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La Coctelera

DOCUMENTOS DEL PASKIN

El Paskin, un diario delirante y de mala leche

10 Marzo 2007

LAS 24 HORAS QUE ESTREMECIERON A CHILE: CUARTA PARTE


EL ROSTRO DE LA DERROTA

Tras soportar el intenso bombardeo de La Moneda, el Presidente Salvador Allende parece resignarse a la idea que le plantean sus más estrechos colaboradores: no hay más alternativa que rendirse. Ordena a quienes permanecen en el Palacio que se preparen para desalojarlo, pero en vez de alistarse para salir se aleja de sus hombres, entra al salón Independencia, toma su fusil y se suicida.
ASCANIO CAVALLO - MARGARITA SERRANO

Martes 11 de septiembre, 09.00 horas, Arica a Magallanes

Apenas pasadas las 9, todos los puntos estratégicos de Valparaíso están bajo control, sin que la Armada y el Ejército hayan enfrentado resistencia alguna. Menos de una hora después la Armada ocupa el carguero Maipo, de la Sudamericana de Vapores, que será usado como centro de detención.
En Concepción, el general Washington Carrasco ha copado los centros vitales y los focos peligrosos -incluyendo la Universidad- sin disparar más que unas pocas balas. El general decide no enviar tropas a Lota, donde los mineros del carbón podrían interpretarlo como una provocación; en su lugar, ordena al coronel de Carabineros Gastón Elgueta tomar el control policial de esa localidad (1) . La Armada domina Talcahuano.

En Arica, el coronel Odlanier Mena ya ocupa el poder, tras arrestar al gobernador y a la alcaldesa y cerrar la tensa frontera con Perú.

En Iquique, el general Carlos Forestier llama al intendente para que se presente a su propia detención.
En Antofagasta, el general Joaquín Lagos toma la Intendencia sin resistencia. El único incidente se registra en la 4ª Comisaría, donde el carabinero de 23 años Guillermo Schmidt, simpatizante del PS, toma prisioneros al jefe de la unidad, mayor Osvaldo Muñoz, y al capitán José Dávila, y luego los mata, con el aparente fin de tomarse el cuartel. Será reducido poco después.

En Chuquicamata, el mayor Fernando Reveco encabeza una potente columna para dominar la mina de Chuquicamata. Esta región ha estado entre las pesadillas del alto mando: los mineros izquierdistas podrían copar el Regimiento Calama, crear una "zona liberada" y establecer pistas para recibir aviones cubanos y lanzar la contraofensiva (2) . Invadido por estas imágenes, el mayor Reveco se acerca con sigilo a la puerta del gerente, la derriba de una patada… y no encuentra a nadie. Ningún ruido, ningún arma (3) . Poco más tarde, allá abajo, en Calama, el gerente David Silberman (PC), se entregará al coronel Eugenio Rivera, jefe del regimiento.

Otras dos fuentes de inquietud militar en el norte, las instalaciones de Soquimich en Tocopilla y la Escuela de Minas de la UTE en Copiapó, están bajo control.

En La Serena, el teniente coronel Ariosto Lapostol ha arrestado al intendente comunista, y dejado en libertad a los jefes de servicios estatales. El Regimiento Arica controla la ciudad.

Desde San Antonio, el coronel Manuel Contreras informa que ha arrestado a los dirigentes sindicales y a los interventores de empresas de la Unidad Popular.

Los regimientos Membrillar (hoy Lautaro) y Colchagua dominan Rancagua y San Fernando. En la carretera hacia Santiago una patrulla intercepta a dos miembros del GAP que viajan a La Moneda; son los primeros prisioneros de la guardia presidencial.

En Talca, el teniente coronel Efraín Jaña toma el mando local, pero se le escapa el intendente, el socialista Germán Castro, que huye hacia la cordillera, tratando de pasar a Argentina con un pequeño grupo de compañeros. En el Retén de Paso Nevado herirán de muerte al cabo de carabineros Orlando Espinoza y tomarán de rehén a otro policía. Pocos kilómetros más allá, tropas del Ejército capturarán al grupo tras una breve refriega. (Castro será ejecutado sin juicio 16 días después).
En Temuco, el mismísimo general Urbina ha roto las dudas de los oficiales del Regimiento Tucapel, que después de sus instrucciones parten a controlar la ciudad.

Valdivia es fácilmente controlada por carabineros y por los regimientos Cazadores y Maturana. En el Complejo Maderero Panguipulli, el ex estudiante de agronomía José Liendo, "el Comandante Pepe", líder del Movimiento Campesino Revolucionario, reúne a un grupo de obreros y tiende un cerco sobre el Retén de Neltume. Los carabineros estarán sitiados todo el día y recién al amanecer siguiente los hombres del MCR intentarán el asalto. (Liendo será ejecutado 22 días más tarde).

En Puerto Montt, el general Hernán Leigh domina la ciudad sin resistencia.

En Punta Arenas se ha constituido una Junta Militar local, aunque muy sui generis: no participa Carabineros; el general Luis Fuentealba no ha sido informado a tiempo y mantiene a sus hombres acuartelados, a la expectativa. El general Torres de la Cruz, jefe de la V División de Ejército, sitúa unos blindados y algunas tropas a prudente distancia del cuartel policial. Por si acaso.
El país está, pues, bajo control militar casi total a menos de una hora de emitirse la proclama de la Junta. La eficacia de la verticalidad ha sido aplastante.

