LA TARDE BOCA ABAJO

Mientras Pinochet comienza a imponerse dentro de las FF.AA., un grupo de miembros del GAP, del aparato militar del PS y la directiva del MIR se reúnen en la fábrica Indumet para decidir qué hacer. Sorprendidos por Carabineros, librarán un extenso y encarnizado enfrentamiento que hasta ahora había permanecido inédito. En el centro de Santiago, los principales colaboradores de Allende son detenidos.

ASCANIO CAVALLO - MARGARITA SERRANO


14.30 horas

La Moneda, calle Morandé


Los hombres de La Moneda son empujados y golpeados por los soldados en su caótica salida de Morandé 80. El detective Eduardo Ellis protesta contra el exceso mientras cae al suelo con las manos en la nuca. La Payita es ásperamente registrada y, a pesar de sus gritos, un conscripto rompe en pedazos el Acta de la Independencia que guardaba en la chaqueta del "Perro" Olivares. Juan Osses se desprende de las cartucheras que delatan que ha estado disparando un fusil SIG de Carabineros. El doctor Oscar Soto siente que sobre sus cabezas caen trozos de los muros desprendidos con los disparos.
De pronto les ordenan tenderse en la vereda, con las cabezas sobre la calzada. A unos metros, el tanque, circundado por conscriptos en cuclillas, continúa disparando hacia el Ministerio de Obras Públicas, de donde salen tiros frecuentes.

El tanquista se impacienta y grita hacia las altas ventanas: si no paran de disparar, pasará el tanque por sobre las cabezas de los prisioneros. La oruga se mueve con un salto hacia delante, acercándose a Juan Osses, el primero de la fila. A pesar del ruido infernal, los tiradores del GAP entienden la amenaza y cesan el fuego.

Cuando el general Palacios sale de La Moneda, oye a un oficial entusiasmado con el susto que está dando a sus prisioneros:

-¡Permiso, mi general, para pasarles el tanque a estos huevones!

Palacios lo mira con enojo, como si oyera una demencia. La idea no se repite más.

Los soldados sacan desde el interior a la secretaria Marta Silva, a la que han encontrado oculta y llorando. Palacios le pide que se identifique y ordena liberarla. En el intertanto, el general ha pedido la concurrencia de ambulancias: deben retirar a los dos heridos del GAP.

Y he aquí que, de pronto, otro de los guardias, Renato González, se retuerce de dolor. Los militares autorizan al doctor Patricio Arroyo, nefrólogo, para que le haga un rápido examen callejero: peritonitis, dice el médico, y el general ordena que sea llevado por las ambulancias.

En el medio de la confusión aparece en uniforme de combate el dentista del Ejército Jaime Puccio, que busca a su primo, el secretario del Presidente. Cuando ve a la Payita, le recomienda en voz baja que simule estar enferma. Ella finge un vahído, y Palacios instruye que sea llevada al Hospital Militar.

Entran dos ambulancias por Morandé. Los camilleros cargan a los heridos. En el otro vehículo sube la Payita. Pero no van al Hospital Militar, sino a la Posta Central, donde recibirán asistencia de urgencia.

15.00 horas

Población La Legua

Cuando la fuerza de carabineros reunida en torno a Indumet ya parece tan fuerte como para mantener el sitio de la fábrica por tiempo indefinido, Camú decide que los grupos de la Fuerza GEO y del GAP salgan del sector y se reagrupen en la industria Sumar, donde se han reunido unos mil obreros. No es una decisión de supervivencia: es que si siguen allí, no podrán cumplir con el objetivo de apoyar al Presidente en La Moneda.

En ese momento comienza su derrota. Al forzarse a una estampida informe y precipitada, se condenan, sin saberlo, a no alcanzar jamás el Palacio de Gobierno. De haber existido una oportunidad, la única era una marcha ordenada y decidida, a la que se fueran uniendo espontáneos y envalentonados, hasta formar una columna maciza. Pero así son los sueños, no las guerras.

El grupo sale por las instalaciones de Plansa y atraviesa corriendo San Joaquín, hacia el sur. Al otro lado de la avenida se enfrenta a un panorama pavoroso: el callejón Venecia, más de 300 metros de muros ciegos formados por los muros traseros de dos industrias. Entrar a ese pasadizo significa una muerte segura si algún enemigo se ubica en una de las bocas. Algunos de los hombres alcanzan a protestar. Pero el jefe es Camú, y éste, con su seguridad de siempre, decide que no tienen alternativa, y da la orden de correr por el callejón, turnando a dos hombres cada 20 metros para cubrir la retaguardia.
La aventura de estos militantes es un gesto de voluntad sin esperanzas. Lo moviliza, no la racionalidad militar ni la audacia revolucionaria, sino una desesperación ciega, casi incontrolable, íntima: saber que Allende lucha también sin esperanza en La Moneda.

