¿Y EL PROGRESISMO DÓNDE ESTÁ?
Balance a un año de Gobierno de Bachelet
Amauta
El quinto infierno
La coalición política que lleva más años de gobierno en el mundo debería tener motivos para festejar, sentirse segura, avanzar en su proyecto histórico. Por lo demás, este gobierno, llegó a
La imagen de miles de mujeres poniéndose la banda presidencial era el símbolo perfecto para señalar la llegada de una presidenta, que en su programa y discurso, proponía un gobierno cercano a los hasta ahora sólo espectadores de la gobernable democracia chilena. Sería, se decía, un verdadero “gobierno ciudadano”, preocupado de las múltiples falencias y grietas que comienzan a ser cada vez más evidentes en el Chile real de hoy, el que viven cotidianamente las mayorías, más allá de los diseños, programas, y la complacencia de una elite gobernante que simplemente vive otra realidad. Bachelet, sus círculos cercanos, el sector político que podríamos llamar como progresismo dentro de
Pero, más allá de sus intenciones, ¿qué ha podido lograr, en concreto, el progresismo bacheletista? Aquí haremos un breve repaso por el recorrido por el que ha pasado el proceso político que llevó a Bachelet a la presidencia, intentando una pretendida mezcla entre “continuidad y cambio” con relación a lo que ha sido, hasta hoy, el gobierno concertacionista de más de 17 años en nuestro país.
La llegada de Bachelet a la presidencia de Chile es parte de un camino llevado a cabo por
El proyecto de reformismo gradual dentro de los márgenes del neoliberalismo, impulsado por una capa de nuevas generaciones de concertacionistas, sobre todo del PPD y el PS (por oposición al ala más “conservadora” y derechista de
Así las cosas, si en 1997 surgió claramente un sector crítico desde la izquierda de
En tales circunstancias (que van mucho más allá que el proyecto concertacionista), se explica el ascenso de los actores políticos expresados en la persona de Michelle Bachelet, cuyo discurso y programa intenta realizar un difícil equilibrio entre “continuismo y cambio”, entre el hasta ahora intocado y muy profundizado neoliberalismo a la chilena , y las urgentes reformas sociales necesarias para su supervivencia a largo plazo. Reformar, modificar los aspectos más crudos del neoliberalismo, para continuar con el camino realizado las últimas tres décadas de políticas neoliberales, parecía ser el programa bacheletista.
Expresivo a este respecto es una de las prioridades de su programa presidencial: la reforma previsional, un problema estructural de dos vías: por una, la crisis social “de hecho” que pronto se desatará si es que no se realizan cambios profundos en el sistema de pensiones, que aquejará a millones de chilenos sin y con muy poco resguardo económico en un futuro no muy lejano, y por la otra, los enormes intereses económicos enclavados en las AFP`s, que han operado en el Chile neoliberal como el centro financiero de las elites empresariales, poniendo bajo su control enormes cantidades de capital, en rigor, extraído en condiciones muy favorables para ellas, de la masa salarial de los trabajadores chilenos.
Por otra parte, su pretensión programática de no sólo más, sino que de “mejores empleos”, toca un aspecto central en cómo se ha sostenido el crecimiento económico chileno: con una alta explotación y precariedad laboral, que redunda en bajos costos para la acumulación capitalista en Chile. El tantas veces alurdido clima favorable para la inversión que hace rentable para el capital extranjero invertir en nuestro país, cuyo modelo económico, su crecimiento e inserción internacional, depende casi totalmente de la variable de fuerza de trabajo a bajo costo, repitiendo una tradicional dificultad de las elites chilenas. A éstas, en toda su historia como elite gobernante, les ha sido imposible propiciar siquiera mínimos niveles de acumulación de capital propia, y por tanto, posibilidades de desarrollo productivo, colocándose tan sólo como operador nacional y socio local de los grandes capitales de los países dominantes que vienen a extraer materias primas de baja elaboración. Esto ha terminado, una y otra vez, con una presión a la baja de unos ya precarios salarios, y más en general, con la pauperizción de los niveles de calidad de condiciones de trabajo y de vida, cuando alguna circunstancia económica mundial impide en algo la rentabilidad de las cuantiosas exportaciones nacionales. La relevancia de esta actividad exportadora de materias primas para el proyecto de las elites, ha hecho extremadamente débil nuestro modelo productivo ante las fluctuaciones de los mercados internacionales, generando una y otra vez en nuestra historia estancamientos, recesiones, o crisis, en la economía chilena.
