GLORIA Y CENIZAS II
Ascanio Cavallo - Margarita Serrano
18.30 horas
La Moneda, calle Morandé
Terminado el trabajo de los peritos policiales, el general Palacios dispone que el cuerpo del Presidente sea trasladado al Hospital Militar. Soldados y enfermeros lo acomodan en una camilla, pero el general ordena que sea cubierto con algo. En la oficina del secretario Puccio hallan un chamanto, elaborado en La Ligua, que sirve con largueza para ese fin.
Los soldados piden ayuda a los bomberos para la trabajosa faena de bajarlo hasta la calle. Varios voluntarios de la 12ª Compañía prestan hombros y brazos en los costados de la camilla. El camión-ambulancia sale hacia Alameda para tomar rumbo al oriente.
La última salida del Presidente produce emociones turbulentas entre los prisioneros que permanecen tumbados en Morandé. Pero no hay mucho tiempo para eso. Dos microbuses grises, de la Armada, se ubican en la calle para que los prisioneros ("rehenes", en el lenguaje del plan de la Agrupación Centro) partan al Regimiento Tacna.
Los soldados los forman en dos filas y los hacen pasar por el primer "callejón oscuro" -el pasadizo de culatazos y patadas- de la jornada. Encabezan la primera fila tres miembros del GAP: Hugo García, Pablo Zepeda y Juan Osses. Debido a esa circunstancia, van hacia el fondo del bus, donde se arrodillarán sobre los asientos, mirando hacia atrás y con las manos sobre la nuca, como todo el resto de los ocupantes. Por subir primero, bajarán al último. No comprenderán hasta mucho después el significado mágico de ese hecho minúsculo.
Los alrededores de La Moneda quedan desiertos. Mientras la luz del día se extingue lentamente, con la parsimonia de la primavera, y la llovizna humedece las calles como si quisiera lavarlas, el silencio se va haciendo más pesado. De vez en cuando lo rompe algún disparo aislado, que instantáneamente es seguido por una balacera infernal, con un eco amplificado por el cajón de edificios altos que rodean al Palacio. Será así toda la noche.
18.45 horas
Indumet, Cordón San Joaquín
Después de tenerlos por casi 90 minutos tendidos en los patios, boca abajo, los carabineros sacan a los trabajadores de Indumet por los accesos de las calles Nueva Macul y Rivas. Los sientan, manos en la nuca, a lo largo de la calle Santa Ana. Hay pateaduras, culatazos, insultos. El rito ancestral de los rendidos: los vencedores generosos son siempre muy escasos. Pero además, en este caso, los carabineros sospechan que algunos de estos trabajadores han estado disparando en su contra.
A veces se tientan con alguna acción mayor: hacen pararse a un par de obreros y les ordenan que corran. Todos saben lo que esto significa: "Ley de fuga", balazo por la espalda. Desde el segundo piso de la esquina grita un comerciante, y desde las ventanas, los vecinos: "No, ese es conocido", "Ese es trabajador", "Ese no es de la UP".
Los vecinos son gente piadosa, pero que ignora la verdad: la mayoría de los obreros ha estado combatiendo. Los vecinos prefieren imaginarlos como rehenes de los "extraños". Y de los "extremistas", y de los "extranjeros", que son las fórmulas perfectas para deshacerse de las culpas. Gracias a esa fantasía, ningún obrero es fusilado en esa calle; en virtud de la misma, el interventor ecuatoriano es el imán para todos los castigos.
Los carabineros disponen de un camión -ofrecido por un vecino solícito- y comienzan a formar a los prisioneros para llevárselos. Como el camión no alcanza, llegan dos buses policiales. En la fila, comienzan a quitar los relojes. Ya no hay disparos, el ambiente se ha relajado y el humor negro comparte espacio con el escalofrío:
-Mi cabo, el reloj es un regalo… -protesta un obrero.
-¿Y pa' qué lo querís, huevón, si en un rato vai a estar muerto?
El camión y los buses los llevan hasta la 12ª Comisaría, donde los echan de bruces, apelotonados, en un patio. Después de un rato, un mayor pregunta por los que están heridos, para llevarlos al Hospital Barros Luco. Los trabajadores vacilan: el instructor militar les ha dicho que, en guerra, los soldados buscan sangre para sus propios heridos, y que la obtienen de los heridos del enemigo si es necesario. Aun así, unos ocho obreros heridos se levantan; el mayor ordena trasladarlos al hospital. Un enfermero los ve esa noche, acurrucados y espantados por el ajetreo de la sala de urgencia.
-Y a ustedes, ¿qué les pasó? -pregunta, con sincera curiosidad.