La sangre que se derrame en adelante será la expresión material de ese agón moral.

Habiendo perdido sus vehículos en Indumet, enfrentan la perspectiva siniestra de desplazarse a pie por más de tres kilómetros antes de acercarse al centro de Santiago. Si pueden confiscar móviles durante el trayecto, tendrán que sortear o batir los controles que los militares instalan en todas las direcciones de aproximación. Y si, después de lograr todo eso, llegan finalmente a las cercanías de La Moneda, habrán de enfrentarse a casi dos mil efectivos del Ejército y Carabineros, dotados con un armamento que ni en sueños podrían empatar.

Antes de salir, han discutido la posibilidad de asaltar alguna unidad militar para obtener más armamento. Lo más cercano es el Grupo 10 de la Fach, en la Base Aérea El Bosque. Pero esta ilusión -la Fach tiene un acuartelamiento de hierro en el sector- se va desvaneciendo casi junto con la angustiosa carrera.

Tras salir del callejón, el grupo se halla de lleno en la población La Legua Emergencia. Y el espectáculo que contemplan termina de desorientarlos: mucha gente está en las calles, agrupada, expectante. Si tuvieran armas, les dicen, podrían constituir un gran foco de lucha. Algunas mujeres les ofrecen té, agua, refrescos. Y, por supuesto, los precarios refugios de sus hogares.

La acogida de los pobladores produce alguna dispersión en la caravana de Indumet. Los hombres se distribuyen en pelotones, que convergen hacia La Legua antigua cuando se corre la voz de que una camioneta con armas ha llegado hasta la esquina de las calles Los Copihues y Estrella Polar (hoy Alcalde Pedro Alarcón), sobre la Plaza Guacolda (hoy Salvador Allende). Se trata de una camioneta rezagada de los GAP de Tomás Moro, que trae una treintena de armas largas. Con un problema:

munición escasa, igual que las metralletas de Investigaciones.

En las mismas horas, los carabineros han optado por desalojar los retenes ubicados en las poblaciones más peligrosas. El de La Legua Emergencia ha sido abandonado y más tarde saqueado por pobladores del sector. El de la población El Pinar sigue el mismo destino.

Para apoyar el desalojo de este último la 22ª Comisaría de La Cisterna envía un bus y un auto, con 3 oficiales y 27 carabineros, bajo el mando del mayor Mario Salazar. Estos hombres se llevarán la parte del león en las luchas que seguirán. Pero ahora que aún no lo saben, se disponen a responder a un llamado de la 12ª Comisaría, que pide ayuda para controlar la industria Comandari. Desde esas instalaciones, un pequeño grupo de obreros armados ha estado disparando contra los carabineros que cercan Indumet, situada a unos 200 metros en diagonal.

El bus entra a La Legua desde el suroriente y se cruza con la camioneta del GAP, que le dispara de inmediato. El mayor Salazar ordena perseguirla por calle Toro y Zambrano; y antes de la esquina de Estrella Polar (donde se han distribuido las armas), recibe una descarga frontal de fusilería. Los carabineros bajan a parapetarse.

El mayor Salazar decide avanzar disparando hacia la esquina. Entonces nota que los disparos no proceden de un solo punto, sino de muchos, incluso de los techos. Han caído en una emboscada.
Los atacan no sólo los socialistas, también numerosos jóvenes de la población, mayoritariamente comunistas, que se han hecho cargo de las armas recién llegadas.

El mayor es herido en una pierna. Delante suyo muere baleado el carabinero Martín Vega. Otro, Raúl Lucero, que trata de cubrir al mayor, es derribado fatalmente por una ráfaga. Los demás policías, aún en torno al bus, contemplan la escena con impotencia. Disparan hacia el frente, sin saber qué blancos buscan.
La balacera se prolonga por muchos minutos. Seis carabineros son heridos. Pero al fin, los policías logran reagruparse, rescatan al mayor Salazar y lo suben al bus. Cubre la retirada el cabo Pedro Muñoz, disparando la subametralladora con un brazo pegado al cuerpo, mientras lleva el otro perforado por una bala. El bus arranca hacia el Hospital Barros Luco.

Las radios de Carabineros hierven de llamados.

La batalla de La Legua acaba de comenzar. Mejor dicho: el agón de La Legua.

15.20 horas

La Moneda, ala surponiente


Mientras el ala oriente de La Moneda es despejada por las fuerzas del general Palacios, al otro lado, en el poniente, el teniente Hernán Ramírez y su pelotón de la Escuela de Suboficiales hallan abierta la puerta de Teatinos. Se acercan con cautela, temiendo una celada. No hay tal: la han dejado así los carabineros que se escurrieron por allí tras las órdenes del general Yovane.

