LOS PLANES PARA LA TOMA DEL PODER Y LA RESISTENCIA LA NOCHE NO TENDRÁ LUNA Por Ascanio Cavallo y Margarita Serrano
Martes 11 de septiembre, 3.00 horas, Vitacura
Son las 3 de la mañana de este incipiente martes 11 cuando el ex Presidente Eduardo Frei Montalva decide que debe dormir. Está en la casa de su hija Carmen, adonde se ha ido a instalar esta noche por consejo de sus amigos y su propia familia. Y lleva horas paseándose, sin conciliar el sueño. En la noche del domingo 9, el general Arellano ha informado al senador Juan de Dios Carmona -que fue ministro de Defensa de Frei- sobre la inminencia del golpe. El 10 las versiones se repitieron, una a través de su ex edecán naval Víctor Henríquez y la otra de su también ex edecán, el ahora general Bonilla.
Como presidente del Senado, Frei es la segunda autoridad de la República, el hombre que ocuparía el sillón presidencial en caso de vacancia. Pero parece evidente que de haber golpe, los militares cerrarán el Congreso; sería absurdo que lo mantuvieran en funciones. Más probable es que intenten restaurar el orden público y económico, y al cabo de un tiempo breve -quizás tres años- devuelvan el poder a los civiles. De la actual oposición, por supuesto.
¿Y la violencia? A Frei lo desgarra la idea de un golpe sangriento, y no olvida que el general Prats le dijo, a comienzos de julio -días después del "tancazo"-, que una asonada podría producir cien mil muertes, y quizás hasta un millón. Ese cálculo militar, de apariencia técnica, lo obsesiona.
Pero, por otro lado, Frei siente una ira incontenible hacia Allende, a quien culpa del extremo a que se ha llegado. Ya al momento de entregarle el mando le advirtió que no lo ayudaría y que esperaba que su gobierno fuese lo más corto posible, porque tenía la convicción de que sería dañino para el país.
Frei fue confirmando esa certeza en los dos primeros años de Allende. Cada vez que la prudencia aconsejaba atemperar el ritmo de los cambios, la UP hacía exactamente lo contrario. Con ello explicaba la veloz polarización que se había producido ya en 1972, cuya caja de resonancia era una prensa militante que no se detenía ante nada para denigrar a los adversarios, y un lenguaje cargado de consignas en vez de argumentos. Para Frei, el debate se había agotado a inicios de 1973; el lenguaje político estaba a punto de ser sustituido por el de las armas. La guerra no continuaría a la política: la suplantaría.
A lo largo de ese año, Frei rechazó reiteradamente las invitaciones a reunirse en privado con Allende. La vieja estima de los colegas del Senado parecía haberse hundido para siempre en el océano de recriminaciones, insultos e imputaciones en que se había convertido la política chilena.
En agosto, cuando la situación ya parecía desbocada, Allende volvió a buscar una cita con Frei, ahora a través del cardenal Raúl Silva Henríquez. Frei, herido por lo que a su juicio era una campaña de diatribas digitada desde La Moneda, se negó. Sin embargo, autorizó al presidente del partido, Patricio Aylwin -un prohombre de la corriente "freísta"-, a reunirse con Allende en la casa del cardenal.
El resultado de ese esfuerzo fue un intercambio de propuestas entre Aylwin y el ministro del Interior, Carlos Briones. Pero en medio de esas reuniones, la Cámara de Diputados, con los votos del PDC, emitió un acuerdo que declaraba que el gobierno había quebrantado la institucionalidad. Al margen de las intenciones de sus redactores -el senador del Partido Nacional Francisco Bulnes, el abogado Enrique Ortúzar y, en calidad de revisor, el diputado DC Claudio Orrego-, el documento creaba las condiciones jurídicas para el derrocamiento (1).
Frei no creía tampoco en estos diálogos de última hora. Estaba convencido de que Allende los usaba para dilatar la crisis y, peor aún, envolver al PDC en el desastre que se avecinaba. Iniciado septiembre, le parecía que ya no había más solución que la renuncia de todos los poderes elegidos y la convocatoria a elecciones generales. Borrón y cuenta nueva.
En la tarde del domingo 9 estuvo redactando su renuncia a la presidencia del Senado, porque al día siguiente se conocería la propuesta de la DC que daba forma a esta idea. Hasta que en la noche llegó la noticia de la inminente sublevación no participó en ella. Tampoco necesitó autorizarla: su rechazo a Allende era tan público como su repudio al programa y la conducta de la UP. En los mentideros políticos se sabía que ni siquiera aceptaba reunirse con el Presidente, lo que, en las interpretaciones más duras, era señal de que desconocía su autoridad. ¿No era bastante elocuente?
Y ahora, en la casa de Carmen, se siente encerrado y atenazado por el peligro físico y por la coyuntura histórica.
Sus amigos tienen un plan para que se refugie en la embajada australiana, a través de la casa de un diplomático peruano.
Todo el mundo tiene planes esta noche.
Y bien: ¿Es esto normal? La política puede ser entendida como el arte de la anticipación, pero en ningún caso de la clandestinidad. Hasta se puede decir a la inversa: cuando comienza la clandestinidad, es porque se ha terminado la política.
Los principales oficiales del golpe tienen previstos refugios para sus familias a partir de la noche decisiva. En principio, toman esas medidas pensando en la posibilidad de un tropiezo anticipado que incite a las fuerzas adversarias a caer sobre los puntos débiles de los mandos. Pero en un segundo paso, más importante, piensan en el quiebre interno, la temida lucha entre camaradas. Por eso, no son pocos los que despachan a sus familias hacia lugares que podrían hallarse en el bando contrario o que, al menos, serán neutrales si lo peor llega a lo peor.
Según un dirigente socialista, la celeridad de los jefes de Patria y Libertad para asilarse durante el "tancazo" ofreció un nuevo modelo a la política del país; esto explicaría que, para septiembre, el asilo estuviese asimilado por la imaginación dirigencial, y en muchos casos como primera alternativa.