-Chis -responde uno, sangrando de la cabeza-, ¿y todavía preguntai que nos pasó?
(Más tarde, el enfermero los sacará, vestidos de paramédicos, hasta una barraca de Quinta Normal. Días después llegarán, con las mismas batas blancas, como prisioneros al Estadio Nacional).
Entre los muchos instructores que han pasado por Indumet, todos recuerdan a un brasileño que estuvo en la guerrilla en su país y que se preciaba de su experiencia. Según él, en estas situaciones los prisioneros son asesinados y arrojados al mar. Los obreros se muestran escépticos ante semejante barbarie. Pero…
Cuando les anuncian que serán llevados a otro centro de detención, recuerdan los cuentos del brasileño. De la dirección que tomen los buses parece depender su destino. Si van hacia el sur o el norte, ningún problema. Pero si van hacia el oeste…
Los buses parten hacia el norte. Al Regimiento Tacna, donde los espera otro "callejón oscuro". ¿El tercero, el cuarto de la tarde?
19.00 horas
Ministerio de Defensa
Alfredo Joignant, director de Investigaciones hasta el mediodía, y por lo tanto uno de los personajes con riesgo vital, llega detenido al Ministerio de Defensa, acompañado por un coronel de Carabineros. En la guardia lo esposan y le quitan la corbata, el cinturón y los cordones de los zapatos. Ese procedimiento lo convierte, en cierto modo, en un preso común, con la carga de humillación y deterioro que ello supone.
Los militares lo llevan hasta el quinto piso, donde lo recibe el general Nuño.
Joignant culmina una de las peripecias más alucinantes de este martes. Tras salir de Investigaciones, ha pasado por su casa a ver a su esposa, en la zona de la Plaza Pedro de Valdivia, y luego se ha ido a una casa segura en La Reina. Pero allí lo ha ubicado su esposa por teléfono, diciéndole que el general (R) Prats lo busca. Joignant ha llamado al teléfono de la casa del general Ervaldo Rodríguez, donde se refugia Prats, y ha recibido de sopetón una pregunta que no olvidará:
-Alfredo, ¿qué sabe del jefe?
-No tengo idea, general. No sé lo que ha pasado.
-¿Y qué va a hacer usted, Alfredo?
-La idea que tengo es juntarme con mis compañeros, por ahora...
-Qué va a andar arrancando, Alfredo, si el levantamiento es total. Yo que usted me presentaría. Voluntariamente.
-¿Usted piensa eso, general?
-Sí. Yo lo conozco bien: usted no es para la clandestinidad.
Lo que ninguno de los interlocutores ha sabido es que el teléfono desde el cual ha hablado el general Prats está intervenido. Aunque los oficiales de enlace que tiene con el Ejército deben protegerlo, es evidente que los superiores lo han estimado demasiado peligroso para dejarlo completamente libre.
Minutos después de la conversación, Joignant ha visto que hay patrullas militares en los alrededores de la casa. La dueña ha llamado a un coronel de Carabineros.
-Yo lo saco de aquí, Alfredo -ha dicho el coronel-, pero no lo puedo dejar libre, porque eso me puede costar la vida. Me comprometo a dejarlo en el Ministerio de Defensa.
Joignant se ha mostrado de acuerdo y ha salido en el piso del jeep del coronel. Traspuesta la barrera militar, lo ha invitado a tomar un café en la Prefectura Oriente. Y después de departir un rato con los oficiales, el coronel ha dicho:
-Bueno, ahora vamos al ministerio. Y por favor no trate de arrancarse, porque este es un golpe de Estado y su gobierno ya no existe...
Después lo ha entregado. Y ahora Nuño, que no abandona su caballerosidad con los prisioneros, lo envía a los subterráneos.
19.15 horas
Regimiento Tacna, calle Tupper
Los dos buses con prisioneros de La Moneda llegan hasta el Regimiento Tacna, donde los bajan a empujones y los hacen ponerse de rodillas, en cuatro filas. Dos hombres vestidos de civil recogen las cédulas de identidad y las echan en una caja. Mientras permanecen hincados, con las manos en la nuca, llega hasta el patio el comandante del regimiento, el coronel Joaquín Ramírez Pineda:
-¡A estos los vamos a fusilar a todos! -grita, y ordena emplazar ametralladoras y desocupar las oficinas que están a sus espaldas. Los prisioneros oyen con pavor las carreras de los soldados y el movimiento de armas pesadas; si es una bravata, tiene un realismo escalofriante. Un par de oficiales se acerca al coronel, dialogan en voz baja y los preparativos se cancelan.
