GLORIA Y CENIZAS

El retiro del cadáver de Salvador Allende y el primer encuentro de la Junta Militar
El retiro del cuerpo de Allende de La Moneda; la detención del general Alberto Bachelet; los últimos combates en La Legua y La Victoria; La primera reunión de Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza en la Escuela Militar. Y los preparativos para el solitario funeral del Presidente en Viña del Mar.

POR ASCANIO CAVALLO - MARGARITA SERRANO

17.30 horas

Academia de Guerra Naval, Valparaíso

El almirante José Toribio Merino aborda un helicóptero naval, acompañado del contralmirante Sergio Huidobro, jefe de la Infantería de Marina. En un segundo aparato suben el médico y contralmirante Miguel Versin, director de Sanidad, y el abogado y contralmirante Rodolfo Vio, auditor general de la Armada.
Las dos naves recorren el litoral hacia el norte, y enfilan a Santiago por la parte más baja de la Cordillera de la Costa. Ingresan a Santiago por el norponiente, y se desvían al sur para pasar sobre las instalaciones de la Armada en la Quinta Normal. Mientras avanzan, ven los edificios de la UTE, entre los cuales circulan, corriendo, numerosos estudiantes.

Merino pide al piloto de su helicóptero, el teniente Tomás Slack, que prosiga por la Alameda. Sobre La Moneda, ordena un vuelo en circunvoluciones. Contempla las columnas de humo que se elevan desde el Palacio y las ruinas que ha dejado el bombardeo. Lo incitan una cierta curiosidad profesional y la sensación de que se trata de una visión histórica.

Los helicópteros se dirigen luego al oriente, a la Escuela Militar. El doctor Versin tendrá que partir, en cuanto aterrice, en un auto del Ejército hacia el Hospital Militar. Por antigüedad, es el presidente del Comité de Directores de Sanidad de las Fuerzas Armadas, un organismo dedicado usualmente a analizar estadísticas sobre prevalencias y a discutir, muy de vez en cuando, casos especiales. Jamás ha estado en su agenda el análisis de casos políticos.

Y menos la autopsia del Presidente de la República.


17.45 horas

Centro de Santiago


Encañonado por la espalda, con las manos en la nuca y bajo custodia de un grupo de soldados nerviosos, el senador socialista Erich Schnake camina hacia el Ministerio de Defensa, preso.
Schnake ha tenido una jornada intensísima. En la noche anterior fue a revisar la planta transmisora de Corporación, la radio del partido, ante el aviso de que una patrulla militar se había estado acercado a ella. Habló con Allende y con Altamirano, y este último aprobó que la radio transmitiera durante la noche "Mi Buenos Aires Querido", el alerta para los militantes.

A las 7.30 de este martes 11, lo recogió en su casa el diputado Alejandro Jiliberto y se instaló en las oficinas de la radio, situadas en el edificio del Banco del Estado, junto al de Obras Públicas, antes de las 8. Además de los movimientos de la Armada en Valparaíso, no había en la radio noticias nuevas. Sólo una: la de un auditor que había llamado para informar de una balacera en la Escuela de Suboficiales de Carabineros. (Este dato haría pensar a muchos, ese día y largo tiempo después, que hubo algún intento de resistir al golpe en esa unidad).

Habiendo sido bombardeada la antena principal, Corporación debió transmitir sólo por Frecuencia Modulada durante toda la mañana, usando toda la potencia de que disponía. Allende hizo su primer discurso por esas ondas, y luego instó al mismo Schnake a que llamara a los obreros a concentrarse en sus lugares de trabajo.

Después del bombardeo, que contempló desde esas oficinas, el senador buscó comunicarse con La Moneda por el mismo teléfono de magneto que había servido al Presidente. A través del auricular descolgado oyó voces y gritos militares: por esa vía supo, probablemente antes que nadie de la UP, que el Palacio había caído. A pesar de eso, las emisiones de la radio continuaron, convocando al pueblo a marchar sobre el centro, hasta las 15.47, cuando los tiradores apostados en el Ministerio de Defensa ubicaron la antena sobre el techo del banco y la destruyeron después de ingentes esfuerzos.
¿Por qué no fue sencillamente ocupada la oficina de la radio? ¿Otro vacío del "Plan Silencio"? La explicación de Schnake, años después, será más pedestre: el presidente del sindicato de la radio era un joven democratacristiano que ese día decidió quedarse por mera solidaridad; el capitán de Ejército al que se ordenó copar Corporación era el padre de ese joven, por lo que se limitó a cercarla y vigilarla.
Sin capacidad de transmisión y con los militares entrando a los edificios céntricos, Schnake y su equipo decidieron quemar los documentos peligrosos, repartirse el dinero disponible y salir de a uno. El senador pensaba irse a su lugar asignado para el caso de golpe, un cuarto en los altos del Teatro San Martín, en la Alameda, desde donde haría funcionar una radioemisora clandestina.
Pero cuando le tocó el turno de salir, se vio de inmediato encañonado por un soldado que le exigió sumarse a una fila donde estaban siendo cacheados el personal del banco y algunos transeúntes. Allí lo reconoció un dirigente sindical del banco, de filiación DC, que advirtió a los militares que se trataba de un senador.

Y ahí va Schnake ahora, manos en la nuca, a encontrarse con los ministros Briones y Almeyda, los hermanos Tohá, Osvaldo Puccio y muchos otros socialistas que ya comienzan a sobrepoblar los subterráneos y el hall del Ministerio de Defensa.

Mala suerte: está entre los primeros prisioneros de la jornada. Y buena estrella: la clandestinidad podría haberle costado la vida.

17.45 horas

Club de Carabineros, calle Dieciocho


El general José María Sepúlveda, depuesto en un golpe incruento e insonoro, cumple casi cuatro horas en el Club de Carabineros, desde su salida de La Moneda. Ha visto allí al coronel Manuel Yovane, hermano del general que organiza el golpe:

-Puchas, tu hermanito…-le ha dicho, sin contenerse-. La media huevada que ha hecho, ¿no?
Otros altos oficiales de la policía permanecen también en los señoriales salones.
Por ejemplo, el general Urrutia. El general subdirector se ha ido a su oficina luego de evacuar la Intendencia de Santiago. Pero allí se ha sentido como un fantasma: con los subalternos pasando delante suyo como si no existiera; tratándolo con respeto, pero con un interés visiblemente débil. A las 14, ha ordenado a su chofer que lo llevase al club, y allí ha almorzado a solas, como si no hubiera en el mundo una expresión de lealtad que pudiese aplacar su humillación. Interrogado por los otros altos oficiales sobre el fenómeno del día, ha dicho, molesto:

-El Borgia Yovane nos liquidó a todos.

Y ahora, cuando se acerca el toque de queda decretado por la Junta, el club comienza a vaciarse en forma imperceptible. Uno a uno los oficiales parten a sus casas. Urrutia regresa al corazón de la asonada que acaba de terminar con su carrera profesional: el edificio Norambuena. Allí oirá una versión apaciguadora de los hechos: si Carabineros no se hubiese plegado al movimiento, habría sido intervenido por el Ejército, con riesgo para muchos de sus oficiales. Con esa historia se irá a dormir, oyendo los preparativos del general Mendoza para partir a la primera reunión de la Junta de Gobierno.
En el club, Sepúlveda piensa qué hacer. ¿Será más seguro volver a casa, o quedarse allí, o en algún otro lugar, mientras pasa este día peligroso?

Entonces recibe un llamado del general Yovane. El jefe de los Servicios está preocupado por la seguridad del ex superior, que aprecia precaria mientras permanezca en el centro de la ciudad. Quiere ofrecerle una tanqueta para que se traslade, al menos por esta noche, al Club de Campo de Carabineros, en las alturas de La Reina.

Sepúlveda vacila unos minutos, y acepta. Confía en Yovane, a pesar de todo. Minutos después, atravesará un Santiago rojizo, mal iluminado, rumbo a los faldeos precordilleranos.


18.00 horas

Población La Victoria


Jorge Aravena, un estudiante de 23 años, dirigente de la Juventud Socialista, amigo de Coco Paredes y asesor de Investigaciones, intenta cubrir la retirada de los pobladores que se han reunido en torno a su auto ante la brusca irrupción de las tropas de la Fach en las calles principales de la población La Victoria, cuya fama de "roja" y combativa viene desde que fuese fundada a partir de una toma de terrenos, en octubre de 1957.

Aravena está junto al GAP Alejandro Cid, con quien ha recorrido Santiago desde la mañana, buscando la organización apropiada para sumarse al combate. Han pasado por el Cuartel General de Investigaciones, desde donde han sacado algunas metralletas -aun antes de que Joignant ordenase llevar un cargamento a Camú- y con ellas han llegado a La Victoria.

La población, cuyas calles son mayoritariamente de tierra y se organizan en líneas irregulares, con construcciones bajas y estrechas de frontis, vive un especial estado de agitación. La gente está en las calles, en grupos, a la espera de algo que no aparece.

Y cuando ese algo ha aparecido, sólo han sido Aravena y Cid: únicamente un auto y unas cuantas armas, pocas municiones y poca experticia. Las vecinas de más edad les han ofrecido fruta y mate, y los hombres han propuesto levantar barricadas y cavar trincheras en las vías de acceso.
Y he aquí que, en pleno debate acerca de las modalidades de defensa, han llegado los infantes de la Fach. Cubriendo el caótico desbande de los pobladores, Aravena dispara su metralleta durante unos minutos, hasta que una ráfaga lo mata.