El propio gobierno piensa en una estructura clandestina, la Dirección Central (Dicen), donde los líderes usarían "chapas" y contraseñas para reunirse en un local de calle García Reyes, bajo la clave "Filadelfia". El Presidente pasaría a llamarse, en esa alternativa, "Reinaldo Angulo Aldunate". Ministerios y organismos partidarios entrarían, en tal caso, en un tenebroso juego de nombres claves y santos y señas.
¡Un gobierno clandestino!
El PS establece tres niveles de alerta, que se activarían a través de canciones transmitidas por Radio Corporación. En el nivel 1, los temas claves serán de Salvatore Adamo y se radiarán cada tres horas; en el 2, serán de Leonardo Favio, también cada tres horas; en el 3, el peor, el tango "Mi Buenos Aires Querido", en la versión clásica de Carlos Gardel, aparecerá cada 30 minutos .
El MIR, como es obvio, ha vivido desde mucho antes sumido en las fantasías clandestinas, a veces alentadas por la teoría del foquismo guerrillero, a veces por la de la vanguardia proletaria; era propio de su constitución ideológica (y social) imaginar escenarios heroicos. Nadie les podría reprochar esas entelequias.
El PC ya ha vivido la experiencia de la proscripción durante el gobierno de González Videla. En su doctrina leninista, el contragolpe y la traición han estado siempre en el menú, por lo que un aparato sumergido forma parte del manual básico. Cada líder del Comité Central tiene identidad alternativa, casa de seguridad (usualmente entre pobladores o dirigentes obreros) y vía de escape en caso extremo.
Pero ¿qué hace que los dirigentes socialdemócratas, izquierdistas cristianos, mapucistas moderados y aun radicales tengan también previstas casas para refugiarse y disfraces para huir? ¿Y por qué también los prohombres de la DC, los dirigentes gremiales, los jueces, los sindicalistas y los militares?
La clase dirigente acepta, en sus gestos, que vive un estado de pre guerra civil. Los líderes políticos portan pistolas; los parlamentarios usan guardaespaldas; los empresarios tienen armas en sus casas; el Presidente lleva una metralleta en su maletín.
El país está desquiciado.
3.15 horas, Tomás Moro
Pasadas las 3 de la mañana concluye la despedida de soltero del GAP en Tomás Moro. Sólo un pequeño turno permanece en pie. Están en Alerta Uno, el grado máximo, aunque la preocupación no es tanta como la que hubo la semana anterior y la que se espera para la siguiente; esta es, para muchos líderes de la UP, una semana de tregua.
El GAP nació en 1970, durante la campaña presidencial, para proteger a Allende de atentados. En su concepción estuvieron Eduardo "Coco" Paredes y los "elenos" (2) Fernando Gómez y Enrique Huerta, a los que se sumarían, tras el triunfo, 10 miristas encabezados por Max Marambio. En su base organizativa fue esencial un ex comando expulsado del Ejército, Mario Melo, que hizo de vínculo con el MIR, al que Allende no quería tener lejos del gobierno, aunque estuviese fuera de la UP. Para las elecciones, ya eran unos 33 hombres .
La casa de Tomás Moro fue adquirida como residencia presidencial en febrero de 1971, a vista de que la de Allende, en la señorial calle Guardia Vieja, no ofrecía ninguna seguridad. En el espacio de una cancha de tenis, colindante con el colegio de las Monjas Inglesas, se levantó un galpón como dormitorio del GAP. Otros hombres se establecieron en la casa de la "Payita", en El Cañaveral, que también servía para entrenamiento y ejercicios.
En 1973, el GAP había llegado a tener algo más de 70 hombres, más de la mitad en proceso de formación militar. Estaba enteramente en manos del PS -luego de que Allende pidiese el retiro del MIR por razones de congruencia frente a la posición radicalizada de ese grupo-, tenía una dirección colectiva, con los grupos operativos a cargo de Juan José Montiglio y Domingo Blanco, y se organizaba en cuatro secciones: Escolta, Operaciones, Guarnición y Servicios. Una estructura militar clásica.
¿Armamento? Ametralladoras .30, unos 100 fusiles AK-47, alrededor de 50 subametralladoras Walter, UZI y MP-40, lanzacohetes RPG-7 y 60 pistolas P-38 y revólveres Colt. Procedencia: regalos que dejó Fidel tras su visita a Chile, en 1971; y en parte, un envío desde Cuba que fue denunciado por la oposición y tenazmente negado por el gobierno.
Para entonces, el GAP estaba en el centro de las furias de la oposición. Su sola existencia demostraba la falta de fe de Allende en las instituciones republicanas; y además, era un estímulo para la creación de grupos armados en todo el espectro político.
Por supuesto, los hombres del GAP no sentían lo mismo. Se sentían servidores de causas muy superiores a ellos mismos, enfrentando a los poderosos y los privilegiados. ¿Cómo no iban a recibir críticas?
Sin embargo, es un hecho que el GAP constituía la "primera piedra" de un edificio más amplio. Aunque su objetivo principal era proteger al Presidente y su familia, el GAP representaba una parte importante -y hasta estratégica- de la fuerza militar que trataba de desarrollar la Comisión de Defensa del PS.
Que un grupo tan reducido fuese una parte importante de ese aparato también quiere decir que tal estructura era aún muy pequeña. El tamaño, sin embargo, tiene relevancia relativa: para algunos lo importante es que el PS tenía en efecto la voluntad de desarrollar un "ejército popular".
Esta voluntad estaba rodeada de una indescifrable combinación de retórica con desidia. Bajo el influjo de la derrota del "Che" en Bolivia -convertida en victoria por la imaginación simbólica-, el congreso del PS de 1967 había proclamado en Chillán la legitimidad de la lucha armada, un desplante que encendió el alerta en los estados mayores militares.
Hoy parece claro que ese arranque de revolucionarismo no tuvo traducción real inmediata. En cambio, logró que desde entonces el discurso del PS fuese dominado por una retórica amenazante, cargada de figuras de fuego y pólvora. Meras figuras, si se tiene en cuenta el ritmo de las decisiones: seis años más tarde, no tenía más que unas centenas de militantes, mal equipados, pobremente entrenados y débilmente dispuestos, para hacer frente al peor de los riesgos: unas Fuerzas Armadas profesionales. El PS no era todavía un partido realmente leninista, como se declaraba, sino esencialmente electoralista, que jugaba a los votos aunque hablaba de armas.
