoria de las revoluciones triunfantes, el humanismo en boga, las ideas iconoclastas y las señales de las propias encíclicas pontificias. Es decir, cuando el mundo tomó conciencia de las flagrantes injusticias, del horror de la guerra, como de la urgente necesidad de poner equidad en la economía y las relaciones internacionales. Los políticos conservadores no quisieron ser más tildados de derecha y cambiaron rápidamente sus denominaciones.

Hasta hubo dirigentes que apoyaron leyes y reformas que nos hicieron recuperar soberanía de nuestros yacimientos, al mismo tiempo que reconocerle al Estado derecho de intervenir para frenar la concentración económica y mitigar el drama de los desposeídos y marginados.

Hoy ocurre que el complejo de izquierda significa todo lo contrario. Muchos rebeldes de ayer ya no quieren que se les recuerde sus discursos incendiarios, sus viajes a La Habana y su devoción por los clásicos del marxismo. Hacen esfuerzos denodados por subir a los poderosos empresarios a sus giras políticas y a codazo limpio logran fotos en las páginas sociales de El Mercurio, otrora el diario que mentía y alimentaba la ideología del mal. Ni las emotivas evocaciones y homenajes que recibe el Padre Hurtado puede conmoverlos tanto como atender al Cardenal Sodano, estrecharle la mano a Ricardo Claro y ser invitados a formar parte de los directorios de las sociedades “anónimas”, curiosa denominación que sirvió para esconder la riqueza, cuando ésta era mal vista y sospechosa. Cuando se proclamaba la “revolución con vino tinto y empanadas” y la Patria Joven cabalgaba desde el norte y el sur, emulando a escala nacional la gran Marcha China y otras multitudinarias gestas que expresaban el fervor universal por los cambios.

Los partidos del FRAP y de la Unidad Popular sólo querían para ellos la denominación de izquierdistas y revolucionarios. Los demócratacristianos tuvieron que acuñar su “revolución en libertad” y les costó esfuerzo ser reconocidos como de izquierda cristiana. Hasta el Partido Radical (adjetivo a todas luces exagerado) se autodenominó, por ahí, como un referente revolucionario y, ya no me acuerdo, si incluso tomó las banderas del marxismo leninista. En esta fiebre semántica, la Democracia Cristiana , que tenía el mérito de haber levantado a tantos países después de fascismo y el nazismo, fue expulsada al basurero de los derechismos, suerte que correría enseguida la Social Democracia , cuando se constituyó en sinónimo de tibieza doctrinal, concupiscencia con el “reformismo” (terrible calificativo). En tanto que los únicos que siguieron siendo “ni chicha ni limonada” fueron los demócratas y republicanos estadounidenses, sin complejos ambos en su común vocación hegemónica e imperialista.

Los pragmáticos y oportunistas de siempre, nos dicen hoy que las izquierdas y derechas han borrado la línea ideológica divisoria. A uno de los políticos reciclados le escuché decir en una conferencia que lo reaccionario era reivindicar los ideales de las generaciones de los 60 y setenta y que felizmente hoy podemos reconocer “las ventajas del mercado como el mejor asignador de recursos”, expresión que no alcanzo a comprender cuando las evidencias nos confirman que con más superávit y “disciplina fiscal” año a año aumentamos en desigualdad social, falta de probidad e inseguridad. Todo esto, mientras nuestros legisladores se perpetúan y languidecen en los cargos de representación de una democracia que ya no sabemos si sigue en transición o empezó de nuevo a desmoronarse.

Ojalá que los demócratacristianos después de su Congreso no manifiesten complejo de ser acusados de izquierdizarse. Mal que mal la situación en nuestro país no ha cambiado tanto desde que Ricardo Lagos denunciara la escandalosa concentración del poder económico en Chile (¿les parece broma?) o desde que Radomiro Tomic advirtiera que “cuando se gana con la derecha es la derecha la que gana…”. Al borde, como hemos estado, de que los pinochetistas lleguen al gobierno mediante elecciones, si no fuera por las feroces zancadillas entre sus dirigentes.
Creo que los valores que buscan la redención de los oprimidos siguen tan vigentes como la ideología de quienes siguen defendiendo sus privilegios económicos y culturales. Pienso que se puede reconocer perfectamente la línea divisoria entre izquierdistas y derechistas y que autodenominarse de centro es simplemente una hipocresía o un gran eufemismo.

Lo que me parece desgraciado es que sigan manifestándose prácticas como las que denunció el hermano del Presidente del Partido Socialista al acusarlo de estalinista en la forma que conduce esta colectividad. Así como el hecho de que todavía Hitler exprese vigencia en sectores de la juventud y que aún haya descarados que justifiquen los crímenes y hasta los robos de nuestro extinto e impune Tirano.