El cuerpo queda tendido ante las miradas impotentes de los vecinos, que ven la escena tras sus ventanas. Los militares no se molestan en recogerlo. Cesado el fuego adversario, continúan su raid por el interior de la población, disparando aquí y allá, para espantar curiosos o responder a los balazos ocasionales de algún entusiasta.

El cuerpo de Aravena permanecerá más de una hora en la calle, hasta que los vecinos, ya seguros de que no hay militares a la vista, decidan salir a recogerlo.

Lo que se les ocurre colmaría las reglas de una pesadilla gótica: esconderlo en el refrigerador de una carnicería cercana. Dos días después lo llevarán, congelado, hasta el Hospital Barros Luco.

18.00 horas

Ministerio de Defensa

El director de Contabilidad de la Fach, comisionado en servicio a la Dirección Nacional de Abastecimiento y Comercialización del gobierno, el general Alberto Bachelet, es puesto en libertad en su propia oficina. Bachelet es el único general de todas las Fuerzas Armadas que ha sido arrestado durante este día. Algo excepcional y simbólico se expresa en esa condición única.
Lo han sometido a ese tratamiento sus amigos: el general Leigh, compañero de muchos años; "Jaimito", el general Orlando Gutiérrez, visitante asiduo de su casa; el general Nicanor Díaz Estrada, compinche de asados y fiestas familiares; y el general retirado Agustín Rodríguez Pulgar, vecino en el conjunto habitacional del alto mando situado cerca del Hospital de la Fach.
Bachelet es allendista y socialista sin ambages; sus simpatías políticas nunca han sido, hasta hoy, un motivo de ruptura con sus colegas del mando uniformado. Nadie ha dudado de su lealtad militar. Ni siquiera Leigh, a quien ha entregado el día anterior el plan de distribución de alimentos del gobierno, en forma privada. Nunca se ha objetado su entrega profesional. Eso cree.

Su testimonio es elocuente:

"El día 11 de septiembre de 1973, en la oficina del secretario general de la Fach (Eduardo Fornet), fui encañonado con un revólver por el general Orlando Gutiérrez, quien me conminó a entregarme arrestado por orden del señor comandante en jefe. El general Gutiérrez estaba acompañado por dos oficiales, los comandantes (Edgar) Ceballos y (Raúl) Vargas. El primero procedió a despojarme del arma de servicio y a registrarme para ver si tenía alguna otra arma.

"Luego fui trasladado a mi oficina, en la Dirección de Contabilidad, oficina del director, donde quedé arrestado e incomunicado, bajo custodia de los comandantes (Sergio) Lizasoaín y Vargas. Cuando ingresaron a mi oficina, el comandante Ceballos procedió a arrancar los teléfonos.
"Desde mi oficina pude presenciar gran parte del movimiento militar, el bombardeo a La Moneda, el incendio de ésta y en general gran parte de lo que ocurrió en dicha mañana, con la limitación que da un par de ventanas.

"Aproximadamente a las 18 horas se me comunicó que estaba en libertad y que podía regresar a mi casa. En ese instante procedí a redactar mi renuncia a la institución, la que entregué personalmente al señor Eduardo Fornet, secretario general de la Fach, ya que no se encontraba en su oficina el señor comandante en jefe.

"Tuve la oportunidad de expresarle a este oficial, y al general Magliochetti, que se encontraba presente, mi profunda indignación por la vejación a que había sido sometido, la que ellos atribuyeron a la nerviosidad propia del momento. Conjuntamente con dicha renuncia, procedí a presentar las correspondientes a la vicepresidencia del Deportivo Aviación y a la presidencia del Club de Tiro al Vuelo de la Fach".

¡El Deportivo Aviación, el Club de Tiro al Vuelo!

El general Bachelet testimonia su enojo, suponiendo que la dignidad de un general, que es la dignidad de las instituciones, puede sobreponerse a la violencia ambiental.

No sabe que las instituciones están reducidas a cenizas. No sabe que 48 horas después, mientras su hija Michelle permanece en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, el general Gutiérrez, el antiguo y querido "Jaimito", irá a buscarlo a su casa, con una patrulla armada, para un viaje sin retorno.