Lo que no tenía en cuenta esa fraseología incendiaria era que el PS constituía el único partido de la UP que podría representar una amenaza militar, el único que podría dar vida a la consigna del "poder popular", el único que podría prestar la carne de cañón para la epopeya revolucionaria.
Como en otras experiencias históricas, después vendrían los administradores de revoluciones y los burócratas, para decidir si el modelo sería soviético, cubano o yugoslavo. Pero nada de eso podría partir sin las bases del PS. En otras palabras: para sus adversarios, el PS era objetivamente el partido más peligroso. El discurso creaba la realidad.
A fines de 1972, la Comisión de Defensa socialista planteó a Allende la necesidad de que, frente a un intento de golpe, se trasladase a un lugar fortificado para encabezar la defensa del gobierno. La idea era que el Presidente facilitara el desarrollo de una guerra basada en el combate de localidades, que tanta eficacia había mostrado en Argelia y Vietnam. Sólo que, ante la falta de fuerzas de ocupación, esa confrontación sólo podía tener un nombre: guerra civil.
Y en el inicio de este proceso, sostenía la Comisión de Defensa socialista, La Moneda podía convertirse en una trampa mortal. Allende rechazó de plano la propuesta:
- El lugar del Presidente de Chile -dijo, con su solemnidad típica- es La Moneda.
En lo sucesivo, los pocos que se atrevieron a volver sobre el asunto recibieron respuestas cada vez más tajantes. No era simple tozudez.
En un momento de crudeza insólita, lo explicó ante los miembros del Centro de Estudios Nacionales de Opinión Pública (Cenop), organismo dependiente de la Secretaría General de Gobierno, pero con reporte directo al Presidente, que constituía uno de los primeros esfuerzos por aportar análisis científico a las altas decisiones políticas. (3)
La ocasión fue una cena en la casa de Tomás Moro, a fines de agosto. El Cenop había elaborado un informe sobre la posibilidad del golpe, en cuyo centro se situaba la crisis de autoridad, un concepto que disgustaba a Allende y que suponía organizar la resistencia a la insurrección de un modo no tradicional. Mientras conversaban en el living, el perro del Presidente entró una y otra vez a la habitación, pese a las reiteradas expulsiones de su dueño. El sociólogo socialista Claudio Jimeno aprovechó el hecho para una metáfora humorística:
- Usted dice que no hay crisis de autoridad, Presidente. Pero ni el perro lo respeta...
Allende frunció el ceño, sacó al perro y cerró la puerta. Y explicó:
- Miren: voy a defender mi cargo hasta las últimas consecuencias y hasta el último día. Y no es porque tenga pasta de apóstol, sino porque le tengo respeto y no me imagino saliendo a empujones de mi despacho, ni convertido en un exiliado que golpea puertas extranjeras. Y, por otra parte, los tiempos que vendrían después de un golpe serían muy difíciles. Y yo, por mis costumbres y mi forma de ser, no serviría para un trabajo de resistencia. Al contrario: sería un estorbo. Lo sé muy bien, créanme.
La Comisión de Defensa del PS decidió trabajar sobre ese dato inamovible: Allende se fortificaría en el inapropiado Palacio.
A partir de eso elaboró el llamado Plan Santiago, que consistía en centrar la defensa del gobierno en La Moneda. El plan preveía desarrollar "círculos concéntricos" en torno a la casa de gobierno, los que irían avanzando desde fuera hacia dentro, hasta blindar La Moneda con masas de adherentes. La base del movimiento lo formarían los Grupos Especiales Operativos (GEO) del PS, unidades de ocho a 10 militantes, compartimentados y piramidales, cuyo mando coordinado era la Fuerza GEO.
El primer círculo se situaba en los edificios públicos colindantes con La Moneda, desde donde se librarían las primeras escaramuzas, mediante francotiradores del GAP y de algunos seccionales del PS. El segundo debían originarlo, siempre en el centro, los partidos de la UP, desde sus propios locales y desde otros edificios con francotiradores.
El último círculo era de los "cordones industriales" (4), donde obreros y estudiantes se concentrarían para obstaculizar a las fuerzas rebeldes e iniciar, con contingentes leales, el avance hacia el centro.
Por el sur, el Cordón San Bernardo debería aislar Pirque y frenar la salida del Regimiento de Ferrocarrileros, aunque éste seguramente lograría avanzar, por dos direcciones:
La del suroriente debía ser cubierta por el Cordón Macul-Ñuñoa, en conjunto con la población marginal La Faena.
La del surcentro sería asumida por el Cordón Vicuña Mackenna.
En el surponiente, el Cordón San Joaquín debía bloquear el avance de la Escuela de Infantería de San Bernardo y de la Base Aérea El Bosque.
En el poniente, el Cordón Cerrillos debía bloquear la Base Aérea Los Cerrillos y controlar las rutas de acceso a la capital.
En el norte, el Cordón Renca (o Panamericana Norte) y el Cordón Conchalí debían contener al Regimiento Buin y bloquear el acceso de tropas desde San Felipe y Los Andes. Esta tarea sería apoyada por campesinos organizados, para impedir el paso a la Escuela de Especialidades de Peldehue e inmovilizar la Base Aérea de Colina.
El centro debía ser controlado por el Cordón Centro, con los francotiradores, que probablemente se enfrentarían a tropas del Blindado Nº 2, del Regimiento Tacna o del Regimiento Buin.
El plan contemplaba una fase de combate de contención, a la que seguiría el asalto de arsenales militares para ampliar el armamento. Era, en breve, el programa de una conflagración generalizada, con tropas y guerrillas por cada lado.
Sin embargo, para el 11 de septiembre no ha sido aún desarrollado. La información es conocida por un grupo ínfimo de dirigentes, no está sistematizada y, lo que es peor, no ha sido sometida a ningún ejercicio de comprobación, ni teórico ni práctico. Más que un plan, es un pobrísimo boceto.
