Los parlamentarios de antes no usaban gomina.
Gracias al “centrinaje”, la política ya no es lo que era años ha.
Hoy, los parlamentarios destacan por sus afanes mediáticos y limitaciones culturales que van a la par con su carencia de ideas.
¡Qué bien les haría tomar un cursillo sobre “Apuntes del comportamiento de la clase política de otrora”! Seguramente se enrojecerían de vergüenza (¿será posible que los actuales parlamentarios tengan la cualidad de ruborizarse?).
No puedo imaginar cuál sería la reacción de los insignes representantes del pueblo en la década de los años cincuenta y sesenta si participaran hoy en las sesiones del Congreso actual.
Enrique Lira Massi, inigualable periodista del sarcasmo, escribió a fines de los sesenta un librito titulado “La Cueva del Senado y los 45 Senadores”, donde descueró humorísticamente a los distinguidos miembros de esa honorable institución legislativa. Ninguno de esos políticos de antaño manifestó molestia pública ni pretendió entablar querella por injurias. Simplemente –como dicen nuestros lolos- “se la bancaron”.
Antes, los parlamentarios eran conscientes que su figuración pública significaba también ser pasto de críticas mordaces, enconos e ironías. Tenían claro que todo personaje de la farándula, el deporte y la política, podía y debía recibir latigazos de la masa. Lo sabían y lo aceptaban, aunque en su fuero interno se les avinagrara el talante. El pago de una suculenta “dieta”, amén de granjerías que incluso en la actualidad serían significativas, resultaba emolumento suficiente para aceptar salir en portadas de revistas satíricas, como “Topaze”, o ser mechoneados en diversos programas radiales.
Hay anécdotas sabrosas de esos lejanos años cuando el país, de verdad, vivía en plena democracia y no como es hoy día, que a la democracia “la protegen de sí misma”.
¿Anécdotas que demuestran la calidad humana de los antiguos servidores públicos? Permítame, amigo lector, contar algunas.
Un distinguido senador, de apellidos vinosos, encaró a un colega de la bancada contraria y en el límite de su aristocrática paciencia le espetó furioso: “no hable de respeto a la familia quien proviene de una pecaminosa y ocasional noche de lujuria”. El aludido, sin perder la calma, respondió: “yo soy hijo del amor, en cambio usted es producto de los acuerdos económicos de sus parientes”.
Una senadora socialista, indignada luego de áspera discusión, sube a la silla y levantando sus faldas le grita al colega derechista: “cállese el momio ignorante”. Este, con mesura y voz engolada, le contesta: “señora, estamos en el Congreso; tenga la bondad de llevar ese canasto de choros malolientes a la Vega Central”.
Una mañana de tensa sesión, entre el público asistente a la Cámara de Diputados había un joven universitario de temperamento exaltado que lanzaba consignas e insultaba soezmente a un diputado. Harto ya de recibir groserías, el parlamentario aludido apuntó con su mano al lugar donde se encontraba el público y gritó: “¿sería usted capaz de repetirme lo mismo allá afuera, en los jardines?”. Salieron ambos del hemiciclo y se trenzaron a golpes. Minutos después, el diputado invitaba a su opositor a beber un café en un céntrico restaurante y conversaron animadamente hasta que la noche cayó sobre Santiago. No hubo querellas, demandas ni detenciones policiales.
En plena campaña electoral, un diputado que postulaba a la reelección, frente a una multitud de adherentes, en una ciudad sureña, expresó su intención de continuar legislando desde la Cámara de Diputados y solicitó los votos de sus partidarios. Uno de ellos, alzó la voz: “¿cómo se le ocurre pedirnos el sufragio si usted, diputado, ‘se moja’?”, a lo que el político contestó con presteza y sin encono: “me mojo...pero salpico”.
Eran otras épocas. Había plena y real libertad de expresión, de prensa y de reunión. En esos años, Chile se ufanaba de ser uno de los escasos territorios de América Latina donde la democracia funcionaba a todo dar y la prensa gozaba de una libertad que provocaba envidia en países hermanos. Había “centrinaje”, claro, pero también parecía existir la posibilidad de sacudirse aquel yugo social que las vituallas de esa entelequia idiosincrásica regalaban a la nación.
Hoy al igual que antes, tenemos también parlamentarios coimeros, aprovechadores, flojos y mentirosos. La diferencia estriba en que ayer se les podía denunciar públicamente, aún sin contar con suficientes elementos de prueba. En cambio, hoy día, los miembros del Congreso pretenden provenir de razas intocables descendientes de dioses asiáticos, aunque en verdad sus cutis no den siquiera para bueyes de Creta. Estos nuevos políticos pueden insultar, atacar, demandar, embaucar y decir de otros lo que les venga en ganas, pero ¡ay! de aquel oscuro ciudadano o periodista que ose siquiera mencionarlos.
Estos parlamentarios siglo veintiuno representa exactamente la casta centrina que desprecia el elector, pues se trata de un grupo de faranduleros que ha confundido la paciencia ciudadana con “huevonura” masiva.