En cambio, los trasladan hasta unas viejas caballerizas situadas en la esquina norponiente, donde deben tenderse, boca abajo, sobre los adoquines. Al menos quedan a cubierto de la fina llovizna que comienza a caer sobre Santiago. La excepción son los tres GAP que subieron primero a los buses; ahora son los últimos, y el espacio techado no alcanza para ellos. Horas más tarde, cuando estén ya empapados, un sargento los sacará de ese lugar y los ubicará junto con otros prisioneros.
Esa casualidad salvará sus vidas: García, Zepeda y Osses sobrevivirán sólo por el gesto del sargento... o por la estrechez de la caballeriza. Al resto le espera un destino feroz. Salvo a los hombres de Investigaciones, que serán retirados al día siguiente por el inspector Santiago Cirio; esos hombres, ha explicado, estaban allí cumpliendo una función profesional.
Y al subsiguiente llegarán camiones militares con oficiales que traen una lista precisa: todos los que estuvieron en La Moneda; los subirán a empujones y marcharán rumbo a Peldehue, donde serán ejecutados a sangre fría, al borde de una fosa cavada por ellos mismos. Años más tarde sus restos serán removidos y diseminados en diversos puntos -incluido el Patio 29 del Cementerio General-, en un esfuerzo por ocultar esa decisión incomprensible. Las autoridades militares dirán unos días después que Coco Paredes cayó en un enfrentamiento, a sabiendas de que estaba en esa fosa; y el Servicio de Inteligencia Militar buscará por semanas a "Máximo", el jefe de contrainteligencia del PS, sin saber aún que Ricardo Pincheira también yacía en ella.
24 hombres morirán de ese modo. Otros 11 que debieron estar junto a ellos y que fueron detenidos en la Intendencia -incluyendo al hijo de la Payita- serán acribillados en otra noche brava, la del 19 de septiembre, sobre el Puente Bulnes. Sus cadáveres, arrojados al río Mapocho, se convertirán en una de las visiones pavorosas de la población de Santiago acerca del post golpe.
19.10 horas
Escuela Militar
A esta hora ingresan a la oficina del director de la Escuela Militar, contigua al gran hall central, los cuatro jefes máximos de las fuerzas que han actuado en el día. El general Leigh ha propuesto reunirse en esa Escuela, un par de horas antes, en vista de que el descenso de la nubosidad, y la llovizna asociada, harían difícil maniobrar helicópteros en la zona del Comando de Telecomunicaciones de Peñalolén.
El general Pinochet ha llegado primero, a instancias del general Urbina, para evitar cualquier tentación de otros generales. Algunos oficiales preferirían ver en la Junta al general Bonilla, e incluso al general Arellano. Peor aún: ambos lo saben.
Pinochet dispone que el armamento capturado sea desplegado en uno de los patios interiores, para comenzar a mostrarlo a los eventuales visitantes y a la televisión. Luego se instala en el puesto de radio, junto al general Benavides, para recibir los últimos reportes. El movimiento ha sido un éxito absoluto en el Ejército: no se han registrado incidentes mayores en ninguna unidad; sólo retrasos, en algunas; ya vendrá el momento de investigar esas situaciones.
El almirante Merino llega con sus dos helicópteros. Los infantes que viajan a bordo bajan con sus armas para crear el cerco de seguridad. El almirante Carvajal, que ya está en la Escuela, lo acompaña hacia el gran hall.
El general Leigh arriba en vehículos terrestres, con una fuerte escolta armada. El general Mendoza, el único que debe atravesar parte del centro de la ciudad, viene con tres autos, además de una tanqueta al frente y otra detrás.
Ahora, los cuatro hombres se saludan con abrazos apretados. Carvajal cumple la tarea de hacer las presentaciones entre Merino y Mendoza, que no se han visto nunca antes. La conversación es liviana y breve; no hay un plan de trabajo, sino sólo unas apreciaciones generales sobre el grado de control del país, la necesidad de mantener el estado de sitio y la probabilidad de romper relaciones con el bloque soviético, además de Cuba. Lo que toma más tiempo es la disyuntiva de cómo informar de la muerte de Allende; el acuerdo final es emitir un comunicado (que saldrá recién el jueves 13) y mantener en reserva el lugar de su sepultación.
Como se sabe, en las Fuerzas Armadas chilenas la antigüedad constituye grado. Si se trata de antigüedad en el título personal, Leigh aventaja por tres días a Pinochet; Merino y Mendoza acaban de asumir. Pero, al nivel del mando superior, el Ejército ha hecho prevalecer la tesis de que lo que vale es la antigüedad de las instituciones, caso en el cual la prelación es: Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Carabineros.
