Manuel Salazar Salvo
Nación Domingo

La llegada del comunismo a Rusia, con Lenin primero y Stalin después, significó que millones de bandidos fueran ejecutados o encarcelados. En los gulags se forjaron nuevas y más fuertes alianzas. Así crecieron y se desarrollaron “los ladrones de la hermandad de la ley”, origen de las poderosas organizaciones criminales que aparecerían a comienzos de la década de 1970.

Cuando sacaron el primer pedazo del muro de Berlín, a fines de 1989, los eufóricos alemanes no pensaron que estaban abriendo las puertas no sólo a la libertad, sino que también a una delincuencia que no conocían. Antes de la caída del muro: 50 mil automóviles robados en 1989. Después: 142 mil en 1993. Las nuevas pandillas de ladrones profesionales les robaban sus BMW, Mercedes y Audi para venderlos en Europa oriental, el norte de África y en Oriente.

Ningún alemán era tan inocente para suponer que florecerían jardines de rosas y que el “milagro económico” se extendería raudamente a países cuyas economías habían sido un desastre durante medio siglo.

Eran los gloriosos días de la unificación y las organizaciones criminales observaban como, tras los alambres de púas, aparecía el esplendor de las praderas.

No perdieron tiempo. Ningún tipo de contrabando se dejó de lado. A principios de la década de los ’90, los puestos camineros improvisados desplegados en el ex Berlín oriental descubrían camiones llenos de cigarrillos, licores y otros productos “exentos de derechos de aduanas”.

En 1993, la policía tuvo que emplear trajes protectores para examinar latas de lo que los sindicatos del crimen llamaban “mercurio rojo”, un eufemismo para la sustancia más nociva que existe: el plutonio. En 1991, 41 casos de materiales radiactivos; en 1994, 267.

La delincuencia cruzó sin frenos por las fronteras antes vigiladas por guardias con perros y metralletas. Recién se había creado la Europol y los gobiernos europeos se esforzaban por asimilar legislaciones y afinar los criterios para la naciente unificación política y económica. Las mafias de los ex socialismos reales, sin embargo, sobrepasaban todos los controles.

Novias y modelos

Hacía tiempo que las bandas del Este se habían dado cuenta que Alemania, “el corazón de Europa”, era el trampolín perfecto para dar el salto hacia el rico Occidente, la base de distribución para sus productos, con una moneda fuerte y codiciada. En pocos meses empezaron a llegar a las ciudades germanas montones de marcos alemanes falsificados en Polonia.

En 1994, la Dirección Federal Contra el Crimen de Alemania (BKA) informó que en el último año había confiscado 1.590 kilos de heroína, 29.627 dosis de LSD y 254 mil pastillas con derivados de las anfetaminas. Alemania se transformaba en el pasadizo predilecto para el intercambio de drogas entre Europa occidental y Europa oriental.

Las mujeres eran otro producto vendible. Los casamientos falsos eran rutina para los proxenetas que contrabandeaban tailandesas para venderlas en los bazares del amor. En 1985 hubo 850 “novias” tailandesas en Alemania; en 1994, más de cuatro mil.

El mundo de la prostitución abrió nuevos cotos de caza en Rusia y los países bálticos, y los distritos alemanes de luces rojas se llenaron de inocentes muchachitas de ojos azules que se habían tragado los avisos de la “carrera de modelos en Occidente” que aparecían en los periódicos de la ex URSS. Una vez en Alemania, les quitaban los pasaportes, las aterraban con amenazas y les exigían el pago de “sus gastos de viaje”. Las que se negaban eran violadas y golpeadas hasta vencer su resistencia.

Otros negocios también proliferaron. En 1994 se confiscaron 700 millones de cigarrillos ilícitos ingresados por la mafia vietnamita. Y aumentaron las transacciones de sustancias radiactivas desde la ex URSS. En agosto de 1994, tres hombres fueron detenidos en el aeropuerto de Munich con una maleta con 350 gramos de plutonio 239 y 200 gramos de uranio. Sólo el plutonio tenía un valor de 250 millones de dólares. Ese mismo mes, la policía recibió un llamado telefónico de un hombre con acento de Europa oriental que les advirtió que una granada cargada con desechos nucleares de una planta de Eslovenia sería detonada en el centro de la ciudad si se enviaban soldados alemanes a Bosnia.

¿Qué había ocurrido? No era sólo la caída del muro de Berlín: era la desintegración del Estado policial más fuerte del mundo y la reaparición de una vasta cultura criminal que había sobrevivido al terror zarista y a las exterminaciones masivas impuestas por los líderes comunistas de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Los miserables campesinos, que sufrieron la más absoluta pobreza cuando todo era del Zar, debieron robar para sobrevivir. Sólo siendo delincuentes podían salir de la miseria y entonces, al igual que en otras regiones del mundo que pugnaban por superar el feudalismo, se organizaron y desarrollaron códigos secretos para protegerse entre sí. En Rusia y sus alrededores, el pacto era simple: no delatar y no trabajar para el Zar.