Si se les compara con senadores y diputados de antes, cometeríase un imperdonable pecado de lesa patria pues los de antaño no usaban gomina ni se equivocaban de cama. Pero tenemos lo que hay, nada más, nada menos. Parlamentarios involucrados en casos de prevaricación, otros que son procesados por adulterar documentos públicos como una Licencia de Enseñanza Media; los hay también procesados por coimas y ahora último como si faltara más, algunos han sido sindicados como presuntos partícipes en actos de estupro y quizás hasta de pederastia. ¡¡Y se molestan cuando alguien lo menciona, llegando incluso a amenazar violentamente a quienes fueron víctimas de aberraciones sexuales!!
Quizás por ello mismo un grupo de adherentes del Partido Humanista desplegó un lienzo anaranjado en las tribunas del Senado, con la frase: “Están todos bajo sospecha”, lo que irritó a muchos honorables y desató las iras de alguna prensa que salió en rápida defensa –en “centrina” defensa, diría alguien- no ya de una vetusta institución como es el Senado, ni de los cientos de menores abusados sexualmente por poderosos empresarios sino, particularmente, de algunos parlamentarios que representaban exactamente los intereses económicos de esa prensa.
Nuestros parlamentarios han demostrado estos últimos diez años ser dueños de una tozudez que sólo es igualada por la ignorancia soberbia, ya que persisten en utilizar idénticas argumentaciones con las que creen poder explicar sus actos contrarios a la voluntad de quienes les eligieron, suponiendo, obstinadamente, que esos electores deberán contentarse con las teorías desarrolladas por sus representantes.
La forma de hacer política que hoy caracteriza al país, más temprano que tarde entrará en crisis severa y los parlamentarios emitirán amargas quejas responsabilizando a otros sectores sociales de su propio fracaso.
Antes que la leche se derrame, entregamos un fragmento en latín de una tragedia griega que preconiza el fiasco de los porfiados.
“Quis deus perdere vult, dement prius” (una traducción libre podría significar: “A quien los dioses quieren perder, golpean previamente con la obcecación”).
Definitivamente, no es esta la democracia por la que el país luchó estoicamente durante los años de dictadura para recuperarla, ni son tampoco estos los representantes que el pueblo esperaba.
Quizás el país haya construido una moderna y elegante mansión, pero la mayoría de sus moradores aún se encuentra recluida en el sótano, mientras un grupo reducido de los privilegiados de siempre goza y disfruta de salones, dormitorios, jardines y biblioteca. Al parecer, en esta nueva democracia carnavalera la fiesta no es para todos...y la alegría tampoco.
En suma, el “centrinaje” nacional alcanza su mejor exposición en el mundo de la política, aunque tiene relevantes vástagos en otras expresiones.
El centrinaje en los medios de comunicación.
Hasta el día 11 de septiembre de 1973, nuestro país se había caracterizado en América Latina por ser poseedor de una prensa libre y punzante, informativa y culturalmente valiosa (pese a que muchos diarios disfrutaban de un libertinaje que deslindaba en el insulto). Tal característica no había sido un regalo gratuito caído de cielo, ya que editores y periodistas hubieron de enfrentar difíciles situaciones en procura de la libertad de expresión junto a sindicatos y federaciones estudiantiles.
Obviamente, ciertos grupos (los de siempre) oponían feroz resistencia a esas libertades, pues consideraban que ellas eran pródigas únicamente en sus manos y no en las plumas o páginas de sus adversarios políticos.
Aplicaban, sin saberlo quizás (pero les brotaba del alma), la doctrina nazi de Adolf Hitler quien, respecto a este punto, opinaba en defensa de su sangriento autoritarismo: “el concepto de libertad de prensa es el peligro más mortífero para cualquier Estado, pues la libertad de prensa no significa en modo alguno libertad de prensa, sino únicamente libertad de determinados sujetos para hacer lo que quieren y lo que conviene a sus intereses. Y esto lo hacen entonces aunque vaya en contra de los intereses del Estado” (Henry Picker, “Anatomía de un dictador”. Edic. Grijalbo, México, 1965).
Después del “once”, esos grupos contaron con el poder total en sus escritorios y lo usaron en beneficio no ya de un ordenamiento necesario sino, específicamente, para instaurar una base de acero sobre la cual edificar sus propias residencias empresariales y económicas, creyendo que la Historia era inmutable y que Dios les había obsequiado la exclusividad del gobierno eterno. Hitler, al menos, fue asertivo, directo y brutal; en cambio, estos representantes chilenos de su ideología son torcidos, centrinos, mentirosos y tanto o más bestiales que los gorilas de las SS berlinesas, pues aseguran hacer lo que hacen “en beneficio de la libertad, la democracia y la prosperidad nacional”.
Durante diecisiete años los chilenos estuvieron sujetos a informaciones oficiales, censuras y pildoritas amargas, intragables, entregadas por una Secretaría de Prensa administrada por manos moras que dependían del humor diario de las bayonetas. Nadie puede atrapar el agua con las manos, pues algunos hilillos líquidos se escurrirán entre los dedos de los censuradores. Ese fue el oxígeno que permitió respirar durante aquel tiempo.
No obstante, los detentores del poder absoluto (una dictadura se auto otorga más fueros que una monarquía) no pararon mientes en dar alas al centrinaje, a sabiendas que esa actitud chilena les venía como anillo al dedo para prolongar su régimen. Acostumbraron a los ciudadanos a una prensa que se alejó de la verdadera razón de ser de todo medio de comunicación, y a través del manipulado uso de la televisión y los diarios impusieron un criterio que aún persiste, cual es embadurnar de circo toda actividad mediática restándole espacio y posibilidad de crítica racional a lo que verdaderamente es importante y significativo.