18.10 horas

La Moneda


Cuando el toque de queda se precipita sobre el país, el inspector Pedro Espinoza, de la Brigada de Homicidios de Investigaciones, y el inspector Julio Navarro dan por terminado el análisis de "sitio del suceso" del salón Independencia del Palacio de Gobierno. Concluye más de una hora y media de trabajo, en compañía de cinco peritos: dos balísticos, un planimetrista, un dactiloscopista y un fotógrafo.
Espinoza y Navarro han llegado después de pasar por un túnel de desinformación. En el Cuartel Central, el prefecto Julio Rada les dijo, al momento de darles la orden, que en La Moneda se había suicidado un general. Cuando llegaron al Ministerio de Defensa para recibir las instrucciones finales, el general Brady les reveló que el muerto era Allende, y que lo había matado un GAP. Al fin, en La Moneda, el general Palacios les presentó al doctor Guijón, quien les describió lo que había visto.
Después de que el planimetrista tomase las medidas y distancias del salón, y que el fotógrafo registrase las primeras imágenes del cuerpo -agotando las 27 letras del alfabeto- los detectives han tendido el cadáver en la alfombra y lo han desnudado totalmente. En cada paso han tomado muestras de huellas, marcas y residuos, que luego serán analizados por el Laboratorio de Policía Técnica.
Pequeños detalles han llamado la atención a sus ojos de expertos. Por ejemplo, los gruesos anteojos característicos del Presidente, sucios y semiempañados; los dos calendarios de latón, de 1973, de marca Panamtur, engrapados en la pulsera del finísimo reloj Galga Coultre; los bolsillos totalmente vacíos de toda la vestimenta, con excepción de una llave y un papel en blanco, hallados en el bolsillo derecho del pantalón; el pañuelo de seda azul doblado en el bolsillo superior de la chaqueta; y el cuerpo libre de heridas, actuales o antiguas, en toda su superficie.

Los peritos han hallado restos de caja craneana esparcidos por el piso; también de materia encefálica; dos vainillas de balas, probablemente disparadas mucho antes, que entregarán al general Palacios para el peritaje militar.

Y sobre todo, los dos plomos de balas que, disparadas "presumiblemente de abajo hacia arriba, de delante hacia atrás, con entrada en la región mentoniana inmediatamente a la izquierda de la línea media, y salida de el o ellos, con estallido de la zona parietal izquierda", han atravesado el gobelino colgado tras el sofá y se han incrustado en el muro de concreto.

El informe final, terminado a las 19 horas en el Cuartel Central, establecerá, en la segunda y más importante de sus conclusiones:

"El hecho acaecido, por las condiciones de la herida de entrada, de la trayectoria interna, herida de salida y otros antecedentes obtenidos en el sitio del suceso (manchas en las manos, posición del cuerpo y el arma, etc.), tiene las características de un suicidio. En consecuencia, se descarta la posibilidad de homicidio".
Ahora, los detectives regresan al cuartel con la sola escolta de un oficial de Ejército. Permanecerán allí otros dos días de servicio continuo.


18.10 horas

Poblaciones La Legua y El Pinar


En la industria Sumar permanecen unos 300 trabajadores de los mil que hubo en la mañana. Muchos de los que quedan intentaron regresar a sus casas, pero ante la falta de movilización han regresado a refugiarse del inminente toque de queda. El presidente del sindicato principal, el DC Manuel Bustos, ha decidido seguir junto a su gente.

De modo que los hombres del Aparato Militar del PS y del GAP que llegan desde La Legua no hallan una disposición combativa real. Sólo en la usina de poliéster hay un grado de organización para la lucha. Y aunque el interventor, Rigo Quezada, se esmera en animar a los obreros presentes, está claro que no es el lugar apropiado.

Los jefes del Aparato Militar deciden entonces marchar hacia Madeco, una industria situada en la calle El Pinar, entre la población del mismo nombre y La Legua. Una decena de vehículos son abordados por el contingente socialista, reforzado por unas decenas de obreros.

Rápidamente la marcha se hace penosa. Cuando aparece un avión de reconocimiento Twin Otter, inofensivo en términos militares, el grupo se desbanda: muchos corren a buscar refugio en las casas de La Legua, de las que no volverán a salir hasta días después.

Lo que queda de la columna principal se enfrenta luego a una patrulla de la Fuerza Aérea; durante el tiroteo, otros militantes socialistas abandonan el sector, convertido ya en un pesadillesco escenario de emboscadas y enfrentamientos sorpresivos.

El menguado grupo que llega hasta Madeco toma, por fin, la decisión de abandonar el plan de marchar hacia La Moneda y opta por sumergirse a la espera de una reorganización integral de las fuerzas. Exequiel Ponce, jefe del Frente Interno del PS, ordena "embarretinar" el armamento; Renato Moreau y un pequeño grupo se lo lleva hasta una casa cercana a Gran Avenida, atravesando de nuevo La Legua; otros militantes se harán cargo de generar las redes de comunicación.

Por ahora, la orden es clara: todo el mundo a sus refugios.

Los que sigan luchando lo harán por desconocimiento y desconexión. Pero, ¿no es ese el síndrome que ha afectado todo este largo día a las tesis armadas del PS?.