Saul Landau
Existen buenas razones para que los funcionarios del Departamento de Justicia sean reacios a acusar a Posada de terrorismo. En cuanto abren sus archivos, descubren que el gobierno de EEUU lo había entrenado y alentado a que practicara el terrorismo como vocación, había jurado repetidamente usar la violencia para derrocar el gobierno de Castro y estaba sumamente implicado en muchos de sus planes de asesinatos y de los de sus asociados.
El problema se originó a principios de 1960, cuando el Presidente Eisenhower aceptó formalmente por primera vez iniciar una operación encubierta para entrenar y financiar a exiliados cubanos, a fin de que invadieran la isla y derrocaran al gobierno revolucionario. Cuando más de un año después la invasión fracasó, ¿qué podía hacer el nuevo presidente con esos miles de personas?
El Presidente Kennedy siguió los pasos de Eisenhower y mantuvo ocupados a algunos de los cubanos de la CIA en actividades terroristas en la era posterior a Bahía de Cochinos, una política que inadvertidamente llevó a la Crisis de los Misiles. Es más, la intensidad de los ataques contra propiedades y personal cubanos hizo que Castro ofreciera concesiones. En agosto de 1961 envió a Che Guevara a Uruguay a que se reuniera secretamente con Richard Goodwin, el asesor para Latinoamérica de Kennedy. Si Washington eliminaba los ataques terroristas y disminuía el embargo, Cuba no buscaría “cualquier alianza política con el Este”. Che también implicó que Cuba pudiera “discutir las actividades de la revolución cubana en otros países” (exportar la revolución). Che fue más allá, e indicó que Cuba podría estar dispuesta a compensar a las compañías norteamericanas expropiadas. Che también hizo énfasis en que “no tenemos ni queremos tener, cualquier alianza política o militar con algún país, a no ser que nos obliguen a hacerlo”.
La revolución cubana es “irreversible”, entendió Goodwin por lo que le dijo Che. Al mantener un barniz exterior de desafío, Che comunicó claramente que estaba negociando, no rindiéndose. Goodwin, y lo que es más importante, su jefe JFK, consideró la oferta de concesiones como señal de debilidad.
Kennedy aumentó la presión, los ataques terroristas escalaron. Castro dio a los soviéticos la luz verde para instalar en la isla misiles nucleares de alcance intermedio y para octubre de 1962 el mundo tembló bajo la inminente nube en forma de hongo.
Después de que Kennedy y Khruschev solucionaran pacíficamente la Crisis de los Misiles, el tema de “¿qué hacer con todos esos cubanos rabiosos?” se convirtió en un problema para sucesivos presidentes norteamericanos. La CIA redujo drásticamente el número de cubanos en su nómina y comenzó a tratar de retirarse. Algunos cubanos consideraron tales políticas como una traición.
En 1967 Orlando Bosch, quien organizó junto con Posada el atentado al avión comercial cubano, mostró su rebeldía ante las restricciones del gobierno norteamericano al disparar una bazuca contra un carguero polaco anclado en el puerto de Miami. Liberado bajo palabra después de cumplir unos pocos años, Bosch trató de encontrar otros patrocinadores para la violencia contra Cuba. El lugar más compatible que encontró fue en Venezuela, donde su amigo Orlando García dirigía la inteligencia (DISIP), junto con su número dos, Rafael Rivas Vázquez. Pero incluso con aliados que amaban la violencia y odiaban a Castro en esos cargos, Bosch fue demasiado lejos. En 1973 se complotó para asesinar a Henry Kissinger porque este había firmado un tratado con Cuba contra secuestro de aviones. Organizó dos atentados con bombas mientras ofrecía $3 millones de dólares al que asesinara a Castro. No solo había violado las condiciones de su libertad bajo palabra, sino que había puesto al gobierno de EEUU en una situación muy incómoda. Esto significó que sus viejos compinches tuvieron que arrestarlo, aunque a regañadientes. Venezuela pidió a Estados Unidos que le permitiera regresar. Washington dijo que no y Bosch marchó a Chile, donde esperaba que el General Pinochet lo recibiera con los brazos abiertos.
En marzo de 1976 ejecutó un contrato para Pinochet, pero fracasó: asesinar al líder izquierdista exiliado Andrés Pascal Allende, sobrino de Salvador, y a su compañera Mary Anne Beausire.
Bosch inició entonces una organización paraguas de terroristas que se reunió en junio de 1976 en Bonao, República Dominicana, asesinos de todo tipo que juraron matar a Castro. Bosch bautizó al nuevo grupo como el Comando de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU).
Aparentemente la pandilla de maleantes acordó que la acción asesina derrocaría a Castro, aunque la ausencia de un teórico coherente era bien evidente. “Esos tipos eran unos asesinos”, me dijo un ex Agente Especial del FBI. “Yo los conocí a todos, los interrogué a todos. Eran criminales ocultos tras una débil pantalla ideológica. Bosch era un demente. Los otros no estaban mucho más cuerdos.”
Un ex funcionario de policía dijo hace algunos años que “Los cubanos celebraron la reunión del CORU a petición de la CIA. Ellos se habían desmandado a mediados de los 70 y Estados Unidos había perdido el control sobre ellos. Así que Estados Unidos apoyó la reunión para enrumbarlos a todos en la misma dirección, bajo control de Estados Unidos. La señal fundamental era ‘Prosigan y hagan lo que quieran fuera de Estados Unidos’.” (Asesinato en la Calle de las Embajadas, pág. 251.)
Después de la reunión de Bonao a mediados de junio, ocurrió una serie de violentos actos anticubanos de los cuales miembros del CORU se hicieron responsables. El 9 de julio una bomba explotó en la carreta de equipaje que estaban cargando en un avión cubano de pasajeros. Si el avión hubiera salido en hora, el equipaje hubiera estallado en pleno vuelo. El 14 de julio, hizo explosión una bomba en la oficina de la British West Indian Airlines de Barbados (había iniciado vuelos a Cuba). Otra bomba también destruyó un auto propiedad de un funcionario cubano en Barbados. Tres días más tarde dispararon con ametralladoras contra la Embajada cubana en Bogotá. Las oficinas de Air Panama en esa ciudad también fueron atacadas, supuestamente porque representaban a Cubana de Aviación en Colombia. El 22 de Julio, unos secuestradores en Mérida, México, trataron sin éxito de apoderarse del cónsul cubano. Pero en el intento mataron a un asesor cubano de pesca.
La violencia escaló cuando Omega 7 (el nombre usado por el ultraderechista Movimiento Nacionalista Cubano) puso una bomba en un buque soviético anclado en Nueva Jersey, y cinco días más tarde asesinaron a Orlando Letelier al hacer estallar su auto en Washington, D.C., matando también a Ronni Karpen Moffitt, su colega del IPS. La orden de matar a Letelier provino del gobierno chileno, pero los asesinos contratados por la policía secreta chilena surgieron del mismo grupo de cuervos que se había reunido en Bonao. Estos cuervos –Bosch y Posada—atacaron luego el avión comercial cubano sobre Barbados el 6 de octubre, matando a los 73 pasajeros y tripulantes.
Para los espías que aún tenían memoria, el viejo proverbio español debe haber resonado en sus oídos: “Cría cuervos y te sacarán los ojos.” Posada se ha unido a su viejo camarada en bombas Orlando Bosch, quien aparentemente disfruta de su chochera en Miami, donde aún alardea a los reporteros de que envía explosivos a Cuba. Estos exiliados violentos usaron su intolerancia por los “cambios de política” de EEUU hacia Cuba para convertirse en un peligro.
Un investigador encontraría el rastro sangriento de estos hombres y de sus actos en una decisión tomada en la Oficina Oval. Eisenhower aprobó la violencia. Kennedy la escaló. El Presidente Lyndon B. Johnson la atemperó. Pero Richard Nixon y su Asesor de Seguridad Nacional Henry Kissinger reabrieron la Caja de Pandora de los terroristas. Este horrible contenedor de mercaderes de la muerte emergió de una política ilegal inicial destinada a destruir al gobierno revolucionario cubano por medio de la violencia y la estrangulación económica. Una vez creados y entrenados, los cuervos regresaron –y continúan haciéndolo—para sacar los ojos de los que los cultivaron.
El Presidente Bush tiene ahora su “problema Posada”. Después de los ataques del 11 de septiembre él dijo: “Quien dé refugio a un terrorista es tan culpable como el terrorista.” Tiene suerte que tenemos un presidente para quien las palabras carecen de sentido.
Quizás algunos de los que aspiran a ser candidatos a la presidencia reflexionen acerca de la reciente “historia terrorista” y rechacen los medios “encubiertos” para obtener fines políticos. El mundo ya tiene demasiados cuervos.
El nuevo libro de Saul Landau es Un mundo de Bush y de Botox. Su nuevo filme, Aquí no jugamos golf, está disponible en DVD por medio de
roundworldmedia@gmail.com.
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