Sólo en Santiago subsiste cierta incertidumbre. Carabineros mantiene un cerco pasivo sobre la UTE. Unidades del Ejército rodean el Pedagógico de la Universidad de Chile. Las principales avenidas cercanas ("direcciones de aproximación") a los ocho cordones industriales de Santiago son cortadas por las patrullas militares (4) .

Mientras avanza con cautela por Lord Cochrane hacia el norte, al frente de una de las columnas en que se han dividido los 1.200 hombres de la Escuela de Suboficiales, el coronel Canessa ve pasar a los buses de Carabineros en que se aleja la Guardia de Palacio. Las tropas de Canessa son la fuerza principal de la Agrupación Centro, que será la que se enfrente a los carabineros si se mantienen junto al gobierno. Por eso, ahora que ve a los buses, Canessa ordena tomar posiciones. Pero los buses se alejan, y en ese instante el coronel oye la repetición de la proclama en la radio a pilas que lleva un soldado. El nombre de Mendoza lo reconforta.

09.10 horas, La Moneda

En la única declaración que emitirá esa mañana, el consejo directivo de la CUT llama a los trabajadores a ocupar fábricas y fundos, organizar la resistencia y esperar instrucciones. Ya es una convocatoria inútil, a pesar de su tono: "¡A parar el golpe fascista!".

Allende, confiado en que aún le queda un margen para la persuasión, llama al Ministerio de Defensa. Lo atiende el general Baeza, con quien mantiene una relación singular de gentileza (5) . Anticipa que no aceptará el ultimátum y que no cree que bombardearán La Moneda. No se atreverán, dice. Y propone una reunión con los comandantes en jefe, en el Palacio, para buscar una salida digna a la crisis.

Baeza responde que debe consultar con Pinochet, y se comunica con el Puesto Uno.

Pinochet responde con un no rotundo (6) , aunque, según el propio general Baeza, el argumento es formal: ya no hay tiempo para preparar una reunión como ésa (7) .

Mientras transcurren esas consultas, Allende vuelve a acercarse al teléfono y anuncia al operador de radio Magallanes que desea hablar. Este cuarto mensaje coincide con el paso del Hawker Hunter piloteado por el comandante López Tobar, que ha recibido órdenes de hacer unas pasadas de reconocimiento a 20 mil pies sobre Santiago (8) .

-En estos momentos pasan los aviones -dice Allende-. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen…

Cuatro mensajes en menos de 90 minutos.

Cuatro mensajes, y ni una sola alusión a los partidos de la UP. Cuatro llamados con un solo destinatario genérico: los trabajadores, "el pueblo". Allende parece confirmar un holocausto (una palabra que ya ha usado): una derrota segura, sobrellevada hasta el final sólo como testimonio.

Terminado el discurso, suena el teléfono de su despacho. Lo atiende el detective Quintín Romero (9) . Es el almirante Carvajal, que quiere dar al Presidente la respuesta a la proposición que formulara al general Baeza. Tenso, pero aún caballeroso, el almirante le informa que los jefes no aceptan una reunión en La Moneda, que no hay más solución que su renuncia, y que se ha dispuesto un avión para él, su familia y quienes él determine…

A Allende lo enfurece la repetición de esta propuesta. Replica al almirante con una retahíla de imprecaciones y arroja el auricular sobre la mesa. Toma su fusil, que hasta entonces ha reposado cerca del escritorio, y sale de su oficina. Ha llegado la hora.

Para entonces, el edecán militar, teniente coronel Sergio Badiola, que ha arribado al Palacio minutos después de la proclama militar, concuerda con el edecán naval Grez en que deben hablar con el Presidente en cuanto llegue el edecán aéreo Sánchez. Y cuando éste ingresa -el último de los tres, a pesar de haber sido el primero en saber del movimiento-, se dirigen al despacho presidencial. En el camino hallan a Allende, bajando hacia el primer piso, rodeado de hombres del GAP que los miran con rostros hostiles.

-¿Podríamos hablar un momento, señor Presidente? -dice Badiola.

-Claro, comandante -replica Allende-. Esperen en la sala de los edecanes, por favor.

Cuando por fin suena su citófono, los edecanes avanzan hacia la oficina de Allende con recelo. Les parece ver, por momentos, que algunos miembros del GAP les apuntan. Los uniformes militares se han vuelto no gratos en la casa de gobierno. Y cuando el Presidente los recibe, varios miembros de la guardia se quedan en el despacho. Ante la inquietud de los militares, Allende ordena a los escoltas que salgan. Todavía una vez más "Coco" Paredes entrará a cerciorarse de que el Presidente está seguro, y éste le pedirá que se retire (10) .

Sánchez reitera que el avión DC-6 está listo en Los Cerrillos. Badiola subraya que las FF.AA. y Carabineros están actuando con total unidad, y que eso hace inviable la lucha. Al final, Grez explica que no se puede enfrentar el poder de fuego combinado que se ha reunido.

-Agradézcale a su institución su ofrecimiento, comandante Sánchez -dice Allende-. Pero no lo voy a aceptar. No me voy a rendir. Díganles a sus comandantes en jefe que si quieren mi renuncia, me la tienen que venir a pedir aquí. Que tengan la valentía de pedírmela personalmente…

Luego muestra su fusil y su barbilla:

-Y miren: el último tiro me lo dispararé aquí (11) .

Los edecanes se estremecen ante esta amenaza. Badiola pregunta cuáles son sus instrucciones ahora; los tres temen que se les ordene luchar contra sus propios compañeros. Pero Allende desactiva de inmediato esa aprensión:

-Vuelvan a sus instituciones, señores. Es una orden.

