José Miguel Varas
Periodista y escritor Premio Nacional de Literatura 2006

Salvador Allende no está de moda entre los dirigentes del Estado que, sin embargo, tanto le deben. Les resulta incómodo. En las giras oficiales por los países de América Latina, no se pronuncia en ningún discurso el nombre del más grande Presidente que ha tenido Chile en su historia. No hay visitas a los monumentos que lo recuerdan ni se participa en los homenajes que se le rinden. Pero ocurre, oh sorpresa, que en el curso de una visita presidencial, el conservador Presidente de México se siente obligado a hablar de lo que Allende significó y significa en América, a valorar su ejemplo.

Se comprende poco la profundidad de las huellas que dejó en nuestro continente y en el mundo la figura de Salvador Allende, su proyecto histórico de avanzar hacia el socialismo sin violencia y sin guerra civil, su lucha por la segunda Independencia de Chile y por las profundas transformaciones económicas y sociales que Chile requería y requiere. Europa está sembrada de plazas que llevan su nombre y de monumentos a su memoria. La experiencia chilena de la Unidad Popular ejerció influencia y se ha insertado hasta hoy como ejemplo y materia de análisis y de estudio de los historiadores y pensadores políticos y en los procesos de transformación que se han vivido y se viven en varios países de América Latina, donde se percibe con creciente claridad que la capitulación ante el neoliberalismo impuesto desde Washington no responde a los anhelos históricos de desarrollo independiente de nuestros países y no resuelve, sino que agrava, los problemas apremiantes de nuestros pueblos.

Los que se olvidan de Salvador Allende parecen olvidar también que fue él, junto a los otros luchadores políticos de la izquierda consecuente, quien dio a lo largo de dos decenios el combate ideológico que condujo finalmente, en 1971, al amplio consenso político y social que determinó la nacionalización del cobre, “el sueldo de Chile”, como lo llamó Allende, la viga maestra del desarrollo económico de nuestra Patria. Hoy, el cobre sigue siendo la principal de nuestras exportaciones y la fuente principal de ingresos del Estado, a pesar de que en aspectos fundamentales la ley de nacionalización de los yacimientos de cobre ha sido vulnerada en beneficio de empresas extranjeras. De todos modos, ¿qué sería del país si el cobre no hubiera sido nacionalizado en 1971 durante el gobierno de Salvador Allende? Debieran encenderle velas como a un santo en lugar de olvidarse de su nombre.

Salvador Allende es además un ejemplo de especial vigencia en estos tiempos, del político que coloca por encima de todo la lealtad al pueblo y la defensa de los trabajadores, de los postergados, de los humildes, de los pobres. En esta materia, Allende fue intransigente y no tuvo jamás ni la más mínima vacilación.

Es además, el más alto ejemplo de honestidad tanto en lo personal como en el desempeño de sus colaboradores en el gobierno. Nunca colocó sus intereses personales ni los de sus partidarios por encima de los intereses supremos de la nación.

Después del golpe militar de 1973, la dictadura se empeñó por todos los medios en demoler esa imagen y en obtener pruebas de supuesta corrupción del gobierno de la Unidad Popular. Agentes de Investigaciones y funcionarios de impuestos internos revisaron milimétricamente las actuaciones funcionarias y personales de los principales dirigentes, muchos de ellos internados en el campo de concentración de la Isla Dawson y otras prisiones. No pudieron descubrir ni la más mínima irregularidad, delito o falta, a pesar de los esfuerzos que desplegaron. Varios agentes fueron enviados incluso a Dawson para someter los a exhaustivos interrogatorios. Al final, sólo les quedó recurrir a recursos tan absurdos como responsabilizar al Rector Enrique Kirberg por la destrucción de los ventanales de la Universidad Técnica del Estado, la que fue causada, como lo presenciaron centenares de testigos, por el fuego de ametralladoras del ejército.

A quienes deseamos que la democracia chilena se afiance, se desarrolle y sea cada vez más auténtica y eficiente nos preocupa que dos millones y medio de ciudadanos y ciudadanas, fundamentalmente los jóvenes, hayan resuelto mantenerse al margen de los procesos democráticos, debido a una radical desconfianza en el sistema existente y en los políticos, a quienes ven, en general como corruptos que sólo defienden sus propios intereses o, a lo más, los del grupo al que pertenecen. Es un tema que está presente raras veces en los medios y en los debates públicos. ¿Verdad que resulta curioso que este fenómeno inquiete tan poco a los partidos de gobierno y oposición?

En nuestra historia republicana, que tiene páginas brillantes y páginas turbias, no fueron pocos los presidentes y tribunos de diverso calado que consiguieron los votos populares sobre la base de promesas que no pensaban cumplir. Allende es el ejemplo señero del gobernante que lleva adelante, sin vacilaciones de ninguna especie, el programa prometido a sus electores. No hay en nuestra historia quien haya demostrado con los hechos y finalmente hasta con el sacrificio de su vida, semejante consecuencia, semejante lealtad al pueblo y a los principios esenciales de la democracia, semejantes patriotismo y dignidad.

(Fragmentos de su discurso en el acto de conmemoración del 99º aniversario del nacimiento del Presidente Salvador Allende)