La otra ventaja comparativa de nuestro país, la intensiva explotación de recursos naturales con una muy baja protección ambiental, ha gatillado incipientes luchas y articulaciones sociales que tienen como eje la cuestión de la protección del medio ambiente y las localidades productivas ante el impulso de las grandes inversiones privadas. Muchas veces, esto toca muy de cerca al central tema de recuperación de los recursos naturales nacionales en manos de los grandes capitales extranjeros y “nacionales” (en rigor, casi siempre, santiaguinos, y del barrio alto de la capital), y que está comenzando a involucrar a cada vez más comunidades locales y regionales, en luchas concretas y cotidianas ante las manifestaciones reales del modelo en sus entornos de vidas locales.
Lo que tuvo de asertivo el sector progresista de
Dos tensiones políticas pusieron al gobierno de Bachelet ante el dilema de optar claramente por alguna opción que hiciera realidad el discurso progresista con que llegó a la presidencia. Los estudiantes secundarios interpelaron por varias semanas con frases como “Michelle, ¿estás conmigo?”, “¿Con quién estás?”, manifestando más que una duda con respecto al real alineamiento del gobierno bacheletista, y su lema de campaña, “Estoy Contigo”. Poco tiempo después, de nuevo tuvo que optar, ahora de cara a los alineamientos mundiales, para votar “entre Chávez o Bush”.
Así, al poco andar de este progresismo bacheletista a la cabeza del gobierno, tuvo dos tensiones donde se juega la estabilidad de la coalición concertacionista. Primero, la crisis educacional, donde se mezcla una situación “objetiva” de crisis del sistema, con una creciente y explosiva politización de las nuevas generaciones de niños y jóvenes, que apuntan a un tema central en la insostenible desigualdad en Chile, cuestión no sólo relativa a los ingresos, sino que también a las escasísimas oportunidades y posibilidades de movilidad social en la sociedad chilena. El gobierno, que meses ante se autofestejaba como “el gobierno ciudadano”, “de cara al Chile real”, ahora tenía que vérsela con la manifestación social más grande desde la caída de la dictadura. Y respondió como siempre han respondido los gobiernos de
La verdadera toma de decisiones, está bastante lejos de la ciudadanía de a pie. El palacio de Gobierno está bien resguardado (aunque a ratos alguien consigue quemarse “a lo bonzo” de vez en cuando), y si alguien peligroso llegara ahí, no importa… como dijo alguien de los círculos del poder concertacionista, se gobierna más desde Casa Piedra que desde
Si hay un problema que preocupa con urgencia a las elites chilenas que toman sus decisiones en la aludida Casa Piedra y demases, esta es la cuestión energética. El tema educacional puede llegar a ser importante, implica la proyección a futuro de su modelo, pero no urge tanto, mientras los estudiantes no estén en movilizaciones como las del año pasado. La debilidad energética significa una falencia importante en el modelo económico chileno, y dado su aislamiento de los procesos de integración continental, de seguro los costos de la energía subirán para el gran empresariado, retardando el crecimiento económico, que depende casi totalmente de las grandes empresas. Segunda gran tensión para el progresismo bacheletista. Dado el perfil de su historia, de su identidad política (o al menos, cultural), en los alineamientos políticos mundiales y continentales, el progresismo concertacionista debería optar por los procesos de integración americana, que por lo demás, tocan de manera central el desarrollo energético de la región. Pero no. Y han optado, una y otra vez, por mantenerse en un espacio intermedio e indefinido, ni alineado del todo con las derechas del continente (asociadas firmemente con Bush y un neoliberalismo a ultranza, como Calderón en México, Uribe en Colombia, o Alan García en Perú), ni con los gobiernos populares y de izquierdas (mirando así muy a lo lejos los procesos de creación de una Política del Sur que encabezan Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Brasil, Nicaragua, o Ecuador). Pero tal posición ambigua se puede leer, en lo esencial, como una continuación de la línea aislacionista del gobierno de Chile, en un contexto continental tremendamente propicio para políticas “progresistas” y de integración latinoamericana (que el programa inicial de Bachelet contemplaba como objetivo).