Los militares entran y corren hacia el sector sur, repartiéndose los tres pisos. No hay nada en las habitaciones: en esa zona, el Palacio parece desierto. Pero cuando se acercan al costado de Morandé, ven a un hombre alto, de barba, que conserva su elegancia pese al polvo en su ropa, y que con un cigarrillo en la mano les pide que no disparen. El teniente Ramírez lo reconoce de inmediato: es el ex ministro José Tohá. Lo saluda caballerosamente -lo llama "ministro"- y se deja conducir por él hasta la oficina donde están los demás.

En otra oficina, los soldados hallan a los detectives Quintín Romero y José Sotomayor, que permanecen con sus armas de servicio. Tras rendirlos, los llevan a donde ya son prisioneros los hermanos Tohá, los ministros Briones y Almeyda, el fotógrafo Silva y el funcionario Espinoza.

Comparten con ellos unos cigarrillos.

La aparición de los militares ha sido casi un alivio. En los minutos previos se han asomado a los pasillos y han visto unas fugaces cabezas que emergen y se esconden entre las puertas; luego sabrán que han sido los dos detectives aislados durante el bombardeo. La posibilidad de un tiroteo enloquecido ha sido alta y temible.

El teniente Ramírez conserva su amabilidad, aunque no olvida su tono marcial e imperativo. Mientras deja al grupo civil a cargo de tres soldados, avanza con sus hombres hacia el centro del Palacio.

La Moneda está finalmente dominada.

15.30 horas

Cuerpo de Bomberos de Santiago

A las 15.30, el mayor Hernán Padilla llama al Cuerpo de Bomberos de Santiago. ¡Por fin! Los voluntarios están impacientes en las compañías cercanas al centro. Apenas pasadas las 10, el mando ha tomado contacto con el Ministerio de Defensa, que les ha dicho que no deben actuar hasta que se los autorice el enlace, el mayor Padilla. Y ahora están ya angustiados, viendo cómo se elevan las columnas de humo de La Moneda.

Así que en cuanto reciben autorización, tres compañías parten hacia el Palacio. Las informaciones sobre la magnitud del fuego, y el hecho de que también comienza un incendio en tres oficinas del tercer piso de la Intendencia, obligan a sumar de inmediato otras cuatro compañías, además de una unidad de escaleras. En el libro de incidentes del Cuerpo de Bomberos de Santiago quedará el siguiente registro:
"El trabajo en el incendio del Palacio de La Moneda se organizó con el material movilizado (…), en forma de evitar que el fuego se propagara más allá de lo que tenía comprometido a la llegada del Cuerpo, y que era todo el amplio sector comprendido por el frente de la calle Moneda (excepto la primera oficina del lado oriente) y el de la calle Teatinos hasta más o menos 25 metros de distancia de la esquina de la Plaza de la Libertad, incluidas las edificaciones que existían dentro del Palacio circundando el patio cercano a la entrada por calle Moneda y el bloque que atravesaba de oriente a poniente, al ala norte del patio de Los Naranjos, excepto el Gran Comedor, denominado también Salón Toesca".
"Se logró detener el fuego (...) En consecuencia, no sufrió daño alguno la zona del edificio comprendida desde Morandé 80 hacia el sur y la que tiene frente a la Plaza de la Libertad, desde Morandé hasta Teatinos".

A pesar de la devastación emocional y simbólica en que se encuentra el centro de la ciudad, los bomberos no tienen mucha demanda adicional esa mañana. De las compañías que van a La Moneda, dos se separan para acudir al incendio autoprovocado de la sede del PS de calle San Martín. El edificio se encuentra dominado por las llamas, ante lo cual los voluntarios se limitan a contener la propagación del fuego hacia otras propiedades.

15.30 horas

Indumet, Cordón San Joaquín


También están impacientes los carabineros de la Escuela de Suboficiales, que oyen en las radios institucionales que desde Indumet se ha disparado contra carabineros de la Prefectura Pedro Aguirre Cerda. En algunos buses, estacionados en Alameda para servir como apoyo al cerco sobre la Universidad Técnica del Estado, los policías reclaman por la inactividad, cuando hay compañeros luchando en la zona sur.

Al fin, el mando ordena que varios de esos buses, además de una sección de tanquetas Mowag, partan a controlar la situación de Indumet. Para el momento en que llegan ya ha caído el primer policía, Manuel Cifuentes.
Una de las tanquetas se adelanta y empuja el portón hasta que lo derriba. Desde el galpón disparan contra el carro varios obreros atrincherados. Cuando el carabinero Ramón Gutiérrez trata de entrar, lo tumba una bala en la cabeza; otro, Fabriciano González, se acerca a ayudarlo y una ráfaga lo alcanza de lleno. González cae llamando a su esposa; morirá tres días después. Gutiérrez será rescatado y sobrevivirá.
Paradójicamente, el impacto de la caída de los carabineros es más fuerte entre los obreros que disparan que entre los uniformados.

Cuando una segunda tanqueta se asoma a las puertas de la industria, los obreros dejan de disparar. Hay un segundo de confusión, hasta que una voz ordena:

-¡Bótenlas todas!