Con lo anterior, surgió la premisa de la “intocabilidad” de las autoridades, como si ellas fuesen hijas sagradas del Olimpo. Sin embargo, aunque la voz y el poder de la calle impusieron finalmente sus términos, estos no se vieron reflejados en sanciones electorales para aquellos que conculcaron (y conculcan aún) la principal de las libertades: la de expresión. Hoy, los parlamentarios y los políticos (herederos de la “intocabilidad” dictatorial) ponen el grito en el cielo si un ciudadano común osa manifestar opiniones que pongan en duda la honorabilidad de uno de ellos, y en menos que demora un gallo en cantar prevarican de un poder que el pueblo les prestó, llevando al audaz vecino a los tribunales y meciendo la mano que administra el martillo de la ¿justicia?
“Hay que escuchar a la gente”, vociferaban esos politicastros hace algunos años. Pero “hay que callar y castigar a la gente” cuando esta emite opiniones en público, ya que tal mérito es absoluta propiedad de quienes gozan de fueros.
En los temas de libertad de prensa y de expresión, indudablemente hemos retrocedido más de un siglo.
Bernardo Subercaseaux, Investigador y Sub-Secretario de CENECA (Comunicación y Cultura para el Desarrollo), profesor en las Universidades de Chile y Washington, en su obra “Fin de Siglo, La Época de Balmaceda” (Edit. Aconcagua,1988), nos relata:
“1890-1900 fue una década floreciente en la creación de diarios y revistas. Hasta los pueblos más recónditos tenían un periódico político, comercial o literario. En Vichuquén, un lugar perdido en la costa de Curicó, hubo tres periódicos semanales para menos de 3.000 habitantes. En los diarios de la capital se moteja a Jorge Montt, ex -comandante de la escuadra, y primer mandatario por obra de la ‘revolución’, se le moteja –decíamos- como el “presidente Chiripa” o “la Reina Victoria”. Juan Rafael Allende periodista sarcástico como el que más, y de quien el régimen de Balmaceda había prohibido su ‘República de Jauja’ (1889), pudo en la última década desarrollar su etapa más importante como diarista, publicando una serie de notables periódicos satíricos. Todo esto habría sido imposible sin una amplia libertad de expresión y de prensa, más amplia sin duda que la que hubo durante el gobierno de Balmaceda”.
Hemos retrocedido, sin duda alguna. Actualmente, los llamados “poderes fácticos” no aceptan siquiera ser puestos en tela de juicio por el vulgo, y los principales medios de comunicación cautelan una línea editorial rayana en la obsecuencia servil. Pero, para la masa y ante ella, esos mismos medios juran ser partidarios y defensores de la más completa y total libertad de prensa. Lo mismo aseguran jueces y magistrados respecto de la libertad de expresión, aunque son los primeros en dejar caer el martillo para meter al chucho a quien emita juicios negativos sobre sus patrones políticos.
Si cuando ocurre un atentado contra las libertades consideradas básicas –en este caso, la libertad de pensar y de expresar lo que se piensa- no se hace defensa de lo que es propio de la democracia, entonces, ¿qué puede hacerse? ¿Callarse? Pues la protesta por esos atentados, si los comete un gobierno derechista, es lógico que sea antiderechista, como es antizquierdista cuando los comete un gobierno de ese signo. La sinceridad de la protesta no puede medirse por el carácter o la etiqueta de quien cometió el atentado, sino por el hecho de que quien protesta proteste siempre que se comete un atentado, sea quien fuere el autor del mismo. Como consecuencia, a la indignación por el atentado se agrega, en unos, la decepción por ver que quienes lo cometen pretenden ser todo lo bueno que hay en la Tierra, y en otros, la indignación suplementaria de ver el cinismo con que se cometen esos atentados en nombre de la “libertad” y la “democracia”, por encontrar que estas palabras quedan mancilladas al usarse para encubrir tales menesteres. Por último, es lógico que quien conculca con mayor frecuencia los derechos elementales del ser humano, sea objeto de mayor número de protestas.
Sin embargo, quienes dirigen la prensa piensan lo contrario y actúan en consecuencia. Son fieles lacayos de los que financian sus periódicos y eso difícilmente va a cambiar.
A nadie le pagan por ser libre...sólo el sometimiento produce estipendios. Esa “ley de bronce” de la sociedad es la que administra la justicia, la política y la prensa. Incluso las casas editoriales.
“¿Qué quieres ser cuando grande?”, me preguntó un tío paterno, exitoso dueño de fundos y de una imponente arrocera curicana, cuando yo me empinaba por los doce años de edad. “Abogado o periodista”, le respondí. “¿Para qué quieres perder tu tiempo siendo profesional?, me gritó...¿Por qué no sigues mi ejemplo y trabajas con tu familia? En pocos años más podrás COMPRAR periodistas, abogados, jueces, policías, curas y políticos”.
No seguí su consejo y fui, finalmente, profesional universitario. Demoré algo de tiempo para comprobar el aserto de mi pariente. La plata manda...siempre. En lo que respecta a la prensa y la justicia, lo anterior tiene una vigencia que aterra.