Para entender la magnitud de esa precariedad es útil contrastarla con el plan militar de la Agrupación Centro, que se pondrá en marcha en la madrugada. El documento ha sido preparado por el general Arellano en la noche del 10. Su diseño se enmarca en el "Plan Ariete" de control de la ciudad y detalla, con rigor profesional, los medios de cada unidad, su misión y sus acciones por fases. En la casi totalidad de los casos, la primera fase contempla el control de servicios críticos; la segunda incluye "rechazar toda acción violentista o masiva destinada a atacar de hecho o palabra, o efectuar desmanes contra la población civil, propiedad privada o industrias".
No es, pues, un plan de mero ataque. Es de ocupación. Además de cautelar a la población civil, busca asegurar la integridad de la infraestructura y repeler, no sólo la resistencia armada, sino también el sabotaje y la agitación. La realidad militar será ésta:
En el sur, la Escuela de Infantería de San Bernardo cerrará los puentes sobre el río Maipo y luego iniciará un movimiento envolvente por Vicuña Mackenna, rodeando de paso el cordón de esa calle, hasta alcanzar el centro.
Por el poniente, los regimientos de infantería Maipo, de Valparaíso, y de caballería Coraceros, de Viña del Mar, cerrarán el túnel Lo Prado y avanzarán para cercar el Cordón Estación Central, incluyendo la Villa Portales y la UTE.
En el norponiente actuarán unidades del Regimiento Yungay de San Felipe, protegiendo servicios básicos, controlando zonas y apoyando al Regimiento Buin en el norte.
Por el norte, 770 hombres del Regimiento Guardia Vieja de Los Andes, parte de ellos estacionados en el recinto de la Fisa desde el fin de semana, cerrarán el paso Chacabuco e iniciarán un movimiento envolvente por el poniente, hasta llegar a San Miguel.
Sobre el centro actuarán no una unidad, sino cuatro: la Escuela de Suboficiales, el Blindado, dos compañías y 12 piezas de artillería del Tacna y parte de la Escuela de Infantería.
Es una máquina abrumadora. Cerca de 3.000 hombres cerrando la ciudad y presionando sobre el centro. En el nor-oriente completarán la faena el Regimiento Buin, la Escuela Militar y la FACh, duplicando las tropas empleadas en la Agrupación Centro.
Los soldados usarán cuellos de color salmón y las unidades irán con víveres para tres días. El lugar designado para los "rehenes" (el lenguaje militar es equívoco en este punto) es el Tacna, que debe encargarse "de su custodia, como asimismo de su alimentación y atención sanitaria".
El Presidente Allende pensó siempre que un golpe se iniciaría con una asonada militar episódica, como habían sido todos los intentos sediciosos en Chile, incluyendo la guerra civil de 1891, que partió con la sublevación en solitario de la Armada. Un golpe conjunto, dirigido por los jefes máximos de las FF.AA., sólo era posible mediante una "traición" (así lo llamaría horas más tarde), es decir, como un engaño a su perspicacia.
Y debía ser, además, una traición múltiple, porque para eso el Presidente se preocupaba de dialogar y apoyar a los comandantes en jefe; muchas de las demandas profesionales insatisfechas de las FF.AA. habían sido cubiertas durante el gobierno de la UP. Para eso invertía muchas horas a la semana. A Pinochet, por ejemplo, desde que lo puso al mando del Ejército, lo citó casi todas las noches siguientes a su casa, entre 10 y 11 de la noche, para conversaciones de un par de horas. Podía engrifarse alguno de los comandantes en jefe, pero ¿rebelarse los tres? ¿Y arrastrar a todos sus hombres?
En el imaginario de golpe que manejaba Allende, la defensa militar del régimen sería obra de los propios militares: unidades rebeldes contra unidades leales. Las masas no debían protagonizar esa contienda, sino, cuando más, acompañarla y reforzarla.
Por eso no permitió nunca que los partidos de la UP intervinieran en los nombramientos militares. Por eso desoyó el insistente llamado de su asesor Joan Garcés, y de otros, a desarrollar una política activa hacia los uniformados, retirando a los oficiales sospechosos. Por eso exigió que las armas enviadas al PS por Fidel Castro se repartieran por igual entre el GAP y la Comisión de Defensa socialista, como un modo de limitar el apetito armamentista.
Las aprensiones presidenciales tendían a repetirse: algunos generales, algunos regimientos. El "tancazo" de junio pareció avalarlas; unos pocos insurrectos, aplastados por tropas leales. Al día siguiente de esta asonada, Allende temía el alzamiento de regimientos en Antofagasta, Linares, Concepción, Temuco, Osorno y Valdivia, además de la Armada. El viernes 7 de septiembre, el general (R) Prats pareció confirmar esta visión parcelada al señalar a los generales sospechosos ante Letelier:
Washington Carrasco (III División, Concepción), Héctor Bravo (IV División, Valdivia), Manuel Torres de la Cruz (V División, Punta Arenas) y, con dudas, el escurridizo Herman Brady (II División, Santiago). Probablemente su advertencia era más grave. Las señales negativas venían de cuatro divisiones… en un Ejército que tenía cinco.
Pero en la tarde del 10 de septiembre, Allende mantenía su pensamiento. Percibía la gravedad de la situación con la Armada, pero creía que al mantener a Montero frenaba sus ímpetus. Veía la tensión con la Fach, pero ¿no le había dicho Leigh que junto con los allanamientos contra la izquierda habría que hacer otros en la derecha? Confiaba en Carabineros, y en Investigaciones reinaba el fiel Alfredo Joignant.
En cuanto al Ejército, allí estaba Pinochet, "mi pinochito", incapaz de nada alevoso. Después de asumir la jefatura del Ejército, Pinochet había pedido las renuncias de todos los generales. Dos se negaron a entregarla: Bonilla y Arellano; otros las retiraron después de ofrecerlas.
Este episodio refleja crudamente la extrema anormalidad de la situación militar. La conducta de Bonilla y Arellano representaba no sólo un gesto de desconfianza hacia el nuevo comandante en jefe, sino un desafío a su autoridad recién adquirida.
Sin embargo, en esta ocasión Pinochet no tomó ninguna medida más drástica que encargar al general Urbina la obtención de esas renuncias. El nuevo jefe del Estado Mayor del Ejército tampoco lo logró.
