ASCANIO CAVALLO - MARGARITA SERRANO
El presidente Allende, tras ser alertado del inicio del golpe en su casa de Tomás Moro, parte rumbo a La Moneda. Durante esas primeras horas pronunciará cuatro discursos radiales, y deberá enfrentar dos clases de presiones: las de sus partidarios, bien para que renuncie, bien para que lance la resistencia. Y la de las FF.AA., que insisten en que se rinda y aborde un DC-6 de la Fach y deje el país.
Martes 11 de septiembre, 06.30
Edificio Norambuena.
El subdirector de Carabineros, general Jorge Urrutia, recibe en su departamento del octavo piso del edificio Norambuena, que ocupa provisoriamente mientras su familia se traslada desde Concepción, un llamado que el prefecto de Valparaíso, Luis Gutiérrez, realiza desde el único teléfono que funciona en el puerto: el de su oficina. La Infantería de Marina, dice, está en las calles y ha comenzado a tomar posiciones de combate.
Urrutia llama de inmediato a Tomás Moro. El miembro del GAP Hugo García despierta al Presidente y le entrega el fono. Urrutia informa del movimiento en el puerto. Allende no se sorprende; pide a las dos telefonistas de la casa que ubiquen al almirante Montero y a los generales Pinochet y Leigh. Urrutia, entre tanto, envía a cuatro tanquetas de Fuerzas Especiales a proteger La Moneda. Y, sin saber que está a metros de los que dirigen la insurrección en su propio cuerpo, se va a la Dirección General de Carabineros, al lado del Ministerio de Defensa.
Montero no responde. No puede: su teléfono está cortado. Leigh está inubicable. Pinochet, desde su casa, dice que está entrando a la ducha, que en unos minutos más estará disponible. Quien responde es el general Brady, que promete averiguar.
-Muy bien, general -dice Allende- Tome usted las medidas del caso. Y si no lo hace, sé que tendrá la hombría de decírmelo.
Joan Garcés y Augusto Olivares, que han dormido en la casa presidencial, inician otra serie de llamados: todos confirman que hay movilización en Valparaíso.
Lo que no saben es que en esos momentos no hay trastornos en Valparaíso; la ciudad está ya bajo control de la Armada. Las escuelas de Abastecimientos y de Ingeniería han ocupado el plan y el puerto; la de Operaciones, las alturas de Recreo y Placeres. Juntas crean una tenaza sobre la ciudad. En Viña del Mar, el Regimiento Coraceros y la Escuela de Armamentos de la Armada han terminado la primera fase con la ocupación de Reñaca Alto y Viña Sur, y a las 7.50 iniciarán la segunda, el envío de detenidos al Estadio de Playa Ancha, zona ya tomada por el Regimiento Maipo. En una hora más coparán los barrios proletarios de Miraflores Alto y Forestal.
Tampoco saben que el coronel Rigoberto Rubio, secretario general del Ejército, está despachando los radiogramas cifrados:
"Asumir Intendencia y Gobernaciones de inmediato y ocupar COMA efectivamente provincias y áreas jurisdiccionales COMA transmitido simultáneamente a Comando UU.OO. y cdtes guarniciones PUNTO Activar Cajsis PUNTO".
Pocos minutos después, el ministro Letelier, que llama desde su casa, encuentra al almirante Carvajal en el teléfono del Ministerio. ¿Qué hace allí a esta hora? El almirante explica, confusamente, que está ordenando papeles para este día, que se prevé agitado. Letelier le pregunta por las tropas que se mueven en Santiago.
-Ministro, yo creo que esa es una información equivocada -dice Carvajal-. A lo mejor se trata de un operativo de control de armas.
-No, almirante, no tengo ninguna información equivocada. Usted olvida la orden de que no se haga ningún operativo de control de armas sin mi autorización.
-No sé qué le podría decir, ministro. Voy a averiguar.
-Almirante -dice Letelier, ya enojado, mostrándole a su esposa el auricular, en señal de que no le cree nada-, yo voy al Ministerio ahora mismo.