La manipulación del lenguaje es otra de las características de los medios de comunicación, y con ello adosan culpabilidades a quienes les interesa mediatizar o cubren con descrédito a aquellos que no pueden o no les interesa manejar.
Si la muchacha sorprendida en actividades sexuales pertenece al pueblo llano, será tildada de “prostituta”...pero si pertenece a una clase acomodada será calificada como “vida disipada”. “Borracho” si es el del pueblo.... “achispado” si es aristócrata. “Maricón” si es un vecino cualquiera.... “gay” si pertenece a la farándula o a la política. “Violador degenerado” si vive en Alto Hospicio.... “pedófilo” si es sacerdote o representante del empresariado.
En las primeras páginas de este documento estampé la promesa de referirme a ciertos “relampagones” mediáticos, como golondrinas que no hacen verano pero que, a la postre, actúan de elementos solidificadores del sistema, entrampando al lector y derivándolo a un abismo de decepciones que alimenta el desánimo tanto como la ratificación de saber que no existe independencia ni libertad en la prensa nacional.
Recuerdo las clases de sociología en la universidad, bajo la guía académica de profesionales en materias que aseguraban –estudios varios de por medio- la existencia de un mecanismo muy propio de los sistemas sociales que permitía a estos recuperar las disfunciones y “lunares” que jaqueaban la marcha armoniosa de un andamiaje determinado. Le llamaban “mecanismo de recuperación del sistema”, y permitía demostrar cómo un evento, situación, grupo o persona, aunque fuese abiertamente contrario a las estructuras vigentes, podía ser reconquistado y puesto al servicio para la alimentación de las mismas.
El ejemplo de la subcultura “hippie” o el caso del “Ché” Guevara sirven para el análisis.
Dos elementos disfuncionales al sistema capitalista, dos eventos que hicieron trastabillar la solidez de las organizaciones y la sociedad, fueron rápidamente “rescatados” por el mentado mecanismo de recuperación, transformándolos en discos, casettes, posters, libros que se vendían con la celeridad del pan recién horneado, películas, moda, estilo de vestuario, etcétera. De esa manera, hippies y Guevara pasaron a engrosar- y a enriquecer económicamente- las construcciones societales y financieras de un sistema que paradójicamente era el ‘monstruo’ contra el que se luchaba. Una vez conseguido aquello, las modas de los hippies y los posters de Guevara adornaron los dormitorios de millones de muchachos y muchachas, acompañando –extrañamente- a los crucifijos de madera que colgaban en las paredes de sus cuartos.
Algo similar es lo que ocurre con cierta prensa aparentemente “disfuncional” al sistema imperante, una prensa que simula pretender cambiar estructuras y que sin embargo termina siendo parte del mismo aparato que decía atacar.
De tiempo en tiempo, nacen revistas semanales o quincenales caracterizadas por un afán crítico que, a veces, traspasa las riberas de lo convencional y permite otear bajo las oscuras aguas de la política y de las maquinaciones turbias de ciertas organizaciones poderosas. Esas publicaciones conquistan rápidamente un importante segmento de lectores provocando airadas –y me parece, estudiadas- reacciones en sectores conservadores, especialmente en aquellos que también invierten en las comunicaciones, gatillando un mayor interés en el público para acceder a las informaciones que esos medios exponen. No obstante, cuando tales revistas alcanzan su punto más alto en las ventas y en la apetencia de los ciudadanos, intempestivamente se produce un súbito giro y la publicación, por obra y gracia del mencionado mecanismo de recuperación, pasa a engrosar graciosamente las filas de los defensores del sistema.
Ocurre también con personas. ¿No hemos sido testigos de innumerables ejemplos de periodistas incorporados al mundo de la farándula, luego de haber sido ellos francos adversarios de ese estamento? El crítico, el asertivo, el audaz, el consciente, una vez que forma parte del mundillo del espectáculo, es engullido por los charcos pantanosos y pasa a convertirse en chorro de dinero para alimentar las arcas de los detentores del sistema y, manejado por estos, se transforma en ‘personaje público’ que los partidos políticos acechan para presentarlo como candidato a cualquier cosa, pues ya está ‘domado’.
Para el sistema, todo lo que sea disfuncional abre el apetito de los pilotos de la maquinaria social. Dicharacheros, gays, lesbianas, boquiflojos, bohemios, hedonistas, forman parte de la actual farándula que, dicho sea de paso, constituye una de las mejores alternativas de ingresos económicos para los dueños de todo.
El público lo sabe –y si no lo sabe, lo intuye- pero igualmente se adscribe con su preferencia a programas y publicaciones en las que esas figuras aparecen en primer plano, aunque en los círculos de amigos tiendan a criticarlas ácidamente, burlándose de ellas y festinando algunas de sus características.
Los chilenos desconocemos nuestra propia capacidad como consumidores, puesto que nunca hemos intentado castigar en serio a un producto o un programa. Hace algunos años, los norteamericanos dieron una prueba irrefutable de la importancia que el consumidor tiene en el sistema imperante. No concordaron con la empresa “Coca-Cola” cuando esta sacó al mercado un producto bautizado como “Coke” y se agruparon rápidamente en comités de defensa del viejo sabor de esa bebida, obligando a la empresa –ante la dramática caída en las ventas- a retirar el nuevo producto del mercado norteamericano y derivarlo entonces... ¿a dónde?...a Latinoamérica. Un magnífico ejemplo que, por supuesto, el centrinaje nacional jamás imitará.