Se despide de cada uno y los acompaña hasta la puerta. En el umbral, advierte en voz alta que los "señores edecanes" no deben ser molestados.

Grez llama al almirante Carvajal y le avisa que dejarán La Moneda. Carvajal le pide que trate de persuadir a los carabineros que siguen adentro que lo abandonen cuanto antes. Son ya las 9.45. Cuando salen por Morandé 80, sienten el espesor del aire: cientos de armas gatilladas, sonidos metálicos, órdenes y consignas.

La historia parece suspendida en el centro de Santiago.

09.45 horas, Regimiento de Telecomunicaciones, Peñalolén

La información que llega a Peñalolén es múltiple y demasiado distante para ofrecer un panorama integrado de lo que ocurre en torno a La Moneda. Por eso Pinochet se impacienta y presiona para que los operadores de radio agreguen detalles. El Puesto del cadete Pino, en la Escuela Militar, deja constancia de la insistencia:

-Puta, el Uno… Huevón histérico con el QRT… Claro… Están hablando los generales…

Pinochet ha oído que Allende se ha suicidado. De tanto anunciarlo el Presidente, alguien ha creído que ya lo ha hecho.

-Creo que lo del suicidio era falso -aclara Carvajal-. Acabo de hablar con el edecán naval, comandante Grez, quien me dice que ellos, los tres edecanes, se van a retirar de La Moneda y se vienen hacia el Ministerio de Defensa. Le encargué que instara al jefe de Carabineros a que rindiera sus tropas, porque iban a ser bombardeados. Así que los carabineros deben salir de La Moneda en este momento. El general Brady está informado para que no se les dispare a los militares que evacuen La Moneda. Cambio.
-Conforme, conforme -responde Pinochet-. En este momento me llamó Domínguez, subsecretario de Marina, y me decía que fueran los tres comandantes en jefe a pedir rendición al Presidente. ¡Vos sabís que este gallo es chueco! En consecuencia, ya sabís la cosa: si él quiere, va al Ministerio de Defensa a entregarse a los tres comandantes en jefe.

-Yo hablé personalmente con él. Le intimé rendición en nombre de los comandantes en jefe. Eh… contestó con una serie de garabatos, no más.

-O sea, quiere decir que a las 11, cuando lleguen los primeros pericos… Vai a ver lo que va a pasar. ¡A las 11 en punto se bombardea!

-Cuando se evacue La Moneda va a ser más fácil asaltarla…

-Una vez bombardeada -precisa Pinochet- la asaltamos con el Buin y con la Escuela de Infantería. Hay que decirle a Brady.

-Conforme. Vamos a esperar no más que evacuen los edecanes y los carabineros.
-Conforme (12) .

En paralelo, la cadena radial militar avanza en los bandos que a partir de este día guiarán el ordenamiento del país. El primero ha advertido contra el sabotaje; el segundo ha anunciado el ataque aéreo a La Moneda, agregando algo que coincide extrañamente con las órdenes de Allende, sólo que con las finalidades opuestas: los trabajadores deben permanecer en sus lugares de trabajo; si salen, pueden ser castigados por las fuerzas de tierra y aire (13) . Como ha temido Garcés, la inmovilidad puede ser una forma de precipitar la derrota.

Ahora, el tercer bando anuncia la ley marcial y el toque de queda desde las 18 horas. Todo aquel sorprendido con armas será ejecutado "en el acto".

09.45 horas, Estadio de la Cormu

La Fuerza GEO del PS reúne ya a unos 150 militantes (14) en el Estadio de la Cormu, cerca del Matadero Lo Valledor. El plan global contempla cuatro fases: 1) Reunir fuerzas en la zona sur de Santiago, y especialmente en la comuna obrera de San Miguel, con centro en los cordones San Joaquín y Vicuña Mackenna; 2) Consolidar una "zona liberada"; 3) Marchar hacia el centro, a apoyar la defensa de La Moneda; y 4) Reunirse con las tropas leales para dar el golpe final a los rebeldes.

Se coordinarán con los partidos de la UP y el MIR, mediante una reunión en la industria metalúrgica Indumet, en San Joaquín. Y ahora el jefe del Aparato Militar, Arnoldo Camú, ordena iniciar la marcha hacia ese lugar. Alrededor de 100 militantes parten en una caravana de autos, camionetas y camiones. Otro grupo se queda para esperar a la directiva del PS.

En Indumet aguardan 86 obreros, la mayoría con instrucción básica de tiro, un grado de preparación que de ningún modo puede considerarse militar, aunque ése sería su propósito final si dispusieran del tiempo suficiente. Llevan varias semanas funcionando con turnos nocturnos de vigilancia.

Ahora, cuando ya se sabe de la insurrección militar, el interventor Sócrates Ponce, un abogado y economista de origen ecuatoriano, los congrega en el patio y les explica que la industria constituirá un centro de decisión en la defensa del gobierno; dado que eso supone resistir ataques armados, ofrece a quienes quieran irse que lo hagan de inmediato. Pero nadie se mueve.

La elección de Indumet para una reunión de alto nivel es polémica. Su acceso principal está por la pequeña calle Rivas, que facilita la vigilancia y entorpece el avance de fuerzas hostiles; pero también es sencillo cercarla. Dispone de un gran estacionamiento subterráneo, que puede usarse como bodega y polvorín, y colinda con la industria de plásticos Plansa, que ofrece una salida a San Joaquín; pero esta avenida será obviamente peligrosa en caso de conflicto.