La llegada del comunismo, con Lenin primero y Stalin después, significó que millones de bandidos fueran ejecutados o encarcelados. En los gulags se forjaron nuevas y más fuertes alianzas. Allí, los tatuajes se transformaron en una tarjeta de presentación: los alambres de púas representaban la duración de la pena, cada púa un año; las barras les otorgaban grado y jerarquía, y cada dibujo de puñales, calaveras o serpientes, grabado en la piel con goma derretida obtenida de neumáticos viejos, significaba la antigüedad que constituía mando. Así se desarrollaron “los ladrones de la hermandad de la ley”, origen de las poderosas organizaciones criminales que aparecerían a comienzos de los ’70.

En 1941, cuando los nazis invadieron Rusia, Stalin recurrió a cientos de miles de delincuentes encarcelados, y prometió reivindicarlos a cambio de defender a la patria obrera. Terminada la guerra no hubo perdón y los envió nuevamente al encierro. Muchos trataron de congraciarse con sus cancerberos, y recibieron el apodo de “Suky” (perro en ruso). Entre 1945 y 1953 se desató en los penales soviéticos un conflicto largo y sangriento, “la guerra de los perros”, que transformó y modernizó al hampa rusa. Poco más tarde, cuando los nuevos jerarcas del Kremlin abrieron el puño y las puertas de las cárceles, ocho millones de malhechores volvieron a las calles.

Etanoles y recetas

La corrupción y la burocracia comunistas fueron caldo de cultivo para la nueva generación de delincuentes, y pronto coincidieron los intereses de ambos grupos. Los primeros otorgaban empleos, papeles, favores y prebendas; los segundos organizaron el mercado negro, perfeccionaron la extorsión y el soborno, y brindaron “protección” a miles de pequeños negocios que empezaban a surgir como única forma de paliar los rigores económicos del “socialismo real”.

La “glasnost” y la “perestroika”, impulsadas por Mijail Gorbachov desde mediados de 1985, sumieron a la URSS en una espiral de transformaciones que terminó con su desaparición formal el 25 de diciembre de 1991. En su Gobierno, el “hombre de la mancha en la frente” emprendió una campaña contra el alcoholismo. La gente no podía comprar vodka como antes, pero se siguió emborrachando con etanoles conseguidos en el mercado negro o con bebidas espirituosas caseras. Existía una vieja tradición en los campos para hacer licor con frutas y con papas. En el proceso de fermentación la mezcla debe cerrarse herméticamente, pero hay que dejar lugar para el intercambio de gases al interior del recipiente. Generalmente se usa un guante de hule para tapar los frascos, y cuando el licor está listo, los gases hacen que el guante y cada uno de los dedos se levanten; a eso los rusos lo empezaron a llamar “el saludo de Gorbachov”.

Mientras, los ex combatientes de Afganistán, que contaban con exenciones impositivas, se convirtieron en importadores de bebidas y licores extranjeros que competían con la “magia blanca” del vodka. Los veteranos de guerra se transformaron en “animadores” de un negocio que buscaba apoderarse del mayor mercado de bebidas alcohólicas en el mundo. Los rusos beben un cuarto de litro de alcohol de alta graduación diario, entre 27 y 54 litros de vodka per cápita al año. La nueva oferta llegó con una receta casera para el estrés: una medida de Stolichnaya o Moskovskaya (las dos marcas más populares) mezcladas con valeriana. Y si se trataba de componer una resaca, sólo había que desayunar un pepino en conserva, sumergido en cuatro vasos de vodka bien helada.

En 1992, todo lo que había sido ilegal ya era legal. Existían cerca de cinco mil organizaciones criminales de diversos tamaños, el 80% de los nuevos negocios pagaba por protección, y la mayoría de los bancos estaba en poder de la “Organizatsja”, “Mafiya”, “Mafia roja”, “Mafia rusa” o como se la llamase. Muchos de sus miembros eran profesionales: ingenieros, economistas, abogados y bioquímicos, con magísteres y postgrados diversos. Eran más sofisticados, más educados, pero seguían conservando el salvajismo de sus ancestros, lo que quedaría demostrado en crueles expresiones de violencia. En 1993 hubo 1.400 asesinatos de tipo mafioso en Moscú.

Un submarino para la coca

La expansión internacional del crimen organizado ruso apuntó primero hacia los países recién independizados de la URSS, que ofrecían la posibilidad de un fácil acceso a Europa occidental y a la Unión Europea. También a los Balcanes, entonces en pleno conflicto, y hacia el sur, el acceso al Cáucaso y a Irán, Turquía e Irak y, lo más importante, Asia central y sus conexiones con la heroína de Afganistán y Pakistán.

A principios de los ’90’, grupos de la Mafiya trataron de establecer acuerdos con las tríadas chinas, tanto en Shanghai como en Macao, Hong-Kong y Malasia, con el puerto de Vladivostok como base de operaciones.

Otras bandas, en tanto, se concentraron en Estados Unidos, Canadá y México, y poco después en América Latina y el Caribe, tras percibir que la región ofrecía mercados abiertos para los arsenales acumulados en la guerra fría, los que podrían cambiar por drogas que, a su vez, llevarían de contrabando a Europa.