Las armas vuelan hacia el fondo del galpón y muchos de los obreros corren hacia un gran foso en el cual se preparaba la instalación de una fundición. Allí buscan grasa y polvo para frotar las manos y borrar las huellas y el olor de la pólvora. Los operarios que están cerca del portón enarbolan un paño blanco y gritan a los carabineros que ninguno está disparando.

Los uniformados ordenan a los obreros salir y reunirse en el patio. La mayoría obedece. Pero las cosas no son tan simples. El grupo socialista que se ha ido a través de Plansa ha dejado tiradores en los techos de esta última, como un modo de retardar la ocupación de Indumet. Y ahora, cada vez que los carabineros intentan asomarse al patio, cumplen su tarea con implacable eficacia.
Los obreros quedan en el medio de dos fuegos durante casi 30 minutos.

La balacera cesa, finalmente, cerca de las 17 horas, cuando los tiradores de Plansa dejan sus posiciones.

Los carabineros ingresan al patio y al galpón de Indumet y comienzan la revisión de los obreros y la recolección de las armas abandonadas al fin de la refriega.

La Prefectura Pedro Aguirre Cerda envía más buses para hacerse cargo de un número de prisioneros que está fuera de todos sus cálculos.

15.25 horas

Universidad Técnica del Estado


Una patrulla de la Infantería de Marina llega hasta la puerta del edificio de la rectoría de la UTE, donde flamea una bandera chilena a media asta. Saluda, evidentemente, al Presidente muerto, y los marinos no están dispuestos a tolerar ese tipo de manifestaciones.

-O la suben, o la bajan -instruyen.

En el campus de la UTE, formado por varios edificios y jardines discontinuos, permanecen unos mil estudiantes, profesores y funcionarios, además del rector comunista Enrique Kirberg. Han comenzado a reunirse desde las primeras horas, no tanto por las clases, sino porque este día debía ser especial: a las 11 hablaría allí el Presidente, en el marco de la "Semana contra el fascismo y la guerra civil". Kirberg y unos pocos dirigentes fueron informados de que el Presidente anunciaría el plebiscito.

Los estudiantes y profesores de la universidad más "roja" del momento han mostrado su voluntad de permanecer "en su puesto", siguiendo la consigna de Allende y del PC.

Sólo el núcleo socialista, dirigido por el profesor Ulises Pérez -que se encuentra sancionado por la directiva de Altamirano- ha decidido que no es prudente permanecer en el lugar, y se ha retirado en varios autos llevando los equipos de radio, para irse a las casas de seguridad y en unos días más iniciar la creación de un bolsón de resistencia en la población José María Caro. No lograrán salir de esas casas durante casi una semana.

Los estudiantes han presenciado el bombardeo de La Moneda desde los edificios de las facultades, y cerca de las 13 horas el dirigente de la Federación de Estudiantes, el comunista Ociel Núñez, ha llamado a la resistencia a una enfervorizada asamblea que no tiene los medios para intentarlo: ni armas, ni defensas, ni planes.

Y ahora, junto con la visita de los marinos, los estudiantes ven que los buses de carabineros están instalándose en las calles de acceso, mientras otras decenas de policías ocupan los techos de la vecina Villa Portales.

Un par de horas más tarde irá un mayor de Carabineros a advertir a los dirigentes estudiantiles que si no desalojan antes del toque de queda de las 18, tendrán que quedarse hasta el día siguiente.
-Tenemos orden de desalojar a las 12 de la mañana -dirá el oficial-. Si todavía están aquí, vamos a traer buses y los sacamos para que vuelvan a sus hogares…

La mayoría se quedará.

15.45 horas

La Moneda, calle Morandé


En contraste con la impaciencia que han mostrado por salvar La Moneda de las llamas, algunos de los bomberos no parecen tan preocupados por la suerte de sus ocupantes. Los voluntarios del carro que se instala cerca de Morandé 80 arman sus mangueras por encima de los cuerpos de los prisioneros tendidos en la vereda, como si fuesen meros obstáculos.

Uno se ofrece al general Palacios para identificar a los que han disparado; el general lo mira con un gesto de desdén y lo hace retirarse. Más tarde, otro se acercará y le susurrará que el hombre alto del grupo de médicos ha sido ministro de Allende y se llama Jirón. Un tercero insultará al Negro Jorquera. Y todavía otros, arriba, en el segundo piso, se disputarán la puerta del Salón Independencia para ver el cadáver de Allende.

Afuera, el tiroteo comienza a declinar.

El general Palacios decide trasladar a los prisioneros a la vereda oriente, junto a los muros del Ministerio de Obras Públicas. Además de los bomberos, ha pedido que concurra al Palacio un equipo de peritos de Investigaciones, para examinar a Allende; y luego, recordando que necesitará testimonios gráficos, ordena que una patrulla vaya a buscar a un fotógrafo al diario El Mercurio, a tres cuadras de distancia.