En todo caso, los planes suponen que sería fácil de defender con cualquier número cercano al centenar de hombres. Según han explicado los instructores a los obreros, si los dispositivos de los cordones funcionan, y todas las industrias son ocupadas a tiempo, cada una podría ser atacada por una o dos compañías: 110 ó 220 hombres. Para contener una agresión de esa escala, 86 defensores bastan y sobran.
Cerca de las 10 comienzan a llegar provisiones. La disposición logística supone alimentos para unas 400 personas durante una semana; es el máximo previsto para un enfrentamiento en el que los obreros contendrían a fuerzas adversarias, antes de pasar a la ofensiva junto a las tropas leales.

¡Una semana de lucha! Una semana entera... que sería, sin duda, la más sangrienta de la historia de Chile.

09.50 horas, La Moneda

Bajo la dirección de "Coco" Paredes, los jefes del GAP comienzan a refinar un plan para sacar a Allende. Cuatro hombres de la escolta rodearán al Presidente disparando sus armas largas: Juan Osses por la izquierda, Osvaldo Ramos por la derecha, y dos jefes, Jaime Sotelo y Juan José Montiglio, por detrás. De carrera entrarán al edificio del Ministerio de Obras Públicas, cuya puerta está a unos 20 metros de la de Morandé 80.

El grupo apostado en Obras Públicas recibe por radio la misión de apoyar la maniobra. Los tiradores contendrán a las tropas desde las ventanas de los pisos medios, mientras que Daniel Gutiérrez se moverá con un RPG-7, para frenar a algún blindado si es necesario.

Por el interior de Obras Públicas cruzarán hacia el Banco del Estado y desde allí saldrán a la calle Bandera, donde Julio Soto -uno de los tiradores- conducirá el auto que sacará a Allende del perímetro central (15) .

El plan concluye con el Presidente refugiado en Indumet, donde lo acompañaría una fuerza de unos 400 hombres; en caso de que esa industria no estuviese preparada, tendría como alternativas Sumar y Madeco. Es consistente con la idea del aparato militar socialista de crear una "zona liberada", pero difícilmente se la puede homologar con el proyecto de bunker que desarrolló la Comisión de Defensa del PS en 1972. Parece, más bien, una solución improvisada en el filo de la crisis.

Cuando la maniobra ya está diseñada, un escolta que se asoma por Morandé advierte que la puerta de OO.PP. está cerrada con cadenas y dos gruesos candados. Los jefes estiman que sería fácil romper esos obstáculos; pero los segundos que tardaría podrían ser fatales en un espacio tan cerrado, verdadero pasadizo para las balas.

Allende desestima la operación. Todo seguirá como lo ha previsto (16) .

Y con la misma lógica desecha la proposición que formula, casi al mismo tiempo y a través de su hija Beatriz (quien atiende el teléfono), el líder del MIR, Miguel Enríquez: un plan para salir del Palacio en un grupo de autos artillados y pasar a la clandestinidad (17) .

A esa hora, Enríquez ha concluido la primera reunión con los nueve miembros de la comisión política del MIR en una casa de Gran Avenida. Aunque han constatado el estado de desorganización, creen que su fuerza de elite, "La Tropita", podría ser reunida en poco tiempo para una acción sorpresiva en el centro, con la audacia característica del secretario general y la buena suerte de su segundo, Andrés Pascal Allende. Una apreciación que el Presidente no llega siquiera a considerar:

-Dile a Miguel -responde- que ahora es su turno.

09.50 horas, La Moneda

Después de más de una hora de espera, cuando faltan minutos para las 10, Allende recibe por fin al enviado de la Comisión Política del PS, Hernán del Canto, que ha llegado con el jefe de contrainteligencia del PS, Ricardo Pincheira. La conversación es tensa y breve, porque el Palacio ya es un hervidero de aprestos. Los hombres del GAP y de Investigaciones están tomando posiciones en las ventanas de los dos pisos del Palacio.

Del Canto trae un encargo con tres puntos: el PS quiere conocer la opinión del Presidente sobre la situación militar; expresarle su disposición a luchar en su defensa; y pedirle que acepte dejar La Moneda para resistir desde un lugar más protegido.

Allende responde con escasa parsimonia. Por lo que entiende, el golpe militar ya es irreversible; no hay ni un solo regimiento leal al gobierno. Por lo que respecta a la propuesta socialista:

-No voy a salir de La Moneda. Voy a defender mi condición de Presidente, así que ustedes no deben ni siquiera plantearme esa posibilidad. Sé lo que debo hacer. Al partido hace tiempo que no le importa mi opinión. ¿Por qué me la vienen a pedir ahora? Dígales a los compañeros que ellos deben saber lo que tienen que hacer.

Del Canto sale apesadumbrado del despacho presidencial. Piensa que la actitud y el discurso de Allende son desmovilizadores y conducen a una derrota inevitable. Cuando se encamina a la salida, Pincheira le dice que prefiere quedarse, que acompañará a Allende. Del Canto enfurece: los van a matar a todos, vocifera, y será inútil. Un hombre del GAP trata de aplacarlo y lo conduce hacia la puerta de Morandé 80.

