Arturo Alejandro Muñoz
P R Ó L O G O
El término y la palabra CENTRINAJE no están registrados por la Real Academia de la Lengua Castellana; sin embargo, el concepto existe y tiene un correspondiente concreto en la estructura social, pues la realidad siempre supera las entelequias de los intelectuales.
Otros conceptos, como el de “pelajeanos” –acuñado por Diego Portales- tampoco se encuentran insertos en las voluminosas páginas de la Real Academia, pero fueron utilizados rutinariamente en su época y supieron caracterizar las identidades de ciertas personas que actuaron en terrenos políticos y sociales luego de la Independencia de Chile.
“Pelajeanos” llamaba el ministro Portales a todos aquellos políticos libertinos que trataron de entorpecer su labor de gobierno, los que se contraponían a los patriotas “bien nacidos” que deseaban construir bases sólidas sobre las cuales alzar una república respetada.
Nosotros llamaremos “centrinos” a aquellas personas que son homogeneizadas por características, conductas y hábitos específicos que escapan, claramente, de las cualidades que se suponen esenciales en un ser humano, como la inclinación a la verdad, la coherencia y la consecuencia ideológica.
La idea-fuerza de esta aproximación a ensayo –el Centrinaje- posee también aristas geográficas ya que las personas así caracterizadas por el concepto anterior, por lo general, viven o se desarrollaron culturalmente en la zona central de Chile, por lo que el autor se ve impelido, a fuerza de coincidencias, al traslapo de ambas situaciones que están a escasos milímetros de conformar un todo orgánico.
Para efectos del presente documento, entenderemos como “zona central chilena” a aquella comprendida entre los ríos Choapa (por el norte) y Bio-Bio (por el sur), de mar a cordillera. Es aquí donde se encuentran las principales ciudades del país y se toman las decisiones que involucran a dieciséis millones de habitantes.
Son, entonces, los “centrinos” –auto proclamados dueños de la nación y gestores de nuestro presente- quienes motivan estas líneas.
¿CUÁNDO SURGIÓ LA IDEA DEL CENTRINAJE?
“Es Chile un país tan largo, mil cosas pueden pasar”
Así musicalizaba el conjunto “Quilapayún”, en el viejo Estadio Chile (hoy ‘Víctor Jara’) santiaguino, hace más de tres decenios, la letra de aquella insigne “Cantata Santa María” compuesta por el profesor iquiqueño Luis Advis a mediados de 1970.
¡Y vaya si no pasaron cosas!
Tres calendarios más tarde, Santiago sufrió el primer bombardeo aéreo de su historia. Por supuesto, ello fue sólo el comienzo.
Recuerdo haber pensado aquella aciaga y dolorosa mañana de martes que, una vez más, el carácter “centrino” de mis compatriotas había impuesto sus términos, entregando el país a la barbarie de la persecución implacable que arrastró a miles de ciudadanos a vivir bajo los oscuros capotes de la desesperación y el pavor en beneficio de intereses económicos en manos de unos pocos.
Las revoluciones, golpes de estado, conquistas, intervenciones territoriales y hasta las guerras, son eventos que tienen como base principal –y a veces única- la cuestión económica. ¿Quién puede dudar de esta afirmación?
Los calendarios han perdido cientos de hojas desde aquel 11 de septiembre de 1973, pero las vituallas sociales que nutren el arcón del “centrinaje” no han cejado en volumen ni en pertinacia. Muy por el contrario, en una especie de monstruo que se alimenta a sí mismo, este concepto ha adquirido formas de honduras profundas que se amalgaman con el espíritu que los chilenos –en especial aquellos dedicados al arte de la política- han dado en llamar “cívico”, confundiendo tendenciosa y maliciosamente la respetabilidad republicana con un estilo de sempiterna obsecuencia proclive a cosechar con facilidad lo que jamás se sembró con esfuerzo, o que nunca fue sembrado.
Hace algún tiempo –y no tanto como para haberlo olvidado- un “gringo” de apellido Tunick logró que miles de santiaguinas y santiaguinos se desnudasen, a pesar de los cero grados de temperatura ambiente de esa mañana de domingo, para posar y alimentar gratuitamente la recreación de la lente fotográfica que engrosaría las arcas del ladino sajón.
Ahí surgió la idea de escribir un ensayo respecto del “centrinaje”, ya que si el tal Tunick había sido capaz de congregar a miles de personas bajo el frío amanecer capitalino y convencerlas de despojarse de sus vestimentas, alguien tenía que deshilachar las pilchas de la idiosincrasia de los chilenos a objeto de mostrarlos en su verdadera completitud de carácter, más allá del festinazo jaranero que miles de personas se auto regalaron esa mañana dominical al desafiar –por fin y de una buena vez- las opiniones decimonónicas de los maturrangos que dirigen en el país las instituciones seglares, sean estas filosóficas, económicas o políticas.
SUCINTO RECORRIDO DE LA HISTORIA NUNCA ESCRITA DEL CENTRINAJE
El concepto (mejor dicho, la idea) “centrinaje” puede ser rescatado de la España del siglo XV, más precisamente del instante en que los peninsulares se enteraron que un tal Colón, italiano de origen y “aportuguesado” por matrimonio, a nombre de sus majestades Fernando e Isabel, había regresado de un largo viaje marítimo hacia el oeste, donde topó con las costas de un territorio que, según los navegantes portugueses de la “Escola de Sagres” (los más capacitados del mundo en aquellos años), no pertenecía a las Indias Orientales.