15.45 horas

Ministerio de Obras Públicas


Los tiradores del GAP ven moverse al helicóptero cerca de los pisos altos. Lo contemplan con cierta resignación: sería un blanco glorioso, y relativamente fácil desde las posiciones que tienen. Como las persianas han sido bajadas, los ocupantes del aparato difícilmente podrían ver desde dónde les llegaría el ataque. Estarían perforados antes de darse cuenta.

Pero el jefe ya ha dado la orden de cesar el fuego y replegarse. Ahora los ocho tiradores se preocupan de "embarretinar" las armas en los ductos de ventilación elegidos previamente, y de frotarse las manos contra las murallas para borrar los rastros de pólvora.

Lo más complicado de esconder es la ametralladora .30 y el lanzacohetes RPG-7, con su mochila de tres cohetes. A la carrera, Manuel Cortés halla un baño deshabilitado donde hay unos lockers abiertos.

Deposita allí las armas, cierra las puertas y se reúne con el resto del grupo, que baja a toda prisa.
En el primer piso se agolpan los funcionarios, saliendo en masa de los subterráneos. El general Palacios ha ordenado evacuar el edificio, y los soldados están cortando las cadenas de la puerta.
Los hombres del GAP deciden que deben estar entre los primeros que salgan, para minimizar las sospechas de que pudiesen ser los francotiradores. En la puerta, los soldados comienzan a verificar las identidades y las credenciales de los que evacuan el edificio.

El grupo de la guardia presidencial se ha provisto de falsas credenciales de funcionarios, y eso les basta para ser liberados: los militares no están para chequeos más sofisticados. Por lo demás, están seguros de que hallarán a los francotiradores en los pisos de arriba, o huyendo por las azoteas, o tratando de pasar a otros edificios.

Jamás imaginarían que los adversarios más odiados de la jornada se van por la puerta principal. (El Servicio de Inteligencia Militar lo descubrirá días después, cuando cruce las nóminas de funcionarios con los nombres de las credenciales que han anotado los soldados. Entonces se iniciará la cacería).

16.15 horas

La Moneda, calle Morandé


Hay algo de sus prisioneros que al general Palacios le cuesta entender: ¿por qué tantos médicos? Uno, Guijón, estaba junto al cuerpo de Allende; otro, Arroyo, ha diagnosticado a un GAP; otro, el cardiólogo José Quiroga, presta primeros auxilios a una mujer herida en Obras Públicas y hasta refuerza el vendaje en la mano del general. El doctor Arroyo le dice que hay más.

-Bueno, que se levanten -dice Palacios- para que nos ayuden a curar a nuestros heridos...

A los doctores que ya rodean al jefe militar se unen el cirujano Víctor Oñate, el cardiólogo Hernán Ruiz y el anestesista Alejandro Cuevas. Sólo hacen pequeñas curaciones. Arroyo insiste en que hay todavía más. Pero Palacios se irrita ante la evidente falta de colaboración:

-Ah, no, ésos se jodieron.

Poco después, Arroyo vuelve a la carga, y el general cede. Se paran los doctores Jirón, Soto y Bartulín.
Podrían haberse integrado otros tres médicos: Coco Paredes, Jorge Klein y Enrique París e incluso, quizás, el egresado de Medicina Ricardo Pincheira.

La razón por la que no lo hacen es oscura: ¿imaginan que su desempeño político los pone en peligro si se identifican? ¿Se niegan a auxiliar a militares? ¿O, más simplemente, no oyen las instrucciones?
Tampoco los instan los otros médicos: ¿no los consideran parte del equipo asistencial? Estas dudas resultan todavía, 30 años después, escalofriantes. Sus protagonistas no lo saben, pero ellas marcan la frontera entre la vida y la muerte.

Es un hecho que el equipo médico parece exagerado. La explicación, que el general Palacios no conoce, se remonta a una mañana de junio del '70, antes de la elección presidencial, cuando Allende sufrió un agudo incidente coronario mientras caminaba con el senador radical Hugo Miranda.
Aquella tarde, su hija Beatriz convocó al cardiólogo Oscar Soto, de 31 años, que ya gozaba de una notable reputación y que ofrecía confianza política. Soto atendió a Allende durante una noche de angustia que se mantuvo en estricto secreto.

Ese día se supo que el candidato y luego Presidente cargaría con alto riesgo de infarto. Soto comenzó a acompañarlo en todas sus actividades, hasta que se hizo evidente que no daba abasto para cubrir la agenda del Jefe de Estado. Entonces se incorporó el nefrólogo Patricio Arroyo, luego el cirujano Arturo Jirón y más tarde el generalista Danilo Bartulín, que se haría cargo de todas las necesidades del personal de La Moneda e incluso de la casa de Tomás Moro.