Más incómodo que Carvajal se muestra el general Brady, que en ese momento ingresa con el general Díaz Estrada a la oficina del jefe del Estado Mayor:
-Me llamó Allende -dice-. Le tuve que mentir.
-A lo mejor quiere saber quién se va a echar pa' atrás -comenta, sarcástico, Díaz Estrada, a sabiendas de que toca el mote de "allendista" del general de Ejército.
-Si seguimos en esto- replica Brady, mortalmente serio-, este caballero va a tener tiempo para reaccionar.
Carvajal ordena a su ayudante que se corte la línea con la casa presidencial.
En Tomás Moro, Allende se prepara para ir a La Moneda. El equipo de Escolta del GAP dispone cuatro autos y establece la ruta: Kennedy, la Costanera, Bandera, Moneda.
El capitán José Muñoz, jefe de la Escolta Presidencial de Carabineros, que recibió del general Urrutia la orden de acudir y pudo cumplirla porque es vecino del Presidente, prepara el camino de las tanquetas 198 y 219.
(Es singular esto de tener tres escoltas: la personal, la de Carabineros y la de Investigaciones. Parece que ninguna protección fuese suficiente. O que no se puede confiar totalmente en ninguna).
En el intertanto, Joan Garcés tiene una súbita ocurrencia: hay que acallar a las radios de oposición. Como se vio en el "tancazo", ellas pueden incitar a acciones mayores. Allende asiente y pide que lo comuniquen con Investigaciones. Cuando Joignant responde, el Presidente instruye:
-Compañero, se ha sublevado la Armada. Tome medidas contra las radios Agricultura y Minería y el diario El Mercurio.
Luego, Allende recibe un llamado de Altamirano. Se limitan a intercambiar lo que han oído: que hay una insurrección de la Armada. Concuerdan en hablar más tarde.
A las 7.15, el Presidente deja Tomás Moro.
07.00 horas, Regimiento Blindados N° 2, calle Santa Rosa
A las 7, el general Javier Palacios, jefe del Comando de Instrucción del Ejército -encargado de la capacitación- se sube al tanque operado por el segundo comandante del Blindados Nº 2, Hans Zippelius, y arenga a la tropa reunida en el patio. El comandante Alfredo Calderón ya ha visto la orden firmada por el general Brady, que incluye el levantamiento del castigo al regimiento, la petición de no continuar el acuartelamiento en solitario y la invitación a sumarse a la movilización.
Palacios sube al tanque sólo para despejar las eventuales dudas, porque los hombres del Blindados pueden estar comprensiblemente escépticos, después de que su fallida insurrección del 29 de junio fuese aplastada por los mandos superiores. Nadie olvida que aquella tarde el Regimiento Tacna entró a balazos en el recinto, a pesar de que la unidad estaba rendida. La sangre de los caídos ese día ensombrece la confianza de oficiales y soldados ante cualquiera que muestre rango superior.
Palacios cumple la orden que en la noche anterior le diera el general Brady. Cuando preguntó por qué era el elegido, Brady le respondió que por ser un general joven, con clara fama de oposición al gobierno y con la audacia suficiente para encabezar una vanguardia.
Y si Palacios ha previsto que persuadir a una unidad desmoralizada será duro, ahora le parece que no lo logrará sin un gesto dramático. Por eso sube al tanque y anuncia:
-¡Estén tranquilos, porque ahora sí que estamos todos de acuerdo!
-¡Todos, mi general! -vocea el coro militar.
-¡Me siguen en formación! -ordena Palacios. Los hombres corren a sus máquinas.
Lentamente ruedan hacia el centro. Palacios sabe que falta todavía un rato para que las fuerzas se desplieguen en plenitud.
Esta mañana evitará los errores que cometió en junio el comandante Souper. Elegirá un rodeo de dos columnas, por Bandera y Amunátegui, para entrar por el norte, la calle Agustinas, al perímetro de la Plaza de la Constitución.
