Juan Pablo Cárdenas
La concepción inicial del Transantiago dejó de manifiesto el desprecio de quienes idearon el Plan por los derechos de esa amplia mayoría que debe recurrir a la locomoción colectiva para movilizarse. Los millonarios recursos destinados a la construcción de vías rápidas para los automovilistas contrastan groseramente con los exiguos presupuestos para renovar buses, construir paraderos y posibilitar el desplazamiento de unos cinco millones de chilenos de ingresos medios y mínimos.
La implementación de esta drástica reforma evidenció, enseguida, la insensibilidad de las autoridades respecto del drama social que ocasionaron los cambios de recorridos, el acotamiento del número de buses y la postergación de medidas que eran imprescindibles antes de poner en vigencia el cuestionado Plan. Grotesco resultó el hecho de que la propia Presidenta de la República y sus ministros tardaran tanto en suspender sus vacaciones antes de enfrentar la emergencia.
Como muchos observadores han señalado, cos quedamos con la impresión que lo que verdaderamente persiguió el Transantiago era colaborar al más cómodo desplazamiento de los automovilistas, rebajar la polución atmosférica y colaborar a la imagen de una ciudad primermundista, en el antiguo afán de nuestras autoridades de disimular la pobreza y desplazarla hacia la periferia de nuestra ciudades. Finalmente, todo se desbarató y el temor a una explosión social severa ha obligado al Gobierno a aumentar rápidamente el número de autobuses, reponer muchos recorridos tradicionales y arriesgar hasta el colapso la afluencia masiva hacia el Metro. Con el caos todavía instalado y la proximidad del invierno es evidente que lo que se ha estimulado es el uso del automóvil y la aparición explosiva de motos y bicicletas sin que nuestras calles estén apropiadas para su uso sin mayores riesgos. Al mismo tiempo que se prevé un crecimiento de los gases contaminantes.
La crisis también se hizo política y el Transantiago gatilló toda suerte de críticas al Gobierno desde la Oposición y el propio Oficialismo que condujeron a un ajuste ministerial. Se sugirió que el Estado asumiera la iniciativa y el liderazgo de un servicio público fundamental en que las empresas privadas no habían “dado el ancho” en el cumplimiento de sus compromisos. Se pensó, asimismo, que la Jefa de Estado podría castigar la renuencia de su Ministro de Hacienda y sus prácticas neoliberales a otorgar más recursos al gasto social, en beneficio de un gabinete ministerial integrado por políticos de sensibilidad social. Por último, se auguró que Michelle Bachelet rompería el cordón umbilical con la anterior Administración, a la cual se le asigna tanta responsabilidad en el Plan fracasado y en bochornosos episodios contra la probidad.
Lo que ocurrió en cambio es sabido: rompimiento de la paridad hombres y mujeres, reincorporación de antiguas figuras políticas al Gabinete, consolidación de las figuras y estrategias políticas diseñadas por los llamados equipos tecnócratas. Al mismo tiempo que satisfacción expresa de los partidos y dirigentes de la opositora Alianza por Chile, frustración de los sectores progresistas y una severa reyerta entre los líderes y partidos de la Concertación gobernante. La alfombra roja desplazada para recibir en La Moneda al Primer Ministro de Italia sirvió de pasarela para que el candidato presidencial opositor expresara su júbilo por los nuevos nombramientos y en especial por el de su amigo y emparentado José Antonio Viera Gallo a quien fue a congratular a primera hora.
Por cierto que en los nuevos nombramientos para nada se consideró la voluntad popular. Las decisiones de la Presidenta de la República desafiaron, incluso, la empatía que el desplazado ministro de Transporte había logrado con el país y los medios de comunicación por su vigorosa forma de encarar la crisis y dar la cara por las autoridades que vacacionaban mientras millones de chilenos eran heridos en su dignidad por el Transantiago.
Nadie puede negarle a la Presidenta de la República su facultad constitucional de nombrar a sus colaboradores, pero –por favor- no se nos hable más de que tenemos un gobierno ciudadano. Obras son amores.



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