Revelador episodio de la mentalidad y forma de actuar de quien se convierte ahora en el hombre fuerte del Gobierno de Bachelet
Raúl Gutiérrez V., editor del GRANVALPARAISO.CL
PESE A NO ser un tipo precisamente muy religioso, el escritor Salman Rushdie, nacido en 1947 en Bombay, en el seno de una familia musulmana, ha vivido con el credo en la boca en los últimos desde que un ayatollah iraní llamó a los musulmanes fanáticos del mundo a liquidarlo donde lo encontraran por considerar que su novela “Los versos satánicos” hacía mofa de las creencias del Islam. Aunque la condena fue levantada hace algún tiempo y ya no corre la millonaria recompensa que el gobierno de Teherán ofreció al asesino, Scotland Yard no deja ni a sol ni a sombra al escritor, avecindado desde la niñez en Gran Bretaña. La aventura de más de 500 páginas se inicia cuando sobre el Canal de la Mancha estalla el gigantesco avión en que viajan un legendario galán cinematográfico y un circunspecto actor y devoto musulmán, ambos de nacionalidad india, quienes por un milagro, acaso diabólico, quedan vivos al caer a tierra. Ellos pasarán a ser protagonistas del eterno combate entre el bien y el mal.... lo inquietante es que a poco andar no queda claro quién representa a qué. ¿Pueden los demonios ser angelicales? ¿Pueden los ángeles ser impostores?
Pues bien, en noviembre de 1995, el escritor de origen indio Salman Rushdie, por cuya cabeza el gobierno iraní había ofrecido una generosa recompensa pisó por primera vez el suelo chileno. Estuvo sólo 78 horas, las que bastaron para trasformar lo que pretendía ser un hito en la lucha por la libertad de expresión, en un peliagudo y bochornoso incidente que involucró al mundo editorial, al gobierno y a los aparatos de seguridad.
Según cuenta el escritor Carlos Franz- quien participó en las negociaciones con el Ministerio del Interior para que se autorizara la participación de Rushdie en la Feria del Libro- Belisario Velasco, por entonces poderoso Subsecretario General de Gobierno, tiene la apariencia ideal para gran visir de sultán. Es un hombre bajo, solemne, con un extraño ojo fijo que ausculta a sus interlocutores sin revelar nada.
“Me recordó de inmediato esa mirada muerta que se le atribuía a Fouché, el ministro de la Policía napoleónico, y que sembraba el temor en quien se posaba (...). Nos invitó a sentarnos en torno a una pesada mesa y fue breve” refiere el escritor.
- El Gobierno ha decidido cancelar todas las actividades del señor Rushdie en Chile, por temor a que se cometa un atentado en su contra.
El escritor chileno quedó estupefacto y sólo atinó a preguntar, con un hilo de voz:"¿ Y con qué fundamentos?"
Velasco lo miró enigmáticamente, recuerda Carlos Franz, quien después comentó lúcidamente que mostrarse enigmático siempre ha sido un atributo de quienes manejan el poder. El Subsecretario se limitó a repetir
- Tenemos antecedentes...
Y no se le movió un músculo de la cara al ahora Ministro del Interior de Michelle Bachelet.
Por un instante Carlos Franz pensó que Belisario estaba columpiándolo, jugándole una broma de mal gusto. Luego de tres meses de preparativos, con la intervención de la plana mayor de Investigaciones de Chile y Scotland Yard, ¿ recién el gobierno del Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, venía a descubrir que Salman Rushdie estaba amenazado de muerte?
Entonces intervino el editor alemán, Olaf Hantel, quien acompañaba al escritor chileno. “Pero aunque así fuera", protestó, "el señor Rushdie es un hombre libre que no desea ser protegido de este modo".
El ojo vivo de Belisario Velasco giró hacia él, mientras el otro continuaba vigilando a sus visitas, a todos. ¿Qué había en su interior: una cámara, los expedientes de cada uno?, se preguntó Franz. Y agrega que el propietario de ese ojo vivo, sin inmutarse, repitió la fórmula anterior:
- Tenemos antecedentes.
Bastaban los antecedentes que manejaba el enigmático Subsecretario para liquidar los preparativos de los organizadores de la visita de Salman Rushdie. Pero seguro que disponía de muchos otros antecedentes, de numerosos políticos, incluso de la propia Concertación, que le temían tanto como, en la década anterior, a los servicios de seguridad de Pinochet. Es la razón que en voz baja muchos aducían para explicar la permanencia de nueve años, todo un record, que Velasco acumuló en la Subsecretaría del Interior. Cuando salió de ese cargo no se fue a la calle. Fue designado Embajador en Portugal, un cargo soñado para cualquiera, pues se trata de una sede tranquila, que permite un buen pasar, relajado, en un país precioso. Allí estuvo cuatro años.
Semanas atrás la Presidenta, que prometió al país que nadie se repetiría el plato y que traería caras nuevas al Gobierno, designó a Belisario como presidente del Consejo Nacional de TV. Ahora, en consonancia con su promesa, lo designa Ministro del Interior.
El episodio narrado por el escritor Carlos Franz me impresionó cuando lo leí hace varias años porque ilustra acerca de la mentalidad del nuevo hombre fuerte del Gobierno de Bachelet.
Cabría agregar que pese a todo el poder que acumuló durante casi una década en el Ministerio del Interior y los dispositivos de seguridad del Gobierno, fracasó en el intento de apañar a Paul Schaeffer, el ex líder de Colonia Dignidad. En cambio, se las arregló de lo más bien para contener los avances del magnate norteamericano Douglas Tompkins, impidiendo que el Parque Pumalín obtuviera la categoría de santuario. Una línea política que ha sido adoptada por su familia. Sus dos hijas, dueñas de la influyente agencia de comunicaciones Extend, consumadas lobbystas que compiten con Enrique Correa en este ámbito, están a cargo de la campaña de imagen de Barrick, la trasnacional que impulsa la explotación de Pascua Lama.



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