Tres tanques serán destinados a evolucionar en torno al Palacio, mientras los demás tomarán posiciones entre las esquinas de Teatinos y Morandé, para facilitar los avances terrestres de la Escuela de Infantería, que vendrá desde el poniente, con cierto retraso, y de la artillería del Tacna, que avanzará desde el sur-poniente. Han de cuidarse de no cruzar fuego con las fuerzas que irrumpirán desde el sur.
Ahora las gruesas y ágiles orugas de los tanques se encaminan hacia el centro cívico. Tiemblan las ventanas a su paso.
07.10 horas, Ministerio de Defensa
Poco después de las 7 llega el edecán aéreo Roberto Sánchez al Ministerio de Defensa. Lo ha citado de urgencia el coronel Eduardo Fornet, secretario general de la Fach, que le tiene una misión: en nombre del general Gabriel Van Schouwen, debe ofrecer al Presidente un avión Fach para dejar el país cuanto antes; lo podrán acompañar su familia y las personas que él designe. Su salida evitará males mayores, dice Fornet.
Sánchez divisa el peso inmenso e histórico de la orden. Demorará más de una hora en cumplirla.
Entretanto, a las 7.20 despegan desde Concepción cuatro aviones Hawker Hunter cargados con cohetes Sura. Los pilotos, todos del Grupo 7, trasladados desde su base de Cerrillos a Carriel Sur, se han levantado a las cinco y preparado los aviones en pocos minutos. Ahora su misión es apoyar el "Plan Silencio", bombardeando las antenas de las radios gobiernistas. Además, deben realizar un reconocimiento sobre el centro de Santiago, para apreciar los movimientos de personas y vehículos.
A las 7.40, el líder, el comandante Mario López Tobar, elimina con 16 cohetes la antena de radio Corporación, en La Florida, a poca distancia de Vicuña Mackenna. Otro avión inicia el ataque, en Colina, contra las torres de las radios Pacífico y Luis Emilio Recabarren.
Este caza lanza sus primeros cohetes justo cuando los camiones de la Escuela de Paracaidistas del Ejército avanzan hacia el Comando de Telecomunicaciones, a establecer la protección del cuartel del comandante en jefe del Ejército. Los boinas negras se agachan ante los estallidos, con el temor de que la Fach se haya puesto del lado del gobierno.
Cumplidas sus misiones -las primeras acciones de guerra jamás ejecutadas por la Fach, y sobre suelo chileno, como recordará con dolor el comandante López Tobar-, los aviones son devueltos a Concepción.
07.35 horas, La Moneda
El Presidente llega a La Moneda con 23 acompañantes. Viste una chaqueta de tweed, un chaleco de origen argentino regalado por su amigo y ayudante, el médico Danilo Bartulín, y un pantalón marengo.
Es curiosa esta informalidad en un hombre tan solemne y sensible a la estética de la política formal. También estuvo sin corbata para el "tancazo". ¿Se puede atribuir su elección al simple apuro, o debe entenderse como otra señal de su disposición a combatir?
Allende entra al Palacio con su fusil AK-47 Kalashnikov, flanqueado por sus asesores Garcés y Olivares; detrás, 18 hombres del GAP dirigidos por Jaime Sotelo, más el capitán Muñoz y Bartulín.
El grupo del GAP ingresa dos ametralladoras y tres RPG-7 con sus mochilas de tres cohetes, además de sus armas individuales: fusiles AK-47, pistolas P-38, revólveres Colt Cobra y una pistola Luger clásica, que es la admiración de los policías. Los escoltas protegen la entrada con un hombre en cada costado. En el Palacio se reunirán con "Coco" Paredes, que apoyará su distribución en las oficinas presidenciales.
Otros 8 hombres del GAP entran al edificio de Obras Públicas, en Morandé, y desalojan de funcionarios los 10 primeros pisos para ocupar sus posiciones. Tienen los lugares escogidos desde hace meses: varias ventanas para cada uno.
Dirigidos por Manuel Cortés, "Patán", un guardia que se había retirado y que este día regresa, tienen cada uno una pistola y un fusil AK-47, un arma con una velocidad de fuego casi desconocida a la fecha, muy eficiente en el combate de localidades; hay además una ametralladora .30 y un lanzacohetes RPG-7, con alguna munición. Es evidente que se trata de un armamento previsto sólo para contener el avance de tropas hostiles, en particular desde el flanco sur. Su supuesto es que sostendrán la resistencia hasta que lleguen las fuerzas leales.
Casi al unísono alcanzan el Palacio el secretario del Presidente, Osvaldo Puccio, y su hijo del mismo nombre, un estudiante de Derecho que estuvo, prematuramente, en la guardia personal de Allende y que ha participado en el MIR.
Minutos después arriba el jefe de la Sección Presidencia de la República de Investigaciones, el inspector Juan Seoane, con siete detectives. Otros 10 policías civiles están ya en el Palacio y coordinan las primeras medidas de protección. En total, disponen de 15 subametralladoras y de sus pistolas Browning y revólveres Colt Cobra.
Ante la confusión, Seoane llama al director de Investigaciones, el socialista Alfredo Joignant, quien confirma la gravedad de la situación y le ordena permanecer junto al Presidente.
Los teléfonos de La Moneda no paran de sonar. Las informaciones son imprecisas, pero no hacen pensar que el movimiento militar exceda a la Armada. Hay rumores acerca de movimientos en distintos puntos de Santiago, e incluso en otras ciudades, y se ha oído el ruido de los Hawker Hunter; pero nadie logra estructurar un cuadro integrado de esos datos.
Para intentarlo, el hombre idóneo sería Orlando Letelier, que llega a la misma hora hasta su Ministerio, acompañado por su chofer y guardaespaldas, el teniente coronel Sergio González. En la puerta, mientras su guardaespaldas lo encañona, el oficial de la Armada Daniel Guimpert le dice que está arrestado y que debe subir a la oficina del general Arellano. Conforme al plan de arrestos, éste ordena que lo trasladen al Regimiento Tacna. Es el primer prisionero de alto rango.
07.40 horas, Regimiento de Telecomunicaciones, Peñalolén
Recién a las 7.40 llega el general Pinochet al Comando de Telecomunicaciones. Hay un alivio generalizado cuando lo ven entrar. Según el acuerdo del día anterior, se constituiría en su Cuartel General a las 7.30; de no aparecer, asumiría el mando el general Bonilla. Así que Bonilla es el primero en sentirse reconfortado.
Pero, ¿por qué llega con retraso, él, un hombre tan celoso de la puntualidad, tan estricto y espartano en su disciplina personal? ¿Estará templando su propio carácter, o midiendo los nervios de los demás?
Cuando desciende de su auto, Pinochet informa a su ayudante, el mayor Zavala, que las Fuerzas Armadas derrocarán al gobierno. Zavala lo mira con estupor:
-Mi general, yo no estoy de acuerdo con esto...
-Conforme. Pero no puede salir de aquí por ahora.
El mayor Zavala se va a una sala del regimiento, lejos de la central de radio. Permanecerá allí todo el día. Su carrera está terminando, pese a haber sido ayudante de dos comandantes en jefe y de haber salvado la vida del general Prats durante el "tancazo".
El Cuartel General ha sido organizado en la tarde anterior por el jefe del Comando de Institutos Militares, el general Benavides, y el jefe del Comando de Tropas, el general Arellano. Benavides ha dispuesto que se trasladen batallones de la Escuela de Paracaidistas, bajo el mando del comandante Alejandro Medina Lois, para reforzar la protección de Peñalolén. También se ha establecido que en los Arsenales de Guerra, cerca del Parque Cousiño, se acantone la "reserva del comandante", las unidades disponibles para ser usadas como refuerzo cuando el jefe máximo así lo estime.
En cuanto llega, el comandante Medina Lois ordena a sus hombres conformar patrullas perimetrales para cerciorarse de que no haya movilización en las poblaciones marginales situadas alrededor del regimiento.
Pinochet se instala en el escritorio del Comando, junto a la sala de operaciones, donde se agolpan unas 15 personas, todas con tareas delimitadas según el principio de las cuatro funciones: Comando, Control, Comunicaciones e Inteligencia.