Esta cuestión incordiante no llega a discutirse esta noche, pero flota en el ambiente cuando Leigh propone que la Junta tenga una presidencia rotativa. Naturalmente, dice él mismo, el primero debe ser el general Pinochet; lo seguiría el almirante Merino, y luego Leigh y Mendoza. Los cuatro aprueban la idea. No hay acta sobre ello; es un "acuerdo de caballeros", según la expresión que Pinochet usará un poco más tarde, ante corresponsales alemanes de la revista Stern y ante la periodista chilena Florencia Varas.
Concluida la reunión, los cuatro altos oficiales son conducidos por Carvajal al patio donde se exhiben las armas capturadas. Allí los aborda un hombre de civil y sin brazalete, un pájaro extraño en esta noche de emergencia. Es el embajador de Brasil, Antonio Castro da Cámara Canto, que viene a anticiparles una decisión ya adoptada por su gobierno, encabezado por el general Emilio Garrastazu Médici: Brasil reconocería de inmediato a la Junta como el gobierno legítimo de Chile. (Cámara Canto, que logró relacionarse con la Armada y con el círculo de los generales que conspiraban en el Ejército, encubriendo sus actividades con la equitación, será un importante asesor de la Cancillería chilena en los meses siguientes).
20.00 horas
Embajada de Cuba, calle Los Estanques
Hace poco más de una hora, Luis Fernández Oña, miembro del DOE cubano, encargado de las relaciones con los partidos de la UP y esposo de Beatriz Allende, ha recibido un llamado del Ministerio de Defensa. Los militares deseaban ubicar a la hija del Presidente para que ella y su familia pudiesen asistir a la sepultación de Allende.
Fernández Oña ha respondido que los ayudaría si le permiten asistir al sepelio y le aseguran que las hijas podrán asilarse en la Embajada de Cuba. Los militares han aceptado y avisado que un vehículo irá a recogerlo pronto. Pero no han vuelto a comunicarse.
La explicación es simple. En el ministerio han logrado hallar a un sobrino de Allende, Eduardo Grove. El almirante Carvajal lo ha llamado y le ha dicho que, buscando a la persona más apropiada para hacerse cargo del cuerpo, han dado con él; la condición es que el funeral debe realizarse sólo con su familia más cercana, en el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar, en el mausoleo de la familia Grove. El sobrino ha aceptado.
En la casa de una compañera de trabajo de Isabel Allende, en calle Seminario, donde se han refugiado junto con Frida Modak y Nancy Jullien, Beatriz ha recibido un llamado de Fernández Oña, anunciándole que pronto iría a buscarla. En las mismas horas, las hermanas se han comunicado con su madre, que les ha dicho que recibió la notificación de ir a sepultar a su padre. Las dos se han hecho la ilusión de reunirse con su madre y con los restos de su padre al final de un día siniestro.
Fernández Oña, extrañado por la demora de los militares, se acerca al portón de acceso de la Embajada. Lo acompaña el embajador Mario García Incháustegui. Apenas entreabren la hoja metálica, se desata una balacera furiosa en contra de la legación. Fernández Oña alcanza a cerrar y tirarse al suelo; García Incháustegui sufre el roce de un proyectil en una mano, que sangra con alguna profusión.
Lo que no saben es que los militares que rodean la casa tienen una sola orden tajante: nadie puede salir ni entrar. Y lo que esos militares ignoran es que el personal de la embajada tiene una sola orden: repeler cualquier ataque. Unas 120 armas, cortas y largas, contestan el fuego masivamente. Otras tantas replican desde el exterior. En los departamentos de calle Antonio Varas, las señoras de muchos oficiales de Ejército que ese día están de servicio deben tenderse en el piso ante el infierno de balas en que se convierte ese pequeño barrio de Providencia.
Según Max Marambio, el único chileno que está en la embajada, el tiroteo dura "apenas siete minutos". Cesa cuando, sencillamente, nadie más dispara. No hay bajas. Pero los nervios del sector quedan destrozados. Fernández Oña informa a su esposa que es inviable que pueda ir a buscarla.
El embajador de Suecia, Harald Edelstam, atraviesa la zona de peligro y se pone frente a la Embajada de Cuba, voceando que los intereses de Cuba están ahora en manos de Suecia. Nadie se atreve a encararlo.
Edelstam -que ya en la tarde había advertido a los soldados del cerco que una representación diplomática no puede ser violentada- encabezará las negociaciones para que los cubanos salgan del país al día siguiente, llevando también a Beatriz Allende. Sus hermanas Isabel y Carmen Paz, y su madre, Hortensia Bussi, se irán tres días más tarde, bajo la protección de México, cuyo Presidente, Luis Echeverría, las recibirá con luto en el aeropuerto.



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