Las primeras raíces de las organizaciones rusas en Estados Unidos comenzaron a establecerse cuando miles de judíos empezaron a emigrar de la URSS. Uno de ellos, Ludwig Fainberg, se estableció a comienzos de los años 90 en Florida, en busca de una porción del sueño americano. Le apodaban Tarzán por su desarrollada musculatura y abrió un night club que bautizó como Porky’s, cuya característica era la presencia de muchachas de los más variados orígenes y razas. A poco andar, el local se transformó en un centro de reunión de las principales pandillas que operaban en Miami. Fainberg trabó amistad con un colombiano llamado Juan Almeida, estrechamente vinculado a los carteles de la droga de su país. El ruso le contó de sus amistades en las Fuerzas Armadas de la ex URSS, y pronto, en 1993, concretaron su primer negocio: la adquisición de seis helicópteros militares MI-8 que fueron transportados a Sudamérica y cuyo destino aún se desconoce, salvo uno que hoy opera en Venezuela transportando turistas.

La transacción resultó perfecta, tanto que Almeida, medio en broma y medio en serio, le preguntó a su amigo si era posible conseguir un submarino. Tarzán dudo algunos días, pero finalmente llamó a uno de sus contactos en Rusia:

–¿Es posible comprar un submarino? –preguntó.

–¿Con o sin misiles? –fue la respuesta, que lo dejó con la boca abierta.

En las semanas siguientes, ambos hombres fueron recibidos en una base naval rusa. Les mostraron el submarino y les ofrecieron una tripulación completa para operarlo. El precio inicial era de 100 millones de dólares, pero tras unos días de regateo quedó en 15 millones. ¡Una ganga!

El submarino nunca llegó a Colombia. Fainberg y Almeida fueron detenidos por la DEA a comienzos de 1997 en Miami. El primero testimonió en contra del segundo a cambio de una sustancial rebaja de su pena, y hasta hace poco vivía tranquilamente en Israel.

Cohetes y alcohol

Viacheslav Kirilovich Ivankov llegó a Nueva York en marzo de 1992 y se instaló en Brighton Beach, en la llamada “pequeña Odessa”, en Brooklyn, uno de los cinco distritos que conforman la Gran Manzana y donde habitaban ya varios miles de inmigrantes de la ex URSS. Conocido como “el pequeño japonés”, Ivankov se dedicó a extorsionar a sus compatriotas al frente de una banda de un centenar de mafiosos. El FBI seguía sus pasos de cerca: las autoridades rusas le habían informado que Ivankov había sido enviado por una de las principales organizaciones criminales de Moscú. En junio de 1995 secuestró a dos empresarios rusos, a quienes les pidió un rescate de 3,5 millones de dólares, tras lo cual fue detenido y encarcelado.

En los años siguientes fueron desbaratados otros negocios emprendidos por los secuaces de Ivankov, como la venta de 40 misiles tierra-aire de Armimex, una fábrica de armas de Bulgaria, ofrecidos en tres millones de dólares. La preocupación fue mayor cuando detectaron que estaban tratando de comercializar una pequeña arma nuclear. Se optó por no correr riesgos; los involucrados fueron arrestados y condenados a tres años de cárcel.

Hasta ese instante, la extorsión, las armas, la prostitución, las drogas y el lavado de dinero eran las principales actividades de los mafiosos rusos en Estados Unidos. Pero día a día se involucraban en nuevos negocios, cada vez más complejos.

En 1997, agentes de diversos departamentos de la justicia estadounidense detectaron una extraña exportación masiva de líquido para limpiar vidrios y parabrisas. Los mafiosos rusos habían estado adquiriendo miles y miles de galones de alcohol etílico en destilerías de diferentes estados. Mediante un proceso químico simple teñían el alcohol de azul, lo etiquetaban como producto industrial y lo enviaban a Rusia y Ucrania, donde le quitaban el color y lo embotellaban como vodka para reexportarlo a Occidente. Tras largas indagaciones, las autoridades establecieron que el monto de la operación llegaba a unos 100 mil barriles de 200 litros cada uno, comercializados luego como vodka por un monto cercano a los 100 millones de dólares. Los “exportadores” fueron acusados de conspiración para fraude fiscal y las destilerías locales condenadas a pagar fuertes multas.

A finales de los años 90, el Departamento para el Control del Crimen Organizado del Ministerio del Interior de la Federación Rusa informó que más de ocho mil organizaciones delictivas euroorientales y euroasiáticas y entre 750 y 800 “ladrones de la hermandad de la ley” conformaban la Mafia de la ex URSS. Hasta el año 2000, entre 200 y 300 de esos grupos realizaban todo tipo de operaciones transnacionales. Además, se identificaron al menos 150 bandas de orientación étnica, compuestas por chechenos, georgianos, ucranianos, armenios y ruso-coreanos, de los cuales al menos 25 tenían actividad en Estados Unidos, el Caribe y América Latina.

Algunas de ellas estaban operando en el cono sur de América, en Argentina, Uruguay, Perú y Chile. En los años siguientes, una de esas organizaciones ofrecería los helicópteros de transporte MI-8 a una prestigiosa institución chilena.