En un primer momento –digamos, un decenio- a pocos, poquísimos españoles les interesó ese descubrimiento, pues la atención general estaba centrada en la lucha final contra los árabes y en obtener una vía marítima exitosa hacia el comercio con oriente. ¿Que Colón había dado de narices con un territorio lleno de indígenas herejes que comían pescado a medio sancochar y bananas? ¡¡Pues, a joder a otro sitio con ese asunto.....que no da siquiera para tres patacones!!
Mas, no bien esos mismos peninsulares –hambreados y explotados por un sistema social que asentaba sus pies en la procedencia divina del poder político- escucharon la palabra “oro”, lanzaron sus cuerpos y almas al océano Atlántico para ir en conquista de los parajes herejes en “sublime obediencia a la Santa Madre Iglesia Católica y mejor estatura de sus magníficas majestades, los reyes de España”. Si no hubiese existido plata ni oro, otra habría sido la forma de poblamiento americano y muy distinta la historia de este continente.
Con el inefable argumento de “cristianizar” las tribus americanas, recibiendo con ello el beneplácito y apoyo de la poderosa Iglesia Inquisidora, miles de europeos se dejaron caer sobre los territorios recién descubiertos para saquearlos a destajo con la mira puesta preferentemente en ambiciosos intereses personales.
En el año 1515, pocos (casi ninguno, en verdad) militares de carrera y/o miembros de la realeza se aventuraron en América, ya que desde los puertos españoles zarpaban semanalmente naos con un cargamento humano de discutible calidad.
Vagabundos, aventureros, ladrones, violadores, desesperados, prófugos de la justicia y analfabetos, fueron el porcentaje mayoritario de las primigenias hordas que llegaron a las costas americanas. Por cierto, los comandantes de esas naves y parte de su tripulación oficial pertenecían a las huestes de la marina y al ejército del Rey, pero el bagaje humano transportado, vale decir, aquellas personas que viajaban directamente a poblar y cristianizar las nuevas tierras, procedía de la marea social de más baja estofa existente en la península.
La corona hispana aprobó tal evento en el entendido que parecíale conveniente liberar a España de miles y miles de delincuentes, mendicantes e inútiles que ni siquiera podían ser utilizados en la guerra contra el Islam. A objeto de otorgar algún sentido superior a esta saga de desventuras, la realeza europea se aferró a la idea de “evangelizar” el nuevo continente, respondiendo de esa laya a las disquisiciones de la iglesia católica, principal enemiga del mundo árabe y de la cultura judía.
España y sus reyes requerían de sus mejores soldados para afianzar los últimos triunfos bélicos en la guerra contra los infieles del Islam que seguían presentes en la península. Obviamente, para la Santa Iglesia Inquisidora resultaba de mayor prioridad expulsar a los árabes y judíos –que llevaban más de siete siglos conjuntos de presencia y aportes- que la conquista y poblamiento civilizado de los nuevos territorios, lo cual bien podía esperar algún tiempo.
No fue sólo España el imperio que actuó de esa manera. Los ingleses, subordinados también a una monarquía, replicaron parecidamente cuando decidieron incorporar Australia a su propio imperio y, para ese fin, llevaron a las costas de Oceanía miles de presidiarios con sus grupos familiares como política de poblamiento que a la vez les resultaba ganancioso en términos sociales, pues limpiaban sus propias ciudades y campos de cientos de malandrines irrecuperables para la seguridad interior. Amén, por cierto, de ahorrarle a la Corona importantes sumas de dinero en la manutención carcelaria de esos individuos.
Fue así que Europa mató varios pájaros de un tiro y condenó a los indígenas americanos a la más sangrienta experiencia conocida en la Historia de la Humanidad, peor aún que la sufrida por millones de judíos durante el holocausto provocado por el nacionalsocialismo.
Pero, hubo más. Esos mismos europeos, para completar la desgracia, sumaron a su acción deleznable una nueva atrocidad. Recorrieron las sabanas africanas en busca de esclavos negros para dotar de servidumbre y mano de obra a las nuevas ciudades y pueblos que se levantaban en América. Con el silencio cómplice –y a veces, con la anuencia- de la iglesia vaticana.
Quienes primero arribaron al nuevo continente fueron los aventureros, los marginados, los salvados de la cárcel y del garrote. Todos ellos, casi sin excepción, provenían del centro-sur de España. Eran extremeños y castellano-manchegos. Algunos andaluces viejos y murcianos completaban el cuadro.
Hernán Cortés, Pedrarias Dávila, el cura Luque, Diego de Almagro, Francisco y Gonzalo Pizarro, Francisco Orellana, por nombrar algunos de los principales conquistadores, eran hijos del centro geográfico hispánico. La mayoría de ellos descendía de padres y abuelos empobrecidos al grado de la miseria. Así, producto de una herencia carente de esperanzas y posibilidades dentro de España, esos aventureros, salvo contadas excepciones, eran analfabetos, religiosamente fanáticos (la otra cara de la moneda), sanguinarios y dueños de una ambición que no encontraba límites al inexistir en América –en los primeros decenios de la conquista- instituciones oficiales que pusiesen coto a las correrías que acostumbraban realizar a golpe de espada y pechazos de caballos con que irrumpieron violentamente en valles y selvas para iniciar la degollina de las culturas autóctonas y el saqueo de todo aquello que “oliera a oro”, o produjera oro.