Así, con un gobierno que siente que tiene que hacer una cosa y hace otra (“se abstiene”, como en la votación para el Consejo de Seguridad de
Por que nadie niega que esta hizo, desde sus comienzos, una apuesta deliberada por la apertura comercial y financiera hacia las potencias del norte, ganando en inversiones y crecimiento de corto plazo, pero perdiendo en integración regional y desarrollo productivo. Tal opción, hasta hace poco le había dado ventaja a Chile en términos de crecimiento económico e inserción de sus productos en los mercados del Norte, pero que con la emergente centralidad que está tomando el tema energético en todo el mundo, hoy es una grave falencia para retomar el “crecimiento económico acelerado”, que era y sigue siendo la apuesta de la elite nacional para asegurar un mínimo de chorreo hacia abajo, y por tanto, la estabilidad social y política que la enorgullecieron en los noventa. La noticia de que el crecimiento de la economía chilena fue menor que el promedio sudamericano, o, peor aún, menos que la mitad que el de Venezuela y Argentina, dos países gobernados por presidentes “populistas” (como se les intenta caracterizar desde los medios masivos de comunicación), ha aumentado el nerviosismo entre las elites, que no ocultan la insatisfacción por el rendimiento económico de su tan alabado modelo.
Estas tensiones, de una gravedad inédita para las elites nacionales (tocan, todas, aspectos centrales del “modelo”, y se dan en un contexto mundial y regional que les dan un particular significado), tienen el añadido de que cruzan, hasta ahora, a un gobierno con un débil sustento partidario, dado que el progresismo bacheletista nació y está formado, por lo general, por nuevos y más jóvenes actores, ajenos al tradicional establishment de
La rápida presión e intento de cooptación de los grandes poderes económicos frente un sector político supestamente más de centro izquierda (el progresismo que hoy encarna Bachelet), y que parecía llegar al gobierno con un intento de “regenerar” la política en su coalición y el país, ya se había vivido en cierto modo en los primeros años de Lagos, pero ahora se da en un contexto donde en la misma Concertación se habla derechamente de los riesgos en términos de consenso, estabilidad, y durabilidad de la coalición. El reacomodo de los actores políticos dominantes, tanto dentro de sus coaliciones, partidos, o sectores partidarios, es cada vez más evidente y a veces tenso, y deja, por tanto, un escaso margen de maniobra a los limitados intentos de reformas y “cambio” en los aspectos más cruciales que atraviesan al Chile de hoy, y que el gobierno de Bachelet había dicho pretender realizar.
Esto, a su vez, a ratos ha decantado en una tendencia creciente a asumir, por parte de los progresistas “más a la izquierda” de
Así, el supuesto programa progresista de Michelle Bachelet y su sector político, han ido quedando cada vez más diluido en el peso de la noche concertacionista, y en las retorcidas lógicas políticas derivadas de un generalizado proceso de reordenamiento del mapa político chileno. La necesidad de gobernar con el centro político, e incluso con la derecha (cuestión que toca a muchos de los gobiernos más a la izquierda de nuestro continente, como Argentina, o más claramente, Uruguay o Brasil), sobre todo tras la rebelión de los estudiantes secundarios (que mostró el peligro que tiene para el gobierno de
El carácter que ha ido tomando un discurso y acción altamente represivo hacia los movimientos y actores sociales que intentan hacer política desde abajo, quedó expresado en el nombramiento de Belisario Velasco como Ministro del Interior (y por tanto Vicepresidente de
Así las cosas, nada indica que el inmovilismo político del gobierno se modifique en alguna dirección que le dé sustentabilidad a su programa anunciado. El progresismo que se apreciaba en algunos de sus puntos se ha ido cerrando en un continuismo como el de siempre. Las grietas del aparato concertacionista le dejan poca capacidad de maniobra a Bachelet y su entorno, y las decisiones tomadas en los gobiernos anteriores le pesan a este como una carga difícil de sobrellevar, más aún, dado que no puede ni quiere romper con tal herencia política. El mencionado tema de la corrupción, o más clara y puntualmente, el del Transantiago, son dos problemas en que la herencia concertacionista pesa fuertemente al gobierno actual. Ambos, además, reforzados por las políticas del emblemático Ricardo Lagos, y su laguismo, privatizante, de oscuro proceder, y con altos montos de inversión y dinero flotando en alianzas público-privadas de dudosa ética política.