Y cuando el Presidente y el ministro Letelier le propusieron pasar a retiro de inmediato a esos generales, Pinochet explicó que esperaría el proceso anual de calificaciones, para no agudizar las tensiones internas. A partir de octubre, pasaría a retiro a seis o siete generales. El Presidente entendía quiénes: Torres de la Cruz, Bonilla, Arellano, Nuño, Vivero, Palacios, quizás Carrasco.
En verdad, Pinochet sabía que no tenía la fuerza para sacar a esos generales. De intentarlo, era más que probable que enfrentaría sublevaciones de magnitud incierta. Con el solo rumor de que Arellano podría ser dado de baja, más de 200 oficiales se acuartelaron el 26 de agosto en la Escuela Militar, cuyo director, el coronel Nilo Floody, parecía dispuesto a liderar una insurrección. Sólo el general Arturo Viveros, amigo de Arellano, pudo convencer a los exaltados de que no era el momento adecuado.
El comandante en jefe estaba realmente maniatado, aunque jamás lo reconocería. La inquietud de Allende y Letelier fue aumentando en septiembre. El 9, aceptando un alarmado consejo de Prats, decidieron exigir a Pinochet que sacase a los generales sediciosos antes del viernes 14. Para entonces, el Presidente ya habría anunciado el plebiscito y no habría espacio político para un golpe exitoso.
De cualquier modo, era una manera muy limitada de comprender el análisis de Prats. El general (R) creía que la inminencia de un golpe no derivaba sólo de la acción de unos generales, sino de la crisis institucional. Junto con desactivar el núcleo conspirativo, Prats había dicho que la solución incluía que el Presidente pidiera al Congreso un permiso constitucional de un año y saliera del país, hasta que las cosas se apaciguaran. Allende reaccionó con indignación ante la idea, y probablemente confirmó la percepción, que venía comentando, de que Prats era un hombre quebrantado. Pero retuvo la necesidad de purgar el alto mando militar. Su comentario de cierre reflejaba su visión: "Siempre habrá algún regimiento leal al gobierno".
En el almuerzo que tuvo el 10 de septiembre con algunos de sus cercanos, Allende mencionó la posibilidad de aplicar, después de que se convocara el plebiscito y asumiera el "Gabinete de Guerra", el Plan Hércules del Ejército, el dispositivo anti-insurgencia preparado bajo las órdenes de Pinochet, para asegurar la neutralización de grupos ultristas.
También precisó que la tarea principal de la nueva Dirección de Seguridad sería la de monitorear los peligros para el gobierno, teniendo a la vista el principio de coordinación de los órganos del Estado y no de los partidos, ni las organizaciones sociales, ni los cordones. Es una decisión consistente con la de permanecer en La Moneda en caso de asonada.
En su último día de gobierno, Allende había descartado la resistencia a través de una fuerza militar propia. Sabía bien que, a pesar de la fogosa labia que desplegaban, los partidos de la UP no tenían capacidad militar real, y no le interesaba alentarla. Como dice Garcés, la idea de la guerra civil era para él objeto de un "rechazo estratégico", y posiblemente instintivo. ¿Obreros inexpertos luchando contra tropas profesionales? Esa visión ha de haberle producido repugnancia. Pero objetivamente, al esperar que esas mismas tropas se quebraran -rebeldes contra leales-, apostaba a un formato que, en su escala mayor, significaba precisamente la guerra civil.
4.00 horas. Calle Laura de Noves
Como la imagen de un espejo, las mismas inquietudes han de estar en el desvelo de Pinochet en estas horas previas. Una es central: ¿Responderán todas las unidades? ¿Se mantendrá la verticalidad del mando? Al general no le preocupa la unanimidad de las FF..AA., ni siquiera la integridad de sus respuestas. Lo que le inquieta es el Ejército. ¿Habrá un general Rojo?
En la tarde del 9, cuando Leigh lo visitó en su casa, Pinochet le mencionó las desconfianzas dentro del Ejército hacia el general Urbina. Añadió que lo ayudaría si plantease esa interrogante en frente de los que comandarán el golpe.
Leigh cumplió su papel en el almuerzo del lunes 10, y Pinochet el suyo, informando que Urbina acababa de viajar a Temuco.
El jefe del Ejército completaba en ese momento su entrega al grupo de los generales impetuosos. Era un proceso que lo venía acorralando desde el mismo día de su asunción, aunque contravenía su irritación por las conductas de ese grupo: la ira que le produjo la protesta de mujeres contra Prats; la indignación contenida ante la negativa de algunos a entregarle sus renuncias, y la molestia ante las huellas visibles de esos generales en la impaciencia de muchas unidades.
Tras su nombramiento, Pinochet pudo dejar en posiciones importantes a sólo tres hombres de su confianza: Urbina, en el Estado Mayor; Brady, en la II División, y Benavides, en el Comando de Institutos Militares. Los tres eran generales como él mismo: silenciosos, obedientes y formales.
De Brady se decía que había votado tres veces por Allende y su temperamento amistoso hacía creer, incluso dentro de las FF.AA., que era proclive al Presidente; sólo en la noche del 22 de agosto, cuando éste organizó la cena con los generales "cercanos", Brady mostró un ángulo filoso al declarar que Prats ya no representaba las opiniones de sus subalternos.
Benavides tenía lazos familiares con figuras del PDC, pero a diferencia de los ex edecanes de Frei, mostraba una completa apatía por la política. Se lo conocía como un militar austero y estudioso. Su ascendencia, como hombre de Logística, no procedía de la fuerza, sino de la capacidad organizativa.
Y Urbina, que tenía un impetuoso hermano cercano al PS. Que era objeto, igual que Pinochet, de notables cortesías por parte del gobierno. Y que, a diferencia de los otros, era también un par: un compañero de curso, un oficial impecable, un hombre al que no se le podía hablar como a los demás. ¿Tuvo Pinochet en cuenta esos factores para desplazarlo, o simplemente cedió a la presión de los vehementes?