En vista de que desde Peñalolén no hay comunicación directa con las otras Fuerzas Armadas, los técnicos han diseñado una red de enlaces cuyo eje es el Estado Mayor de la Defensa. Pero esta mañana se descubre que la red falla en comunicar a Peñalolén con la Academia de Guerra Aérea. Pinochet (Puesto 1) y Leigh (Puesto Dos) tendrán que enviarse mensajes a través de Carvajal (Puesto Cinco), o a través de la radio de la Escuela Militar (Puesto Tres), que será operada por el cadete de 18 años Dante Pino.
Una cierta tensión, desde luego involuntaria y que sólo puede verse en forma retrospectiva, asoma tenuemente en la ausencia de comunicación directa entre los dos hombres fuertes del golpe en la capital. ¿Empieza el destino a ordenar sus líneas?
07.45 horas, Oficinas de Cormu, calle Portugal
A esta hora comienza el caos en el PS. Pero, claro, sus militantes aún no lo saben. Por el contrario, creen que comienza la organización.
El secretario general Carlos Altamirano, y su segundo, Adonis Sepúlveda, se reúnen con 10 de los 13 miembros restantes de la Comisión Política en las oficinas de la Corporación de Mejoramiento Urbano (Cormu), situadas provisoriamente en el claustro en demolición de la Universidad Católica, en calle Portugal con Marín.
Los dirigentes socialistas deciden que ante todo es preciso convencer a Allende de que deje el Palacio para refugiarse en un lugar más seguro y organizar la resistencia. Altamirano cumple esa tarea por teléfono, pero la voluntad del Presidente es indoblegable; permanecerá en el lugar propio de su cargo.
Por lo demás, ¿de qué resistencia hablamos? Todos perciben que la situación es grave, pero aún no se sabe de nada mayor que un movimiento en la Armada.
Ante la ausencia de opciones, los jefes socialistas comisionan a Hernán del Canto para ir a La Moneda.
A la misma hora llega el senador Erich Schnake a las oficinas de radio Corporación, a metros de la sede del gobierno. La radio está ya con dificultades de transmisión, pero sigue en el aire, con escaso alcance, a través de su banda FM. El equipo de locutores y periodistas -Miguel Ángel San Martín, Sergio Campos, Julio Videla y Gustavo Adolfo Olate- procura organizarse.
En los minutos que siguen, se abre un debate entre Schnake y los contertulios de la calle Portugal acerca del mensaje que el PS debe dirigir al pueblo. Algunos opinan que debe hablar Altamirano, llamando a la movilización; pero éste, que siente que ya han sido excesivas sus "concesiones" a la línea dura con el discurso del Estadio Chile el domingo 9, se niega. El llamado lo hará el subsecretario general Adonis Sepúlveda. Sólo que para el momento en que hay acuerdo, las ondas de la radio están colapsando. Únicamente Magallanes y Candelaria mantienen sus transmisiones.
A poca distancia, en la sede del PS de Londres 38, la senadora María Elena Carrera espera instrucciones con un grupo de militantes. Las comunicaciones se han vuelto infernalmente difíciles, y nadie sabe qué hacer. Según los planes, desde Londres 38 deben partir los piquetes de trabajadores que coparán los puentes sobre el río Mapocho, bloqueando el ingreso de tropas hostiles desde el norte. Pero esas órdenes no llegan nunca.
En la sede del Comité Central del PS, en calle San Martín, el Grupo Especial de Apoyo (GEA) integrado por ocho militantes se reúne tras recibir el "Alerta Rojo" decretado por el Aparato Militar, que algunos llaman Fuerza GEO y otros AGP. Tienen armas, pero no instrucciones. Se proponen partir hacia La Moneda, con un contingente de 19 obreros de la construcción. Pero desde allí, el jefe del GAP, Jaime Sotelo, les dice que deben dispersarse. La orden es quemar la documentación del partido y buscar refugios seguros para reorganizarse más tarde. A pesar del optimismo de quienes lo rodean cuando apenas son las 7.45, Sotelo ya parece prever el triunfo del golpe. Mientras se preparan para salir, llega un enviado de Ariel Ulloa, que se hace cargo de la destrucción de documentos y el incendio de la sede.