Así, el bacheletismo parece estar pagando las culpas y los errores acumulados en 17 años de gobierno, y el resto de los actores políticos de
Las imprevisibles escenas vistas tras la muerte de Pinochet nos mostraron los aspectos más extraños y particulares del neoliberalismo “a la chilena”: festejos multitudinarios acallados por los medios, y criticados y reprimidos por el gobierno supuestamente antipinochetista, acomplejadas discusiones sobre el carácter que debían tener las ceremonias oficiales, y una importante resonancia internacional a la muerte de un símbolo de la represión mucho más allá de estas lejanas tierras, pero también, de un país que, supuestamente gracias a su refundador gobierno, tomó la dirección política y económica que tanto promueven los detentores de la hegemonía y el poder a nivel global.
Este acontecimiento, que terminó de hacer desaparecer a la persona de Pinochet del escenario político nacional (claro está, no de su legado histórico), se dio en un momento en que el modelo que su gobierno comenzó a implementar hace tres décadas está poniéndose en duda, haciendo aún más anacrónicas las estructuras de los partidos y las coaliciones existentes en Chile, conformadas ya bastante tiempo atrás, en un contexto político en que la adhesión o rechazo hacia su persona (y la de sus círculos cercanos de civiles y militares), terminó tomando una importancia mayor que la posición frente al proyecto histórico que logró construir.
Así, finalmente, a pesar de que a las elites económicas les resulta difícil alejarse emocionalmente de la figura de Pinochet y su gobierno, les resulta totalmente inofensivo el añejo antipinochetismo de
De las buenas intenciones, de las proclamas de cambio, de las Grandes Alamedas a las que aludió



Mario Israel Romero dijo
No resultaron nobles ni honestos
La ola de gobiernos izquierdistas en América Latina tiene como
explicación la indignación provocada en la población por los
manejos poco claros o abiertamente corruptos de los llamados
"partidos tradicionales". Ya fuesen "adecos" o "copeyanos",
"blancos" o "colorados" "Partido Nacional" "PDC" y demás partidos
que en nuestro continente se turnaban en el control político, lo que
tenían en común era la utilización del aparato estatal en beneficio
propio y de sus amigos.
Así, los nuevos líderes izquierdistas basaron sus discursos en la
transparencia y honestidad del manejo de los dineros públicos.
Además se atribuyeron el monopolio de cuantas virtudes existen y
proclamaron a los cuatro vientos que el único interés que los
guiaba es el bienestar de las masas populares.
Han tenido éxito persuadiendo al grueso de los votantes que una
vez en el gobierno sus promesas coincidirían con sus conductas
personales. Pero, lamentablemente, los hechos están demostrando
algo muy diferente. Porque si hay algo que caracteriza a estos
noveles gobernantes, es la rapidez con que aprendieron y están
practicando los vicios que desde la oposición criticaban tanto. Con
un agravante: su inquietante predisposición a tendencias
autoritarias, deseos de perpetuarse en el poder y, lo que es peor,
un espíritu bélico, otrora tan lejano a la idiosincrasia
latinoamericana.
Hace algunos años que la "izquierda" tomó las riendas del poder
en Chile y ya percibimos muchas de las características aquí
mencionadas. Con relación a la honestidad de las jerarquías,
abundan las acusaciones de manejos pocos claros con dineros
públicos y denuncias de falta ética.
Un reciente escándalo ha conmocionado a los Chilenos,Chiledeportes
y el oscuro, perverso y corrupto negociado del transantiago.
Es deber del analista imparcial evaluar si se trata de un suceso
aislado y, para eso, es necesario analizar cómo se comportó el
resto del oficialismo ante lo sucedido. La conclusión es
decepcionante.
Este "affaire" dejó al descubierto la conducta poco moral de
nuestros funcionarios. Alarma el desparpajo y falta de respeto a la
inteligencia de la población de las justificaciones dadas, una vez
conocidos los hechos.
La gran tragedia latinoamericana es que vamos de mal en peor y no
se avizora ninguna luz que indique el final del túnel.
3 Abril 2007 | 01:42 AM