A comienzos de 1973 se sumaron el cardiólogo Hernán Ruiz y el cirujano cardíaco Gastón Durán. Tras el tancazo se agregaron Guijón, Oñate, Cuevas y Quiroga, y la enfermera Carmen Prieto, como cuadro médico permanente del Palacio.

En el implícito de sus contrataciones estaba la posibilidad de ataques armados a la sede de gobierno; la imagen del golpe de Estado flotaba también en estas decisiones. El policlínico de La Moneda fue mejor equipado y hasta se añadió una pequeña sala para cirugías de emergencia. Con toda la dignidad médica que pudiese envolverlo, este era otro dispositivo de guerra, un refuerzo que suponía hechos de sangre en el centro del poder político del país.

La segunda explicación para la aglomeración de médicos en La Moneda en esta mañana es operativa. Los doctores han desarrollado un sistema de alerta temprana, y ahora todos han sido notificados de la emergencia. Con ese singular sentido del deber profesional han llegado todos los que se enteraron, y a primera hora tuvieron su revisión de rigor: el quirófano, la clínica, los equipos. Saben que su preparación es precaria; ni siquiera conocen los proyectiles que pueden usarse en un combate en serio. Pero ahí han estado: al pie del cañón.

Palacios estima que, tratándose de profesionales, no merecen quedar prisioneros. Cuando un bombero le advierte quién es Jirón, lo separa del grupo y lo deja junto a Guijón. Se acerca a los demás, ordena retirarles sus cédulas de identidad y les ordena irse a sus casas. Contraría con ello al oficial Jaime Núñez, que ha reconocido al doctor Arroyo como antiguo médico del Ejército y lo increpa por estar en ese lugar.

-No se quiten sus batas de médicos, para que no los detengan -les dice Palacios. Los doctores advierten el peligro que corren, y le piden un vehículo-. Ah, no, ese es problema de ustedes.

Un oficial de Carabineros, al que se acercan pensando en un furgón policial, se encoge de hombros. Tres de los siete médicos llevan sus batas. Ellos irán al frente, cubriendo a sus compañeros, en la espectral caminata que emprenden hacia Alameda.

El coronel de Inteligencia de la Fach Rafael González Verdugo reconoce, entre los arrestados, al Negro Jorquera, que algún tiempo antes había conducido en televisión el programa político "A ocho columnas".
-¡Pero si este es Jorquera! -dice a los guardias-. Es el reportero Carlos Jorquera, no debe estar aquí.
Es una época en que los periodistas políticos forman parte de la galería de celebridades. Esa gloria de coyuntura salva la vida del periodista: el coronel lo lleva caminando, amistosamente, hasta el Ministerio de Defensa.

16.30 horas

Ministerio de Defensa


El grupo de altos funcionarios apresado en el ala surponiente de La Moneda sale del edificio, escoltado por soldados, y es conducido a pie hasta el Ministerio de Defensa. No hay incidentes en el trayecto: la balacera parece haber cesado completamente.

En el edificio los recibe, en un cómodo living, el general Nuño, que les da el pésame por la muerte del Presidente. Caballeroso y cordial, Nuño les anuncia que los jefes militares han decidido que, por su seguridad, pasen esta noche en la Escuela Militar.

-Mañana podrán volver a sus casas.

Por ahora, se les hará un breve examen médico para garantizar su buen estado, para lo cual deben ir a otro piso. Allí las cosas cambian bruscamente; pero no por los soldados, sino por los médicos.
Un trato insultante y despectivo hace pensar a Jaime Tohá, por primera vez, que el golpe no es lo que ha proyectado el general Nuño. En los ascensores que los llevan al subterráneo, ya con clara condición de prisioneros, recibirán los primeros culatazos de soldados.

Desde la Academia de Guerra Aérea llama el general Leigh. Después de confirmar que retirará el helicóptero reservado para la familia de Allende, el jefe de la Fach entra en la tensión que suscita la muerte del Presidente y propone lo que el historiador James Whelan llamará "una orden espantosa", que Pinochet aprueba y que transmite uno de los operadores de radio:
-Por cada miembro de las Fuerzas Armadas que sufran, que sean víctimas de atentados, a cualquier hora o cualquier lugar, se fusilará a cinco de los prisioneros marxistas que se encuentran prisioneros.

Cambio.
Pero luego, en un tono más político, el mismo Leigh subraya la necesidad de que el cadáver del Presidente sea examinado por los cuatro jefes de Sanidad de los cuerpos armados, además de un médico legista de Santiago, "con el objeto de evitar que más adelante se nos pueda imputar, por los políticos, a las Fuerzas Armadas de haber sido las que provocaron su fallecimiento".

