Si bien hoy en día el ideoléxico democracia se ha impuesto con una valoración positiva, casi universal, éste fue resistido de formas diversas. A más de sesenta años de
La lucha semántica sobre el ideoléxico liberación aparece como problema central en Instrucción sobre algunos aspectos de la “teología de la liberación” (Santiago de Chile: Ed. Paulinas, 1986) del entonces cardenal Joseph Ratzinger. Tres de los principios de la lucha de los ideoléxicos consiste en (1) revalorar un término, (2) redefinirlo en sus fronteras semánticas o (3) revindicarlo cuando se trata de un ideoléxico consolidado en su valoración positiva. Para el siglo XX, el ideoléxico liberación podía tener una implicación política negativa en algunos contextos conservadores, pero en un sentido histórico y semántico más amplio su valoración es positiva.
Aunque el concepto de liberación es mucho más antiguo que el cristianismo, no es incorrecto atribuírselo como una aspiración fundamental desde sus orígenes clandestinos. Para el hinduismo era liberación de la vida (salirse del sammsara); para el cristianismo, liberación de la muerte (entrar en la vida eterna).
No obstante, Ratzinger explicaba que el surgimiento de los movimientos de liberación en su siglo se debía al fenómeno tecnológico que había provocado una excesiva concentración económica. La degradación de la historia, propia de la tradición del pensamiento religioso, es así atribuida al demonio de la máquina -esta concepción es central en el pensamiento secular de Ernesto Sábato, especialmente formulado en Hombres y Engranajes (1951)-. Atribuida la autoría del mal a un ente inerte, se suspende uno de los problemas centrales de la crítica de los llamados Movimientos de Liberación, especialmente de
Para Ratzinger, la liberación más radical es la liberación del pecado, no la liberación social e individual de las estructuras heredadas como un orden natural y divino. Pero el concepto de “pecado social”, desarrollado por los teólogos de la liberación es demasiada acusación para aquellas instituciones que han ostentado gran parte del poder social, político, económico y militar. Por lo tanto, significa una amenaza que debe ser demonizada identificándola con el marxismo y, por ende, con el pecado (individual).
La operación intelectual del autor de Instrucción… consiste no sólo en la re-definición de los campos semánticos sino que, además, ésta es realizada con otros ideoléxicos de alta abstracción: la liberación es la restitución de la libertad; es la educación para la libertad; es el uso recto de la libertad; la libertad “encuentra su verdadero sentido en la elección del bien moral. Se manifiesta como una liberación ante el mal moral”… y así ad infinitumo hasta volver al comienzo.
Diferente a la arbitrariedad calvinista de la predestinación y preferencia de Dios por el hombre rico, y consecuente con la doctrina del libre albedrío, Ratzinger reconoce que el hombre “ejerciendo su libertad, decide sobre sí mismo y se forma a sí mismo. En este sentido, el hombre es causa de sí mismo”. No obstante, “la imagen de Dios en el hombre constituye el fundamento de la libertad y la dignidad de la persona”. Poco después parece contradecir lo anterior (aunque la teología medieval puede arreglarlo todo): “El hombre no tiene su origen en su propia acción individual o colectiva [definición de un C(-) sólido], sino en el don de Dios que lo ha creado”.
Una vez revindicado el ideoléxico en disputa (liberación), el autor comienza la valorización de la definición revindicada por el adversario: “Pero la libertad del hombre es finita y falible. Su anhelo puede descansar sobre un bien aparente; eligiendo un bien falso, falla a la vocación de su libertad”. Luego, citando las Escrituras realiza una operación tradicional: asocia diversos ideoléxicos mediante el copulativo “es” -sin deducir uno del otro; podríamos decir que en retórica el copulativo “es”, es un “verbo legislativo”-. Así confirma la antigua valoración negativa de la desobediencia, cuya función política es entendida por sus adversarios como profiláctica: “La auténtica libertad es ‘servicio de la justicia’, mientras que, a la inversa, la elección de la desobediencia y del mal es ‘esclavitud del pecado’”. La operación sobre los campos semánticos se reduce al dictado de lo que es y no es haciendo uso de el único recurso de la asociación: desobediencia = mal. Luego, se hace implícito que esa desobediencia no sólo es institucional (referida a los teólogos de la liberación o a los movimientos seculares) sino filosófica: el libre albedrío (precepto católico) si cuestiona la interpretación de la autoridad es desobediencia, es decir, es pecado; si es pecado es esclavitud, ergo es lo contrario a la liberación. Así, la cadena de asociaciones libres (o interesadas) adquiere un estilo deductivo. “Ésta es la naturaleza profunda del pecado: el hombre se desgaja de la verdad poniendo su voluntad por encima de ésta”. Voluntad, no razón ni racionalidad.
El pecado consiste en “la voluntad de escapar a la relación de dependencia del servidor respecto a su Padre”. Todo lo cual es comprensible desde dentro de la religión y lógico desde cualquier teología. Sin embargo, al no hacerse explícita la división entre el reino de Dios y el reino del César (al no distinguirse la relación padre-niño de adulto-adulto y ley-individuo) se hace implícita la confusión entre religión y política: la desobediencia a Dios es desobediencia a las autoridades eclesiásticas y sociales.
Para los teólogos de la liberación, este enclaustramiento de estas santas y santos no era entendido como virtud de pureza sino como simple y aborrecible egoísmo. En cierto momento, Ratzinger logra una idea irrefutable: la aspiración de la liberación por la salvación eterna “no debilita el compromiso en el progreso de la ciudad terrenal, sino por el contrario le da sentido y fuerza”. Sin embargo, también se puede afirmar que la ruptura de la obediencia que unen al marginado del privilegiado no impide aspirar a la “salvación eterna”, sino lo contrario. La liberación social no impide la liberación metafísica. Sólo que luchar por la justicia terrenal con los ojos puestos en el Cielo no es una lucha que pueda calificar como altruista. Tampoco califica como justa cuando, por inocencia o por hipocresía, sirve los intereses del César.
Finalmente Ratzinger aprueba la reflexión teológica basada en la experiencia, siempre y cuando “esta reflexión sea verdaderamente una lectura de
Antonio Gramsci pensaba que “la religione è la piú ‘mastodontica’ utopia”. (Quaderni del Carcere, 1933). Tal vez tenga razón si pensamos en las aspiraciones más profundas de la metafísica religiosa. El Paraíso,
The University of Georgia, 31 de agosto de 2007
Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados