Arturo Alejandro Muñoz
EL CENTRINAJE, HOY
Un inefable y asintáctico conocido nuestro, de apellidos Pinochet y Ugarte, militar cazurro, asolapado, acomodaticio, centrino de tomo y lomo (y como si no bastara lo anterior, de raíces cauqueninas), sabedor de lo que estamos analizando, ha manifestado en varias ocasiones que su ciudad favorita es Iquique (aunque los iquiqueños no piensen bien de él), pues está muy consciente que los habitantes del centro del país –en especial aquellos que le palmotearon centrinamente sus espaldas durante diecisiete años- fueron los primeros en abandonarlo y entregarlo a las fauces de los tribunales o al arcón de los recuerdos no bien las nuevas situaciones políticas, y las conveniencias particulares, así lo aconsejaron.
Estemos o no de acuerdo con esta figura del pasado político reciente, debemos concordar en un punto que, a mi juicio, no merece discusión ni mayor análisis. Dice relación con los militares y la civilidad.
Lo peor y más errado que un investigador puede hacer es desestimar las opiniones militares respecto de la ciudadanía. El ejército recibe cada año un voluminoso contingente de civiles jóvenes proveniente de las clases menos favorecidas en lo económico. Los uniformados han llegado a conocer a la perfección el carácter de los chilenos, particularmente el de aquellos que habitan en el centro de la nación, y aunque no lo expresen de manera pública, aprendieron a administrar la volubilidad y el ladinismo de los llamados “paisas”, tanto como saben ya del acomodo y calculado servilismo que estos tienen frente a la fuerza, lo que resulta de utilidad cuando se trata de hacer cumplir órdenes irracionales, ilegales y, a veces (como ya ocurrió), criminales. Los militares conocen en toda su extensión las características de obsecuencia que los civiles muestran ante la autoridad, aunque esta sea contraria a los pensamientos e ideologías de gran parte de la masa. Por ello, el uniformado entiende que no es el pueblo quien debe ser conquistado, sino solamente el poder, pues el resto vendrá por añadidura.
La clase política chilena (“centrina” a concho) disputa con los militares y empresarios el derecho a manejar la férula, basándose en similar conocimiento de nuestros conciudadanos del centro del país, pero como carece de armamento bélico utiliza la retórica y la freaseología demagógica impregnada de promesas incumplibles, cuando no usa enrevesados pseudo análisis economicistas y sociológicos que dejan con un palmo de narices a los más, y una sonrisa irónica a los menos.
No por nada la sindicalización obrera y los partidos populares se gestaron en el Norte Grande. Habría sido punto menos que imposible esperar su nacimiento en los conglomerados obreros del centro del país, donde el surgimiento de una clase (o capas) media, a fines del siglo XIX, alimentó la idea de no considerarse obrero, sino “empleado” o “funcionario”. Esto último también dice relación con el tema de nuestro ensayo, pues fueron esas “capas” medias, nacientes recién en el último tercio del siglo diecinueve, y nacientes en las ciudades, las que comenzaron a disputarle el poder político a la poderosa casta terrateniente.
A este respecto, el historiador Jaime Eyzaguirre, en su obra “Chile durante el gobierno de Errázuriz Echaurren” , Presidente que gobernó el país desde el año 1896 a 1901 (Edit. Zig-Zag, 1957), afirma en la página 19:
“”No sólo la incorporación de estos nuevos elementos (se refiere el autor al avance de una naciente plutocracia que compartirá con los terratenientes el cetro de la influencia política) hizo decrecer en la aristocracia su fisonomía patriarcal y tradicionalista y le fue proporcionando un matiz cosmopolita. La sugestión ejercida en sus miembros por el espíritu francés, al través de los libros y de los viajes, debilitó su sobriedad y modestia que la habían distinguido, y la fue empujando hacia un mayor lujo y refinamiento, que deberían distanciarla material y espiritualmente de las capas populares, guardadoras del alma de la tierra””.
A renglón seguido, don Jaime Eyzaguirre expone lo que consideramos la parte medular de este asunto, ya que en él observamos perfiles sociológicos que avalan nuestra proposición.
“”Este proceso de transformación psicológica, que se fue acentuando con el fin del siglo (siglo XIX) coincidió con la gestación y paulatina toma de conciencia de un nuevo grupo social, la clase media, hasta entonces casi inexistente. El desarrollo de la industria y del comercio, el crecimiento de la vida en las ciudades, los progresos de la educación y la afluencia, aunque escasa, de emigrantes, activaron su génesis y ensanche (.....) Improvisada y en formación, ella (la clase media) carecía de fisonomía propia y de valor para afrontar por sí misma el proceso de una maduración original e independiente. El brillo exterior de una aristocracia que iba perdiendo sus genuinos valores la encandiló hasta llevarla a imitar sus modas y actitudes cosmopolitas””.
Leyendo a conciencia la obra de Eyzaguirre, se puede entender que la vieja aristocracia terrateniente adscribióse al refinamiento europeo, especialmente el francés, alejándose de las capas populares tanto en lo material como en lo espiritual, pero sin abandonar ciertos rasgos característicos de la vieja estirpe española colonizadora, los que fueron recogidos por una naciente capa media que los amalgamó, en gran medida, con los intentos de refinamiento exteriorizados por la antigua aristocracia agraria. Uno de esos rasgos fue, a no dudar, el “centrinaje”, tan útil en la hora de consensuar acuerdos sociales y comprometer intereses económicos y privilegios políticos, otorgándole –y protocolizándolo- un sólido carácter social de habitualidad e imitación. Habitualidad en la permanencia y reiteración del signo más fecundo del centrinaje, cual es el doble estándar....y permanencia, debido a que las principales clases sociales del país lo habían hecho, oficialmente podríamos decir, suyo.
Y sobre este punto, un somero alcance, somero pero interesante y clarificador.
Los historiadores hablan, reiteradamente, de una clase social aristocrática, terrateniente y poderosa, tal como si ella siempre hubiese existido en la faz de la tierra chilena desde los tiempos de la Creación, o que descendiesen los actuales “nobles” de otras familias bendecidas por la férula monárquica europea con blasones semi divinos.
Nada más errado y falaz que ello. Claro, el “centrinaje” lo acepta, lo avala y lo aplaude aún sabiendo que se trata de una argucia propia de quienes han mantenido el poder en sus manos durante siglos.
Apellidos hoy respetados como parámetros prístinos de la aristocracia chilena, provienen, la mayoría de ellos, de aventureros iletrados, vagabundos expulsados de sus terruños, malandrines sanguinarios, ladrones todos, que luego de haber tomado a viva fuerza extensas propiedades ocupadas por indígenas y transformarlas en haciendas o fundos, tornándolas medianamente productivas merced a la esclavitud que sometieron a sus antiguos ocupantes (esclavitud implica gratuidad de mano de obra), viajaron alguna vez a España para comprar títulos nobiliarios con los cuales lavar sus pasados delictuales.
Si el primer mundo adeuda a la población indo-americana ochenta billones de dólares, ¿cuánto adeudan los actuales aristócratas chilenos a las poblaciones indígenas del país? Jamás han pagado un mísero porcentaje de interés por tal apropiación indebida y, peor aún, ascendieron al poder total por la nublada vía de la religión y la dolorosa carretera de la sangre vertida en cientos de matanzas y masacres, muchas de las cuales fueron cometidas contra aquellos que nunca viajaron a España a comprar títulos de nobleza y que, por el contrario, con sus manos y esfuerzos levantaron este país recibiendo remuneraciones exiguas, cuando no solamente un plato miserable de alimento.
Pero, ¡cuidado!. Lo anterior no ocurrió exclusivamente con vagabundos españoles del siglo XVI. Hubo también hijos de Inglaterra –vástagos desechados por la sociedad londinense- que aparecieron en nuestras costas no por voluntad propia, sino específicamente porque eran tan ladrones y disociadores que sus propios compañeros de pillerías les expulsaron del barco en que cometían tropelías a lo ancho y largo de la costa del Pacífico, a nombre de la reina británica, lanzándolos sin más vituallas que su propia indecencia en las playas cercanas a Coquimbo. Hoy, algunos descendientes de esos piratas -ladrones de piratas- levantan sus hombros, arriscan las narices y ocupan sitiales de privilegio en nuestra sociedad, la que intentan dirigir a su amaño a través de las páginas de los medios de comunicación que poseen.
Otros, los más, descienden de los primeros funcionarios públicos (“reales”, se decía en aquella época) que atendieron y sirvieron las instituciones que la corona levantó en suelos americanos. Funcionarios de Aduanas, empleados del Correo, oficiales de los ejércitos del rey en Chile, trabajadores de la Real Audiencia, que con el paso de los años se convirtieron en Oidores, Generales y Testaferros del Virreinato del Perú, en una carrera que es encomiable si se considera el esfuerzo y la capacidad pero que, relativo a la aristocracia, es dable barruntar cómo adquirieron mañosamente fortuna y títulos.
Hasta una década antes de la Guerra Civil española (1936-1939), en Madrid y Sevilla aún se vendían “títulos nobiliarios” a los hispanos o descendientes de hispanos que vivían en América. Para no dejar sin abrochar este acápite, puedo asegurar que mi propio abuelo materno -que había arribado a Chile a comienzos de 1915 sin más pertenencias que una maleta- intentó veinte años más tarde viajar a la Madre Patria con el propósito de conseguir un certificado que acreditase su descendencia del Virrey Muñoz y Guzmán, lo que por cierto escapaba de la realidad. Afortunadamente no pudo concretar su ilusorio sueño, pues España había entrado ya en la espiral de violencia fratricida que culminaría con la guerra civil que la desangró completamente.
Pero, volvamos a lo nuestro y no nos separemos de la línea principal que interesa.
¿Qué ocurría en el intertanto con las clases populares, los campesinos y los obreros, al finalizar el siglo diecinueve?
El mismo Eyzaguirre nos entrega la respuesta.
“”La capa inferior de la sociedad, mestiza en no escasa parte, había experimentado una débil evolución. Mantenía su obediencia y fidelidad incondicionales al patrón y, en general, llevaba una vida rutinaria y sin aspiraciones. Aunque los dueños de las grandes haciendas se iban inclinando poco a poco a entregar en manos mercenarias o de arrendatarios la dirección inmediata de los trabajos y preferían permanecer en la capital, cuando no ausentarse a Europa, quedaban todavía muchos, sobre todo en las tierras interiores de Colchagua y del Maule, que conservaban un estrecho ligamen con sus subordinados (....) En este sentido su suerte era muy superior a la de los obreros de las ciudades, que vegetaban faltos de protección en un medio social poco sensible ante la miseria y el dolor””.
Se observa con claridad que estos acontecimientos, tan significativos para el devenir del país, ocurrieron en terrenos céntricos, puntualmente en las grandes ciudades (en aquella época, poseían esa categoría solamente Valparaíso, Santiago y Concepción) pues, si bien es cierto, en la zona norte se aglutinaba la mayor masa obrera de la República trabajando en las compañías u oficinas salitreras, donde otro tipo de problemas surgía, también es necesario insistir que fue en las ciudades y campos de la zona central donde se produjo con mayor empuje y enjundia la mezcla de valores y hábitos que se consolidaron orgánica y socialmente, y que perduran, en gran medida, hasta nuestros tiempos.
No obstante, al igual que sucedió en el Norte Grande, fue en el sur espléndido (jamás en el centro), donde mujeres y hombres de valor ínclito lograron domeñar la naturaleza geográfica y social a punta de esfuerzo y tesón, aislados no ya del mundo sino incluso del país. Hoy Chile se vanagloria de las bellezas australes, de los recorridos por las aguas gélidas que besan los glaciares y el visitante se da la mano con una fauna exquisita, pero irónicamente son los centrinos quienes creen tener exclusiva autoridad para administrar esos parajes, desechando la capacidad de los habitantes de aquellos lugares que fueron, precisamente, gestores y maestros de la audacia impertinente que significó colonizar, habitar y prosperar económica y socialmente, ni más ni menos, la geografía donde descansó Dios luego de crear el universo (una antigua y ya desaparecida leyenda austral cuenta que fue la uña del Todopoderoso la que separó tierras y aguas originando el actual Estrecho de Magallanes). Así, el ‘centralismo’ se confunde con el ‘centrinaje’ en un abrazo histórico y sociológico.
POLÍTICOS CENTRINOS
Dar ejemplos de centrinaje no resulta difícil si se toma como parámetro el mundo de la política y de quienes dicen administrarlo.
Resulta tragicómico escuchar las respuestas de quienes son entrevistados en la vía pública respecto de estos asuntos, pues la mayoría asevera –a veces musitando la frase- que “no entiendo nada de política ni me interesa”, pero extraño es comprobar que llegado el caso de una elección, cualquiera de esas mismas personas ocupa lugares de avanzada en la discusión pertinente y, también, algunas de ellas manifiestan interés en representar al resto.
No hay grandes diferencias entre lo que sucede en el fútbol y en la política. Todos son árbitros, directores técnicos, diplomáticos, diputados, guardalíneas, comentaristas. Claro que en la cancha, donde se ven los gallos, no aciertan ni al quinto bote.
Pero insisten, en la calle y en el lugar de trabajo, que carecen de información respecto de tal o cual tema controversial, que no lo comprenden ni desean meterse en aguas inquietas y turbulentas.
Públicamente, el centrino no arriesga opinión. A puertas cerradas y en sitio seguro, en cambio, desata sus ideas que expone como si se tratara de un verdadero entendido en las materias que discute, apasionada y generalmente, sin mucha argumentación y menos información, pues lee poco y mal, entiende al revés lo que otros explican y se interesa de preferencia por asuntos triviales ya que reconoce (asertividad en algo, por fin) su absoluta indiferencia respecto de temas profundos y relevantes.
“Para eso están los gobernantes y los políticos”, es la consabida respuesta de la masa, pero.....
¿Existe en el país alguien más desprestigiado en la opinión de esa misma gente que los políticos, independientemente de la trinchera ideológica a la que pertenezcan?
La habitualidad, expresada en opiniones feroces y contundentes, es acusar a estos representantes de la ciudadanía de ostentar todos los vicios conocidos. Ladrones, mentirosos, ignorantes, prevaricadores, vagos, frescos, “care’palo”, inútiles, soberbios, veleidosos, ganapanes, y hasta mafiosos. De esa manera los trata el ciudadano común, y no obstante, al aproximarse un proceso electoral la gente se prepara no tan sólo para escuchar discursos, entrevistas, foros y paneles (que el vulgo afirma están llenos de falsas promesas), sino también para participar –en sus círculos familiares y barriales- en las respectivas campañas.
Una especie de movimiento mecánico sacude a nuestro pueblo en las situaciones comentadas. Denuesta, reniega y despotrica, pero asiste y participa...quizás en la creencia (o la esperanza) de encontrar aunque fuese por una única vez cierta correspondencia concreta entre lo que los candidatos ofrecen y la realidad objetiva. Pronto se desencanta (los fríos y porfiados hechos le dan la razón al escéptico y argumentos al protestatario extremo), vuelve a su postura descreída pero no ejecuta acciones de ningún tipo para mejorar la situación. Es ese inmovilismo el que aprovechan profitadores y demagogos profesionales para seguir lucrando con la ingenuidad cómplice (porque el ciudadano es consciente de que así está actuando) del alma nacional, ya que les asiste la segura convicción que en los próximos comicios se repetirá la escena insoportable del prometedor falaz y el aceptante quieto. Este último, con la eterna e ilusoria fantasía de aquel que espera graciosamente que no le timen de nuevo, que esta vez “a lo mejor, cumplen lo prometido”, aunque en su fuero interno tiene la certeza que nada cambiará lo que ha sido un arte de la mentira y la verborrea. Rechaza la política y reniega de los políticos, pero se deja embaucar y utilizar mansa y voluntariamente por ambos. Confía en quien no cree y se deja doblegar por explicaciones que sabe falsas para, años más tarde, entregar nuevamente su voto a los mismos que le mintieron y engañaron con descaro.
Al ciudadano común se le exige cumplir irrestrictamente las disposiciones legales emanadas del Poder Legislativo, aunque quienes las dictan y votan permanezcan a un costado de ellas.
Aquel vecino que no posea educación formal íntegramente cumplida, le será difícil acceder a un empleo cualquiera. Es la ley. Pero, a los políticos –que son quienes discuten y aprueban legislaciones- este requisito no les es exigible. ¿Usted desea postular como funcionario a un Ministerio, empleado en un banco o en una empresa? Si no tiene el 4º Año de Enseñanza Media es mejor que ni lo intente, pues será rechazada su solicitud. ¿Desea usted postular como candidato a un Concejo Municipal o a una Alcaldía? Ahhh...entonces la cosa cambia, pues según la ley que emanó de los políticos sólo necesita saber leer y escribir, pero ningún artículo de la legislación le impetra demostrarlo.
Arturo Alessandri Palma, dos veces Primer Mandatario, refiriéndose al palacio de gobierno –La Moneda- aseveró que era “la casa donde tanto se sufre”, frase que acuñaron todos los postulantes al sillón de O’Higgins, tratando de demostrar al público cuán supremo era el esfuerzo y cuán profundo el sacrificio que estaban dispuestos a realizar en aras de la Nación. Llama la atención entonces que se produzcan serias confrontaciones y luchas para obtener la posibilidad de “ir a sufrir” en los salones y oficinas de la presidencia.
El mismo Alessandri Palma acuñó otra frase para el bronce, esta vez en relación al Congreso Nacional, a cuyos miembros llamó “la canalla dorada”. Parece más ajustada a la realidad que la anterior.
Entonces, entre “sufrientes voluntarios” y “canallas dorados” desarrolla sus artes la política chilena.
Durante diecisiete años, como un golpe de agua sobre la roca, el general Pinochet insistió ante el país que la clase política era deleznable, traidora e inútil. Aunque exageró en las apreciaciones, no necesitó mucho más para convencer a millones de personas sobre un asunto que era conocido por todos. Sin embargo, una vez que el plebiscito de 1988 lo sacó del gobierno, el militar decidió integrarse a la “canalla dorada deleznable, traidora e inútil” del nuevo Congreso en calidad de senador designado. “Para defender mi Constitución Política”, dicen que dijo.
Idéntico camino siguió el ex –presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, pese a haber sido uno de los principales opositores a esa rara avis constitucional que es la casta de los designados. “Es la única forma de asegurarle mayoría al gobierno democrático”, dicen que afirmó.
Y vendrán más, no lo dude, pues el “centrinaje” encontró sus mejores huéspedes en la política criolla donde un sector mayoritario –el que actualmente gobierna- manifiesta dudas respecto de la conveniencia de abolir la institución de los senadores que nadie elige.
¡Centrinaje puro! Sólo así se entiende también que las trincheras derechistas –las mismas que apoyaron sin desmayo al gobierno militar y defendieron a brazo partido la institución de los “designados”- estén hoy de acuerdo en terminar con ella ya que la votación popular muestra permanentes tendencias a favorecer a sus adversarios en los comicios presidenciales, con lo cual se les hace cuesta arriba engrosar votaciones senatoriales si primero no cuentan con ex -presidentes.
Sin embargo, peores aún que los políticos han sido los ex –comandantes de las fuerzas armadas que ocupan cargos senatoriales a través de esa misma institución que se asemeja a un ornitorrinco. Ellos fueron parte viva y activa del gobierno militar. Obedecieron –a pleno gusto y voluntad- las instrucciones emanadas desde las oficinas de sus jefaturas máximas; participaron oficialmente en la confección y construcción del “nuevo modelo” de Estado, lo defendieron e implementaron hasta el minuto exacto de la llegada al gobierno de los civiles elegidos por votación soberana y popular. Una vez llamados a retiro, sin gastar un mísero día en campañas políticas, ni obligados a presentar ante nadie un programa de trabajo o expresar pensamientos ideológicos y sociológicos y económicos, pasaron a integrar –por obra y gracia del centrinaje- el Congreso Nacional, donde carecen de territorialidad que representar y, por tanto, disponen de sobrado tiempo para deambular relajadamente por pasillos y salones del enorme edificio, buscando algo que los entretenga, y justifique –aunque sea para su ego- la millonaria dieta que reciben mensualmente, la cual agregan a su nada desdeñable jubilación. ¡Esa sí es vida!
A todos los felices integrantes de este grupito, si hubiese estado viviendo en nuestra época, Portales les habría llamado “pelajeanos”.
Nosotros les motejamos, simplemente, de “centrinos”.
Pero, en política, hay más, muchos más centrinos que examinar, ya que aquí se encuentra el hábitat donde esta actitud idiosincrásica logra su mejor nicho nutriente. Dado que el recorrido sería extenso, la proposición es analizar solamente a ciertos representantes de la política que aún están presentes en el consciente colectivo.
Para evitarme disgustos gratuitos, me permito recordar al lector que en las páginas anteriores ya dedicamos extensas líneas al “faraón” del centrinaje, Augusto Pinochet Ugarte. Aunque algo más podemos añadir a su curriculum.
¿Qué mejor demostración de “centrinaje” puede ser aquella que dio al país este insigne representante del acomodo y el oportunismo?
Durante su extensa carrera militar ocupó siempre lugares secundarios, tranquilos, a la sombra de alguien más capaz y menos errático, sin comprometerse ni identificarse, lo que le significó trepar sin sobresaltos mayores la escabrosa pirámide que conduce al generalato. Se mantuvo al cobijo de oficiales de prestancia, sirviéndoles como asistente pero nunca tomando él las riendas de nada. Si la cabeza de su jefe caía, la suya estaba presta para reemplazarla. Según propia confesión, fue Iquique la ciudad que más le agradó en su tránsito a la Moneda, cosa rara pues aquella ciudad no se caracteriza precisamente por contar con ciudadanos empapados en actitudes centrinas pero, oh paradoja, debió recibir en su seno al más destacado miembro del centrinaje chileno del siglo veinte. Regresado a Santiago, años más tarde, Pinochet se ve arrastrado por las circunstancias luego del triste episodio del asesinato del general René Schneider , ya que su jefe directo, el general Carlos Prats, lo designa su asistente y junto a él vive los mil días tensos del gobierno de la Unidad Popular.
Con Prats recorre todas las unidades militares del país, visita cuanta embajada estaba acreditada en la capital, asiste a reuniones en La Moneda donde conoce al doctor socialista Salvador Allende y le manifiesta lealtad a toda prueba y ante todo trance, es testigo de los intentos golpistas de algunos generales y ofrece su apoyo incondicional al gobierno para defenestrar las maquinaciones y defender a ultranza el régimen constitucional. Finalmente, se preocupa de manera personal en llevar a cabo las solicitudes gubernativas en cuanto a poner coto a las manifestaciones callejeras opositoras la régimen, pero jamás aceptó –ni siquiera insinuó- formar parte del gabinete cívico-militar con el que un Allende mareado, enredado, irresoluto y superado por sus propios cuadros dirigenciales socialistas, intentó dar estabilidad al régimen moribundo y fracasado.
Luego de la renuncia del general Carlos Prats, Pinochet asumió la comandancia en jefe y contrariamente a lo que muchos de sus seguidores han asegurado siguió siendo fiel a la Constitución y al gobierno allendista.
Todo cambió la noche del 09 de septiembre de 1973. En su domicilio recibió visitas confidenciales de militares golpistas y de representantes de los jefes de la armada y la aviación. Le informaron que con o sin él, el “golpe” venía. A última hora –la madrugada del lunes 10- se sumó al plan y, centrinamente, exigió dirigirlo argumentando que le asistía el derecho por ser quien comandaba el ejército. Los complotadores aceptaron bajo una condición inexcusable: debía dar muestras inequívocas, una vez en el gobierno, de su identificación “con la causa”.
Y las dio. ¡Vaya si no! Pruebas irrefutables de ello pueden encontrarse en los asesinatos de Orlando Letelier en Washington, y del general Carlos Prats en Buenos Aires.
El resto de la historia personal de este hombre es tan conocida que no merece mayores apuntes, aunque parece sano recordar cuánto “meneó la cola” la noche del Plebiscito luego de saber que había sido derrotado en las urnas, llamando a último momento a sus acompañantes en la Junta de Gobierno para obtener de ellos la autorización que le cosquilleaba el alma: decretar estado de sitio en el país y reintentar un nuevo exterminio de opositores para mantenerse en La Moneda hasta que su corazón expirase. Dado que su intentona fracasó (los ojos del mundo estaban sobre él), apareció ante las cámaras de televisión horas más tarde hablando de su “intransable espíritu democrático y su respeto irrestricto a la voluntad del país expresada en las urnas”.
Es, sin lugar a equivocación, el faraón de los centrinos...pero hay otros que no desmerecen, no lo dude.
Demos de inmediato –para que no se enfríe el agua de este matecito- una raspadita a la epidermis de quien hemos llamado “príncipe del centrinaje político”.
Patricio Aylwin Azócar.
Ex –Presidente de la República, le correspondió dirigir los destinos de la nación en el período conocido como “transicional”.
No ha existido altercado, contubernio ni rastrojo político en el cual no haya estado presente. A nombre de la democracia institucional y representativa, el señor Aylwin ha participado en cuanto ”chamullo legal” pueda encontrarse en los anales de la historia política de los últimos treinta y cinco años.
En 1970, luego del triunfo electoral de Salvador Allende, fue uno de los gestores del “Estatuto de Garantías”, medio por el cual su partido (Demócrata Cristiano) negoció los votos de sus parlamentarios para dirimir en el Congreso la elección del doctor socialista frente a su competidor derechista, el ingeniero y empresario Jorge Alessandri.
Como buen “centrino”, también de origen maulino, argumentó que lo hacía “en defensa de la democracia”, aunque la verdad desnuda era más bien una bofetada a los miembros de la derecha por haber negado apoyo al gobierno de Frei Montalva y al PDC en la campaña presidencial. Decía lo que no pensaba y hacía lo que no decía.
Fue uno de los pioneros en arrimarse a los cuarteles para empujar a los militares a un golpe de estado y negarse al acuerdo con Allende que propiciaba el cardenal Raúl Silva Henríquez, lo que habría evitado el baño de sangre y la brutalidad hipócrita que cayó sobre el país. Pero –centrino al fin y al cabo- primero, y durante un mes, simuló negociar para salvar su imagen futura y al mismo tiempo hacer patente el deterioro de la situación política en función de la “salida golpista” que íntimamente propiciaba.
Empujó sin pausas la resolución de la Cámara de Diputados que el año 1973 caratuló de “inconstitucional” al gobierno de Allende, entregando argumentos a los golpistas que aguardaban, armas en mano, en los pasillos aledaños.
Años después de haberse producido “el pronunciamiento militar” (como gustaba a Pinochet y Merino que la prensa dijese), al que había coadyuvado de manera sibilina y solapada, inició los ataques verbales contra la dictadura -al constatar que los militares no iban a traspasar el poder mediante un llamado a elecciones en las que el PDC confiaba obtener pingües dividendos políticos- insuflando aires de democracia a un territorio que la había perdido precisamente por la negativa a defenderla, propiciada por gente como él.
Cuando los trabajadores organizados en el Comando Nacional lograron que Pinochet y sus íntimos subiesen a un helicóptero para abandonar la ciudad de Santiago, en ese momento alterada y encendida, nuestro “príncipe” del centrinaje surgió desde las sombras para dirigir el equipo de políticos que arrinconó a los dirigentes sindicales demócrata cristianos en la reunión de Punta de Tralca (litoral de la V Región), obligándoles a entregar las riendas del movimiento de protesta a la llamada “Alianza Democrática”, organización política parida entre gallos y medianoche, cuyo único objetivo real era birlarle a los Bustos, Seguel, Mujica, Ríos, Flores y otros, el “poder de la calle y de convocatoria” y negociar, centrina, política y ladinamente, con el flamante Ministro del Interior del gobierno militar, Sergio Onofre Jarpa Reyes, un prócer de raíces políticas nazi-ibañistas-populistas-pratistas y, por añadidura, “huasas” de San Javier.
Ascendido a la Presidencia de la República, Aylwin borró con el codo lo escrito con su mano al afirmar que “procuraría justicia en la medida de lo posible”, echando agua sobre las brasas que comenzaban a consumir las podredumbres sitas en algunos cuarteles, salvando de esa manera el acuerdo alcanzado puertas adentro con los representantes pinochetistas en la reunión “secreta” que el PDC sostuvo con ellos en octubre de 1988, una vez que el pueblo concertacionista fue mandado a paseo a las pocas horas del triunfo del NO en el plebiscito del 5 de octubre de ese mismo año. En esa reunión estuvieron presentes, entre otros, René Cortázar y Juan Pablo Arellano, los juveniles nuevos “cerebros económicos” del régimen que iba reemplazar a los uniformados.
Fueron “centrinos” quienes pavimentaron los patios de fusilamiento y llenaron de gasolina el estanque del helicóptero “Puma”, permitieron una sobrevida política a los responsables civiles de la masacre, defraudaron completamente a quienes escucharon sus peroratas demagógicas, esculpieron la democracia según sus intereses coyunturales y hoy extienden sus manos para recibir pecuniariamente la gratitud de sus antiguos adversarios, asociados hoy en la misma empresa, así como alzan los brazos en respuesta a las ovaciones de otros centrinos como ellos, entre quienes se encuentran distinguidos miembros de partidos ex –izquierdistas –ahora renovados y convertidos a la fe neoliberal- que demuestran cuán poco les importaron los miles de muertos y millones de decepcionados....total, piensan ellos, pertenecían al pueblo, a ese pueblo sumiso y abúlico que sobrevivió a otras masacres anteriores pero que se manifiesta dispuesto a apoyar con su voto y su esfuerzo a los mismos hombres que actuaron de verdugos morales.
Político centrino que arranca y abandona el buque, sirve para otra campaña.
El corso Napoleón Bonaparte, luego de la histórica derrota en la Batalla de las Naciones, al ser inquirido por sus generales -que deseaban obligarle a salvar su pellejo huyendo por la campiña- cuál sería el sitio donde se refugiaría para evitar la furia inglesa, manifestó que no escaparía como un cobarde ya que “cualquier lugar del mundo, un castillo, un cuarto humilde y hasta un calabozo, es útil para restaurar la lucha, pues Francia no merece, ni respetaría, a quien pensase de otro modo”.
El pequeño-gran emperador cumplió lo asegurado. Los ingleses lo desterraron a la isla de Elba, desde la que escapó posteriormente para recuperar el trono y dirigir el Gobierno de los Cien Días.
En fin, Bonaparte no era “centrino”.
La mayoría de nuestros políticos, en cambio, vergonzosamente, corrieron presurosos hacia las embajadas en procura de asilo, dejando al pueblo –al mismo pueblo que decían representar y dirigir- en condiciones lamentables, al arbitrio de la locura uniformada que se desató horas después del golpe militar. Muchos de ellos fueron recibidos en calidad de mártires heroicos en diversos países, disfrutando de las regalías y solidaridad de sus pares, viviendo gratuitamente merced a la preocupación de los respectivos gobiernos, dando charlas en sindicatos y organizaciones estudiantiles, paseando de un lugar del mundo a otro, sin haber trabajado un solo día ni transpirado por la necesidad de proveer alimento para su familia. Fue el “exilio dorado”.
Hubo algunos que ocuparon oficinas en edificios gubernamentales, como fue el caso de aquellos que se refugiaron en Alemania Oriental o Unión Soviética, desde donde “censuraban y administraban” las vidas de sus compatriotas menos favorecidos, en una especie de KGB-Stassi-DINA-Chilensis que aún provoca tristes recuerdos en muchos exiliados.
En Cuba no les fue nada de bien, ya que Fidel Castro –latino también- consideró que esos politicastros exiliados representaban una vergüenza para la causa revolucionaria, puesto que no tan sólo habían entregado la oreja con suma rapidez y facilidad sino, además, sin disparar un maldito tiro corrieron a buscar cobijo en las embajadas dejando al pueblo en la indefensión. Ello explica por qué algunos de esos distinguidos próceres de la revolución latinoamericana abandonaron prestamente la isla caribeña, para descansar sus huesos en otros países menos criticones. Amén que en Cuba, para ser sinceros, lo que menos abundaba era la comida y los dólares.
Desde el exilio dorado hablaron y hablaron; recorrieron (con buena paga, por cierto) todos los foros internacionales sin dejar de asistir, jamás, a ninguno de los cócteles que se estilan en esas organizaciones, ni a desayuno, cena o comida oficial ofrecida por los anfitriones.
Se asegura que hubo quienes subieron escandalosamente de peso en pocos años, y sus barrigas aumentaron al nivel de las que decoran a los obispos.
Otros, no muchos, lograron insertarse en organizaciones supranacionales y desarrollaron –bien o mal- trabajos varios que, al menos, justificaban el dinero mensual recibido.
Hubo un caso que de irrisorio pasó a ser lamentable, pero demuestra hasta qué punto algunos de esos “próceres” de la revolución fueron capaces de perseguir el dinero fácil, creyendo equivocadamente que los líderes de otros países eran tan inefables como ellos.
Cuenta la anécdota que un grupo de dirigentes juveniles del Partido Radical, sin haberse visto en la necesidad de procurar asilo alguno, intentó aprovechar la oferta de apoyo internacional en la lucha contra Pinochet. Desde Roma y Berlín Oriental movieron sus influencias a objeto de conseguir una entrevista, ni más ni menos, con Mohammar Khaddafi, el líder libio que a la sazón constituía uno de los polos más fuertes en la lucha contra Estados Unidos e Israel.
Luego de múltiples trámites y reuniones, este grupo de jóvenes Radicales logró la audiencia solicitada. Los chilenos fueron trasladados a Trípoli y de allí a un punto desconocido en algún lugar del desierto libio, donde en una especie de campamento les esperaban Khaddafi y sus asesores militares. Los chilenitos creían poder conseguir dinero fácilmente para financiar la “revolución” que estaba a punto de explotar en Santiago, según ellos aseguraron al mandatario árabe. “¿Cuánto dinero necesitan?”, preguntó el libio. “Dos millones de dólares”, respondieron los jóvenes, sobándose las manos de contentamiento, pues esperaban sacar una tajada significativa de ese monto para bienestar personal. Después de largas conversaciones y análisis de la situación política chilena, el líder libio extendió un mapa de la República de Chile y expresó: “Estoy dispuesto a ayudarles con dos millones de dólares. Indíquenme en qué lugar de la costa chilena desean que una de mis naves descargue material bélico por un costo de dos millones de dólares y yo me encargaré que ese cargamento les llegue sin novedad”. Por supuesto, no hubo respuesta. Los muchachos solicitaron al mandatario libio regresar a Chile para acordar con los jefes del Partido el lugar exacto y la fecha adecuada en la que debería producirse el desembarque. Volvieron a Santiago sin un solo centavo y con la cola entre las piernas. Nunca hablaron con el Partido Radical y tampoco hubo jamás esa manida “revolución”. Por cierto, Khaddafi no recibió respuesta y los muchachos se cuidaron bien de no regresar a Libia.
Todo lo anterior importaría un bledo y constituiría parte sabrosa del anecdotario, pero la tragedia estriba en que esos mismos políticos centrinos regresaron al país una vez que la gente, la ciudadanía, el pueblo, recuperó la democracia; y regresaron no para trabajar como burros –tal cual lo hacen dieciséis millones de compatriotas cada jornada- sino para ocupar un lugar de privilegio en la institucionalidad salvada del incendio.
Y ahí están hoy....diputados, senadores, subsecretarios, jefes de reparticiones, “pituteros” sin perdón, gobernadores, seremis, alcaldes, jefes de partidos, directores de ONG’s y hasta ministros de estado. Son los mismos que huyeron como alma que se lleva el diablo no bien un “paco” o un “milico” apareció en la esquina con la cara embetunada. ¡Los predicadores de la revolución arrancaron al primer peñascazo! ¡Los que exigían al pueblo marchar unido y en armas contra la burguesía, depositaron vertiginosamente sus traseros en la embajada más cercana! Pero, con la misma rapidez que esquivaron responsabilidad y bulto, regresaron a la patria para seguir profitando de la ingenuidad centrina del chileno.
Eso me hace recordar la famosa frase latina: “los muertos que vos matásteis, gozan de buena salud” . ¡Y qué salud!
Si se recorre la historia de cualquier país que experimentó algo parecido a lo que nos correspondió vivir entre 1970 y 1990, se encontrará que en ninguno de ellos –salvo Chile- los responsables de la tragedia (y responsables de derecha, centro e izquierda) volvieron a ocupar cargos públicos ni de representación popular. Sólo considerar que el principal representante de la dictadura, una vez restaurado el estado democrático, continuó en la comandancia en jefe del ejército y luego fue senador designado, es suficiente motivo para arrancarse los cabellos.
Me pregunto si los católicos habrían aceptado a Judas, Caifás o Pilatos en calidad de Papa o Consejero Vaticano.
Si esos católicos de los primeros tiempos hubiesen sido chilenos del centro...lo habrían aceptado. “Es un tipo de entendimiento pacífico, sin traumas, necesario para el desarrollo de la Santa Iglesia”, habrían dicho.
La política de los contubernios, los acuerdos secretos y las componendas que reportan no tan sólo réditos partidistas sino también pingües ganancias personales, es un “chilean way of life”, alejado cósmicamente del auténtico arte de gobernar que propugnaron los antiguos atenienses. En la actividad política nacional es impensable dejar espacio a personas que digan lo que piensan, hacen lo que dicen y asuman responsablemente la consecuencia de sus hechos y dichos. Seres humanos de esa calidad, generalmente, terminan siendo rechazados por la mayoría política, empujados al suicidio o asesinados a causa de su coherencia consecuente. Le ocurrió a varios.
Portales, Balmaceda, Recabarren, Schneider, Allende, Pérez Zujovic, Carlos Prats, Jaime Guzmán, son claros ejemplos de lo anterior.
El caso de Edmundo Pérez Zujovic obliga a un paréntesis.
Hombre nortino, proveniente de una familia modesta y esforzada que caracterizaba perfectamente a la pujante clase media chilena compuesta por empleados fiscales y particulares, profesionales y técnicos, inmigrantes y comerciantes, representaba del mejor modo la pared de contención que impedía la lucha sangrienta entre una derecha aristocrática y feudal con una ideología revolucionaria, marxista, que manifestaba disposición a tomar el fusil y arrasar con todo a su paso.
Murió asesinado por balas de cobardes matones. No lo aniquiló la envidia ni el odio. Fue ultimado por haber sido un personaje público ajeno a la política de mentiras y contubernios que impera en el centrinaje.
El sociólogo y escritor Pablo Huneeus, en su libro “En aquel tiempo” (Edit. Nueva Generación, séptima edición 1985), comenta en la página 155:
“”Siendo, precisamente, Ministro del Interior del Presidente Frei Montalva, un domingo de verano, mientras se encontraba con su familia descansando en Algarrobo, un capitán de Carabineros de Puerto Montt ordenó –sin consultar a nadie- disparar con carabina Mauser de 7 milímetros hacia unos pobladores que la noche del sábado habían ocupado ilegalmente un sitio eriazo en la pampa Irigoyen, una planicie pelada en la parte alta de Puerto Montt.
Murieron ocho personas, todas muy pobres y desarmadas.
Nada podía estar más alejado del espíritu de dicho período humanista. La autoridad no se valía del matonaje policial para propugnar su idea, por lo cual podría haberse sacado el lazo sumariando al capitán y dejando que él responda por una actuación que el Gobierno jamás le ordenó ni directa ni implícitamente. Pero, como ministro del Interior, es el jefe de Carabineros, el responsable político de la actuación de dicha institución y en lugar de correrse cobardemente, él dio la cara por sus subordinados.
Esa misma tarde Edmundo Pérez, en un gesto de gran hombría, pero de mortales consecuencias, asumió la plena responsabilidad de lo ocurrido.
No era hipócrita, y eso cuesta caro en política””
No era hipócrita, y eso cuesta caro en política....en la política centrina.
Los consecuentes, los asertivos, los sinceros....no sirven en el escenario del centrinaje. Se les considera “locos”, peligrosos, “rara avis”, tóxicos (nos referimos a la mejor de las toxinas, la de actuar de frente y con la honesta verdad a flor de piel). Personas como esas sirven a la política solamente cuando esta se ve amenazada por regímenes totalitarios, pero una vez retornada la normalidad institucional al país, esas personas son alejadas, rechazadas y hasta vilipendiadas por los perennes grupos familiares que se tomaron el asiento del conductor. Porque en Chile la actividad política parece estar reservada solamente para unos pocos, para los privilegiados por nacimiento, para aquellos que forman parte de algunos grupos familiares –ora como miembros, ora como lacayos- que han hecho creer al país que sin su concurso la patria se estanca y fallece.
Incluso, los partidos políticos, manejados con especial ahínco por esos grupos, obstaculizan sin pausa el acceso de nuevas mentalidades, nuevos aportes, nuevas ideas. La única vía válida para ascender en la pirámide partidaria es aquella que exige actitudes obsecuentes, donde la lealtad se confunde con la incondicionalidad. Así se explica por qué las colectividades políticas tienden a nominar personas irrelevantes, a veces hasta ignorantes y semi alfabetas, como candidatos a cualquier cosa. Ejemplos sobran. Bastaría indagar en alcaldías y concejos municipales para comprobarlo.
Los parlamentarios de antes no usaban gomina.
Gracias al “centrinaje”, la política ya no es lo que era años ha.
Hoy, los parlamentarios destacan por sus afanes mediáticos y limitaciones culturales que van a la par con su carencia de ideas.



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