Francamente, luego de instalarse una multiplicidad de instituciones oficiales españolas en las nuevas tierras, las cosas no cambiaron mucho. Quizás, hasta empeoraron.
En tan sólo dos siglos, el conquistador europeo saqueó a destajo el nuevo continente. Fundó ciudades, levantó puentes y alzó edificios sólo con el propósito de afianzar un dominio en beneficio de la explotación y la ambiciosa intención de apropiarse individualmente de tierras e indios.
Que la intención verdadera radicaba en la apropiación violenta, queda claramente demostrada en la obra de la historiadora y escritora española Carmen Pomés en su libro “Hernán Cortés” (Editorial Atlántida) al afirmar en el Capítulo I de esa obra:
“”Corría el mes de noviembre de 1518. El puerto de Santiago de Cuba se hallaba conmovido por un movimiento extraordinario. Seis hermosas embarcaciones se balanceaban en sus aguas. A ellas llegaban multitud de hombres cargados con pesados fardos de provisiones, con arcabuces y ballestas en gran cantidad, con cajones llenos de cuentas de vidrio, cascabeles, espejos, pendientes, lazos y collares, hachas de hierro pañuelos de colores y un sin fin de pequeñas bagatelas de las que se usaban para embaucar a los indios de América en la época de la conquista. Viendo estos preparativos y la infinidad de soldados bien pertrechados que conducían a bordo a bastantes caballos, se pensaría, sin temor a equivocarse, que alguna expedición guerrera iba a partir en pos de nuevas aventuras. Y así era, en efecto””.
Más adelante, la autora agrega un dato interesante que grafica cuán cierta era la ambición española.
“”El capitán don Hernán Cortés había sido designado por don Diego Velásquez, que era el gobernador de Cuba, para dirigir una expedición a la vecina costa de Yucatán, en busca, se decía, de seis hombres que habían quedado prisioneros de los indios durante la fracasada expedición capitaneada por Grijalba. Oficialmente, ese era el motivo del viaje; pero bien se sabía que Hernán Cortés y los que le acompañaban a tan arriesgada empresa, iban sedientos de conquistar nuevos y desconocidos territorios –en los que abundaba el oro, según se aseguraba- que poder ofrecer a la Muy Católica Majestad el Rey de España, Carlos V””.
Actualmente, instituciones que dedican sus esfuerzos a proteger los derechos de las etnias americanas originarias, calculan en OCHENTA BILLONES DE DÓLARES AMERICANOS (ochenta millones de millones de dólares) el valor del oro, plata y otros metales transportados a la Península Ibérica y a las Islas Británicas. Dinero indo-americano que el primer mundo usó tanto para amarrar a los habitantes de este novel continente con préstamos impagables conducentes a un nuevo estilo de dependencia, como para financiar y hacer posible el desarrollo global de los países europeos. Cinco siglos lleva el primer mundo utilizando ese tesoro que no le pertenece, quinientos años en los cuales ningún país desarrollado, nunca, ha pagado intereses por aquel botín usurpado a sus verdaderos dueños, a los que, por el contrario, ahogan con exigencias económicas rayanas en el cinismo que heredaron de sus antepasados conquistadores.
Algunos historiadores europeos –específicamente españoles- han intentado mañosamente desmentir la verdadera acción de rapiña y violencia llevada a efecto por los hombres llegados de ultramar. No se requiere mucha argumentación para demostrar la voracidad sanguinaria de aquellos. A este efecto basta repetir ciertas aseveraciones que otros españoles escribieron en hojas inmortales.
El Padre Fray Bartolomé de las Casas –benefactor de los indios de América- refiriéndose a la desmedida ambición por el oro que afiebraba a los hispanos y en especial a Hernán Cortés, en uno de sus escritos afirma: “”Del número de indios esclavos que murieron extrayendo oro para Cortés, Dios lleva mejor cuenta que yo””.
Indios esclavos. ¡Así se cristianizaba y evangelizaba nativos a nombre de la Corona y de la Iglesia!
Mas, Fray Bartolomé de las Casas proponía respetar a los indígenas americanos y utilizar mano de obra de esclavos negros africanos. Un cambalache típico de quienes son portadores de esa actitud que llamamos “centrinaje”.
Muchos son hoy día los que aseguran contar con la razón y la verdad al afirmar livianamente que España vino a América movida principalmente por motivos de grandeza espiritual.
Es tan discutible aquella argumentación, que se hace necesario recordar el comportamiento del rey Carlos V con respecto a sus súbditos. Cuando estos se encontraban en la cúspide de sus vidas aventureras, extrayendo oro para España y para sí mismos a costa de miles de vidas indígenas, el soberano les recibía y abrazaba como a hijos, regalándoles nombramientos de Gobernadores o Capitanes Generales; pero, una vez que esos mismos conquistadores alcanzaban la senectud y carecían de fuerzas para seguir enriqueciendo las faltriqueras reales, el monarca renegaba de ellos.