En cualquier caso, al aceptar que se dudase de su segundo, Pinochet admitía su incertidumbre respecto de otros miembros del alto mando. ¿Qué pasará con Joaquín Lagos (5), en Antofagasta, lugar ideal para crear una "zona libre" envolviendo a Calama, las minas de cobre y hasta la frontera? ¿Y con Héctor Bravo, en Valdivia, tan cerca de los bosques de Neltume y de los pasos cordilleranos más vulnerables?
Por muchos años se especularía después sobre la decisión de instalar el cuartel general del golpe en el Comando de Telecomunicaciones. ¿Por qué en Peñalolén y no en el centro, donde estaría la clave de la acción, o en la Escuela Militar, la mayor unidad de la zona oriente, o en los poderosos regimientos Buin o Tacna, cercanos y a la vez seguros? ¿Por qué tan lejos de las operaciones terrestres? ¿Por qué en un lugar que no ofrece comunicaciones fluidas con las otras ramas de las FF.AA. y que en lugar de tener líneas directas debe pasar por el Estado Mayor de la Defensa, en el Ministerio de Defensa?
Algunos dirán que es el lugar más fortificado de Santiago. Otros, que es el de más fácil salida hacia Argentina, en caso de fracaso (lo mismo que el regimiento donde duermen su esposa y sus hijos menores). Y aun otros presumirán que es un sitio apropiado para medir la evolución de la batalla, y volcarla hacia un lado u otro, según convenga.
Pero, bajo cualquier análisis racional, el motivo principal es muy diferente: en Peñalolén están las redes primaria y secundaria de comunicaciones del Ejército. Es el único puesto de Santiago desde donde se controlan los nexos con todas las unidades. No con las otras Fuerzas Armadas. Pero, ¿a quién le interesan las fuerzas ajenas en esta hora extrema?
En la tarde del 10, el Estado Mayor ha distribuido las órdenes de acción mediante notas personales a todas las divisiones. El mayor Bruno Siebert las ha llevado a Concepción; en el avión se ha encontrado con el mayor Víctor Contador, que viaja con la misma misión a Valdivia; pero en el sur hay una tormenta, y Contador debió quedarse con Siebert.
Ambos visitaron al general Washington Carrasco, jefe de la poderosa III División, y presenciaron su estallido de indignación cuando leyó el vaguísimo documento, que no decía nada explícito sobre la toma del poder: sólo mencionaba la aplicación del Plan Hércules. Esa noche, Carrasco reunió en su casa al almirante Jorge Paredes y al general de Carabineros Mario McKay. Paredes explicó que sus instrucciones incluían ocupar los órganos de gobierno, ante lo cual Carrasco se sintió obligado a decir que las suyas eran idénticas.
4.00 horas, Academia de la Fach
A las 4 AM, Leigh se reúne con su pequeño staff de oficiales: el general José Martini, jefe de Estado Mayor; el coronel Sergio Figueroa, director de la Academia; el coronel Alberto Spoerer, director de Sanidad; el coronel Enrique González, director de Contabilidad; el coronel Julio Tapia Falk, asesor jurídico, y su ayudante, Héctor Castro. A la misma hora deben instalarse los comandantes en sus unidades para completar los aspectos operativos del plan de acción, designado con el nombre en clave de Plan Trueno. En el caso de Leigh, la citación resulta exagerada: los oficiales constatan que no tienen nada que hacer y tratan de matar el tiempo. El propio Leigh se va a dormir por unas horas.
El día anterior, durante el almuerzo con Pinochet y sus generales, Leigh afinó su proposición de bombardear La Moneda si Allende ofreciera resistencia. Los hombres del Ejército se sobresaltaron: ¿un bombardeo en pleno barrio cívico y a pocos metros del Ministerio de Defensa? El jefe de la Aviación replicó, con cierta molestia, que un ataque con cohetes podía ser muy preciso, y que sus pilotos estaban preparados para ello.
A Leigh le irritaba esta continua duda acerca de las capacidades de la Fach. Deseaba la oportunidad de exhibirlas ante tantos incrédulos o ignorantes, empezando por Allende, que se había burlado de sus aviones en el momento de ofrecerle el mando:
- Acepte, general -le había dicho-, que yo le voy a cambiar esos cacharritos inútiles que tiene...
Leigh se guardó la ira ese día. Después comentaría a sus cercanos:
- Ya va a ver este desgraciado lo que le va a pasar con estos cacharritos.
También se acordó en ese almuerzo disponer un avión para que el Presidente pudiese salir del país, junto con su familia. Leigh insistió que sus aeronaves podían llevarlo, como máximo, hasta Venezuela, y Pinochet subrayó que el único país vedado sería Argentina, donde convergían tres factores de extrema peligrosidad: el gobierno peronista, una frontera demasiado extensa y el interés táctico de los militares argentinos por socavar el dominio territorial de los militares chilenos.
A primera hora de ese mismo día, Leigh había citado a los generales que consideraba más cercanos y les había informado sobre la movilización del 11 mediante una áspera arenga de todo o nada. Después de juramentarlos ordenó iniciar los aprestos.
Hubo dos generales excluidos en esa cita: Alberto Bachelet (6), que trabajaba para el gobierno en la oficina de Distribución y que tenía claras simpatías por Allende, y Carlos Dinator, auditor general de la Fach, al que se le atribuían posiciones políticas poco enérgicas. Bachelet era amigo de Leigh y tenía conciencia de la crisis económica del país; el mismo lunes le entregó el plan de distribución que había preparado para el gobierno, que debía servir para afrontar el desabastecimiento. "Para que lo tengas, por si acaso", le dijo.
Poco más tarde Leigh recibió una llamada del Presidente, que había sabido que los aviones de pasajeros de la estatal Línea Aérea Nacional, Lan Chile, estaban en el aeropuerto militar de Los Cerrillos, lugar prohibido para naves civiles. Leigh había autorizado en secreto ese desplazamiento, y le replicó que los pilotos de Lan, que habían iniciado una huelga contra el gobierno, los habían llevado allí para protegerlos de sabotajes.
- ¿Protegerlos de quién, general? ¿Del gobierno? -dijo Allende, irritado-. Ordene que se vayan de inmediato a Pudahuel.
- La Fach no tiene pilotos para operar Boeing 707 y 727, Presidente -contestó Leigh-, pero sí para los DC-3, con los que se va a mantener el servicio de pasajeros...