Los centrinos nacionales soportan cualquier cosa, incluso los insultos a la dignidad. En la época del gobierno militar, durante una de las versiones del Festival de la Canción de Viña del Mar, la municipalidad de la ciudad balneario invitó a la cantante hispana Paloma San Basilio a integrar el jurado. La buenamoza artista optó por privilegiar a un compatriota, llamado Braulio, pese a que el público asistente a la Quinta Vergara pifiase diariamente la interpretación del español que, a pesar de los pesares, obtuvo la preciada “Gaviota de Plata” en medio de una silbatina estruendosa. En España, no bien aterrizó Paloma San Basilio en el aeropuerto madrileño de Barajas, muy suelta de cuerpo y de lengua, afirmó ante los periodistas que “ella había sido quien impuso al jurado votar por Braulio, aprovechando la docilidad y simpleza de los componentes chilenos que se dejan llevar fácilmente por las opiniones de los extranjeros”.
¿Cuál fue la respuesta en Chile a esa bofetada? La prensa silenció las declaraciones de la española y, por el contrario, alimentó las páginas de farándula con fotos y entrevistas a la cantante, permitiendo que meses más tarde un canal de televisión la contratase para un show en vivo, con enorme éxito de público y de “crítica”.
¡Sólo en Chile, merced al centrinaje de los medios, ocurren cosas como la relatada!
¿Recuerda usted a Gina Lollobrigida, la actriz italiana de los años 60? También estuvo en el Festival de Viña el Mar integrando el jurado, pero en esa ocasión la vergüenza fue mayúscula. Doña Gina, que jamás cantó ni intentó hacerlo, subió al escenario de la Quinta Vergara para mascullar un par de melodías (los organizadores le pagaron extra por ello) y más tarde, vaya emoción, en un prestigioso local destinado a afanes verdaderamente culturales abrió una exposición de mediocres fotografías tomadas por ella, recibiendo por cierto emolumentos especiales.
La actriz viajó luego a Buenos Aires, donde quiso repetir sus andanzas pero esta vez el resultado fue catastrófico. En medio de su pobrísima actuación como “cantante”, el público bonaerense se indignó por la estafa y lanzó al escenario todo lo que encontró a mano. La justicia argentina colocó a la Lollobrigida en el primer avión rumbo a Europa, autorizando la devolución del importe de las entradas y permitiendo a los organizadores “no cancelarle un céntimo” a la actriz estafadora.
De no haber mediado el “caso Buenos Aires” –que sí fue conocido por los chilenos- Gina Lollobrigida, con seguridad, habría regresado a nuestro país con un contrato aún más jugoso que el primitivo. Por supuesto, la prensa nacional, dominada por el centrinaje, olvidó con celeridad pasmosa el desaguisado y continuó publicando temas faranduleros varios a objeto de continuar obnubilando y embaucando a los lectores.
Si ello ocurre con la farándula, ¿qué puede esperarse de la prensa nacional respecto de actividades importantes como la política, la economía y la justicia?
Todos los medios de comunicación –escritos, radiales y televisivos- engañan a su público al afirmar que son “un diario (radio o canal de TV) INDEPENDIENTE de cualquier corriente política, filosófica o económica”, lo que constituye la primera gran ficción centrina de cada día. ¿A qué mentir sobre algo que todos saben es una falacia? Lo hacen premeditadamente, ya que son conscientes que el público creerá en la monserga aunque saben también que ese mismo público duda de su propia convicción que cuestiona con el tamiz de los hechos ciertos.
Podríamos gastar páginas y páginas hablando de nuestra acomodaticia y centrina prensa. A objeto de evitar tanto disgusto al lector, con un pequeño, somero (y lamentable) ejemplo demostraremos cuán rastrera, mentirosa y farandulera es la prensa chilena.
Cada día, sin faltar uno solo, diarios, radios, revistas y canales de televisión dedican sus mejores portadas y horarios a los “cahuines” de la politiquería y de la farándula. Una vez por semana, como mínimo, esa misma prensa apetece dedicar espacios a ciertas críticas que pretenden desmenuzar la volatilidad de las noticias y atacar los perfiles faranduleros.
Sin embargo, han pasado diez días desde que se produjo el lamentable fallecimiento de una de las mentes más preclaras de la educación chilena (estas líneas fueron escritas el día Sábado Santo, 10 de abril del 2004), ganadora del Premio Nacional de Educación 2003, la señora Mabel Condemarín, y NINGÚN MEDIO DE COMUNICACIÓN ha mencionado hasta ahora esta noticia que entristece los corazones de los pocos chilenos que siguen creyendo que la educación es el único camino.
Para la mayoría de los medios nacionales era más importante (y más rentable en cuanto al lucro) referirse al dolor de muelas de un cantante determinado, que preocuparse por la pérdida de una distinguida maestra.
¡Esa es nuestra prensa! Centrina, lacaya y superficial. Una prensa que viene como anillo al dedo a los profitadores y demagogos profesionales que exprimen al país.
La existencia de la “sociedad de los mitómanos libertinos” ha quedado demostrada palmariamente con este vergonzoso hecho.
UN “COGOLLO” PARA NUESTRA JUSTICIA CRIOLLA.
El viejo refrán español que reza: “mucho ruido, pocas nueces”, viene al caso en el análisis de los esfuerzos realizados por el gobierno del presidente Ricardo Lagos para modernizar –y mejorar, se supone- la administración de justicia en Chile.
No existe aún suficiente confianza ciudadana en el trabajo del poder judicial, ni tampoco en la credibilidad de sus jueces, personajes que son considerados por el público como simples dependientes de los nuevos patrones del Estado, los parlamentarios.
Se ha perdido la certeza de una otrora “independencia” de los poderes, ya que se les ve entrelazados, interrelacionados y confundidos en una sola colegiatura que simula ser sociedad económica y de intereses (más que corporaciones autónomas), la cual es dirigida desde los sillones del Congreso o de las oficinas de empresas multinacionales.
“Casa de Piedra”, elegante sitio que sirve de punto de encuentro a los principales exponentes de la industria y comercio, se ha constituido en un cuerpo orgánico de mayor importancia y trascendencia que cualquiera de los poderes del Estado. Esto no es algo nuevo en nuestra Historia. Ya en los finales del siglo XIX, los empresarios mineros y terratenientes –pese a que eran los dueños del Ejecutivo y el Legislativo- se agruparon en sociedades nacionales (de agricultura, de minería) para presionar al Estado desde una posición ventajosa, cual era disponer de los dineros que movían al país y obligar a los gobiernos a dictar normas o leyes que tendían a sobre protegerles, a la vez que menoscababan al resto de la sociedad chilena.
En los últimos meses ha resurgido en ciertos círculos políticos la idea de “parlamentarizar” el sistema de gobierno, quitando al Ejecutivo muchas iniciativas y poderes que garantizó la antigua Constitución Política del año 1925 y que refrenda la actual Carta Fundamental de 1980.
¿Más atribuciones para el Congreso Nacional? Un sistema de gobierno basado en el parlamentarismo, aquí y ahora, en absoluto garantiza mayor justicia social, dado que nuestros representantes políticos adolecen de formación cívica, tanto como presentan notorias carencias culturales, pero gustan entrometerse en lo que no les corresponde, así como tienden a exigir participación en asuntos que corresponden a otros estamentos. Aunque, para especificar adecuadamente el tema, la principal llaga radica en la escasa honorabilidad de algunos honorables, pues el cúmulo de sospechas respecto a coimas, prevaricaciones y otras tropelías, sigue presente en el consciente colectivo por mucho que esos parlamentarios y sus respectivas organizaciones partidistas hayan extendido esfuerzos comunicacionales tratando de disfrazar asuntos que no pueden ser escondidos tras un antifaz.
La injerencia de políticos en las oficinas de los magistrados tampoco ha podido ser ocultada. Además, en los hechos concretos se halla la prueba de lo anterior. Dirigentes de colectividades políticas reuniéndose ‘secretamente’ con un ministro de corte, visitas extemporáneas de parlamentarios a las oficinas de jueces que tienen a cargo importantes casos, un secretario de estado (de cartera ministerial política, no técnica) invitando a ministros de cortes a una reunión social, magistrados que privilegian en sus fallos a políticos que la ciudadanía sindica como responsables de dolos e ilegalidades, apuntan a certificar las dudas de los electores respecto de la manida ‘independencia’ de la judicatura criolla.
Quizás existan demasiados ‘fueros’ en la república, lo que posibilita la ocurrencia de muchos negocios turbios en los que siempre, siempre, se sospecha de la participación de uno o más de nuestros congresales. A ellos poco les preocupa, puesto que de inmediato aparecen con una saga de declaraciones e investigaciones oscuras tendientes a explicar lo inexplicable y que, ¡oh misterio!, son prestamente publicadas y avaladas por la prensa que controlan para, luego, resultar respaldadas por el martillo de la justicia que administra, precisamente, una de las manos que ellos mecen.
Esa ‘intocabilidad’ que cubre a parlamentarios y magistrados es herencia de la época autoritaria recién pasada, cuando ninguno de los “hombres públicos” del gobierno militar podía ser mencionado con una crítica ni puesta en duda su respetabilidad. Ya hemos visto cuán respetables eran muchos de ellos. El bastón de esta posta atlética pasó a manos de los contingentes parlamentarios, en una carrera sin fin ni objetivos beneficiosos para el país, salvo para ellos mismos, claro está.
La reforma procesal penal no ataca el problema de fondo; sólo maquilla el sistema vigente con dramatizaciones teatrales y cierta velocidad en los procesos. Las leyes siguen siendo las mismas de otrora, al igual que los ‘fueros’ de quienes nunca rinden cuentas a la nación. Contrariamente a lo esperado, los parlamentarios avalaron legislaciones que cautelan derechos para los delincuentes, en detrimento abierto de las víctimas. Para ser franco, me parece que en nuestro actual estado de derecho es preferible ser victimario a ser víctima. Goza de mayores privilegios el asaltante que el asaltado. El primero de ellos alcanza prontamente la libertad, mientras que el segundo debe arriesgar vida y trabajo concurriendo una y otra vez a los tribunales para exponer los argumentos de su desgracia y exponerse a la ira vengativa de su verdugo callejero. A este respecto, una opinión sarcástica recorre las calles. “Los parlamentarios aprueban leyes en beneficio de sus hermanos menores”.
Este juego inefable es del pleno gusto de políticos y magistrados, pues mientras mayores sean los índices de delincuencia, igualmente mayor será la significación de sus propios cargos públicos (en el caso de los jueces) y más cuantiosa la batería de críticas (nunca de auto crítica) disponible para las campañas de los candidatos a una diputación o senaturía.
Yo le creería a esta reforma procesal penal si ella contemplara la existencia y trabajo de un “defensor público” al estilo europeo, cabeza principal de un equipo de profesionales (abogados, sicólogos, asistentes sociales, investigadores, etc.) que trabajara gratuitamente para la gente de bajos o nulos ingresos que requiera de sus servicios y tuviese el mismo acceso a las informaciones que hoy poseen los personajes con ‘fuero’.
Sólo una “defensoría pública” así estructurada, podrá lograr poner de pie lo que hoy está de cabeza, ya que los jueces –y es sólo un ejemplo- gustan castigar a un acusador de políticos, carente de dinero o apoyos “fácticos”, con la ira vengativa de la legislación vigente, pero deja sin investigar el fondo de las acusaciones permitiendo al sospechoso continuar operando a voluntad.
Mientras una defensoría de ese tipo no exista, mientras los magistrados de las Cortes sean exangües y añosos ciudadanos dignos de insertarse en programas de turismo para la cuarta edad, o continúen siendo los mismos que ocupaban esos u otros cargos judiciales durante el negro período dictatorial al cual protegieron con sus anuencias, mientras el poder legislativo continúe metiendo las narices en el judicial, y mientras ambos (parlamentarios y magistrados) no den pruebas irrefutables de respeto a la libertad de expresión, muchos insistirán en el convencimiento que la actual administración de justicia y el accionar del Congreso es un aleteo de plumíferos que pretende demostrar cuánta actividad hay en este gallinero que algunos llaman, pomposa e irrespetuosamente, ‘estado de derecho en la democracia’.
Una democracia que, según ellos, debe ser protegida de sí misma.
NOSOTROS, LOS CENTRINOS.....
El “centrinaje” también puede ser observado nítidamente en la conducta chilena respecto de la fe y la iglesia. “Vicios privados y virtudes públicas” es la norma.
Ser católico, en este país, resulta más un evento social que un acto de fe. A la iglesia se asiste los domingo por convenciones y conveniencias sociales, y no por amor real a la palabra del magnífico “Hijo del Carpintero”, Jesús de Nazaret. Hay excepciones, por cierto, pero ellas sólo confirman la regla. Virtudes como la solidaridad, la humildad, la búsqueda de la verdad, el amor y respeto al prójimo, son rápidamente olvidadas no bien los fieles dejan el templo y suben a sus automóviles. Las retomarán el domingo próximo, y sólo durante la eucaristía. Después....¡a otra cosa, mariposa!
Claro que durante la semana, predicarán moral con el marruecos abierto.
No por nada este país es la nación que posee en Sudamérica el mayor número de moteles per cápita e hijos nacidos fuera del matrimonio. “Mientras no se vea ni se sepa, no hay pecado”, parecen asegurar por estas latitudes.
En mi pueblo natal (pleno centro geográfico), muy pocos tenían buena impresión de militares y sacerdotes allá por la década de 1960, sin embargo, en actitud “centrina” típica, mis familiares y los amigos de mi parentela me aconsejaban:
“”Si quieres pasar una vida cómoda, sin sobresaltos ni tener que deslomarte trabajando por poca plata, si deseas que todo el país te tribute respeto y temor, si quieres que te regalen ropa, comida y cama...entonces, métete a cura o milico””.
Pensamiento real de los centrinos, que ironizan sobre esas dos especies sociales cuando se reúnen con sus pares, pero empujan a sus vástagos para que formen parte de tales “salidas económicas”.
Hay más ejemplos. Los masones y “come curas” centrinos casándose por la iglesia, colocando a sus hijas en los mejores colegios administrados por monjas o pidiendo la visita del cura antes de morir, son ya un clásico.
Vea usted lo siguiente y entenderá el concepto.
Un centrino llamado Beta, escucha a Alfa descuerar a Gama y le apoya en sus opiniones. Luego, corre donde Gama para acusar y descuerar a Alfa. Posteriormente, se encuentra con Epsilon y masacra verbalmente a Alfa y Gama, a quienes relata más tarde cómo los criticó Epsilon.
Los centrinos verdaderos jamás poseen opinión propia ni les interesa tenerla, pues sólo están motivados por contar con la posibilidad de trabajar poco y ganar mucho. Para eso intentan exprimir al máximo la cantidad de “centrinaje” que el prójimo manifiesta.
Pregunte usted algo –que implique expresar algún grado de opinión propia sobre lo que sea- a cualquier “centrino” y en el 90% de los casos recibirá una respuesta “einsteiniana”, de fórmula tal que lo salve de pronunciarse derechamente: “ES RELATIVO....” le dirá.
Esperanzado eternamente en el azar positivo, el “centrino” actual presta oídos atentos a las verborreas demagógicas de los políticos de la zona. Sabe a ciencia cierta que le están timando, pero aplaudirá y vitoreará cuanto digan esos políticos, en la vana esperanza que posiblemente alguna migaja podrá caer desde la tribuna.
No sería de extrañar que muchos de los antiguos opositores al régimen de Pinochet, votasen mansamente por uno de los hijos del dictador si aquel se presentara como candidato al Congreso, siempre que el vástago les prometiera maravillas personales y contara con el apoyo de algunos caballeros poderosos y de medios de comunicación “serios”.
Todos los centrinos supieron de la aguda tragedia sufrida por los familiares de los detenidos desaparecidos durante los años de dictadura militar –y la mayoría de ellos se hizo “el de las chacras” simulando no haber sabido nunca nada- pero, después, cuando ya no era arriesgado hacerlo, utilizaron el tema en su oposición al Capitán General, pero no bien regresaron los civiles al control del Estado dieron vuelta la espalda a las peticiones de alguna justicia en serio.
Fue un clásico también la posición al respecto del ex Presidente Frei Ruiz Tagle, que sólo recibió en La Moneda a las dirigentas de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos al término de sus seis años de mandato, y ya con Pinochet a buen recaudo en Londres, para escucharlas por breves minutos casi sin abrir la boca.
Cuando alguien dice lo que piensa y lo expresa asertivamente, es calificado de “loco”, “extraño”, “conflictivo”, “peligroso” o “desatinado”, aunque todos quienes así lo catalogan piensen íntimamente lo mismo.
La diferencia con lo anterior reside en que para un centrino “jamás hay que decir a otro lo que se piensa, sino que se debe expresar sólo lo que el otro desea escuchar”.
Entre los centrinos no puede haber confidencias, ya que quien cuenta a otro un secreto se hace esclavo de aquel. Es una de las máximas del “centrinaje”: no confiar en nadie, ni siquiera en sí mismo porque mañana –si así lo señala la conveniencia- se puede pensar lo contrario.
¿Ha escuchado a los chilenos de Santiago, Rancagua o Talca referirse objetivamente a espectáculos, películas, obras de teatro, libros o eventos que presenten temáticas controvertidas? Obtendrá opiniones enfundadas en puritanismo medieval.
Es común oírles despotricar públicamente, casi con lamentaciones, contra tales hechos y solicitar a la autoridad que haga algo “para evitar que tamañas suciedades sigan circulando libremente en kioskos, canales de televisión y diarios”. Pero esos mismos detractores, defensores de la moral victoriana, apenas abordan un avión rumbo al trópico o a Europa, lo primero que preocupa su interés es agenciarse la dirección de sitios donde se hallan los “sex shops”, los cines triple equis, los barrios rojos, la comunidad gay y los casinos de juego que contemplan espectáculos fuertes. Si se encuentran en La Habana, susurran en la oreja del guía turístico solicitándole sus buenos oficios para que consiga “alguna cubanita que pueda subir a la habitación del hotel”, y mientras más joven sea la habanera, mejor.
Hay un viejo chiste machista (muy centrino, por lo demás) que caracteriza a las chilenas de esa misma zona geográfica. Un chiste –dicen los entendidos- vale más que mil conceptos.
¿En qué se diferencian una argentina y una brasileña de una chilena (centrina, obviamente) cuando han hecho el amor con un amante ocasional?
La argentina se levanta de la cama, mira a su pareja, sonríe, enciende un cigarrillo y le dice: “te portaste bien, pibe...es posible que te permita repetirlo este fin de semana”.
La brasileña le dice a su amante: “excelente noche, querido, pero debo irme porque estoy justo a tiempo para llegar a mi oficina. ¿Puedo llamarte el viernes?”
¿Y la chilena centrina, qué hace? Deja la cama y cubre su cuerpo con un cobertor camino al baño; en el vano de la puerta esconde la mitad de su anatomía y mirando consternada a su amante le susurra: “por favor, no se lo cuentes a nadie, ¿ya?”
El chiste es malo, pero permite sacar conclusiones importantes. La primera de ellas no apunta hacia la mujer, sino hacia el hombre chileno, persona poco confiable pues se sabe que no bien abandone el motel correrá donde sus amigos para jactarse de su nueva conquista; la mujer lo sabe, mas pese a ello arriesga su dignidad al suplicarle confidencialidad, con lo que ata su decoro y buen nombre a la mucha o poca verborrea del macho que le tocó en suerte. Él sabe que ella lo sabe, pero ambos actúan como si no lo supiesen. Otra conclusión plausible es que la dama sigue considerando el acto sexual como evento pecaminoso, cual si fornicar –pese a ser adultos- constituyera un acto deleznable, perseguido por la justicia y castigado por poderosos y etéreos seres que propugnarán una lapidación social. Mujer y hombre son conscientes que en pleno siglo veintiuno es de normal ocurrencia que dos personas adultas, de sexos opuestos, libres y soberanas en su actuar, decidan meterse en la misma cama para acariciarse e intimar, pero las convenciones y reconvenciones sociales propias del país del centrinaje les aterran.
Quizás sea producto de un inquilinaje mental que aún no termina, o del aislamiento de siglos que nos alejó de las grandes corrientes de pensamiento; tal vez se deba al accionar de la iglesia católica ultramontana, que ha dominado las mentes de civiles y militares durante quinientos años, pero lo concreto es que el centro del país dio cobijo a una entelequia que hemos bautizado como “centrinaje” y que se expresa en actitudes diarias proclives al servilismo, la falsía y la incoherencia.
Preo



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