CRISTÓBAL ORREGO
Me gusta la democracia. Permite echar a los gobernantes de manera civilizada.
Alegrémonos, pues, porque vamos a gozar de este delicado manjar democrático. El Tribunal Constitucional declarará que han cesado en sus cargos los senadores Guido Girardi, Evelyn Matthei, Carlos Kuschel, Mariano Ruiz Esquide y Carlos Ominami.
Los mencionados miembros de la Comisión de Salud del Senado ayudaron eficazmente a poner término a la paralización de los trabajadores sanitarios. Dejaron constancia de sus actos en una carta del 1 de octubre: "frente al planteamiento que nos ha hecho la Confenats el día 28 de septiembre del presente año, nos comprometemos a representarlos en el transcurso de la discusión del proyecto de Ley que modifica el DFL N.° 1 de 2005, del Ministerio de Salud, la Ley N.° 19.490. (...) De aceptar la Confenats este compromiso nuestro de representar estos puntos de vista a la Comisión, entendemos que se suspende la paralización y se deja la resolución de estas demandas a la discusión que se desarrollará en el Parlamento durante el trámite del mencionado proyecto de ley".
Sucede a veces, sin embargo, que uno hace algo necesario con la mejor intención, pero sin contar con las atribuciones constitucionales requeridas. Había que terminar con ese paro escandaloso. ¿Significa eso que los parlamentarios estaban autorizados para descender a la arena del conflicto laboral con el gobierno?
Todo lo contrario. No debieron hacerlo. Violaron la Constitución. La sanción prevista es clara: "Cesará en su cargo el diputado o senador que ejercite cualquier influencia ante las autoridades administrativas o judiciales en favor o representación del empleador o de los trabajadores en negociaciones o conflictos laborales, sean del sector público o privado, o que intervengan en ellos ante cualquiera de las partes" (C. P. R., Art. 60, inc. 4, énfasis añadido).
Los honorables intervinieron en un conflicto laboral ante los trabajadores, una de las partes. Este asunto no tiene más vueltas: deben cesar en sus cargos.
Y no digamos nada de lo insensato que parece que los encargados de velar por el bien común, los representantes de la voluntad general, se comprometan a representar en el Senado los puntos de vista de una de las partes en el conflicto . . . ¡Eso debe de ser una errata en la carta!
De manera que, sí, los honorables se lo merecen. Estamos en democracia: podemos despedir a nuestros servidores públicos.
Si a Zidane no le perdonaron ese exabrupto de último minuto, provocado por un piropo futbolero para su hermana; si a Bam-Bam Zamorano lo expulsaron en su despedida; si hasta al Matador Salas lo castigan como a cualquier hijo de vecino, porque se le calienta la sangre como a todo hombre honrado que lleve el fútbol en el corazón; si todos somos mortales, ¿por qué tendríamos que tratar a los honorables como a dioses?
De acuerdo, hay un pequeño obstáculo.
El Tribunal Constitucional, que tiene la atribución de "pronunciarse sobre las inhabilidades, incompatibilidades y causales de cesación en el cargo de los parlamentarios" (C. P. R., Art. 93, inc. 1º, N.º 14º), no puede actuar de oficio: "En el caso del número 14º, el Tribunal sólo podrá conocer de la materia a requerimiento del Presidente de la República o de no menos de diez parlamentarios en ejercicio" (C. P. R., Art. 93, inc. 17).
¿Qué hacemos?
¡No me presionéis, que bajo presión no pienso!
Nuestra Presidenta no va a mover un dedo. Tiene sobrados motivos para mirar hacia otro lado: la solidaridad con los senadores de izquierda, su agradecimiento por el lío del que la salvaron; en fin, que no es su misión defender la Constitución.
¿Y los demás parlamentarios? ¿No aprovecharán de renovarse un poco?
Ahora me acuerdo de Abraham, cuando necesitaba encontrar al menos diez justos para salvar a Sodoma y Gomorra de la ira de Dios (cf. Génesis 18, 20-33). No los encontró, y ya sabemos: el Todopoderoso les propinó un golpe histórico, del que recién ahora se están recuperando (cf. Génesis 19, 24).
Seguro que nuestro Constituyente se inspiró en esa escena de la tradición judía. Pensó -con la ingenuidad de Abraham- que siempre habría por lo menos diez parlamentarios justos, dispuestos a defender la Constitución de una eventual perversión.
Si no hay esos diez justos, el asunto no tiene remedio.
Calma, compatriotas: ¡los habrá!
Entonces, el Tribunal Constitucional apreciará los hechos en conciencia (cf. C. P. R., Art. 93, inc. 19), y la conciencia recta de tan ilustres defensores de la Constitución nos permitirá gozar del privilegio de la democracia: ¡echar a los funcionarios a la calle!
Ya oigo a los parlamentarios: "¡No podemos acuchillarnos entre nosotros!". ¡Pero si es la tradición republicana más antigua!
O que si la solidaridad entre honorables... ¿Sí?, ¿como la del honorable Girardi con el honorable Novoa, cuando las calumnias de Bueno?
O que si vamos a arrasar con moros y cristianos. ¿Y qué importa? Los mismos partidos nombrarán a los reemplazantes (cf. C. P. R., Art. 51, inc. 3º), moros y cristianos.
Tienen que aprender a respetar la Constitución.
A Diego Portales se le escapó aquello de que a "esa señora que llaman Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas". Los portalianos de ahora no esperan las circunstancias extremas. A esa señora la violan por decreto, por rutina, como cosa de ordinaria administración.
"Nuestra Presidenta no va a mover un dedo. Tiene sobrados motivos para mirar hacia otro lado: la solidaridad con los senadores de izquierda, su agradecimiento por el lío del que la salvaron; en fin, que no es su misión defender la Constitución".