Allende no insistió, pese a la evidente inconsistencia del jefe de la Fach, y cambió de tema. Quería que los aviadores no realizaran los allanamientos a industrias previstos para esa noche, a fin de evitar incidentes como el de Sumar. Fue entonces cuando Leigh, llevando a un nivel excelso la estrategia de disimulo, le dijo que le extrañaba que nadie denunciara también a los centros armados de la oposición.
En la tarde, el jefe de la Fach recibió a 20 pilotos, copilotos e ingenieros de Lan que estaban disponibles para servir en el transporte de tropas o carga al día siguiente con los DC-3. Para protegerlos, los envió a acuartelarse en el Hospital de la Fach
En el fin de semana anterior, Leigh había enviado a sus mejores cazas, los Hawker Hunter, a Concepción, donde serían protegidos con ayuda de la Armada. Los aviones podían alcanzar Santiago en 25 minutos: eran el centro del Plan Trueno.
Por eso, aquella tarde citó al comandante del Grupo 7 y le ordenó preparar tripulaciones para misiones sobre Santiago, con 12 de los 18 Hawker Hunter, artillados y cargados de cohetes. El equipo debía ser reforzado con cuatro aviones del Grupo 9, de Puerto Montt, una exigencia rara dada la perfecta capacidad del Grupo de Los Cerrillos para completar una misión donde no habría adversario aéreo. La única explicación es corporativa: no dejar en manos de una sola unidad acciones de tanta importancia simbólica. En Puerto Montt mandaba el general Hernán Leigh, hermano del comandante en jefe.
Al anochecer del 10, Leigh pasó por la casa del coronel Eduardo Sepúlveda, donde alojarían su esposa y sus dos hijos, y luego se fue a la Academia de Guerra Aérea.
Ahora está allí, listo para tronar.
4.30 horas, Ministerio de Defensa
A las 4.30, el coronel Julio Polloni, asignado al comando que dirige Arellano, comienza a recoger, en distintos puntos, a los oficiales y civiles que deben poner en marcha el Plan Silencio en Santiago. El objetivo es anular los centros de comunicaciones de la UP, callar los medios de comunicación que le sean afines e instalar la red de radioemisoras que apoyarán el alzamiento.
Poco rato después llega hasta el Ministerio de Defensa el asesor de Radio Agricultura Federico Willoughby (7), convocado el día anterior como comentarista especializado y hombre de confianza de la Sociedad Nacional de Agricultura. Lo recibe en su oficina, impecablemente ordenada y señorialmente revestida en caoba, el almirante Carvajal:
- Bueno, usted ya sabe -dice el almirante-. Hay que emitir una proclama y luego mantener una mística a través de los medios de comunicación, especialmente las radios. No van a salir los canales de televisión, excepto el 13. El coronel Polloni, que debe llegar pronto, está a cargo. Ojalá que no sea muy sangriento esto. ¿Quiere una tasa de té?
En seguida, Willoughby pasará a la oficina vecina, la del subjefe del Estado Mayor de la Defensa, el general Fach Nicanor Díaz Estrada, donde abundan los papeles, los mapas, los termos con café y un pesado catre de campaña. Su recorrido terminará al otro lado del pasillo, en una oficina minúscula, ocupada por el capitán de navío Hugo Opazo, donde se ha instalado un micrófono, un transmisor y un cable que atraviesa el pasillo para salir con la antena al callejón Portada de Guías, detrás del ministerio.
Suerte que es una señal AM, de otro modo, difícilmente sería captada en alguna parte.
A nivel nacional, el Plan Silencio es uno de los dispositivos que administra cada uno de los Comandos de Áreas Jurisdiccionales de Seguridad Interior (Cajsi) (8), organismos de coordinación de las acciones conjuntas de las FF.AA. Por lo tanto, igual que las otras operaciones, depende del grado de información que tenga cada uno. En el Ejército y Carabineros, la información no es pareja; algunos jefes la recibirán ya avanzada la mañana. En cambio, en la Armada y la Fach no hay vacío alguno.
Por eso es que ahora, en la más oscura de las sombras, unidades de comandos de la Infantería de Marina comienzan a actuar en distintos puntos del país. Los de Talcahuano ingresan a la planta de la Enap de Concepción, donde está instalado un centro de comunicaciones del cordón industrial del puerto de San Vicente, y lo desactivan. Un camión con marinos enviados desde Valparaíso ataca en Santiago la radio de la UTE, considerada estratégica por su cercanía con el Centro de Comunicaciones Navales de la Quinta Normal; sacan a punta de metralletas al personal de turno y luego vuelan con granadas los transmisores y la antena.
En Valparaíso, las unidades dirigidas por el comandante Arturo Troncoso neutralizan 14 radios y tres estaciones de TV, y cortan todos los teléfonos de la ciudad, con excepción del sistema Albatros, del alto mando naval, y los "teléfonos verdes", que conectan a los mandos militares regionales.
En el futuro, el Plan Silencio será uno de los operativos más elogiados de la jornada. En esa valoración podrá influir la eficacia aplastante que logra en Valparaíso. Pero en Santiago y otras ciudades, dejará mucho que desear en su dimensión militar, y abrirá ciertos misterios en la dimensión política.
La primera pregunta es: ¿Por qué resulta tan menguada la actuación de las tropas de tierra en este plan? La explicación que se ha repetido es que se necesitaría mucho personal para controlar teléfonos, canales de TV y radios en poco tiempo. Pero esto parece más una excusa que una explicación: en Santiago los teléfonos están hipercentralizados, las estaciones de TV adversas son tres y las radios pro UP no pasan de la decena. La Armada logra más silencio con mayor número de blancos.
En la capital, el corte de teléfonos es irregular e imperfecto. Entre las líneas que siguen funcionando, muchas de ellas están en el centro, el lugar neurálgico de las operaciones. De las líneas de La Moneda, la mayoría continúa operando con total normalidad. Peor aún, el plan ignora que el Palacio tiene comunicaciones a través de líneas alámbricas directas hacia varias radios, por lo que nunca las corta. Tampoco caen los teléfonos de Tomás Moro, ni los de los ministros y jefes políticos de la UP.