Una preocupación parecida mostrará más tarde el general Bonilla, que sugerirá al Estado Mayor de la Defensa abrir un sumario militar para investigar las circunstancias de la muerte de Allende. Después de esa propuesta, Bonilla saldrá hacia la Escuela Militar para preparar el encuentro de los comandantes en jefe.
Entre tanto, el tema de los prisioneros inquieta más a Carvajal, que nota que el Ministerio no tiene capacidad para acumular a la gente que está siendo capturada. Tras anunciarle a Pinochet que pedirá a Brady que indique más unidades para llevar detenidos, le da la nómina de los funcionarios apresados en La Moneda.

-Gracias -dice Pinochet-. Después nos encontraremos en el lugar convenido.

-Conforme -dice Carvajal.

-Patricio, yo creo que a las 5.30 p.m. voy a partir al lugar de reunión. Me dicen también que hay un problema. Frente a la embajada de Cuba se está juntando gente. Sería conveniente mandar fuerzas allá. Voy a hablar con Brady. ¿Sabes algo tú?

-Comprendo. No, no sé nada, pero se le dio instrucciones a Carabineros para que se preocuparan de que no se formaran concentraciones. Voy a recomendarles especialmente que disuelvan esta concentración frente a la embajada de Cuba.

-Patricio, otra cosa. Aquí está Urbina conmigo, y algunos generales, para que tú sepas también…

-Comprendido. Ya llegaron Carabineros al área próxima a la embajada de Cuba.

-Manda un escuadrón con bombas lacrimógenas y esta gente se despeja. No acepten por ningún motivo que se formen grupos; estamos en estado de sitio.

-Conforme -dice Carvajal-. Lo vamos a enviar inmediatamente.

-Otra cosa, Patricio -se acelera Pinochet-. Es conveniente emitir una proclama radial recordando que hay estado de sitio y, en consecuencia, no se aceptan grupos. La gente debe permanecer en sus casas. Los que se arriesgan van a tener problemas y pueden caer heridos, y no hay sangre para salvarlos.

17.00 horas

Regimiento de Telecomunicaciones, Peñalolén


¿"Patricio, aquí está Urbina conmigo…"? ¿Qué significa esa críptica frase, dicha al pasar, al margen del hilo de la conversación? ¿Y por qué "para que tú sepas también"? ¿De pronto el jefe del Ejército siente la necesidad de decir quién lo acompaña, algo que no ha hecho en ningún momento y que hasta los manuales de seguridad desaconsejan?

Nada de eso: Pinochet está avisando que se empieza a reconstituir su alto mando, mantenido en suspenso durante toda esta jornada. También está diciendo, a los que desconfiaban del jefe del Estado Mayor, que su segundo en la jerarquía quedará a cargo del puesto de mando cuando él parta hacia la Escuela Militar. Y una tercera cosa, más ambigua, más inasible, pero que se siente con una intensidad casi física en las oficinas de Peñalolén: Bonilla acaba de dejar de ser el sucesor automático. Hay otro general a quien consultar y obedecer.

El general Urbina ha conseguido un avión después de que Temuco ha quedado bajo total control militar, y tras llegar a Santiago se ha dirigido sin vacilación al Cuartel General del comandante en jefe.
La exactitud y rapidez de sus movimientos son una expresión profesional, no emocional. Un general astuto no puede ignorar lo que ha ocurrido. Le duelen el desplazamiento, la marginación, la desconfianza. ¿Imagina quiénes las han fraguado? Es seguro que sí. ¿Piensa que Pinochet ha cedido a esa presión sobrepasando la amistad de toda una vida? No hay duda.

Pero, aun si piensa en ello, pone la disciplina por encima. El Ejército se encuentra en una operación de gran escala, y su deber como jefe del Estado Mayor es contribuir al éxito y hacerse cargo de las consecuencias.
-¡Qué tal hermano! -le ha dicho a Pinochet, al entrar a su oficina-. ¿Cómo anda todo?

-Aquí estamos, hermano -ha respondido Pinochet, con humor y brillo en los ojos-, peleando, en plena guerra…

-¿Y dónde están los demás?

-Todavía en sus puestos, hermano. Merino debe estar por llegar de Valparaíso. Leigh y Carvajal ya deben estar en la Escuela Militar. Mendoza, no sé dónde está, pero llegará pronto a la Escuela.

-¿Y Bonilla, hermano?

-En la Escuela.

-¿Sabís una cosa? -ha preguntado Urbina, para contestarse, imperativo-: Ándate altiro a la Escuela, porque si no, te vas a quedar sin puesto y sin mando…

Pinochet hace caso. Su auto se precipita calle abajo, en procura de la avenida Américo Vespucio. Está corriendo el último peligro: que alguno de los generales más impetuosos, como Bonilla o Arellano, se haga cargo ahora que las acciones principales están aseguradas.

Si la Junta se constituye sin él, con un representante, un delegado o un impostor, habrá perdido el combate. Un general sustituido es siempre un general caído.