Fue el caso de nuestro conocido Hernán Cortés quien, ya viejo y enfermo, intentó en vano ser recibido por el Emperador, el que se negó ingratamente a darle audiencia. Estando un día Cortés a las puertas del Alcázar Real, esperando la entrevista que eternamente le regateaba el rey, vio salir la carroza en que solía pasear Carlos V. Abrióse paso el viejo capitán entre los cortesanos y soldados que le rodeaban y se colocó de pie, en el estribo del coche, para poder hablar con el monarca por la portezuela. ¿Quién es este atrevido? –preguntó, indignado, Carlos V, a lo que Cortés respondió con amargura: Soy un hombre, señor, que os ha ganado más provincias que ciudades os legaron vuestros padres y abuelos. Pero el rey continuó desconociéndolo y privilegiando a aquellos que se encontraban en América saqueando y robando a su nombre.
Como una forma de justificar las matanzas y los robos, los españoles primero, e ingleses, holandeses, portugueses y franceses después, creyeron sanear sus espíritus afirmando que lo hacían en exclusivo beneficio de los “infieles indígenas”, a quienes era necesario “llevar a la fe y someterlos a la obediencia de sus majestades”. Entonces, para educar y civilizar a los pueblos conquistados se requería –primero y siempre- masacrarlos, anularlos, pisotearlos, negarles sus derechos como miembros pertenecientes al género humano y arrojarlos a la hoguera del inmovilismo social perenne. Todo lo dicho se hacía “en beneficio” de los esclavizados siguiendo las doctrinas vaticanas.
Chile, por cierto, no escapó a esta saga de sangre y saqueos. Sin embargo, al constatarse que no había reservas auríferas importantes en el territorio, luego de la fracasada expedición de Almagro y las debacles bélicas experimentadas por Valdivia al sur del río Maule, la corona hispánica se vio forzada al envío de funcionarios y militares de carrera al sur del mundo para cautelar el ingreso oceánico del Estrecho de Magallanes, amenazado por las incursiones piratas que implementaba la muy británica reina Isabel I.
Estos funcionarios reales, hijos también del centro geográfico español, que encontraron un país ya caracterizado por el “centrinaje” de la tropa de vagabundos y aventureros, agregando a ello la lejanía y aislamiento del territorio que permitía una especie de auto gobierno, a espaldas incluso de la iglesia católica, fueron “domesticados” por la masa soldadesca que les servía de único cobijo ante posibles ataques indígenas y como respaldo a su propio enriquecimiento.
En una especie de acuerdo no escrito ni discutido, se dejaron engullir por conveniencia y empinaron sus pelucas sobre la turba armada para dirigirla.
A partir de ese momento, todos, sin excepción, decían lo que no pensaban, hacían lo que no decían y pensaban lo que callaban.
Había nacido el centrinaje.
EL CARÁCTER CENTRINO CHILENO
El distinguido ensayista Benjamín Subercaseaux Zañartu -de ancestros franceses y castellano-vascos y Premio Nacional de Literatura 1963- hizo excelentes referencias en algunas de sus obras respecto del carácter de los habitantes del centro del país, especialmente en su libro “Chile, una loca geografía” (Editorial Ercilla, 1940), llamando la atención del lector al dar a entender que los nacidos y criados en los territorios comprendidos entre los ríos Aconcagua y Bueno presentaban características negativas que diferían notoriamente de aquellas que destacaban en los habitantes de los extremos del país, especialmente de quienes vivían en la zona norte.
“”Nuestro ‘roto’ norteño, tan superior al sureño, puede que sea un remanente mezclado de la vieja civilización atacameña y de los pescadores neolíticos del litoral””.
Luego, agrega este mismo autor: “”todo lo más fuerte y altivo que ha tenido Chile viene desde ese próximo norte y se va a la capital a interrumpir el sueño dorado del centralismo estéril. Los Recabarren, los León Gallo salen rugiendo de estas serranías para poner en jaque los problemas sociales del Chile medieval (....) por esto la enseñanza y la intelectualidad chilenas han recibido un sólido aporte de estas regiones (...) la región minera es de aquellas que colman de alegría a los que sabemos (muy calladamente, y casi con temor) hasta dónde llegan la entereza y la resistencia orgullosa del chileno nortino””.
Subercaseaux no lo dice explícitamente, pero el buen lector comprende de inmediato que la referencia apunta a la gente que vive en el desértico y minero Norte Grande y Norte Chico, aunque no especifica hasta qué punto o zona geográfica exacta del país las características anteriores se mantienen en lo que él llamó “lo mejor de la raza chilena”. No obstante, se encargó de fijar con evidente celo algunos aspectos particularmente menesterosos de los vecinos centrinos y sureños; entre otros, la actitud ladina y aprovechadora del campesino que sabe cómo usarla, ya que de ella depende su sobrevivencia frente a patrones que actúan como amos y les miran por sobre el hombro con un dejo de racismo sarcástico y cínico.