Las principales radios gobiernistas no serán neutralizadas por el Ejército, sino por acciones de la Armada y bombardeos de la Fach. Además, el plan olvida la existencia de las radios Candelaria (Mapu) y Magallanes, pese a las conexiones lineales de esta última con el PC y con Investigaciones. Magallanes será seguida durante toda la mañana por unas 12 radios de provincia.
Y en virtud de esa desprolijidad, dentro de unas pocas horas una alocución emitida rudimentariamente, a través de un teléfono de magneto, directamente desde el despacho del Presidente, se convertirá en uno de los discursos más famosos de la historia de Chile.
Para denominarse Silencio, es un plan considerablemente ruidoso.
5.00 horas, Valparaíso
A las 5 en punto su ayudante despierta al almirante Merino, que reza y desayuna con su Estado Mayor antes de comenzar a dictar las órdenes operativas. Una de las primeras decisiones es suspender la "alarma general" prevista en el Plan Cochayuyo, que consistía en tres salvas que serían disparadas desde todos los buques en operaciones y desde tres unidades de tierra en Valparaíso. Si el concepto estratégico es la sorpresa, las salvas carecen de justificación y pueden servir más bien al enemigo.
En la última reunión de coordinación del día anterior, en las oficinas del almirante Carvajal, se ha acordado que la Armada iniciará la movilización visible a las 6, momento en el cual se constituirá también el Estado Mayor de la Defensa, automáticamente convertido en Comando Operativo de las Fuerzas Armadas (Cofa). El propósito es inducir a un error de apreciación respecto de la sublevación y concentrar la atención en el lugar equivocado. El Ejército, la Fach y Carabineros partirán recién a las 8.30, luego de que se haga pública la movilización conjunta de las Fuerzas Armadas.
También a las 5 suena la diana en los buques de la Armada que el día anterior han partido rumbo a Coquimbo para unirse a las naves norteamericanas de la Operación Unitas. Los marinos descubren entonces que los buques han cambiado de rumbo y están volviendo a la zona central.
En menos de una hora, las naves tomarán sus posiciones de combate. Llegarán en silencio y a oscuras. "La noche no tendrá luna", ha anunciado el informe meteorológico. El orto de sol será recién a las 6.05.
Frente a Quintero fondean los destructores Blanco Encalada y Orella; su misión es dar protección a una base de la Fach. En la rada de Valparaíso, el crucero Prat y el destructor Aldea, con los cañones dirigidos tanto a la Universidad Federico Santa María como a la Avenida Argentina, área de posible convergencia de los pobladores de los cerros. Más al sur, en línea con la zona de Laguna Verde, el submarino Simpson, destinado a proteger la subestación eléctrica que alimenta a la ciudad. Al puerto de San Antonio ingresa el destructor Cochrane.
Mientras avanzan las gruesas sombras de los buques de guerra, la Infantería de Marina sale en camiones desde Viña y comienza a ocupar lugares clave de convergencia de trabajadores: el Muelle Prat, el Muelle Barón, el astillero Las Habas, la Aduana y las estaciones ferroviarias. Los primeros trenes que llegan de localidades vecinas son retornados con sus pasajeros, sin explicaciones.
En Santiago, aún duerme en su casa de calle Sánchez Fontecilla el comandante en jefe titular, Montero, sin saber que tres de sus teléfonos están cortados, que sus automóviles han sido saboteados y que las rejas de su jardín están con candados desconocidos. Y sin saber que ya no está al mando.
¿Y el Ejército? El Plan Hércules supone el control, en todo el país, de los servicios básicos (electricidad, combustibles, agua, hospitales), de las comunicaciones (teléfonos, ondas radiales, televisión) y de las líneas de abastecimiento (vías, centros de producción y distribución), además de las fuerzas adversarias: partidos políticos, tropas irregulares, organizaciones sociales u órganos de gobierno.
Durante las tres décadas siguientes se especulará acerca del origen de este plan. Pinochet generará parte de la polémica con El Día Decisivo, donde sostendrá que se trató de un encargo suyo que, bajo simulación, pretendía el fin del régimen marxista desde una fecha tan temprana como 1972, cuando fue nombrado jefe del Estado Mayor.
Esta versión será resistida por los oficiales que efectivamente deliberaban, al margen de Prats y luego de Pinochet. Para ellos será una mera reconstrucción de la historia, destinada a demostrar que no se subió al golpe en la última hora, es decir, que no fue oportunista.
Una cosa es segura: el Plan Hércules se vio sometido a una intensa revisión después del "tancazo" de junio. El encargo lo recibió el tercer año del curso de la academia de Guerra. Significativamente, sus alumnos estuvieron tentados de lanzarse a apoyar a los hombres del Blindado Nº 2 desde la sede de Alameda con García Reyes, y sólo la prudencia de los oficiales-profesores evitó que los impetuosos estudiantes sellaran sus propios destinos.
Los oficiales del tercer año trabajaron en pequeños grupos compartimentados. El director de la Academia, general Herman Brady, los supervisó hasta fines de agosto, cuando pasó al mando de la Segunda División. Después siguieron con el subdirector, el coronel Sergio Arredondo, y los profesores Sergio Coddou y Roberto Guillard.
Pero ya antes del relevo de Brady el curso había entrado en un tren especial: tras asumir que el centro de un diseño antisubversivo debía ser Santiago, correspondía tener un capítulo específico para la capital. Ese fue el Plan Ariete, que daba un papel estelar a la Agrupación Centro.
Tenía un asombroso parecido con el Plan Santiago del PS, sólo que sus fuerzas ejecutaban movimientos centrífugos y no centrípetos. Igual que la imaginación socialista, la militar suponía que las acciones principales ocurrirían en el centro. Una vez controlado este eje, las fuerzas regulares podrían desplegarse, en anillos excéntricos, hacia la periferia de la ciudad. Pero como ésta podía ser presionada por los irregulares, habría de desplegarse un segundo anillo, ahora externo y concéntrico, con las unidades situadas en los extramuros de la ciudad. Atrapados entre dos fuerzas, los bolsones de resistencia podrían ser reducido



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