17.30 horas

Población La Legua


El bus Nº 12 de la Prefectura Móvil de Carabineros, con personal procedente de diferentes unidades, se dirige a la zona donde ha sido emboscada la patrulla de la 22ª Comisaría de La Cisterna. Ya saben qué les espera. Por eso, en cuanto divisan a un grupo con armas, comienzan a disparar.
El laboratorista Francisco Cattani, militante del PS, recibe un impacto en plena cara mientras prepara un RPG-7; es el primer muerto del grupo socialista. Otro de ellos, al parecer estudiante de Historia, toma el lanzacohetes, apunta y dispara contra el bus policial: el proyectil atraviesa la calle con un zumbido ronco, entra por el parabrisas, elimina al chofer José Apablaza y cae sobre el piso del vehículo, sin estallar. Los carabineros corren a las puertas y se echan sobre las veredas. Una cortina de fusilería convierte al bus en chatarra dentro de los minutos siguientes.
Los carabineros quedan a merced de la unidad socialista de combate y de los jóvenes comunistas de la población, que ejecutan con agilidad la táctica del "cambio de posiciones" mientras mantienen a su adversario inmovilizado por el fuego cruzado. El carabinero de 25 años José Maldonado muere acribillado, boca abajo. Las balas agitan de tal modo su cuerpo inerte, que el carabinero José Pérez intenta rescatarlo, creyendo que aún vive; cuatro balazos lo inmovilizan. Un cabo lo arrastra hasta el umbral de una casa, donde Pérez oye un grito apagado y una frase final:
-¡Chuta! ¡Me jodieron!

Es el carabinero Juan Herrera, que se apoya arrodillado en su fusil y se desliza de bruces, muerto.
A poca distancia de allí, un tercer bus policial es atacado en emboscada. El cabo que lo conduce recibe un balazo en un brazo y cae al piso; otro carabinero toma su asiento, pero apenas tiene idea de conducir. Desde el piso, el cabo herido le da instrucciones para los pedales y los cambios. Los carabineros a bordo, tendidos bajo los asientos, no pretenden luchar. El fuego graneado procede de todas las direcciones. El solo intento de bajar del bus sería un suicidio.

A duras penas, el inexperto conductor se aferra al volante y hace avanzar al bus a saltos, en dirección a Gran Avenida. Se salvarán por milagro.

En el suroriente de La Legua se reagrupan otros pelotones de la Fuerza GEO, ahora para marchar hacia Sumar. En ese momento aparece Renato Moreau, el lugarteniente de Camú, con un carro de bomberos y un grupo numeroso de hombres armados. Es el recurso estratégico de la jornada: el camuflaje de los bomberos servirá para tener más movilidad, para enfrentarse a las patrullas militares y policiales e incluso para atravesar las filas enemigas. Ahora, el carro da vueltas por las calles de La Legua, anunciando la marcha hacia Sumar.

Una columna de combatientes avanza hacia el gigantesco terreno de esa industria textil. En la fábrica de algodón, los dirigentes sindicales han acordado desechar la resistencia y llamar a los trabajadores a regresar a sus casas; pero en la vecina, de poliéster, han recibido a dos de los vehículos del GAP y distribuido algunas armas.

A eso de las 15.30, ante el sobrevuelo de un helicóptero Puma del Comando de Aviación del Ejército, han emplazado una ametralladora .30 y buscado a la nave con su mira. Aunque la tripulación de siete hombres ha intentado responder el fuego, no ha podido mantener el control del vuelo. Ha huido desesperadamente hacia la base aérea El Bosque, donde aterrizará con 17 perforaciones de bala y el piloto herido en un pie.

La retaguardia que protege la evacuación socialista de La Legua ve ingresar a una ambulancia con carabineros por la calle Comandante Riesle; los hombres creen que se trata de un truco similar al de la bomba.
Pero es un vehículo del Hospital de Carabineros, que ya ha entrado más de una vez a recoger heridos. En cuanto se detiene en la Plaza Guacolda, recibe fuego desde Los Copihues y Toro y Zambrano. El enfermero René Catrilef consigue rescatar a un sargento herido en la cabeza antes de que el chofer Rafael Folle emprenda la salida. Entonces Folle ve estallar el parabrisas y siente un golpe feroz en el brazo derecho. El volante gira solo, suelto, y la ambulancia se estrella contra un árbol. El carabinero escolta Mamerto Rivas la defiende con su fusil; lo apoya, por un costado, el sargento practicante José Wetling. Cuando Folle logra reanimar el motor, una nueva ráfaga mata a Wetling, arrebata su arma a Rivas y hiere en una pierna al enfermero Catrilef. La ambulancia sale con más de 32 balazos en la carrocería, y llega al Hospital con el motor a punto de fundirse. No volverá a ser utilizada.

En La Legua se celebra el triunfo con vítores. ¿Es una señal de victoria?

Nada de eso. Es otro sueño. O una pesadilla. De sangre.