Patrón y peón, sin embargo, unen sus esfuerzos para degradar mental y socialmente a los componentes de la raza mapuche que se encuentra apiñada en reducciones cercanas a ríos anchos como el Bio-Bio y el Bueno.
Nuestro actual pueblo se empecina en afirmar que su sangre está libre de glóbulos aborígenes, cuando en realidad está empapada de ellos. El “chileno” resulta ser un mero accidente transitorio, pues este país tiene una historia que se remonta a doce mil años, y no comienza en 1535 con la llegada de Diego de Almagro, quien encontró interesantes poblamientos y significativas culturas a su paso. El aporte europeo con mentalidad más abierta arribó después que los españoles del centro habían logrado dominar parte del territorio, y pese a haber influido en la psicología nacional nunca llegó a dominarla ni transformarla completamente.
La clase aristocrática chilena es la única que ha vivido sin mezcla indígena directa, lo que no la excluye como receptáculo de la influencia nativa que supo transvasarle su mentalidad, “sea por contagio simple, sea por una oscura sobrevivencia del espíritu nativo allí donde la materia ya había perdido su influencia” (Subercaseaux, op.cit.).
A excepción de las vituallas del “centrinaje”, que sí encontró terreno fértil para su desarrollo, las razas europeas que desembarcaron posteriormente en Chile (vascos, ingleses, franceses, alemanes) fueron incapaces –quizás por propia decisión, ya que también es posible que hayan optado por marcar diferencias- de hollar significativamente la psicología popular. Menor influencia tuvieron otras razas, como la semita y la eslava, puesto que a contrario sensu ellas fueron empapadas –al igual que vascos, ingleses, alemanes y franceses luego de una o dos generaciones afincadas en el país- con las características de ese fenómeno social e idiosincrásico que conocemos como “centrinaje” y que resulta ser, quizás y lamentablemente, la principal herencia recibida de una medieval España conquistadora y colonizadora, después del lenguaje, por cierto.
Por otra parte, la condición de eternos dependientes ha marcado nuestro desarrollo social, lo que explica las facilidades que encuentran ciertos asuntos “importados” para hacerse fuertes en la mente del pueblo. Sumemos a lo anterior –siempre con una mirada histórica- que Chile bien podría ser considerado una especie de isla enclavada en el austro del mundo, separada de la civilización merced a dos océanos y una cordillera de altura y extensión impresionantes, con su cabeza caldeada por el desierto más árido del planeta y sus pies ateridos en las aguas gélidas de la Antártica.
Primero nos dominaron los incas, luego los españoles, después los ingleses (dueños del salitre, la banca y los puertos), más tarde le correspondió el turno a Hollywood, el rock’n roll, el comunismo internacional, los Kissinger y Nixon, y ahora, los capitales transnacionales provenientes de EEUU y Europa.
Tal entreguismo –plagado de malinchismo racista- ha sido alimentado por quienes dirigen los destinos de la nación, ya que estos asientan su confianza en la quietud servil de los habitantes mayoritarios del país, hombres y mujeres del centro, responsables también de los vicios y carencias que se desglosan de las actitudes y hechos acaecidos en el último tercio del siglo recién pasado.
No se trata de hacer un análisis exhaustivo de lo que aconteció en la política chilena de fines del siglo XX, ya que tamaña empresa requeriría no sólo de una mente más preclara sino, además, del obligado paso del tiempo para que la capa de polvo añoso cubra las vorágines pasionales, tanto como enmascare el hedor a acomodo y asolapado oportunismo centrino que aún hoy aromatiza la república. En cambio, puesto que se intenta delinear –y demostrar, en cierto grado- la existencia de una actitud que es componente activo de la idiosincrasia nacional, válido nos parece recurrir a la Historia como elemento científico, toda vez que echar mano a mamotretos sociológicos llevaría tiempo y, además, se aferraría uno a subjetivismos de autores con los que no necesariamente se concuerda.
Vamos entonces a ello, con voluntad y coraje.
LOS CENTRINOS EN LA HISTORIA DE CHILE
LOS “CAUDILLOS”.
La necesidad de actuar con el corazón en la mano y la verdad en el corazón, obliga iniciar este capítulo entregando al lector mi personal y sincera opinión sobre lo que más adelante será desarrollado en un afán demostrativo de la validez objetiva que subyace en las afirmaciones osadas de quien propone el presente ensayo.
El “centrinaje” no es algo del pasado únicamente, está entre nosotros hoy día y seguirá presente mañana...qué duda cabe.
La forma de actuar que caracterizó a la actividad política criolla en los duros años que siguieron a la independencia del país, y que se manifestó en episodios de enorme trascendencia para el devenir de la nación –como fue el caso de Portales y más adelante el de Balmaceda- recrudecieron en pertinacia a mediados del siglo veinte, para transformarse, ahora sí, en una variante idiosincrásica de nuestra sociedad. Que muchos desconozcan este asunto, o que otros que sí tienen antecedentes intenten minimizarlo y hasta negarlo, forma parte del anecdotario del bestialismo intelectual criollo que se basa y sustenta en la mentalidad troglodita que resume el accionar de muchos de nuestros políticos, incluso de aquellos que en público confiesan tendencias progresistas pero que, en privado y donde las cosas adquieren su dimensión real, actúan interesadamente como agentes del inmovilismo social.