Un auto dispuesto por "Coco" Paredes lo saca del cordón policial y otro lo lleva a la Cormu, donde informa a la Comisión Política del PS. Esta decide que es hora de abandonar el centro. Carlos Lazo, que ha recibido un llamado desde la Escuela de Suboficiales de Carabineros, parte hacia allá, con la esperanza de hallar fuerzas leales; será un viaje inútil. Otros dirigentes se reparten los cordones; tampoco tendrán éxito. La directiva -Altamirano, Sepúlveda y Del Canto- decide irse al Estadio de la Cormu, donde inicia un nuevo análisis de la situación.

Altamirano se ha mostrado impaciente en todas estas horas: le parece que cada minuto que pasa consolida la asonada militar. Del Canto ha presenciado en La Moneda la velocidad de vértigo con que desarrolla la escalada del golpe. En el camino han visto patrullas, blindados, helicópteros, aviones, artillería. No es una simple revuelta: es un golpe en gran escala.

Combatir en estas condiciones, y especialmente con un puñado de hombres -como es el del Aparato Militar-, no tiene sentido. Sería un gesto de heroísmo vacío, sin dirección ni eficacia. Además, buena parte de la situación se definirá en La Moneda, dado que el Presidente no ha aceptado salir. Los dirigentes concuerdan en que lo razonable es replegarse, reorganizar el partido y dar la pelea con nueva fuerza.
Del Canto recibe el encargo de llevar esta instrucción a Camú y su gente, en Indumet. Altamirano y Sepúlveda enfilan hacia su casa de seguridad, el hogar del militante José Pedro Astaburuaga, en el sector de El Llano (18) . Por sí misma, esta decisión muestra con elocuencia la sensación de fracaso prematuro que envuelve a los jefes socialistas.

Quien dijo que la derrota es sólo huérfana, no vio estos momentos.

10.00 horas, Centro de Santiago

¿Cuándo comienzan los disparos en torno a La Moneda? ¿Quién los inicia?
Los testimonios de radio y televisión capturan los primeros balazos a las 9.50, a una o dos cuadras de La Moneda. Son las escaramuzas iniciales de francotiradores contra las tropas que ingresan al centro. La bitácora del capitán (R) Críspulo Escalona registra a las 10 los primeros tiros contra el Ministerio de Defensa.
A las 9.55, los tanques del general Palacios comienzan a ingresar al perímetro de La Moneda, con tres máquinas que se mueven en su entorno inmediato. Desde el sur inician su aproximación otros blindados. Ese movimiento suscita la reacción de los miembros del GAP apostados en Obras Públicas.

Sus disparos detienen también la marcha del coronel Canessa, que ha girado por Nataniel: debe refugiarse en las puertas del Teatro Continental y ordenar el cuerpo a tierra a sus hombres.
Por el lado norte de La Moneda, las tropas de la Escuela de Infantería, el Blindados y el Tacna enfrentan balazos desde un piso alto del Ministerio de Hacienda, uno del diario La Nación y otros del Banco Central y el edificio del Seguro Obrero.

No alcanzan a completar el cerco previsto en los planes de defensa del gobierno: numerosos tiradores no llegan a sus puestos. Varios flancos quedan abiertos.

La reacción de los soldados es masiva y generaliza el tiroteo en el centro. La precisión no es una característica: 79 habitaciones del Hotel Carrera -donde no hay francotiradores- son alcanzadas por balas y la 1121, ocupada por el gerente del hotel, recibe más de 290 impactos (19) . Dos pisos más arriba, los oficiales creen ver enemigos donde están los periodistas de Televisión Nacional.
Con todo, nadie dispara contra La Moneda todavía. Cuando el general Urrutia se lo hace notar al Presidente, pidiéndole que el GAP no dispare contra los soldados para no precipitar el fuego, éste le halla razón.

Pero sabe que es cosa de tiempo.

10.15 horas, La Moneda

Al término de su encuentro con Del Canto, Allende lo relata a un grupo de sus seguidores. De la gravedad inicial transita rápidamente hacia lo anecdótico. Los contertulios ríen.
Y se ponen bruscamente serios cuando aparece, acelerado, Augusto "Perro" Olivares, para decirle que radio Magallanes está lista para difundir su mensaje.

¿Otro mensaje? El director Boris Ravest interrumpe al periodista Leonardo Cáceres, que lleva rato explicando -sin conocerla- la estrategia del gobierno, con grandes consignas y mejores frases (20) .

Lo urgen a parar, porque la radio puede ser silenciada en cualquier momento. (Y así será en 45 minutos, cuando una patrulla militar ubique la antena en Colina, ingrese a la caseta de transmisión, arreste a los tres periodistas (21) enviados por Cáceres y ametralle los equipos).

Los funcionarios se aproximan lenta y calladamente al despacho presidencial. Allende toma el micrófono con solemnidad. Cavila unos segundos, de pie (22) .

-Seguramente esta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes -comienza. Y desenvuelve el "castigo moral" de sus palabras contra los jefes de la asonada, para luego anunciar que "pagaré con mi vida la lealtad del pueblo". Agradece a aquellos "que serán perseguidos" y anticipa que, aunque su voz sea acallada, "me seguirán oyendo, siempre estaré junto a ustedes".

-El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse -agrega. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Y hacia el final despliega la oratoria de brillo lírico que le dio fama en el Senado:

-Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

El discurso eriza a los presentes. ¿Es una improvisación? ¿Fue ensayada en solitario, muchas veces antes del momento crucial? ¿Estuvo siempre en el repertorio imaginario del doctor, el senador, el candidato, el Presidente? ¿O es la súbita inspiración de un hombre que se encuentra de sopetón cerca de la muerte, con un enorme peso histórico sobre sus hombros?

Como texto, es más lírico que político, más retórico que práctico: su combinación de análisis social e invocación poética mira hacia el futuro. Supone la derrota, y entrevé cierta gloria en esa derrota, a condición de que no haya sangre inútil; intuye que ella mancharía su propia memoria para siempre.

10.25 horas, La Moneda

Cuando encuentra al general Sepúlveda, lo deja en libertad de acción para retirarse; Sepúlveda anuncia que se quedará. Los generales Alvarez y Salinas han cruzado a la Intendencia, con el argumento de indagar qué ocurre con la Prefectura de Santiago.

Luego el Presidente convoca al capitán Muñoz, y le dice que sus hombres pueden retirarse; sólo deben dejar sus armas (23) . El capitán le entrega su propio fusil y su casco. Con él circulará Allende el resto de la mañana.

Lo que Muñoz ignora es que la guardia, integrada por 48 hombres y dos oficiales, también ha sido neutralizada por el eficiente general Yovane, que ha enviado a dos oficiales de la Escuela de Carabineros, el capitán Mario Mardones y el teniente Félix Arangua, a avisar al teniente Jaime Ferreto, encargado de la guardia, que deben salir del Palacio en cuanto puedan. Sin que Muñoz lo sepa, parte de la guardia ya se ha ido, seguida del personal de servicio (de dotación de la Armada), por la puerta que da a Teatinos.

Muñoz y los carabineros que quedan se reúnen cerca de la puerta principal del Palacio, consiguen un paño blanco y salen, agachados y a la carrera, cruzando la Plaza de la Constitución, para buscar refugio en un garage subterráneo de Carabineros. Un policía que queda rezagado cerca de la puerta de Morandé huye con angustia cuando el doctor José Quiroga, cardiólogo presidencial, le informa que sus compañeros se han ido (24) .

Ignorante de estas decisiones, el general Urrutia se encuentra bruscamente solo con su ayudante, el capitán Espinoza. Entonces le dice al Presidente que irá a buscar refuerzos a la Intendencia, si es que los hay. Allende lo autoriza. ¿Supone que no regresará?

En efecto, el panorama en la Intendencia desalienta a Urrutia en forma definitiva: los carabineros obedecen a Mendoza, la situación de Parada es ambigua, Yáñez y Salinas se desentienden y el intendente Julio Stuardo está lidiando con los oficiales en el subterráneo en torno a una cuestión kafkiana: si el detenido es él, o los carabineros que lo encañonan. El argumento de Stuardo es pesadillesco: si el golpe falla, los policías que ahora lo increpan están sellando su destino.
Urrutia, que constata que los balazos ya entran por las ventanas, propone a los tres generales esperar el desenlace en un lugar menos peligroso.

Al frente, el Presidente convoca en seguida al inspector Seoane, también para liberarlo.

-Yo no me voy, Presidente -responde Seoane-. Estar aquí es cumplir con mi deber.

-Sabía que me iba a decir eso, inspector. Los viejos robles siempre mueren de pie.

Seoane reúne a los 16 detectives que permanecen en el Palacio (sólo uno se ha ido subrepticiamente poco antes) y transmite las palabras de Allende.

-¿Y usted, qué va a hacer, inspector? -pregunta uno.

-Esa es una decisión personal -responde Seoane.

Los detectives se miran entre sí y confirman: no se irán. Defenderán el Palacio (25) .

Los senadores Hugo Miranda y Orlando Cantuarias deciden que no tienen nada que hacer en el giro militar que han adoptado los acontecimientos. Cuando van a salir se les une el ministro del Interior, Carlos Briones, pero luego de un brevísimo intercambio de opiniones, el ministro comprende que no puede dejar su puesto.

Los senadores van a la sede del Partido Radical, donde sólo hallarán a funcionarios quemando documentos.

En alguno de esos confusos momentos, el Presidente vuelve a recibir un llamado de otro intermediario.

Algunos rumorean que de nuevo es el ministerio de Defensa, que no se atreve a lanzar un ataque a fondo; otros, que es un diplomático que le ofrece su embajada.

El hecho es que Allende progresa de la calma a la irritación:

-¡Que hagan lo que quieran!- exclama -Si quieren me asesinan. ¡Pero no me voy a rendir!

Y golpea el auricular sobre el aparato. Cuando advierte que el GAP Juan Osses y el inspector Juan Seoane lo miran con perplejidad, dice:

- ¿Cómo estuve?- y sonríe-. ¡Ese es su presidente, muchachos!

¿Qué siente Allende en estas horas que ya entiende definitivas? Los testimonios concuerdan en que mantiene la serenidad durante toda la jornada, con apenas un par de exabruptos.
Tampoco expresa desesperación ni ansiedad. No es la imagen de un revolucionario cayendo en un remoto paraje guerrillero; es la de un burgués, en el mejor palacio de la ciudad, enfundado en un sentido del honor decimonónico, que se mira en la posteridad aun antes de que el fuego alcance sus sillones.

Los discursos de esta mañana lo muestran consciente y lúcido -incluso demasiado- respecto de lo que le espera. Ha hecho bromas sardónicas desde que llegó a La Moneda, como si supiera más sobre el futuro que todos los que lo rodean.

Esta mañana es para Allende una ocasión ya entrevista, un déjà vu trágico.