Los ocho miembros del GEA cargan el armamento y a bordo de tres autos parten a Mademsa, en la esperanza de hallar allí a Altamirano. Encuentran a los obreros fabricando, a prisa y sin dirección, minas "vietnamitas", unos conos rellenos de esquirlas (proporcionadas por la vecina metalúrgica Cintac) que, en caso de una guerra de localidades, servirían de obstáculos a blindados enemigos. Pero no hay tal guerra, y los obreros, sinceramente allendistas, quieren irse cuanto antes a sus casas.
Antes del mediodía los GEA se hallarán solos en una industria enorme.
07.50 horas, La Moneda
-Pobre Pinochet, debe estar preso -comenta Allende ante el periodista Carlos Jorquera y el médico Arturo Jirón, cuando le informan que nadie logra encontrarlo por teléfono. El comentario es voluntarista, porque tampoco hay comunicación con Montero, ni con Leigh, ni menos con la Armada.
El general director de Carabineros, José María Sepúlveda, acaba de llegar a La Moneda, pero no sabe nada. Cuando saluda al Presidente, asegura que Carabineros será leal al gobierno, como siempre. Y luego sale a llamar al subdirector, el general Urrutia, para que vaya al Palacio y le informe de las acciones.
Joan Garcés está convencido de que si el movimiento es mayor, el esquema del "tancazo", con los obreros concentrados en sus fábricas, será una fatalidad. En lugar de mantener esa posición pasiva, sería mejor que se fuesen desplegando por la ciudad, convergiendo hacia el centro. De ese modo, un conato golpista tendría dificultades para extenderse con rapidez.
Allende se muestra de acuerdo con su análisis, aunque de una manera poco enfática. Y asiente del mismo modo cuando Garcés propone llamar al presidente de la CUT, Luis Figueroa, para que instruya a los trabajadores. Una vez que Garcés le pasa el teléfono, el Presidente habla con la brevedad de un lenguaje cifrado:
-Movilidad, movilidad.
¿Entiende Figueroa lo que quiere decir Allende? ¿Piensa dar esas instrucciones, totalmente contrarias a las del "tancazo" y a las de los planes tantas veces discutidos en la UP? ¿Tiene siquiera los medios para pasar un mensaje de esa naturaleza?
No se sabe. Pero sería inútil, porque cinco minutos después, el Presidente se acerca a los tres micrófonos instalados en su escritorio -de las radios Corporación, Magallanes y Portales- y dirige su primer discurso al país de esta mañana.
"Un sector de la marinería", dice, se ha sublevado, y el gobierno está a la espera de tener más informaciones. ¿Qué deben hacer los trabajadores? Estar "atentos, vigilantes, y evitar provocaciones".
-Como primera etapa -agrega- tenemos que ver la respuesta, que espero sea positiva, de los soldados de la patria, que han jurado defender el régimen establecido.
No hay movilidad, no hay despliegue, no hay marcha sobre el centro. En breve, el Presidente ha puesto la prudencia por sobre la ofensiva. Como táctica militar, es pobre; como hecho político, tiene un significado que sólo se comprenderá años más tarde.
Es estremecedor leer este artículo y revivir aquellas horas terribles. Es imposible dejar de sentir nuevamente angustia y dolor. Vuelven a destacarse nítidamente los perfiles morales de Salvador y de tantos anónimos pero leales chilenos. Pero quizás, lo que deja una herida abierta es la inevitable comparación entre aquellos hombres y mujeres, aquellos gestos y la mediocridad y la falta de coherencia y compromiso de quienes ejercen hoy a modo de sucesores de aquellos sueños y aquellas luchas.
Ojalá esto sea una coyuntura pasajera y que recuperemos como pueblo aquella firme voluntad de cambio por un Chile mas justo y mejor.