Es el nuestro un país que llena sus pancartas callejeras con “slogans” proclives al modernismo civilizado, a la separación concreta de la Iglesia con respecto a las funciones del Estado, a la libertad de prensa y a la libre expresión, pero en la crudeza del realismo ejecuta exactamente las acciones que se contraponen fieramente a lo anterior. La idea central que mueve la maquinaria social manejada por escasos pero poderosos grupos, pareciera ser el inmovilismo, el statu quo, la defensa a ultranza de privilegios que resultan beneficiosos para aquellos que detentan las férulas. Así fue antes y de la misma laya es hoy día. Poco ha cambiado tal situación en dos siglos de vida independiente, a excepción de ciertos relampagones mediáticos aparentemente disfuncionales y contestatarios que sólo contribuyen a reforzar el aparato del “establishment”, como intentaremos demostrar líneas más adelante.
Incluso la educación formal recibida por los niños de escuelas y liceos deslinda en lo anterior, puesto que se oculta a los estudiantes la verdadera sucesión de hechos que dieron origen a gobiernos y supuestas libertades, prefiriéndose caminar por una relación de datos y fechas que poco y nada explican los por qué de las situaciones pasadas, aumentando la neblina de ignorancia respecto de las razones verdaderas que dan pábulo a las actuales circunstancias.
El primer y más contundente ejemplo de ello fue la revolución independentista de 1810, que nuestros ilustres historiadores y aún más beneméritos escribidores de textos de enseñanza atribuyen a una especie de “espíritu libertario” que habría dominado el alma de algunos conspicuos criollos. Sólo de pasada –de “refilón”, diría un huaso- se deja entrever que las causas de la independencia fueron prioritariamente económicas, aprovechando la menguada situación en que se hallaba el entonces monarca hispano, Fernando VII, expulsado del Alcázar Real por las tropas de Napoleón Bonaparte. Tiempo después, ya con una Junta de Gobierno actuando en nombre del rey y mientras el soberano recuperase el trono perdido, algunos patriotas supieron “sacar maquila” de los eventos y propugnaron la independencia política y administrativa. Pero debe quedar claro que la intención de fondo era liberarse de los trámites y yugos comerciales impuestos por España a sus colonias, y fue ello lo que dio inicio al movimiento revolucionario. ¡¡La economía y el comercio...siempre presentes!! Nada de patriotismo ni de sentimientos nacionalistas....sólo el dinero y las ganancias. Mas, como era necesario engañar al pueblo para meterlo en el breque –pues sin su aporte la lucha de los señorones enriquecidos se iba al tacho- aquellos mismos comerciantes y agricultores se encargaron de difundir las ideas de Manuel de Salas pese a que hasta pocos años antes las habían combatido.
Ningún español radicado en el Chile del 1800 desconocía el sentimiento generalizado en el país respecto de zafarse de yugos impositivos para comerciar con entera libertad sus productos. La huida de Fernando VII y sus ejércitos, provocada por las huestes francesas, resultó ser la coyuntura perfecta, el argumento inatacable, la ocasión dorada para abrir las fronteras comerciales del país y negociar con quien estuviese dispuesto a hacerlo. Esos mismos españoles sabían, a ciencia cierta, que más temprano que tarde los criollos defenderían la independencia con las armas en la mano, pero ellos –los hispanos- contarían entonces con la explicación necesaria si las tropas peninsulares recuperaban el territorio a sangre y fuego. “Hemos defendido esta colonia a nombre de Su Majestad hasta donde nos fue posible”, aunque esconderían el propósito fundamental, cual fue la libertad de comercio que muy particularmente les beneficiaba. Estaban ciertos que la Corona respetaría luego esa misma libertad de negocios, con tributos impositivos de por medio, ya que no se arriesgaría a una nueva guerra, y en el supuesto que las armas criollas resultasen triunfadoras las nuevas autoridades del país mantendrían sanos y salvos los intereses financieros de los aristócratas, basándose en que muchos de ellos entregaron firme apoyo a la idea de la emancipación y/o que sin su participación en los asuntos de gobierno el país no se sostendría. . Aunque, en el fondo de todos los corazones, subyacía la certeza de que lo anterior había sido una mentirilla destinada a cautelar los intereses de los poderosos y que el pueblo sólo iba a experimentar un cambio de amos, pero jamás un estado de libertad e igualdad.
¡Centrinaje a todo dar!
¿Quién es el Padre de la Patria? –preguntan aún hoy los maestros a los alumnos.
Bernardo O’Higgins, señor.....contestan los muchachos casi como un reflejo condicionado.
¿Bernardo O’Higgins? ¿José Miguel Carrera? ¿El “huaso” Bueras?
¡¡Nooo!!...¡¡José de San Martín!! Él fue el verdadero libertador de Chile, él y sus tropas cuyanas. Los principales caudillos de la emancipación nunca lograron ponerse de acuerdo en nada, ni siquiera en la forma que debían enfrentar al enemigo de ultramar cuando este arribó a Valdivia y al puerto de San Vicente.