10.30 horas, Centro de Santiago

Un tanque situado en Morandé, entre Moneda y Agustinas, recibe la orden de abrir fuego contra La Moneda. El tanquista decide usar la ametralladora para batir primero las ventanas del primer piso, casi a modo de aviso. Los otros blindados inician los disparos en seguida, y también los soldados y los carabineros.
El ataque al poder presidencial ha comenzado. Es fuego sagrado: traduce en plomo la insubordinación que hasta ahora sólo ha sido verbal. Con sólo incrustarse en un muro exterior, la primera bala inicia un camino irreversible; quien la dispara y quien lo ordena no pueden detenerse hasta que hayan derrotado a la jefatura del Estado. A fin de cuentas, no hay vuelta atrás cuando se llega al corazón de la República.
En Peñalolén, las radios funcionan a toda marcha. Una decena de operadores y telefonistas se distribuyen las comunicaciones con las unidades de todo el país. También con los agentes que entregan informaciones desde el otro lado de las filas. El general Pinochet llama al Ministerio de Defensa:
-Augusto habla a Patricio, Augusto habla a Patricio. Lo siguiente: me acaban de informar que piensa atacar con brigadas socialistas el Ministerio de Defensa el señor Presidente. Hay que estar listo para atacar. Ya di las comunicaciones. Ahora hay que alertar a la gente y tener a todo el mundo con las armas automáticas en las ventanas y, en seguida, atacar también a los francotiradores que están en los edificios de enfrente.

La información indica con claridad que las fuerzas de izquierda están infiltradas. La idea ha sido discutida pocos minutos antes entre la Fuerza GEO del PS, que ha llegado a Indumet. Y tiene lógica, aunque no precisión: los socialistas creen que si se asalta la sede principal de la asonada, el golpe abortará en poco rato; lo que ignoran es que los máximos jefes militares no están allí.

-Sí, se está haciendo -responde Carvajal-. Ya se tomaron medidas.

-Otra cosa -agrega Pinochet-: la radio que está transmitiendo, las radios tienen que transmitir nuestro programa y tienen que transmitir en cadena lo que estamos lanzando al aire, que no estamos atacando al pueblo, estamos atacando a los marxistas que tenían dominado al pueblo y lo tenían hambreado.

-Correcto, sí. Se está enviando esa información que tú enviaste. Ya se entregó a la radio, ya.

-¿Están atacando los tanques? -inquiere Pinochet, impaciente-. ¿Está la Escuela de Infantería? ¿Llegó o no? ¿Llegó la Escuela de Infantería?

-La Escuela de Suboficiales, con el comandante Canessa, la artillería del Tacna, más los Blindados. Los carabineros se retiraron de La Moneda. Los vimos salir de La Moneda.

-¿Mendoza controla los carabineros? -se cerciora Pinochet, ignorando su pregunta sobre la Escuela de Infantería, que en efecto está retrasada.

-Correcto. Mendoza controla los carabineros. Me dijo que la Dirección General de Carabineros, el edificio, lo tienen neutralizado y lo van a dejar para el último. No ha habido ninguna reacción, no han disparado nada desde el edificio.

-Conforme. Otra cosa, Patricio. A las 11 en punto de la mañana hay que atacar La Moneda, porque este gallo no se va a entregar.

-Se está atacando ya. Se está rodeando y atacando con… a ver… con bastante ímpetu. Así que yo creo que pronto van a poder tomarla.

-Conforme. En seguida se sale al avión, viejo, y se despacha al tiro.

10.45 horas, La Moneda

Terminada la ronda con Carabineros e Investigaciones, Allende pide que todos los demás concurran al Salón Toesca. Un pesado silencio se extiende en el lugar.

-Compañeras y compañeros -empieza Allende-: el golpe militar está en marcha. Han logrado los sectores reaccionarios y el imperialismo unir en contra del gobierno a las FF. AA. y Carabineros, con la complicidad de generales que hasta hace pocas horas atrás nos manifestaban lealtad. No tenemos fuerzas militares organizadas que estén con nosotros…

Reitera que no dejará su cargo y agradece la lealtad de los presentes. Exige a quienes tengan hijos o proyectos por desarrollar que se vayan antes del bombardeo. Y ordena, en forma perentoria, que las mujeres salgan del palacio; para ellas pedirá una tregua a los militares (y al salir se enfrentará a sus propias hijas, Isabel y especialmente Beatriz, que no quieren retirarse). Los que no tengan armas o no sepan usarlas, concluye, deben irse para relatar lo que ha ocurrido en este día.

Los presentes cantan el Himno Nacional y gritan vivas a Allende. Luego saludan -o se despiden- uno a uno del Presidente. Éste baja al Patio de Invierno y repite su alocución ante el personal que no estuvo en el Salón Toesca. Allí ordena a Joan Garcés que se vaya y dé testimonio sobre estos momentos. Garcés sale por Morandé durante una breve tregua, seguido por el locutor René Largo Farías, el fotógrafo "Chico" Lagos y el dirigente juvenil Francisco Díaz.

Siguiendo el criterio de Allende, el doctor Patricio Arroyo dice a sus colegas del equipo médico, los cirujanos Patricio Guijón y Víctor Hugo Oñate, el cardiólogo José Quiroga y el anestesista Alejandro Cuevas, que ya han cumplido su deber y pueden irse.

-Yo me quedo -dice Guijón-. Si alguna vez puedo demostrar que soy un hombre, es ésta.

Entre tanto, Allende llama al general Baeza. Osvaldo Puccio hijo oye un intercambio que le parece surrealista en el ambiente que azota a La Moneda:

-Cómo le va, general, gusto de saludarlo.

-Buenos días, señor Allende.

-¿Cómo ha estado de su operación?

-Sí, señor, bien, gracias. Aquí estamos.

-¿Y sus hijas, su señora?

-Bien, muy bien, señor.

-General, lo llamo porque aquí hay un grupo de compañeras que va a salir de La Moneda. Y aunque ustedes se han comportado como unos traidores, espero que tendrán la decencia de no hacerles nada y de proporcionarles algún jeep que las pueda sacar de aquí.

-Creo que podemos…

-Gracias, general. Cuide de que no las maten los fascistas, por favor.

-¿Dé qué fascistas me habla?

-Sé que usted es un soldado y no un fascista, general.

La postergación indigna al vehemente general Leigh:

-¡Déjense, déjense de labores dilatorias y de mujeres y de jeeps! ¡Yo voy a atacar de inmediato!

Cambio y terminado!

Pero no lo hace. Los aviones no aparecen.

No hay tregua, pero no hay ataque. ¿Qué está ocurriendo?

En La Moneda, Allende insiste en que la Fach "no se atreverá" a atacar el Palacio desde el aire. Sería una barbaridad. Una masacre, quizás.

El grupo de seis mujeres -Beatriz e Isabel Allende, las periodistas Verónica Ahumada, Cecilia Tormo y Frida Modak, y la cubana Nancy Jullien, esposa del presidente del Banco Central, Jaime Barrios- se acercan a las puertas de Morandé 80. Jullien entrega una pistola Walter, y Beatriz, un revólver Colt Cobra. Luego el Presidente las empuja desde la puerta, para que corran hacia Moneda.

Ningún vehículo las espera. De improviso se hallan desarmadas en la balacera. El periodista Jorge Argomedo, del diario democratacristiano La Prensa, las llama hacia su edificio y les ofrece refugio en el subterráneo. Allí ven por primera vez a gente que celebra el golpe (26) .

11.15 horas, Academia de Guerra Aérea, Las Condes

Lo que ocurre en la Fach es que los Hawker Hunter están retrasados. Ante las postergaciones que se les han pedido, han tenido que extender sus vuelos, y ahora están con problemas de combustible. Para recargar, se han desviado a la base de Los Cerrillos, y los oficiales tratan de explicarle a un severo general Leigh que los problemas serán superados con la mayor diligencia.

Hasta tratan de atenuar la ira del jefe con un dato incorrecto: 15 minutos más. En realidad, serán 40. A Leigh le cuesta distinguir si siente más enojo por el retardo de sus hombres o por tener que admitirlo ante Pinochet.

Y no le falta razón. Pinochet disimula mal su molestia por esta falta de aplicación de la Fach. Si el general Leigh ha estado protestando por las treguas solicitadas para las mujeres y los parlamentarios, ¿cómo es posible que ahora interrumpa las operaciones? Los comandantes en jefe han fijado una hora para el ataque; es un síntoma peligroso que no la cumplan.

Por tanto, ordena a Brady que las tropas de tierra descarguen su máximo poder de fuego sobre el Palacio, empleando los blindados, la artillería y los cohetes.

La fachada norte se estremece ante la lluvia de proyectiles de grueso calibre. Más de 50 obuses la golpean en los siguientes 30 minutos.

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ChinoChico

ChinoChico dijo

ALLENDE NO SE RINDE MIERDA... Puedo leer en este relato tan fidedigno, escrito con toda soltura de cuerpo por dos periodistas chilenos, que Salvador Allende, "...Ordena a quienes permanecen en el Palacio que se preparen para desalojarlo, pero en vez de alistarse para salir se aleja de sus hombres, entra al salón Independencia, toma su fusil y se suicida." -- Esta es La Gran Mentira que trata de ganar un lugar en la Historia de Chile. Cuidado!!!. Y quienes la han forjado?, nada menos que sus asesinos, los hombres del Ejército de Chile. Muy poca credibilidad tienen los traidores en cualquier país, salvo en Chile. Doña Tencha ha dicho en sus primeras declaraciones al llegar a Cuba que: "...a Salvador lo asesinaron" o algo así, para luego desdecirse y volver al Chile de Pinochet junto a otros jerarcas socialistas y comunistas que repiten lo mismo ... y esto se sigue repitiendo y repitiendo y se va haciendo verdad de mentira ... Pero, nos preguntamos algunos chilenos, que es lo que hacía en La Moneda el teniente Fernéndez Larios que ese día tan especial, anda "suelto y particular", de uniforme y un pañuelo para vendar la mano del General Palacio? ... y que hace ahí el doctor ese (Jirón o, Guijón, que se yo) que es el único que dice haber visto a Allende suicidarse, ese doctor tan contradictorio que ha subido al segundo piso en medio de la balasera a busca un mascara de gases afixiantes para llevarle a su hijito de recuerdo? ... todos estos y los del grupo de choque que ha asesinado a Salvador Allende son militares chilenos al servicio de la CIA ... no hay otra lógica que permita entender eso del "suicidio" del compañero Presidente Salvador Allende, quien en realidad ha sido acribillado por los boinas negras y solamente una vez que sus balas se le han agotado en su AK. Antes estos cobardes asesinos no fueron capaces de derrotarlo ... que grandioso escenario tan semejante al Combate de la Concepción que hasta su incendio tuvo!

6 Abril 2007 | 06:23 AM

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