O’Higgins y Carrera se odiaban intensa y públicamente. Chillanejo y santiaguino, respectivamente. Centrinos natos. Representaban intereses e ideologías irreconciliables. Ambos pertenecían a una clase social aristocrática, encandilada por sus raíces, pero provenientes de ramas distintas. Uno –Carrera- hijo de familia de agricultores ricos y soberbios, creía que la patria descansaba en su linaje. El otro –O’Higgins- vástago de un exitoso y respetado Virrey, educado en Inglaterra al amparo de luces intelectuales más brillantes que las españolas, pensaba que la patria requería sólo un ordenamiento militar emanado del autoritarismo gubernativo para iniciar el largo camino de la soberanía.
Pero, ni uno ni otro era poseedor de cualidades y aptitudes reales de conducción. Pésimos administradores y peores políticos, movidos por un loable amor a la patria y empujados por una valentía sin límites rayana en el suicidio, deciden cobijarse en la villa de Rancagua el año 1814 para enfrentar, divididos como siempre, las disciplinadas y bien pertrechadas tropas de Mariano Osorio.
Conocer la Historia es descubrir las raíces de las cuales procedemos y entender cabalmente nuestra posición en la sociedad global. La Historia es la conciencia del presente, aseguraba Vicuña Mackenna.
Desconocer la Historia (actitud típica del centrino), sus hechos y significados, es negar nuestra propia existencia ya que alguien que ignora el pasado carece de futuro y transita por un presente ajeno, lo cual le hará cometer errores que bien pudo evitar si hubiese sabido cómo fueron superados tales obstáculos en tiempos anteriores o, simplemente, cuál es su procedencia y de qué forma se entrelazan con el presente.
Pero los hechos ciertos, reales, acaecidos siglos atrás, no siempre son aquellos que ensalzan los libros oficiales de estudio, pues estos obedecen a la irrefrenable intención de gobiernos y estados centrinos por maximizar lo bueno y disfrazar lo negativo, estructurando una argamasa de héroes cuyos nombres parecen inalcanzables, etéreos y fantasmales.....con lo cual se desvirtúa la saga de acontecimientos haciendo menos entendible la razón de los sucesos.
Los días 1 y 2 de octubre del año 1814, la vieja villa Santa Cruz de Triana (Rancagua) fue testigo de un acontecimiento que cambió los destinos americanos y marcó para siempre a la naciente nación chilena. No se trató sólo de una batalla, de una derrota o de un trágico desaguisado. Fue el prolegómeno inasible de una saga de controversias que moldearon el carácter nacional no sólo en lo político, sino también en lo social.
Ello se arrastra hasta nuestros días, querámoslo o no.
El escritor e investigador Ricardo Figueroa hurgó en la voluminosa documentación existente sobre esa batalla, que se ha dado en llamar “el desastre de Rancagua”, y parió una obra seria, estructurada y escrita con la visión de un ingeniero. Una obra que resulta ser aporte indiscutible para comprender los acaecimientos de los albores de nuestra independencia (“El desastre de Rancagua”, Centro Gráfico Prisma, Santiago, 2003).
¿Qué ocurrió, realmente, en la rancagüina plaza por cuatro calles crucificada, como excelentemente señala el autor?
Guiados por la documentada objetividad de Ricardo Figueroa, entendemos los orígenes de la severa e inexcusable pugna existente entre los principales caudillos criollos de esa época. Una lucha soterrada por conseguir la administración de un país naciente, ora a nombre de la Patria aún difusa, ora por responder a requerimientos de una organización secreta y continental, ora por burdas veleidades personales.
Aseguremos, como primer paso que nos permite el análisis de la obra de Figueroa, que tanto la familia de los Carrera como la de O’Higgins pertenecían a una clase social privilegiada en posesiones, dinero y apellidos, lo que por cierto no era óbice para exudar un sincero anhelo de libertad. Ello ocurría de la misma laya en toda la América hispana. Simón Bolívar, por ejemplo, era el joven más rico de Caracas, así como Sucre y Artigas mostraban extensas propiedades agrícolas allende los Andes. Solamente José de San Martín y Manuel Rodríguez parecen haber sido los menos afortunados en materias económicas. En cambio, el pueblo campesino y laborioso no manifestaba mayor entusiasmo con las ideas independentistas, demasiado acostumbrado quizás a la obediencia servil y obsecuente de sus patrones-amos, independientemente del origen o nacionalidad que estos pudiesen tener. En cambio, a quienes poseían vastas extensiones de tierras o comercios significativos, la independencia del naciente país les resultaba económicamente beneficiosa, ya que deseaban liberarse de las trabas impuestas por la insaciable monarquía ibérica que les amarraba a un sistema injusto y poco rentable.
Digamos entonces que un importante porcentaje de chilenos (específicamente, el pueblo campesino y el “roto” citadino), declinaba apoyar con decisión la posibilidad de gobierno autónomo, ya que los hispánicos le resultaban patrones lejanos, no así sus amos locales que les explotaban desde muy cerca. Es por ello que casi el 80% de las tropas reales dirigidas por el general Mariano Osorio, estaba compuesto por chilenos del sur....penquistas, chillanejos, valdivianos y chilotes.
A este respecto, José Zapiola, artista de fuste que vivió intensamente la lucha independentista, aseguró que “no todos los jóvenes chilenos se entusiasmaron con la revolución”. Luego, agregó: “algunos de los revolucionarios, como Manuel Rodríguez, nos dieron el modelo de los politiqueros y los bochincheros de más tarde. Rodríguez fue un admirable guerrillero, cuando las guerrillas servían un ideal. Pasado su tiempo el guerrillero se convirtió en peligro público".
Joaquín Edwards Bello, escritor, poeta y ensayista, asegura en su obra “El Bisabuelo de Piedra” (Edit. Nascimento, Santiago, 1978), a este respecto: “Digamos de una vez que en la revolución de 1810 hubo mucho de politiquería y de ansias de poder, disfrazadas de patriotismo”.
Además de haber sido aquella una lucha independentista, en alguna medida fue también una guerra civil que puso frente a frente dos zonas muy identificables del país. El centro, con Santiago a la cabeza junto al apoyo tibio de ciudades como Valparaíso y Coquimbo, y el sur espléndido, donde Valdivia y la isla grande de Chiloé mantenían férrea lealtad a la corona española.
En medio, Concepción y sus verdores. Ciudad dividida en sus apoyos, pero que esperaba con legítimo orgullo convertirse en la capital del naciente estado ya que allí se había encendido la que fuera, quizás, llama primera de la lucha libertaria.
Mariano Osorio desembarca en Talcahuano con 600 soldados españoles y avanza tropas hacia Chillán y Talca, aunando voluntades criollas para recuperar el reino y, de paso, intentar la reconquista del Virreinato del Plata atacando la provincia de Cuyo desde territorio chileno. En el mismo momento que el general español pone pie en nuestro suelo, O’Higgins y Carrera dirimen sus diferencias enfrentándose en una batalla fratricida que deciden posponer una vez enterados del arribo de nuevas tropas hispánicas venidas desde el viejo continente.
Con un ejército de cinco mil setecientos soldados (chilenos del sur, la mayoría de ellos), Osorio se acerca a Santiago. La independencia de las colonias americanas comienza a tambalear y Rancagua resulta ser el último escollo. Allí se atrinchera O’Higgins con tres divisiones, mientras la división restante, al mando de Carrera, espera en Angostura de Paine. Merced al momento crucial que vive la causa libertaria, las odiosidades personales han sido abandonadas, aunque sólo temporalmente, ya que ellas subyacen en el fondo de las almas esperando mejor ocasión para salir a flote, y afloran torpemente las ópticas diferentes en cuanto a cómo y dónde detener el paso de Osorio.
Durante dos días, la gesta de Rancagua alcanzó ribetes de leyenda. Fue David luchando una vez más contra Goliat. Pero ahora el triunfo cayó en manos distintas.
La derrota de las armas patriotas señala un nuevo destino, pues será necesario recurrir a apoyos externos para liberar el país ya que los líderes de la revolución independentista chilena carecen realmente de capacidad suficiente para estructurar un ejército, implementarlo, entrenarlo y, lo que es principal, convencer a la población respecto de la justicia de sus ideales.
Habrá de ser un cuyano, José de San Martín, quien desde Mendoza logre hacer bien el trabajo que nuestros próceres hicieron mal.
Y ahí está precisamente el germen de lo que llegará a ser nuestra idiosincrasia de inferioridad económica y social durante el primer siglo y medio de vida independiente. En los avatares de las discrepancias y odiosidades personales que caracterizaron el desastre patriota del año 1814 en Rancagua –y que alcanzarían su clímax trágico con el fusilamiento de los hermanos Carrera en Mendoza y el asesinato de Manuel Rodríguez en Til-Til- se encuentra la semilla del fenómeno que hemos dado en llamar “centrinaje” chileno....una forma ya no de hacer política ni de afrontar deberes solamente, sino un modelo de vida social repudiable que afortunadamente no ha contaminado del todo a nuestros compatriotas de los extremos del país.
O’Higgins y Carrera se odiaban....y lo demostraron en los hechos concretos, aunque intentaron esconderlo en sus comunicaciones oficiales. Dos aristocracias de diferente cepa se enfrentan para conducir la nación. Una –la de José Miguel- es la añosa clase agrícola y terrateniente, católica ultramontana hasta los huesos. La otra –la de Bernardo- es la pujante y naciente clase nueva, más minera y comercial, que encuentra solidez en la conformación de sociedades secretas interamericanas con raíces filosóficas franco-inglesas más que hispánicas.
Es tan insoslayable lo que hemos afirmado, que los militares españoles –conocedores del “centrinaje”, por formar ellos parte de su propia estructura- una vez que hubieron detenido y encarcelado a los hermanos José Miguel y Luis Carrera en Penco y Chillán, el astuto comandante hispánico Urrejola decidió liberarlos de la prisión para que viajasen a Santiago, se apoderaran del poder y dividieran insanablemente las tropas chilenas. Y así ocurrió, pues José Miguel Carrera derrocó al Director Supremo Francisco de la Lastra, provocando las iras de los soldados al mando de O’Higgins, que se encontraban acantonados en Talca, dirigiéndose de inmediato hacia Santiago para enfrentar a los hermanos Carrera en la batalla de las Tres Acequias, dando tiempo a Mariano Osorio a desembarcar sus tropas en Talcahuano.
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